El medio año de invierno Capítulo 13
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Capítulo 13

XIII

Lo primero que Roderick Strachan hizo con las muletas fue ir hasta la ventana y volver, y le costó cuatro minutos y se le fue medio día en recuperarse.

Lo segundo fue darse cuenta de que desde la ventana del cuarto se veía el tejado nuevo del almacén largo y no se veía el hueco del viejo, y que llevaba un mes contestando cartas sobre un edificio que no había vuelto a mirar.

Lo tercero fue comprobar, con la muleta debajo del brazo derecho y la mano izquierda en el marco de la ventana, que su cuerpo se había convertido en un problema de logística.

Antes bajaba al patio y sabía en tres minutos cómo iba el día.

Ahora, para saber cómo iba el día, tenían que subírselo tres hombres por turnos, y cada uno le subía lo que él creía que había que subirle, y lo que ninguno de los tres le subía era lo que él habría visto solo con cruzar una vez el empedrado.

Llevaba un mes gobernando con los ojos de otros. Eso no lo había hecho nunca y se le estaba dando peor de lo que esperaba.

Se sentó. Bain le puso los libros delante a las nueve en punto.

La carta de Leith había llegado el veinte de diciembre y la había contestado el mismo día, y desde entonces habían cruzado cuatro más.

El informe de los dos inspectores decía lo que tenía que decir: que en Dunrath había setecientas ochenta y una barricas, que estaban todas donde se había declarado que estaban, y que el almacén número tres se había hundido el quince de diciembre con pérdida de existencias y de vidas.

No había pérdida de vidas. Eso lo habían escrito mal y él no lo había corregido, porque corregirlo obligaba a explicar lo del brazo del tonelero y aquello no mejoraba con explicación.

Lo que Leith pedía ahora era una cosa razonable y era la peor de todas. Pedía que Dunrath no aumentara su posición hasta junio.

No aumentar la posición quería decir no comprar.

Roderick se quedó un rato con el dedo encima de esa línea.

Toda su vida había hecho lo mismo. Comprar cuando los demás no podían.

Su padre había sido tonelero y había muerto teniendo un banco de trabajo y treinta y una libras, y él había comprado su primera partida a los veintitrés años con dinero prestado por un hombre que se rio al prestárselo, y desde entonces había comprado cada vez que el mercado se había puesto feo, y cada vez había acertado, y no por listo, sino porque el que compra cuando nadie compra compra barato.

En enero del noventa y nueve el mercado estaba más feo que en ningún momento de su vida y él tenía una pierna en una férula y un prestamista de Leith diciéndole que se estuviera quieto.

Y lo que más le fastidiaba, si era honrado consigo mismo a las nueve de la mañana de un lunes, no era Leith.

Era que Leith tenía razón.

Dunrath debía nueve mil setecientas libras y tenía setecientas ochenta y una barricas, y las barricas valían en enero un quince por ciento menos que en septiembre, y si seguían bajando otro quince, el que tenía un problema no era el prestamista.

Él había comprado los pagarés de los Balfour en octubre con dinero de la casa.

Dieciséis mil doscientas libras a su precio, que había sido bueno, y no se arrepentía de ninguna de las dos cosas.

Lo que no había previsto en octubre era Pattisons, y nadie lo había previsto, y esa era la parte que no se podía echar en cara a nadie.

Lo que sí se podía echar en cara era haber ordenado mover la tercera fila el quince de diciembre con el suelo helado.

Roderick no se lo echaba en cara. Lo tenía puesto donde ponía las cosas que había decidido él y que habían salido mal, que era un sitio de la cabeza donde llevaba veinte años metiendo cosas y del que no sacaba ninguna.

—Bain.

—Señor.

—Lo de Leith. ¿Qué es exactamente comprar?

Bain levantó las gafas.

—¿Cómo dice?

—Si yo compro género con dinero de la casa, aumento la posición. Si lo compro con dinero mío, ¿aumento la posición?

Bain tardó lo suyo.

—Con dinero suyo, no. Pero tendría que salir de su cuenta particular y entrar en su nombre, no en el de Dunrath, y figurar aparte hasta junio.

—¿Y cuánto hay en mi cuenta particular?

Bain se lo dijo.

—Bien —dijo Roderick.

Finlay Calder subió el martes diecisiete a las once, después de la cura, con un papel doblado en el bolsillo del chaleco y con la cara de un hombre que ha ensayado algo.

—Tengo que pedirle una cosa y no es médica.

—Siéntese.

—Prefiero de pie.

—Siéntese, Calder, que llevo un mes mirando a la gente desde abajo y me cansa.

Finlay se sentó. Sacó el papel y lo puso en la mesa.

Era una copia de un acta.

Junta escolar de la parroquia de Aberlour, sesión del nueve de enero de mil ochocientos noventa y nueve.

Punto cuarto. Solicitud del doctor F. Calder.

Acordado ceder en precario el uso del antiguo edificio de escuela de Glen Corrie para atención de accidentados, sin renta, sin plazo y sin traspaso de responsabilidad de conservación, revocable en cualquier sesión.

Roderick lo leyó dos veces y se lo devolvió.

—Le han dado ustedes el permiso y no le han dado nada.

—Me han dado lo único que podían darme.

—Le han dado un edificio con medio tejado.

—Con medio tejado y con puerta —dijo Finlay—. Y con paredes de piedra de setenta centímetros, y con dos ventanas por lado orientadas al sur, y con una chimenea que tiene cañón propio y que estaba tirando el jueves cuando la encendí.

—¿La encendió?

—La encendí. Hay una llave y la tiene el secretario y me la prestó.

Roderick se echó atrás en la silla.

—Dígame la cifra.

—Ochenta y siete libras la techumbre, medida y presupuestada por el pizarrero de Craigellachie el viernes. Y unas sesenta más para suelo, camas, una estufa y lo demás.

—Ciento cincuenta.

—Ciento cincuenta.

—¿Y qué tiene usted?

—Tengo treinta y una en firme, de suscripciones del valle. Y tengo la promesa de otras cuarenta y pico a condición de que alguien ponga la mitad del total.

—O sea que necesita setenta y cinco de un solo hombre.

—Necesito setenta y cinco de un solo hombre.

Roderick miró por la ventana el tejado nuevo del almacén largo.

Setenta y cinco libras. Tenía en el cajón de aquella misma mesa setenta y cinco libras en billetes para lo del sábado.

En doce años había dado más que eso a la iglesia de Dunrath, a la sociedad de socorros de Rothes y a dos viudas de hombres suyos, y lo había dado sin que se lo pidieran y sin que lo supiera nadie, que era como se daba.

—No —dijo.

Finlay no se movió.

—¿Puedo preguntarle por qué?

—Puede. —Roderick apoyó los dos antebrazos en la mesa—. Porque usted se va.

—Yo no he dicho que me vaya.

—No lo ha dicho y se va igual. Usted es cirujano de una ciudad de ochocientas mil personas y lleva cinco semanas en un valle de mil doscientas curando a un solo hombre.

Cuando yo ande, usted se sube a un tren.

Y entonces esas ciento cincuenta libras se quedan en una casa de piedra con un tejado nuevo y sin nadie que sepa usarla, y el que se lleva el disgusto es el valle, no usted.

—Eso no es lo que va a pasar.

—Puede que no. Pero yo no pago por lo que puede que no pase.

—Cogió el lápiz y se lo quedó en la mano—.

Y le voy a decir otra cosa, y no se la digo por fastidiarle.

Si mañana pongo yo las setenta y cinco, mañana esa casa es mi casa, la llame usted como la llame, y dentro de dos años hay un hombre en este valle que no va a querer que le curen en el cobertizo de Strachan. Los hay así. Yo era uno.

Finlay se quedó callado un momento.

—Entonces dígame quién.

—Hugh Lumsden, de Auchvaich. —Roderick lo dijo sin pensarlo, porque llevaba diez minutos pensándolo—.

Tierras al otro lado del río, trescientos arrendatarios, sesenta y tantos años y ningún hijo.

El año pasado pagó él solo la mitad del puente de Tomnadarroch porque se le ahogó un chico en el vado.

Vaya a verlo y no le hable de medicina. Háblele de las once millas.

—¿Y por qué me da usted ese nombre?

—Porque no me cuesta nada.

Finlay recogió el acta, la dobló y se la guardó.

—Gracias.

—No me dé las gracias. Le acabo de decir que no.

Bain volvió a las cuatro con una cosa menor que no era menor.

—Vengo de Rothes, señor. De lo del vidrio.

—¿Y?

—Y estuve en el almacén de Davie Rattray, que es donde se entera uno de las cosas.

—Bain dejó su cartera en el suelo—. Tiene apalabradas cuarenta y seis barricas en tres lotes, del ochenta y ocho al noventa y uno, dos de Glenlivet arriba y uno de la costa.

Las tiene desde hace un año y no las quiere nadie.

—¿Apalabradas con quién?

—No lo dice. Lo que dice es que en la semana del veintitrés vienen a firmar.

Roderick se quedó muy quieto.

Del ochenta y ocho al noventa y uno. Dos de Glenlivet y uno de la costa.

Nueve, diez y once años, en madera que había trabajado, de tres sitios que no tenían nada que ver entre sí ni con Glen Corrie.

Era exactamente lo que él le había dicho a aquella mujer en noviembre, apoyado en un poste de su propio cobertizo, con un vaso de cata en la mano, porque le había parecido una indecencia dejarla ir al mercado con la mercancía mal mirada.

Se lo había dicho él. Y ella había ido a buscarlo y lo había encontrado en once millas y en tres semanas.

Roderick se pasó la mano por la cara.

No pensó en abril. No pensó en ninguna fecha. Lo que hizo, con la misma parte de la cabeza con la que llevaba veinte años comprando, fue contar lo que había delante.

Una destilería con cuatrocientas treinta y cinco barricas de las que trescientas setenta y cuatro respondían de una deuda suya.

Cuarenta nóminas. Un tercio de la cebada del año.

Una mujer de veintiocho años que en primavera iba a subirse a un tren a Glasgow con una partida compuesta debajo del brazo y que iba a encontrarse con una casa de mezclas que en 1899 no estaba comprando nada de nadie.

Iba a volver con las manos vacías. Eso lo sabía él y no lo sabía ella, porque él llevaba treinta años viendo a casas de Glasgow no comprar y ella llevaba tres meses escribiéndoles cartas.

Y cuando volviera con las manos vacías, en abril, quedarían seis semanas hasta Whitsunday y no quedaría nada más, y entonces habría que hacer lo que había que hacer desde noviembre, que era juntar las dos casas y salvar las cuarenta nóminas y el agua y a ella.

Lo único que iba a conseguir con aquellas cuarenta y seis barricas era retrasarlo.

Retrasarlo con dinero que no tenía, comprometiéndose a pagar en febrero un tercio que iba a salir de algún sitio que le iba a costar caro, y al final del retraso estaría el mismo sitio y ella estaría cinco meses más cansada.

—Bain.

—Señor.

—¿Quién nos compra en Rothes?

—Duncan MacHardy, el corredor de la calle baja.

—Que vaya mañana al almacén de Rattray y compre esos tres lotes enteros. Al contado. Que no regatee más de lo normal, que si no regatea nada llama la atención.

Bain no cogió el lápiz.

—Señor Strachan, Leith dice que no aumentemos posición hasta junio.

—No aumenta la posición de Dunrath. Lo compro yo, de mi cuenta particular, a mi nombre, y figura aparte. Lo ha dicho usted esta mañana.

—Lo he dicho esta mañana.

—Pues escríbalo así.

Bain se quedó con las gafas en la mano.

—¿Y qué hago con ello cuando lo tenga?

—Guardarlo.

—¿Dónde?

—En mi almacén, en mi fila, con mi número. —Roderick cogió el lápiz y se lo dio—. Y que no se mueva de ahí hasta que yo diga.

Bain lo escribió. Escribió también, en el margen, la fecha y la hora, que era lo que hacía cuando una instrucción no le gustaba.

—¿Algo más, señor?

—Sí. Que MacHardy no diga mi nombre.

—MacHardy no dice nunca el nombre de nadie.

—Ya lo sé. Se lo digo para que se lo diga usted igual. —Roderick apartó los libros—. Y otra cosa. Si alguien pregunta en esta casa por esos tres lotes, cualquiera, el que sea, se le contesta que están en mi fila y que son míos. No se miente. No se inventa nada. Se dice eso y se acabó.

Bain cerró la cartera.

—Señor Strachan, ¿puedo decirle una cosa como tenedor de libros?

—Dígala.

—Que esas cuarenta y seis barricas no le hacen falta a esta casa.

—No me hacen falta a esta casa.

—Y que cuando una compra no le hace falta a la casa y se hace igual, en el libro figura como compra particular, y dentro de dos años el que lea el libro va a preguntarse por qué. —Bain se puso las gafas—. Yo no voy a preguntármelo. Lo que le digo es que el libro sí.

—Que se lo pregunte.

Cuando se fue, Roderick se quedó solo con la ventana y el tejado nuevo del almacén largo.

Le iba a doler. Eso lo sabía y lo tenía contado igual que lo demás.

Iba a subir a Rothes en la semana del veintitrés, iba a encontrarse con que no había nada, y durante un tiempo iba a mirarlo a él de una manera distinta, y él iba a tener que aguantarlo sin explicarle nada, porque explicarle que le había ahorrado cinco meses de correr detrás de una puerta cerrada era exactamente la clase de cosa que ella no iba a querer oír en enero.

En mayo lo entendería. Eso era lo que se dijo, y se lo dijo con la misma voz con la que se decía las cosas de los libros, y no se le ocurrió que aquello no era una cuenta.

Porque no lo era. Una cuenta se comprueba. Esto no se podía comprobar hasta mayo, y él llevaba veinte años sin firmar nada que no pudiera comprobar antes.

Lo pensó tres segundos y lo dejó.

En mayo lo entendería.

Estiró la pierna mala un centímetro sobre la almohada, porque llevaba media hora en la misma postura y el dolor había empezado a subir otra vez, y se quedó esperando.