El medio año de invierno Capítulo 12
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Capítulo 12

XII

En enero, Corrieburn olía a lo de siempre y sonaba a menos.

Jessie llevaba la sala con cinco cubas en vez de siete y había reorganizado la semana entera para que las cinco trabajaran seguidas, y el resultado era que la casa producía cuatro quintos de lo que podía producir con cuatro quintos de la cebada, que era lo mejor que se podía hacer y no era suficiente.

—El del veinte llegó —dijo el lunes nueve—. Pagado contra entrega.

—Ya lo sé, lo pagué yo.

—Pues el del veinte de enero también hay que pagarlo, y ese ya no lo cubre el cajón.

—Ese lo cubre lo que cobremos de las heces.

—Las heces de malta dan tres libras al mes.

—Pues dan tres libras al mes.

Jessie la miró de aquella manera y se fue a su cuba.

—Jessie.

—Diga.

—Si tuviéramos cebada, ¿podrías volver a siete cubas?

Jessie se paró con el remo a media altura.

—Con cebada y con carbón, sí. Y con un mozo más, porque el de los Milne no ha vuelto y no va a volver.

—¿Y sin el mozo?

—Sin el mozo, seis. —Volvió a meter el remo—. Señorita, ¿me está preguntando lo que puedo hacer o me está preguntando lo que va a hacer usted?

—Te estoy preguntando lo que puedes hacer.

—Entonces seis, y el catorce de febrero ya estaríamos llenando.

Moira lo apuntó. No era una promesa y no era un plan. Era un número por si acaso, que era lo que llevaba tres meses coleccionando.

Lo de las veintidós barricas lo hicieron entre las dos el martes y el miércoles.

Las sacaron una a una del pasillo de la pared este, las rodaron hasta la sala vieja de cata, que llevaba dos años haciendo de trastero, y Moira extrajo de cada una con la caña y llenó veintidós frascos numerados, y los puso en fila en el alféizar como quien pone soldados.

Después los cató de tres en tres durante dos días.

Lo que Strachan le había dicho en noviembre delante del cobertizo era verdad y era verdad de un modo que dolía más cuando se tenía en veintidós frascos en el alféizar.

Todos decían lo mismo. Eran buenos. Eran limpios, eran de manzana verde y cereal caliente, eran reconocibles a ciegas entre Aberlour y Rothes, y puestos uno detrás de otro no había ninguna sorpresa en ninguno.

Con aquello no se sostenía una mezcla. Con aquello se hacía una barrica grande.

—¿Y eso qué quiere decir? —dijo Jessie, que se había quedado a la última tanda.

—Que necesito algo que discuta.

—¿Algo que discuta.

—Algo de más años y de otra madera. Algo que empuje. —Moira levantó el frasco catorce contra la ventana—. Si le pongo a esto once años de la costa, deja de ser una barrica grande y empieza a ser una partida.

—¿Y dónde está eso?

—En Rothes.

Jessie dejó el frasco catorce en el alféizar, en su sitio, y se limpió las manos en el delantal.

—¿Y con qué se paga lo de Rothes?

—Con lo de Rothes se paga en dos veces. Un tercio en febrero y el resto en marzo.

—Eso no es contestar.

—No, no lo es.

Jessie se quedó mirando la fila de frascos contra la ventana, veintidós, numerados, puestos como soldados.

—Yo llevo once años en esta sala —dijo—. Su padre me puso aquí porque le dije a la cara que la cuba tres estaba mal calculada, y tenía razón y me costó un mes de malas caras. Le digo esto para que sepa que yo no me callo.

—Ya lo sé.

—Pues no me estoy callando. ¿De dónde sale el tercio de febrero?

—Todavía no lo sé —dijo Moira, y era verdad el miércoles.

El jueves por la mañana subió Duff con la circular de Elgin.

—El llenado previsto del trimestre. Hay que mandarlo el lunes.

—Ciento sesenta.

Duff no escribió.

—En octubre me dijo usted doscientas.

—En octubre tenía cebada a noventa días.

—Ya. —Duff se quedó con la pluma en el aire—. Señorita Balfour, ciento sesenta es un número que se lee mal.

—Es el número.

—Es el número y se lee mal. Corrieburn llenó cuatrocientas diez en el noventa y seis, trescientas en el noventa y siete y doscientas cuarenta el año pasado. Si yo pongo ciento sesenta, el que lea las cinco casas de esta comarca va a ver que cuatro bajan un poco y una baja a la mitad.

—¿Y qué quiere que ponga?

—Yo no quiero que ponga nada. Yo pongo lo que usted me diga y lo pongo exacto. —Volvió a mojar la pluma—. Lo que le digo es que va a haber gente en Elgin que sepa el lunes lo que va a pasar en esta casa antes de que lo sepa usted.

Moira lo pensó un momento.

—Ponga ciento sesenta.

El jueves doce hizo la cuenta entera, sentada en el escritorio, con la puerta cerrada y con la carta de Rattray delante.

Cuarenta y seis barricas a cuatro chelines y tres el galón de prueba. Un tercio antes de que acabara febrero. El resto en marzo.

El tercio le salía una cifra que se podía mirar. No era una fortuna. Era exactamente la clase de suma que una casa como Corrieburn tendría cualquier año en cualquier cajón, y que en enero de 1899 no tenía en ninguno.

Tenía la reserva de Strachan, que no era suya y que solo servía para jornales.

Tenía lo que entrara por la puerta, que hasta marzo era poco y que a partir de Candlemas iba a jornales antes que a nada, y lo había pedido ella y estaba escrito con esas palabras.

Y tenía la casa y las tierras de arriba, que no estaban marcadas con tiza.

Estuvo mirando esa tercera línea un rato largo. Después cerró el cuaderno sin tacharla y sin subrayarla, que era su manera de dejar una cosa donde estaba.

El viernes trece fue a Dunrath a la cura de la tarde.

La casa había cambiado en tres semanas. Habían subido una mesa grande al cuarto de Strachan y la habían puesto contra la ventana, y encima había dos libros de cuentas abiertos, un tintero y una campanilla, y al lado de la mesa había una silla que no era para el enfermo.

En la silla estaba sentado un hombre de unos cuarenta años, pequeño, con las gafas en la punta de la nariz, que se levantó cuando ella entró.

—Colin Bain. Llevo los libros de la casa.

—Moira Balfour.

—Ya sé quién es usted, señorita Balfour.

Strachan estaba incorporado contra tres almohadas, con la pierna en alto y la férula asomando por debajo de la manta, y tenía peor cara que en Navidad y mejor voz.

—Bain, lee otra vez lo de Leith.

—Señor Strachan, son las cuatro menos diez.

—Léelo otra vez.

—Son las cuatro menos diez —dijo Bain, sin moverse—, y el doctor dijo cuarenta minutos, y llevamos cincuenta y cinco.

Moira vio a Roderick Strachan quedarse callado delante de su propio tenedor de libros.

—Mañana a las nueve —dijo al final.

Bain recogió los dos libros, los cerró, se los puso debajo del brazo y salió, y al pasar por delante de Moira inclinó la cabeza.

—Le paga usted para que le lleve los libros —dijo ella cuando se cerró la puerta.

—Le pago para que me diga que no cuando hace falta, que es lo que cuesta caro. —Strachan giró la cabeza hacia ella—. ¿Trae el pliego?

—Traigo el pliego.

—Pues déjelo. Lo firmo cuando me deje ese hombre sentarme dos horas seguidas, y no antes, porque no pienso firmar un pliego de doce folios con la cabeza a medias.

Antes de subir, Moira se cruzó con la señora Dow en el rellano.

—¿Se queda a cenar, señorita Balfour?

—No, gracias.

—Se lo pregunto porque el doctor tampoco cena aquí y baja a Aberlour todas las noches a las diez, y a mí me parece mal las dos cosas. —La señora Dow se colocó el manojo de llaves—. En esta casa hay catorce habitaciones.

—El doctor sabrá.

—El doctor sabe de piernas.

Moira no contestó. La señora Dow bajó dos escalones y se paró.

—Hay una cosa que no me ha preguntado usted nunca y que le voy a decir igual —dijo—. La noche del quince, cuando se lo trajeron, yo llevaba veinte años en esta casa y no lo había visto nunca asustado. Y no estaba asustado por la pierna.

—¿Por qué, entonces?

—Por lo del tonelero. —La señora Dow siguió bajando—. Lleva tres semanas preguntando por él dos veces al día y no ha mandado a nadie a verlo.

Finlay subió a las cuatro y cuarto.

Moira lo oyó en la escalera antes de verlo, porque subía de dos en dos, que era una cosa que hacía él y que no hacía nadie más en aquella casa.

Traía el maletín pequeño, el de diario, y una lata envuelta en un paño.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

Y nada más, porque desde el dieciocho de diciembre no se habían dicho nada más que eso y los nombres de lo que hacía falta. Cuarenta y dos días. Moira los había contado sin querer contarlos, del modo en que se cuentan las cosas cuando uno lleva un libro.

La cura de enero ya no era la de diciembre.

La herida se había cerrado por segunda intención en dos terceras partes y quedaba un surco en la cara interna que había que limpiar y volver a tapar, y ya no había drenajes, y lo que había era una pierna que estaba encima de una almohada desde hacía veintiocho días y que había adelgazado de una manera que se veía a un metro.

Moira sujetó por encima de la rodilla, como siempre.

Y como siempre, durante veinte minutos, los tres estuvieron en aquella habitación haciendo cada uno una cosa distinta y sin hablar.

Finlay trabajaba. Tenía las manos quietas y los codos pegados al cuerpo y no levantaba la vista de lo que hacía, y cada cierto tiempo decía un número en voz alta para que lo apuntaran.

Strachan soportaba. No cerraba los ojos. Miraba el techo con la mandíbula apretada y respiraba por la nariz, y una sola vez, cuando Finlay pasó la sonda por el surco, se le fue la mano derecha al borde del colchón y lo agarró y lo soltó.

Y Moira sujetaba.

Tenía las dos manos encima del muslo de un hombre con el que se iba a casar en mayo, y notaba debajo de las palmas lo que quedaba de un músculo que en noviembre había cruzado un patio empedrado en cuatro zancadas, y a un palmo de sus dedos estaban las manos de otro hombre trabajando, y ella no miraba ni a uno ni a otro. Miraba la venda.

Lo que pensó, y lo pensó con toda la claridad con que pensaba las cuentas, fue que aquella habitación era el único sitio del mundo donde los tres sabían exactamente lo que tenían que hacer.

Al salir, Finlay bajó con ella hasta el patio, que no hacía nunca.

Anduvieron diez pasos sin decir nada.

—El surco va a cerrar —dijo él—. Diez días, doce.

—¿Y después?

—Después es cuando empieza lo largo. Después hay que hacerle andar, y eso no lo hace el cirujano. Eso lo hace el que esté delante todos los días diciéndole que se levante cuando él no quiera levantarse.

—¿Y quién es ese?

—Todavía no lo sé.

Moira se subió el cuello del abrigo. El patio estaba helado y había luna y los dos sabían que estaban hablando de otra cosa y ninguno de los dos iba a hablar de otra cosa.

—Doctor Calder.

—Dígame.

—Gracias por venir.

—No me las dé a mí. —Finlay se quedó quieto, con las manos en los bolsillos—. Deme usted el nombre del hombre que abrió la oficina de telégrafos aquella noche a las siete, que ese tampoco tenía por qué.

Moira lo miró y él ya se estaba dando la vuelta.

Escribió a Rattray esa misma noche.

Le escribió corto. Que confirmaba las cuarenta y seis barricas de los tres lotes, del ochenta y ocho al noventa y uno, a cuatro chelines y tres el galón de prueba.

Que subiría a Rothes a firmar la compra en la semana del veintitrés.

Que el tercio convenido lo tendría antes del veintiocho de febrero.

Esa última frase la escribió sin saber de dónde iba a salir el dinero, y la escribió igual, porque si no la escribía no había compra y sin compra no había nada.

La leyó tres veces antes de cerrar el sobre.

Era una frase de comerciante y no era una mentira todavía. Un hombre de negocios escribe en enero que tendrá una cantidad en febrero y en enero no la tiene, y eso no es engañar a nadie: eso es el oficio. Su padre lo había hecho toda la vida.

Su padre lo había hecho toda la vida y había acabado firmando dos garantías en dos tardes de 1895.

Moira apartó esa idea del modo en que se aparta una silla, empujándola, y cerró el sobre.

Copió la carta en el libro, como copiaba todo, y la dejó apoyada en el tintero para Hendry.

Solo quedaba subir a Rothes y firmar.