Capítulo 14
XIV
Subió a Rothes el lunes veintitrés con el dinero de la firma en el bolso y con la cabeza en otra cosa.
En el tren hizo el reparto. Veintidós suyas y cuarenta y seis de Rattray daban sesenta y ocho barricas, y sesenta y ocho barricas de tres procedencias y cuatro épocas eran una partida de verdad, no una muestra.
Había pensado la proporción tres veces desde el viernes y las tres le había salido parecida: las de la costa por debajo, sosteniendo, las de Glenlivet dando el medio y las suyas arriba, poniendo el olor.
Iba pensando eso cuando el tren paró en Craigellachie, y siguió pensándolo hasta Rothes, y bajó al andén con el cuello del abrigo subido y de buen humor por primera vez desde el quince de diciembre.
Rattray no la dejó quitarse el abrigo.
Moira lo supo en el primer segundo, por cómo se levantó. Un hombre que se levanta despacio detrás de su mesa y da la vuelta para recibir a alguien en mitad de la habitación es un hombre que no quiere tenerte sentada enfrente.
—Señorita Balfour.
—Vengo a firmar.
—Ya lo sé. —Davie Rattray se quedó de pie—. No están.
Moira no dijo nada durante tres o cuatro segundos.
—¿Cómo que no están?
—Que se vendieron el jueves. Los tres lotes, enteros, al contado, y salieron el viernes por la mañana en dos carros.
—Teníamos una palabra.
—Teníamos una palabra hasta el uno de marzo y yo le dije en diciembre, en esta misma habitación y de pie donde está usted ahora, que no iba a rechazar dinero encima de la mesa por una palabra dada.
—Lo dijo sin levantar la voz y sin bajar los ojos, que era lo único que se podía hacer con dignidad—.
Se lo dije con esas palabras. Y usted me contestó que su palabra a usted la obligaba a acordarse.
—Me lo dijo.
—Se lo dije.
Moira se quedó mirando el armario donde él guardaba el libro de tapas negras.
—¿Cuánto le pagaron?
—No se lo voy a decir.
—¿Más de cuatro y tres?
—Un poco más. No mucho. —Rattray se pasó la mano por la boca—. Lo justo para que yo no pudiera decir que no sin quedar como un idiota delante de mi propio corredor.
—¿Quién.
Rattray no contestó.
—Señor Rattray, ¿quién?
—Vino Duncan MacHardy, de la calle baja. MacHardy compra para media comarca y no dice para quién compra, y yo no se lo pregunto, porque el día que se lo pregunte deja de venir.
—Usted lo sabe.
—Yo no lo sé.
—Usted lo sabe —repitió Moira, y no lo dijo con rabia, y por eso le salió peor.
Rattray se quedó callado un momento largo. Después fue hasta el armario, lo abrió, sacó el libro de tapas negras y lo dejó encima de la mesa sin abrirlo, igual que en diciembre.
—Le voy a decir dos cosas y después le voy a pedir que se vaya, porque si se queda me va a sacar una tercera y esa no se la puedo decir.
—Dígalas.
—La primera. MacHardy pagó en billetes del día y pidió que el asiento se hiciera a nombre de un particular, no de una casa. Eso lo hacen dos clases de compradores: los que no quieren que su banco lo vea, y los que tienen a alguien diciéndoles lo que pueden y lo que no pueden comprar.
—¿Y la segunda?
—La segunda es que en esta comarca hay cuatro hombres que pueden poner ese dinero en un jueves. —Rattray puso la mano encima del libro—. Y de los cuatro, tres no saben lo que es un lote de la costa del ochenta y ocho ni para qué sirve.
Moira se quedó de pie en el centro de la oficina con las manos dentro de los bolsillos del abrigo.
Lo que sintió no fue lo que había esperado sentir. No fue rabia. La rabia llegó después, en el tren, y duró poco.
Lo que sintió fue el frío exacto de haberse equivocado en una cuenta.
Porque no la habían engañado. Nadie le había mentido.
Rattray le había dicho en diciembre lo que valía su palabra y hasta dónde, y ella lo había oído y lo había apuntado en su cuaderno con la letra pequeña y había seguido adelante como si no lo hubiera oído, porque necesitaba que aquello fuera firme y por necesitarlo lo había dado por firme.
Y a la única persona del valle que sabía exactamente lo que ella necesitaba, lo que le faltaba y dónde estaba, se lo había dicho ella misma. No. Se lo había dicho él a ella, en noviembre, delante de su propio cobertizo, con un vaso en la mano.
Le falta espalda. Le falta algo de más años y de otra madera.
—Señor Rattray.
—Dígame.
—¿Tiene otra cosa?
Rattray abrió por fin el libro y pasó tres hojas.
—Tengo veintinueve barricas del noventa y tres y el noventa y cuatro, todas de la misma casa, de Deeside. Madera de segunda y tercera vez. Están bien y no son lo que usted necesita, porque tienen la edad justa y no tienen espalda ninguna.
—¿Qué edad?
—Cinco y seis años.
—¿Y me valdrían para llegar a la cantidad?
—Para la cantidad le valen. Para lo otro, no.
—Enséñemelas.
—Señorita Balfour...
—Enséñemelas, señor Rattray. He venido desde Glen Corrie y me voy a llevar algo, aunque sea saber lo que no quiero.
—No le van a servir.
—Eso lo decido yo con la boca, no usted con el libro.
Bajaron al almacén. Las veintinueve estaban en la fila de la derecha, al fondo, y Rattray le sacó con la caña de tres de ellas y ella las probó allí mismo, de pie, sin vaso, en la palma de la mano.
Eran exactamente lo que él había dicho. Limpias, correctas, redondas, sin nada dentro. Eran lo que ella tenía en Corrieburn con dos años menos y otro acento.
Volvió a subir sin decir nada.
Moira lo pensó de pie, que era como pensaba cuando no quería sentarse a pensar.
Veintidós barricas suyas y veintinueve de Deeside daban volumen. Daban una partida de tamaño suficiente para que una casa de Glasgow se levantara de la silla. Lo que no daban era lo que Eliza Kerr había escrito con letra grande y clara en el último párrafo de su carta: carácter propio.
Iba a presentar algo más grande y más flojo, y se lo iba a presentar a una mujer que había escrito con letra grande y clara que lo primero que haría sería pedirle la misma partida dos veces.
Con cincuenta y una barricas de dos épocas y dos maderas, la misma partida dos veces se podía hacer.
Eso fue lo único bueno que sacó de aquella tarde, y lo sacó de pie en un almacén de Rothes con las manos frías, y se agarró a ello todo el camino de vuelta.
—¿Cuánto?
—Tres y nueve, y al contado. —Rattray levantó la mano antes de que ella hablara—.
Y esta vez al contado de verdad, señorita Balfour, y no por desconfianza.
Es que después de lo del jueves no puedo permitirme apalabrar nada con nadie sin cobrar, porque si lo hago se sabe en una semana que la palabra de Davie Rattray se le quita a uno con billetes.
—¿Hasta cuándo me las guarda?
—Hasta el quince de febrero.
Hizo la cuenta en el andén de Rothes, esperando el tren de las cuatro, y la volvió a hacer en Craigellachie, y en las dos le dio lo mismo.
Veintinueve barricas a tres y nueve el galón de prueba, al contado, antes del quince de febrero.
En Corrieburn, el quince de febrero, iba a haber exactamente dos cosas: lo que quedara de la reserva de Strachan, que no era suya y que era para jornales, y lo que hubiera entrado por la puerta desde Candlemas, que iba a jornales antes que a nada.
Las dos cosas eran la misma cosa. Eran el dinero de cuarenta hombres.
En el tren de vuelta le llegó la rabia y le duró de Rothes a Craigellachie, veintidós minutos.
Iba a preguntárselo. Iba a subir a Dunrath el miércoles con el pliego sin firmar debajo del brazo y se lo iba a preguntar a la cara, delante de Bain si hacía falta, y él iba a contestar que sí, porque aquel hombre no mentía, y entonces ya vería ella lo que hacía.
En Craigellachie, mientras esperaba el transbordo en el andén con el viento de siempre, se le pasó.
No se le pasó por prudencia. Se le pasó porque hizo la cuenta.
Si se lo preguntaba y él decía que sí, ¿qué?
No había roto ningún papel. No había roto la condición cuarta, porque la condición cuarta le daba a ella libertad para buscar comprador y no le quitaba a él libertad para comprar whisky en Rothes.
No había un solo renglón, en la moratoria ni en el pliego ni en la ley, que le impidiera a Roderick Strachan gastarse su dinero en cuarenta y seis barricas.
Y si se lo preguntaba y él decía que sí, lo siguiente que iba a pasar era que él le ofrecería una solución.
Eso era lo que no podía permitirse. No la pregunta. La respuesta.
Llegó a Corrieburn a las siete y cuarto. La sala de cubas estaba caliente y sonaba, y en el patio, junto a la puerta del almacén, estaba Sandy Shand esperando el turno para cobrar el sábado con la gorra en la mano y otro hombre detrás.
Moira les dijo buenas noches y subió al escritorio.
Encendió la lámpara. Sacó el libro de jornales, lo abrió por febrero y se quedó mirando la columna.
Estuvo así once minutos, que fue lo que tardó en darse cuenta de que no estaba pensando en si lo hacía. Estaba pensando en cómo.
La reserva de Strachan estaba en una cuenta aparte en el Banco del Norte de Escocia, en Aberlour, a nombre de Corrieburn y con una sola firma, que era la suya.
Nadie tenía que autorizar nada. Nadie iba a enterarse en febrero, porque en febrero se pagaba con lo que hubiera y nadie miraba de dónde salía.
Se iba a enterar el valle en marzo, cuando el sobre saliera a medias, y para marzo ella tendría veintinueve barricas en el almacén y una partida compuesta y un tren que coger.
Y si Glasgow entraba, en abril estaba devuelto y no lo sabía nadie.
Y si Glasgow no entraba, en abril no iba a importar, porque en abril no iba a haber ya nada que importase.
Eso fue lo que se dijo. Se lo dijo entero y con esas palabras, sentada, con el libro de jornales abierto por febrero, y las dos últimas frases eran la misma frase, y no lo vio.
Lo que sí vio fue la columna. Cuarenta nombres.
Llevaba doce años escribiéndolos, primero al dictado de su padre y después sola, y se los sabía en el orden en que iban en la página, que no era el alfabético sino el de antigüedad, y el cuarto empezando por arriba era Geddes, T.
, que en ese momento estaba en su casa a once millas con una manga sujeta con un imperdible y con el jornal pagado por Dunrath hasta Whitsunday.
Pasó el dedo por la columna hasta abajo y volvió a subirlo.
No bajó a preguntarle a Jessie. No escribió a Gault. No mandó recado a Dunrath.
Abajo, en el patio, oyó cerrarse la puerta del almacén y las voces de los dos hombres que se iban, y una de las dos voces era la de Sandy Shand diciéndole algo al otro y riéndose.
Moira se levantó y fue hasta la ventana.
Los vio cruzar el empedrado y salir por el portón, uno detrás del otro, con las gorras puestas y las manos en los bolsillos, camino de dos casas donde en ese momento alguien estaba echando agua a una olla contando con el sábado.
Podía bajar. Podía alcanzarlos en el portón y decirles lo que estaba pensando y preguntarles qué preferían, un mes a medias en febrero o no tener casa en mayo, y los cuarenta lo habrían discutido durante una semana y la mitad habría dicho una cosa y la mitad otra y ella habría tenido que decidir igual.
Se lo dijo así. Habría tenido que decidir igual.
Y como habría tenido que decidir igual, no bajó.
Cogió el cuaderno, pasó a una hoja limpia y escribió arriba, con la letra pequeña, la fecha, y debajo una sola línea con dos cifras y un signo menos en medio.
Después cerró el cuaderno.
Sacó del cajón de la izquierda el libro de cartas y lo abrió por la última página escrita, que era la copia de la carta a Rattray del viernes trece, y leyó otra vez la frase del final: el tercio convenido lo tendré antes del veintiocho de febrero.
Estaba escrito con su letra, con la fecha al margen, y hacía diez días que era verdad de la manera en que son verdad las cosas que uno piensa resolver.
Ahora estaba resuelta.
Cerró el libro de cartas, lo guardó, y al empujar el cajón notó debajo de la mano el estuche del anillo, que había vuelto a dejar allí al llegar de Dunrath.
Apagó la lámpara y se quedó un rato a oscuras oyendo la siete, que llevaba tres semanas arrancando bien.