Capítulo 10
X
El instrumental hervía desde Perth.
Finlay lo había metido en la lata de esterilizar, la lata en el maletín grande y el maletín grande debajo del asiento, y llevaba desde Buchanan Street repasando lo que faltaba.
Dos sierras, una recta y una de arco, que esperaba no abrir.
Cuatro pinzas de presión. Dos rugínas. Catgut y seda.
La bomba de irrigación. Cuatro libras de gasa y tres de algodón.
Una botella de ácido fénico de las grandes y otra de repuesto, porque en una casa de campo hay agua y hay fuego y no hay carbólico.
Un tubo de drenaje de caucho, tres. Cloroformo, dos frascos.
Y una férula de Liston, que era lo que ocupaba y lo que no cabía y lo que había atado por fuera con dos correas.
Lo que no llevaba era ninguna idea de lo que iba a encontrarse, porque el telegrama tenía veintidós palabras y en veintidós palabras cabe una pierna pero no cabe un hombre.
Fractura abierta con esquirlas. Tierra dentro.
Se lo había repetido toda la noche. Tierra dentro era lo único que importaba de aquel telegrama. Una tibia partida en cinco se arma. Lo que mata es lo que entra con ella.
Había recibido el telegrama a las ocho y cuarto de la noche, en la puerta de su casa, de manos de un chico que se había quedado esperando por si había respuesta.
La respuesta fueron cuatro palabras y el nombre de un tren.
Después había subido, había abierto el armario del pasillo y había estado veinte minutos delante de él haciendo lo que hacía siempre antes de un viaje, que era decidir qué no llevaba.
Lo que no llevaba pesaba tanto como lo que llevaba.
En una casa de campo no hay ayudante, no hay segunda mesa y no hay nadie que sepa hervir una aguja, y todo lo que uno no ha metido en la lata no existe.
A las once había escrito dos notas. Una al practicante para que le llevase los avisos del viernes. La otra al director de la casa de socorro de Bridgeton, para decirle que faltaba el viernes y el sábado y que si el lunes tampoco aparecía, no lo esperase.
Esa segunda nota la había escrito dos veces.
Cambió en Aberdeen a las siete y diez y otra vez en Craigellachie a la una y veinte, y en el andén de Craigellachie, con el viento entrando por el hueco del valle, se quedó de pie en el mismo sitio donde se ponía de crío cuando su padre lo llevaba a Elgin, y se dio cuenta de que se había puesto ahí sin pensarlo.
En Dunrath lo bajaron del carro a las dos y diez.
Había doce o catorce personas en el patio y ninguna hacía nada, que era la primera cosa mala. La segunda fue el olor, porque en el patio de una casa de whisky el aire huele a grano y a humo, y allí olía a fenol barato, del que se echa por encima cuando ya no se sabe qué hacer.
Un hombre ancho con la cara sin lavar le cogió el maletín grande sin pedir permiso y echó a andar hacia la casa.
—Arriba.
—¿Cuántos heridos hay?
—Once. Nueve andan.
—¿Y el décimo?
—El décimo perdió el brazo ayer.
Finlay se paró en seco.
—¿Ayer a qué hora?
—A las seis y pico de la tarde.
—¿Quién?
—El doctor de Aberlour.
—Digo quién lo perdió.
—Ah. Geddes. El tonelero.
Siguió andando. Guardó aquello donde guardaba lo que no podía usar todavía.
Ella estaba en el rellano de arriba.
Finlay la vio antes de que ella lo viera, que fue una ventaja que no había buscado y que le duró dos segundos y medio.
Moira Balfour estaba de pie junto a la puerta del cuarto con un delantal que no era suyo, con el pelo recogido de cualquier manera y con las dos manos por delante, y tenía las manos negras hasta la muñeca y la derecha vendada con una tira de sábana.
Tenía polvo blanco en el nacimiento del pelo.
Había estado cavando y llevaba veinticuatro horas sin dormir, y las dos cosas se le veían en cómo apoyaba el peso, más en una pierna que en la otra, que es lo que hace un cuerpo cuando lleva mucho tiempo de pie.
Lo primero que hizo Finlay, antes de nada, antes incluso de reconocerla del todo, fue mirarle la mano vendada y calcular, por la posición del vendaje y por cómo la llevaba, que era la uña y no era el hueso.
Lo segundo fue darse cuenta de que le había hecho eso antes que nada.
Cinco años.
—Doctor Calder.
—Señorita Balfour.
Tenía la voz igual. Eso fue lo que le pareció peor y no supo por qué.
—Está despierto —dijo ella—. Lleva despierto desde ayer.
—¿Ha comido?
—Caldo, dos veces. La segunda la echó.
—¿Le ha subido la fiebre?
—Ogilvie le tomó la temperatura a las once y a la una. Está apuntada en la hoja de la mesilla.
Finlay levantó la vista.
—¿Quién la ha apuntado?
—Yo.
—¿Cada cuánto?
—Cada dos horas desde las nueve de anoche, y cada hora desde las seis de esta mañana, con la hora y el número, porque no sabía qué más hacer con las manos.
Se apartó de la puerta.
Y ahí se acabó, porque él entró.
Roderick Strachan estaba consciente y no debería haberlo estado.
Era un hombre grande, de treinta y ocho o treinta y nueve, con la cara gris y los labios sin color, y tenía la cabeza vuelta hacia la puerta desde antes de que Finlay llegara al umbral, lo que quería decir que llevaba un rato oyendo pasos y contándolos.
—¿Es usted el de Glasgow?
—Soy yo.
—Dicen que no va a llegar a tiempo.
—He llegado. —Finlay dejó el maletín en la silla—. ¿Cuánto ha dormido?
—Nada.
—¿Le han dado algo?
—Me han dado tres veces y lo he tirado dos.
—¿Por qué?
—Porque esta mañana tenía que firmar una cosa —dijo Strachan— y no pienso firmar dormido.
Finlay retiró la sábana.
Lo que había debajo estaba mal y estaba menos mal de lo que decían veintidós palabras.
La pierna derecha, entre la rodilla y el tobillo, tenía dos heridas, una grande en la cara interna con el borde machacado y otra pequeña de dentro afuera.
La deformidad era evidente y el pie estaba rotado hacia fuera. Le tocó el empeine con dos dedos.
—¿Nota esto?
—Lo noto.
—¿Y esto?
—Lo noto.
Puso la mano en el dorso del pie y esperó. Frío, pero no el frío que él temía. Y debajo de los dedos, al cabo de unos segundos, un latido pequeño y presente.
Finlay soltó el aire por la nariz muy despacio para que no se le notara.
Ogilvie estaba detrás, en la puerta, con el abrigo puesto.
—El pulso pedio lo tiene —dijo.
—Lo tiene.
—Lo tenía anoche también, y anoche le dije a la señorita Balfour que se la quitaba por debajo de la rodilla y ese hombre vivía. —Ogilvie no lo dijo con rencor. Lo dijo del modo en que un hombre repite delante de testigos lo que ya ha dicho—. Lleva veintiuna horas con tierra dentro.
—Lo sé.
—¿Y aun así no se la quita?
Finlay se enderezó.
—Doctor Ogilvie, ¿ha lavado usted esa herida?
—Se la lavé anoche con sublimado y se la tapé.
—¿Con qué la tapó?
—Con lo que tenía.
—Entonces tiene usted veintiuna horas de tierra y una cura encima.
—Finlay se estaba subiendo las mangas—. Yo no voy a discutirle la amputación, porque si yo hubiera estado anoche a las cinco con lo que usted tenía en el maletín, se la habría quitado.
Lo que le digo es lo que voy a hacer ahora, y no es esperar.
Voy a abrir eso de arriba abajo, voy a sacar lo que no esté vivo, voy a lavarlo hasta que salga limpio y voy a dejarlo abierto con drenaje.
Si mañana está caliente, se la quita usted y yo le sujeto la pierna. Si no, la armamos.
Ogilvie se quedó un momento en la puerta.
—¿Usted cuántas ha visto?
—De estas, sesenta o setenta. En Glasgow se caen dentro de las fábricas.
—¿Y de las sesenta o setenta cuántas han andado?
—No se lo voy a decir delante del paciente —dijo Finlay—, y usted no me lo habría preguntado delante del paciente si no supiera la respuesta.
—Está aquí —dijo Strachan desde la cama—, y está despierto, y quiere saberlo.
Finlay lo miró.
—Menos de la mitad andan como andaban. Y de los que andan, la mayoría andan mal y andan con bastón, y algunos pierden un dedo o dos de largo y cojean el resto de su vida.
—No apartó los ojos—. Lo que no le puedo decir es cuál va a ser usted, y no se lo voy a decir esta tarde ni mañana.
Le puedo decir que si se la quitamos hoy, no hace falta preguntárselo nunca más.
Strachan tardó en contestar.
—¿Usted qué haría?
—Lo que voy a hacer.
—Pues hágalo.
Finlay se volvió hacia la puerta y empezó a hablar sin mirar a nadie en concreto, que era como hablaba cuando ya estaba operando.
—Necesito la mesa más grande que haya en esta casa, vaciada y fregada, y la quiero en la habitación de abajo que tenga dos ventanas.
Necesito fuego encendido en esa habitación desde ya.
Necesito toda el agua que se pueda hervir y la quiero hirviendo, no caliente, y la quiero en cacharros tapados.
Necesito seis sábanas limpias y no me valen limpias de armario, las quiero hervidas.
Necesito dos lámparas buenas y una tercera de repuesto.
—Hay tres —dijo la señora Dow desde el pasillo.
—Hay cuatro —dijo Moira.
—Cuatro, entonces. —Finlay abrió el maletín—. Y no quiero a nadie dentro de esa habitación que no esté trabajando. Nadie en la puerta, nadie mirando desde el pasillo y nadie entrando a preguntar. Doctor Ogilvie, ¿me da el cloroformo?
Ogilvie se soltó el botón del abrigo.
—Se lo doy.
Empezaron a las cuatro menos cuarto y terminaron a las siete y veinte.
La habitación de las dos ventanas era el comedor. Finlay operó con la cabeza a un palmo de la herida durante tres horas y media, y en tres horas y media dijo en voz alta once cosas y todas eran instrumentos.
La primera media hora fue solo abrir y mirar, y fue la que decidió todo lo demás.
Lo que encontró debajo de la herida grande fue mejor de lo que esperaba en un sitio y peor en otro.
El músculo de la cara interna estaba machacado y muerto en una banda de dos dedos de ancho y aquello había que quitarlo entero, sin ahorrar, porque lo que se ahorra ahí se paga en tres días.
Pero por debajo, contra el hueso, el tejido sangraba, y sangraba rojo, y un músculo que sangra rojo a las veintiuna horas es un músculo que todavía se puede defender.
—Fénico —dijo.
Sacó cuatro esquirlas sueltas y dejó dos que tenían periostio y podían vivir.
Sacó tierra, sacó dos trozos de pizarra del tamaño de una uña y sacó lana del pantalón, hebra por hebra, con las pinzas finas, durante cuarenta minutos, porque la lana es lo peor y la lana no se ve.
Irrigó cuatro veces. Cortó lo que no sangraba y dejó lo que sangraba.
Redujo la fractura tirando del pie con las dos manos mientras Ogilvie, que resultó tener manos mejores de lo que su maletín daba a entender, sostenía la rodilla.
No cerró. Lo dijo en voz alta para que constara, porque era lo que más iba a costar de explicar a una casa que quería ver a su dueño vendado y cosido.
—Esto se queda abierto. Si alguien me lo cierra esta noche por hacer un favor, ese hombre pierde la pierna el lunes.
Puso dos drenajes y dejó la herida abierta y tapada, y después inmovilizó con la férula de Liston desde la ingle hasta el pie.
Moira estuvo dentro las tres horas y media.
No la había pedido y no la había echado.
Estuvo al otro lado de la mesa, sujetando la pierna por encima de la rodilla cuando hizo falta sujetarla, con las manos negras metidas en un agua con carbólico que la dejó con la piel blanca y arrugada hasta la muñeca, y no habló ni una vez y no apartó la vista ni una vez.
A las seis y cuarto, Finlay levantó la cabeza un momento porque le estaba temblando la mano y no quería que le temblara con las pinzas dentro.
Ella le estaba mirando las manos y no la cara. Miraba las manos como se mira un trabajo que se está haciendo bien.
Finlay volvió a bajar la cabeza.
Al terminar, Ogilvie se quedó un momento con la palangana en las manos.
—Cuarenta minutos con las pinzas para sacar hilo —dijo.
—La lana no se ve y no se pudre sola.
—Eso lo sabía. Lo que no había visto nunca es a nadie estar cuarenta minutos.
—Es que no hay nada más que hacer. —Finlay se estaba secando los brazos—. No es habilidad, doctor. Es tiempo, y el tiempo lo tiene cualquiera que esté dispuesto a aburrirse.
Ogilvie dejó la palangana.
—Le voy a mandar mañana a las nueve a un chico con lo que me quede de gasa —dijo—. Y si el lunes sigue usted aquí, vengo yo.
A las ocho, lavado y con una camisa prestada, bajó a la cocina grande a ver al tonelero.
Geddes estaba sentado en una silla junto al fogón, despierto, con el muñón vendado y con la manga de la camisa doblada y sujeta con un imperdible por alguien que había pensado en eso.
—Doctor.
—Enséñemelo.
Lo desvendó. El corte de Ogilvie era bueno, y el colgajo estaba bien pensado, y dos cosas no estaban bien y las dos eran de material y no de mano.
—¿Le duele?
—Me duele lo que ya no está.
—Eso va a seguir un tiempo. —Finlay volvió a vendar—. ¿Cuántos años tiene?
—Cuarenta y uno.
—¿Familia?
—Mujer y dos.
—¿Y qué hacía usted con este brazo?
Geddes tardó un momento.
—Todo —dijo.
Finlay terminó de vendar y se sentó en el banco de enfrente, porque no se le ocurrió otra cosa que hacer que sentarse.
—¿Dónde está el hospital más cercano?
—En Elgin.
—¿Cuánto hay?
—Doce millas por carretera. Trece y media si va por la de arriba, que es la que se puede pasar en invierno.
—¿Y cuánto se tarda?
—Con carro, tres horas. —Geddes se miró la manga doblada—. Ayer no lo habría aguantado.
Finlay no contestó.
Once hombres debajo de un techo. Nueve andando, uno sin brazo y uno que a lo mejor no anda. Doce millas de carretera, tres horas de carro, un médico rural con buenas manos y un maletín de 1880, y todo lo que él había traído metido en una lata desde Perth.
Salió de Dunrath a las diez, en el carro de un hombre que iba a Aberlour y que se ofreció sin que se lo pidieran, para dormir en la posada porque en la casa no quedaba sitio y porque quería estar fuera cuatro horas y volver antes del amanecer.
La noche estaba clara y había helado otra vez.
A media milla, donde el camino se separa en dos y el corto baja hacia la carretera, el carro tomó el corto, y a los doscientos pasos pasaron por delante de un edificio bajo de piedra con la mitad del tejado hundido hacia dentro.
Finlay no dijo que pararan.
Lo miró de largo, con la luna dándole por el lado del hastial, y vio el hueco negro donde había estado la techumbre, y vio que la puerta seguía puesta y que alguien, en algún momento de los últimos tres años, la había cerrado.
—Eso era la escuela —dijo el hombre del carro, por decir algo.
—Ya lo sé.
El carro siguió. Finlay se quedó mirando hacia atrás más tiempo del que hacía falta, y lo que estaba haciendo mientras miraba no era acordarse de su padre.
Era medir el hastial, y contar las ventanas, y calcular cuántas camas cabrían dentro si alguien pusiera un tejado.