Parte segunda. El invierno
XI
La primera cura fue a las nueve de la mañana del domingo y duró cincuenta minutos.
Finlay había dormido cuatro horas en la posada de Aberlour y había vuelto a Dunrath antes del amanecer, y a las ocho ya tenía hervido lo que iba a necesitar y contado lo que le quedaba, que era menos de lo que había traído y mucho menos de lo que iba a hacer falta.
Lo primero que hizo fue enseñar.
—Usted y usted —dijo, y señaló a la señora Dow y a una chica de dieciocho años que se llamaba Aggie—. Miren lo que hago y no toquen nada. Mañana lo hago yo también. Pasado lo hace una de las dos delante de mí.
—Yo no soy enfermera —dijo la señora Dow.
—Usted lleva treinta años en esta casa y sabe hervir agua. Con eso y con que no se toque la cara ya es usted media enfermera, que es más de lo que hay en doce millas a la redonda.
Quitó el apósito. El olor era el que tenía que ser, que era casi ninguno. Los dos drenajes daban, y daban claro, y eso a las dieciocho horas era lo mejor que podía pasar.
Estaba midiendo la salida cuando la puerta se abrió detrás.
—Buenos días.
Moira Balfour se había lavado, se había cambiado y se había recogido el pelo, y traía una bolsa de lona con la que venía preparada para quedarse. Se puso al otro lado de la cama sin que nadie le dijera dónde ponerse.
—¿Sujeto?
—Sujete. Por encima de la rodilla, con las dos manos, y no la mueva aunque él se mueva.
Ella se quitó el guante de la mano derecha, que llevaba puesto para tapar la uña arrancada, y puso las dos manos donde le habían dicho.
Y entonces Finlay lo vio.
Un anillo en el dedo corazón de la mano izquierda, de oro, con una piedra oscura pequeña montada baja. Le quedaba grande y lo llevaba en el corazón y no en el anular, que era lo que hacía una mujer con un anillo que le bailaba.
Finlay bajó la vista al drenaje.
—Cuarenta centímetros cúbicos —dijo en voz alta, para que lo apuntaran—. Claro, sin olor.
No pensó en ello durante los siguientes cuarenta minutos, o pensó en ello del modo en que se piensa en un ruido de fondo, y cuando terminó y se lavó y salió al pasillo ya tenía las tres o cuatro piezas colocadas sin haberlo querido.
La señora Dow le había hecho poner la estufa a ella.
La chica Aggie la llamaba señorita Balfour y bajaba los ojos al llamarla.
El hombre del carro, el viernes, había dicho la señorita y no la señorita Balfour, como se dice de alguien que ya es de la casa.
Y Strachan, con cuarenta grados dentro y una tibia en cinco pedazos, había dicho que había tirado dos veces el calmante porque por la mañana tenía que firmar una cosa.
Finlay bajó a la cocina a hervir el instrumental y estuvo veinte minutos delante del fogón sin hacer nada más que mirar el agua.
Lo que le molestó no fue el anillo.
Lo que le molestó fue haber tardado cuarenta minutos en verlo, teniéndolo a un palmo de las manos todo el rato, y haberlo visto después de haber comprobado el drenaje, el color del tejido, la temperatura del pie y el pulso pedio.
Eso quería decir que había estado trabajando bien.
Y quería decir también que en cuanto dejó de trabajar, lo primero que hizo fue mirarle la mano izquierda.
Ogilvie llegó el lunes diecinueve a las nueve, como había dicho, con un chico y con lo que le quedaba de gasa.
Miró la herida sin tocarla, de pie, con las manos a la espalda.
—Está mejor de lo que yo esperaba.
—Está mejor de lo que yo esperaba.
—Ya. —Ogilvie se enderezó—. ¿Y ahora qué?
—Ahora hay que aguantar así entre ocho y quince días sin cerrar y sin que suba. Lo malo no ha pasado. Lo malo son los días cinco, seis y siete.
—Eso lo sé.
—Ya sé que lo sabe. Se lo digo porque si el día seis a mí me atropella un carro, usted es el que se queda aquí, y quiero que sepa lo que estoy pensando y no solo lo que estoy haciendo.
Ogilvie lo miró un momento.
—Doctor Calder, ¿sabe usted por qué le dije el viernes que me la llevaba por debajo de la rodilla?
—Porque con lo que tenía en el maletín era lo correcto.
—Porque hace once años tuve un caso igual en Archiestown, esperé, y enterré al hombre. —Cogió su sombrero—. Y llevo once años operando con ese entierro puesto encima de la mesa. Usted no lo tiene. Usted tiene sesenta o setenta y yo tengo uno, y el mío pesa más.
Se fue sin darle la mano y volvió el jueves, y el sábado, y a partir del sábado dos veces por semana durante tres meses, y nunca cobró el viaje.
El día de Navidad Finlay comió en la posada de Aberlour con el posadero, la mujer del posadero y un viajante de tejidos de Dundee que estaba allí por la nieve.
A las tres subió a Dunrath a la cura de la tarde, porque la herida no sabía qué día era.
Al segundo día, Strachan quiso negociar.
—Doctor, ¿cuánto tiempo?
—¿De qué?
—De estar así.
—Abierto, entre ocho y quince días. Con la férula, tres meses. Y después de los tres meses, otros tres de aprender a andar otra vez, si aprende.
—Eso es medio año.
—Eso es medio año.
Strachan se quedó mirando el techo.
—El sábado vinieron dos hombres a contar mis existencias. Estuvieron cuatro horas. Se fueron sin decirme nada y el lunes o el martes va a llegar una carta de Leith, y esa carta hay que contestarla el mismo día, y no la puede contestar Bain porque Bain no sabe lo que hay detrás.
—¿Y?
—Y necesito dos horas al día de mesa. No de cama con papeles encima. De mesa, sentado, con los libros abiertos y con gente delante.
Finlay dejó la palangana.
—Le doy cuarenta minutos por la mañana, sentado en esa cama, con la pierna en alto y con un solo hombre delante cada vez. Y se los doy a partir del jueves, no hoy.
—Cuarenta minutos no me sirven.
—Entonces no le sirven. —Finlay se secó las manos—. Señor Strachan, yo no le estoy regateando. Si esa pierna se infecta, no es que tarde más: es que se la quitan. Y el día que se la quiten a usted ya no le va a hacer falta contestarle a Leith, porque no va a haber a quién contestarle.
—Usted cree que exagera para asustarme.
—Creo que usted es un hombre acostumbrado a que las cosas se puedan negociar y ha tenido la mala suerte de romperse algo que no negocia. —Cerró el maletín—. Cuarenta minutos, a partir del jueves. Si el jueves está la herida como hoy, el lunes le doy una hora.
Strachan tardó.
—¿Y quién decide si está como hoy?
—Yo.
—Eso es mucho poder para un hombre al que no le pago.
—Va a pagarme usted, y bastante caro, y va a hacerlo porque prefiere deberme dinero a deberme un favor. —Finlay se echó el maletín al hombro—. Pero eso lo arreglamos en marzo.
Por primera vez desde que había entrado en aquella casa, vio moverse algo en la cara de Strachan que no era dolor.
Aquellos ocho días se le quedaron después como un solo día repetido.
Cura a las nueve. Instrumental hervido a las diez.
Dos horas de sueño mal dormido en un cuarto de posada con la ventana que no cerraba.
Vuelta a las tres. Cura de la tarde. Temperatura a las seis, a las ocho y a las diez.
Y en medio, las cosas que van apareciendo en una casa donde hay un médico: una cocinera con un panadizo, un carretero con dos costillas de la semana anterior que no se había dejado ver, la chica Aggie con sabañones abiertos en los dos pies.
El día veinte le trajeron a un crío de la aldea de abajo con la oreja supurando desde el verano.
Finlay le limpió el conducto, le puso un taponamiento y le dijo a la madre que volviera en tres días, y la madre se quedó de pie con el crío en brazos y no se iba.
—¿Cuánto es?
—Nada.
—Doctor, algo será.
—Nada, señora. Estoy aquí por otra cosa y no tengo aquí libro de visitas.
La mujer le dio las gracias cuatro veces y se fue, y Finlay se quedó con el algodón en la mano pensando que aquel crío llevaba la oreja supurando desde junio porque entre junio y diciembre nadie había hecho doce millas.
Tam Geddes vino el miércoles veintiuno, andando, once millas de ida y once de vuelta, con la manga sujeta con un imperdible y con la mujer detrás en el carro de un vecino porque ella no lo había dejado ir solo.
Finlay lo sentó junto al fogón de la cocina y le deshizo el vendaje.
El muñón estaba limpio. El colgajo de Ogilvie aguantaba y había un punto en el borde inferior que estaba trabajando mal y que iba a soltarse, y lo que había debajo era carne joven y roja.
—¿Ha tenido fiebre?
—El sábado.
—¿Cuánta?
—No sé. La suficiente para que la mujer no durmiera.
Bell Geddes, de pie junto a la puerta, no dijo nada.
—¿Duerme?
—A ratos. —Tam se miró la manga—. Me despierto porque me pica la mano.
—Va a seguir. Puede durar años y puede durar siempre. No es que usted esté mal de la cabeza; es que el nervio sigue donde estaba y sigue trabajando.
—¿Y eso se quita?
—Eso no lo sé quitar yo ni lo sabe quitar nadie que yo conozca.
Tam asintió como si le hubieran dado una respuesta buena, que era lo que se sacaba de decirle la verdad a un hombre como aquel.
Finlay le puso el vendaje nuevo y le enseñó a la mujer cómo se hacía, dos veces, y a la segunda dejó que lo hiciera ella con él mirando.
—Vuelva el lunes.
—Son once millas, doctor.
—Ya sé que son once millas.
—Y el lunes que viene son otras once.
Finlay se quedó con el rollo de gasa en la mano.
Once millas. Doce hasta Elgin por la carretera de abajo y trece y media por la de arriba, que era la que se podía pasar en invierno, y tres horas de carro, y en aquella comarca había cinco destilerías y dos canteras y una serrería y no había una sola cama.
—Vuelva el lunes —dijo—. Y si no puede, me lo dice y vengo yo.
El día veintitrés, Rab Cruickshank lo llevó en el carro hasta Aberlour porque a Finlay se le habían acabado la gasa y el algodón y en Aberlour había botica.
Fueron media hora sin hablar. Rab conducía como hacía todo, sin prisa y mirando el camino tres o cuatro varas por delante de donde miraba la gente.
—Doctor.
—Dígame.
—¿Usted va a quedarse hasta que ese hombre ande?
—Todavía no lo sé.
—Ya. —Rab chasqueó la lengua al caballo—. Se lo pregunto porque el jueves de la semana pasada, cuando pasó lo que pasó, yo le escribí a usted el telegrama.
Finlay lo miró.
—¿Usted?
—Ella tenía la mano rota. Se le había levantado la uña y llevaba la manga tiesa de sangre seca y no podía coger el lápiz. —Rab siguió mirando el camino—. Así que me lo dictó y lo escribí yo.
—¿Y?
—Y nada. Le dijo el nombre de usted y me dijo la dirección.
—Es natural.
—Ya. —Rab se rascó la nuca por debajo de la gorra—. Es que no la leyó. No sacó ningún papel, no miró ninguna libreta. Estábamos a oscuras en el patio, con dos hogueras encendidas, y me la dijo de corrido, calle, número y ciudad, como quien dice un número de barrica.
El carro siguió bajando.
—Se lo cuento porque me pareció raro —dijo Rab—, y llevo una semana dándole vueltas, y no se lo he contado a nadie más.
—Hizo bien.
—¿En contárselo o en no contárselo a nadie?
—En las dos cosas —dijo Finlay.
No volvieron a hablar hasta la botica.
El veintiséis por la mañana hizo la cuenta, que era lo que llevaba tres días evitando.
La escribió en el reverso de un sobre, en la mesa de la posada, con la misma letra con la que escribía las hojas de temperatura.
Días que llevaba fuera: once.
Días que faltaban para que aquella herida cerrara, si cerraba: entre siete y doce.
Días que faltaban para que aquel hombre pudiera ponerse en pie sin que la tibia se moviera: noventa, con suerte.
Días que faltaba él en Bridgeton para que la plaza dejara de ser suya: lo había escrito él mismo en la nota del jueves. Si el lunes tampoco aparezco, no me esperen.
Ese lunes había sido el diecinueve.
Llevaba una semana siendo un hombre que ya no tenía plaza y que todavía no lo había dicho por escrito, y eso era lo único de toda aquella casa que no estaba limpio.
La carta a Glasgow la escribió la noche del veintiséis, en la mesa de la posada, y le costó tres horas y cuatro hojas.
No escribió lo que quería escribir. Escribió lo que hacía falta.
Que la herida estaba abierta y drenando y que no podía dejarla en otras manos hasta que cerrara.
Que no podía dar fecha. Que por tanto renunciaba a la plaza de la casa de socorro de Bridgeton con efecto del primero de enero y que agradecía los seis años.
Ciento veinte libras al año. Eso era lo que había en aquella hoja y no lo puso porque el que iba a leerla ya lo sabía.
Escribió también al practicante, para que se repartieran sus avisos.
Y una tercera, más corta, al secretario de la junta escolar de la parroquia, un tal Pirie, preguntando quién tenía la llave de la escuela vieja de Glen Corrie y si la junta la había arrendado o cedido a alguien desde el noventa y cinco.
Esa tercera la dobló y estuvo un rato con ella en la mano antes de meterla en el sobre.
No puso en ella ni la palabra enfermería ni ninguna otra palabra que dijera lo que estaba pensando. Puso una pregunta sobre una llave.
Las tres salieron el martes veintisiete en el correo de la mañana, con Hendry, que bajaba a Craigellachie.
Finlay se las dio en el patio de Dunrath, y Hendry se las metió en la saca sin mirarlas, como se meten las cartas de todo el mundo.
—¿Va para Glasgow, doctor?
—No.
—Ah. —Hendry cerró la saca—. Es que en el pueblo dicen que se va usted el día uno.
—En el pueblo dicen muchas cosas.
—Sí que las dicen. —Hendry subió al pescante—. Dicen también que el señor Strachan no vuelve a andar, y yo lo vi a él en septiembre subir una barrica llena al carro con las dos manos, así que yo no digo nada de nadie.
El carro salió del patio y bajó hacia el camino.
Finlay se quedó mirándolo hasta que dobló, con las manos en los bolsillos y con frío, y después subió a la cura de las nueve.
Él se quedó.