Capítulo 9
IX
En el patio de Dunrath no había nadie parado.
Moira lo notó desde el camino, antes de entrar, porque un patio de Dunrath con todo el mundo andando deprisa era un patio distinto.
Los carros no estaban en fila esperando turno.
Estaban vacíos y dados la vuelta, con las traseras abiertas hacia el almacén viejo del fondo, que era el bajo, el de la techumbre de pizarra que había cedido con la nevada del once.
Rab Cruickshank estaba en mitad del patio sin la vara.
—Hoy no es día —dijo, y no se lo dijo con mala cara.
—Traigo un pliego que firmar y una cosa que preguntarle.
—Pues las dos van a tener que esperar a las seis.
—¿Qué pasa?
Rab miró hacia el almacén viejo y volvió a mirarla.
—Que vienen el sábado a contar.
Strachan salió de la casa en ese momento, sin abrigo y con las mangas subidas, y cruzó el patio derecho hacia el almacén viejo sin ver a nadie. Llevaba un papel en la mano y lo llevaba doblado en cuatro, del modo en que se lleva un papel que ya se ha leído tres veces.
Moira fue detrás.
Dentro del almacén viejo hacía más frío que fuera. La vertiente norte de la techumbre estaba apuntalada con dos vigas nuevas y por el hueco entraba una luz blanca y entraba nieve vieja, y debajo de aquello había cuatro filas de barricas hasta el fondo.
—Todo lo de las filas tres y cuatro sale hoy —estaba diciendo Strachan—. A los cobertizos y al largo. Lo que no quepa, a los carros, y los carros bajo lona.
—Señor Strachan.
Rab había entrado detrás de ella.
—Diga.
—Yo eso no lo movería hoy.
Los hombres que estaban quitando la lona de la primera fila se pararon. No todos. Los suficientes.
—Sigue —dijo Strachan.
—Sigo. —Rab se acercó tres pasos—. La nieve del once entró por el hueco y se metió debajo.
El suelo de esa mitad lleva cuatro días chupando agua y esta madrugada ha helado.
Los durmientes de la tercera fila están asentados encima de barro helado y no se sabe cómo van a estar a mediodía cuando el sol les dé por el hueco.
—¿Y qué haría usted?
—Apuntalar la tercera, sacar la cuarta despacio y esperar al viernes con el suelo seco.
—El viernes es mañana y el sábado están aquí.
—Pues que le cuenten las barricas donde están.
Strachan desdobló el papel que llevaba en la mano y lo volvió a doblar sin leerlo.
—Si vienen el sábado y ven cuatro filas de existencias debajo de un tejado roto, escriben en su informe que Dunrath guarda su garantía debajo de un agujero.
—Lo dijo despacio y sin subir la voz, mirando a Rab y no a los hombres—.
Y el lunes tengo aquí un requerimiento. Eso no es una barrica ni son cien barricas, Rab. Es la casa.
—Ya lo sé.
—¿Lo mueves tú o lo muevo yo?
Rab se quedó quieto tres segundos.
—Lo muevo yo —dijo—. Pero que conste que lo he dicho.
—Consta.
Moira estaba a cuatro pasos y lo oyó todo, y lo que pensó en aquel momento, que después le costó recordar sin vergüenza, fue que Strachan tenía razón.
Lo pensó con la carta de Gault en el bolsillo.
Dos inspectores antes de fin de año, de una casa de Leith que llevaba tres años prestando y que la semana de Pattisons había decidido contar.
Ella sabía lo que era eso y él acababa de decirlo en voz alta delante de nueve hombres: no es una barrica ni son cien barricas, es la casa.
Y si caía Dunrath, la deuda de Corrieburn no desaparecía. Cambiaba de manos otra vez, y la siguiente mano sería la de Leith, y la de Leith no le debía a ella ni una moratoria ni quince materias ni nada.
Por eso se quedó callada.
Eso fue lo que después no supo perdonarse: que no se quedó callada por respeto ni por prudencia, sino porque en aquel momento le convenía que aquellas barricas salieran de allí antes del sábado.
Sacaron la cuarta fila en dos horas y media y no pasó nada.
A la una pararon a comer y a la una y media empezaron con la tercera, y ahí fue donde hizo falta el tonelero, porque las de la tercera habían estado con el pie en el agua y salían con los aros bajos sudando herrumbre y había que mirarles la junta una por una antes de subirlas al carro.
Tam trabajaba en la boca, a cubierto, con el caballete puesto.
No estibaba. No levantaba nada por encima del pecho.
Los hombres le acercaban la barrica rodando, él la paraba con la bota, la giraba, le pasaba el pulgar por el canto del aro, decía sí o decía no, y las que decían no se apartaban a la izquierda para él.
Moira lo estuvo mirando un rato desde la puerta, porque no tenía otra cosa que hacer hasta las seis y porque mirarlo trabajar era agradable.
A las tres menos cuarto, Tam apartó una a la izquierda y se agachó a cambiarle el aro de arriba.
A las tres menos diez, el segundo puntal de la vertiente norte se fue.
No hubo aviso. Moira llevaba toda la tarde oyendo crujir aquel techo y todo el mundo llevaba toda la tarde oyéndolo, y lo que se oyó a las tres menos diez no fue distinto de lo que se había oído a las dos, y por eso nadie se movió a tiempo.
Lo que cedió fue la viga maestra, y al ceder tiró de la pizarra, y la pizarra y la nieve vieja cayeron sobre las dos últimas filas de la tercera.
Después cayó la viga.
Moira estaba fuera. Eso fue lo único que la salvó de nada, porque no había nada de lo que la salvara: estaba fuera y no se movió durante dos segundos y los dos segundos los recordó después con mucha claridad.
Lo que vio dentro fue polvo blanco.
Y en el polvo blanco, un hombre que iba hacia el fondo en vez de hacia la puerta.
Strachan sacó al primero por el cuello del chaquetón, arrastrándolo, y lo soltó a cuatro pasos de la boca y volvió a entrar.
Sacó al segundo del mismo modo. Al tercero no lo sacó, porque el tercero era Tam y Tam estaba debajo del caballete y del extremo de la viga, y porque en el momento en que Strachan llegaba hasta él se fue el resto de la vertiente.
Moira entró con los demás.
Lo que hizo la hora siguiente lo hizo con las manos y no lo pensó ni una vez.
Quitó pizarra. La quitó de dos en dos y de tres en tres, pasándosela al de al lado, y cuando se le acabó la pizarra quitó nieve, y cuando se le acabó la nieve metió las dos manos debajo de una barrica volcada y empujó con otros cuatro hasta que la barrica rodó.
Se rompió la uña del índice de la mano derecha hasta la carne y se enteró tres horas después.
Contó. Contó sin querer contar. Once hombres dentro cuando cayó. Nueve fuera a los veinte minutos. Diez a la media hora.
El once fue Strachan, y lo sacaron a las cuatro y cuarto, consciente, con la pierna derecha debajo del extremo de la viga y con la viga sostenida por seis hombres y dos palancas mientras otros dos tiraban de él.
A las cuatro menos veinte, cuando ya habían sacado a nueve, alguien trajo faroles porque dentro no se veía, y a la luz de los faroles el polvo blanco se quedó colgado en el aire y no bajaba.
Moira trabajó al lado de un carretero al que no conocía y que no paró de hablar en toda la hora, diciendo números en voz alta, cuántos habían entrado y cuántos iban, una y otra vez, con los mismos números, y ella no le dijo que se callara porque a la media hora se dio cuenta de que estaba contando con él.
A Tam lo habían sacado antes. Lo sacaron a las tres y media, con el brazo izquierdo cogido entre el caballete y la viga desde el codo abajo, y Moira estaba a un metro cuando lo liberaron y vio lo que salió de allí y supo antes que nadie, con una certeza que no tenía derecho a tener, que aquello no se arreglaba.
Lo llevaron a la cocina grande porque era lo más cerca y porque tenía fogón, y lo tumbaron en la mesa de amasar, y Moira le sujetó la cabeza mientras dos hombres le apretaban el brazo por encima con una correa de arreo.
Tam estuvo consciente los primeros veinte minutos.
—No llame a Bell —dijo.
—La voy a llamar.
—No la llame hasta que se sepa.
—Ya se sabe, Tam.
Él se quedó callado un momento, mirando el techo de la cocina, y después dijo una cosa que Moira no le había oído decir nunca en doce años.
—Dígale que no he hecho nada mal.
—No has hecho nada mal.
—Dígaselo usted, que a mí no me va a creer.
El doctor Ogilvie llegó de Aberlour a las cinco.
Le quitó el brazo a Tam en la cocina grande de Dunrath a las seis y veinte, por encima del codo, con cloroformo y con la señora Dow sujetando la lámpara, y Moira estuvo dentro porque Bell Geddes estaba a once millas y alguien tenía que estar.
Después, Ogilvie se lavó las manos, se las secó y fue al cuarto de arriba donde habían puesto a Strachan.
Bell Geddes llegó a las siete, con el hijo mayor, en el carro de un vecino, y entró en la cocina antes de que nadie pudiera pararla, y lo que hizo fue mirar la mesa y después mirar a Moira y después no mirar a nadie más.
No dijo nada aquella noche. Ni una palabra, ni a ella ni a los demás.
Lo que había dicho lo había dicho el veintitrés de noviembre en la puerta de su casa, con el delantal en las manos, y Moira lo tenía entero y palabra por palabra y no iba a perderlo nunca: si vuelve en mayo con los dos brazos, no le voy a decir nada a usted nunca de esto.
Salió a los diez minutos.
—Fractura abierta de la tibia y del peroné, con esquirlas —dijo—. La he contado cuatro veces y hay más de cuatro. La herida tiene tierra, tiene pizarra y tiene lana del pantalón dentro.
—¿Y?
—Y mañana por la mañana esa pierna va a estar caliente. —Ogilvie se estaba abrochando el puño y no levantaba la vista—. Se la quito esta noche por debajo de la rodilla y ese hombre vive. Espero a mañana y a lo mejor se la tengo que quitar por encima. Espero a pasado y le entierro usted el martes.
—¿Eso es seguro?
—Nada es seguro, señorita Balfour. Le estoy diciendo lo que he visto veintitantas veces.
Moira miró la puerta del cuarto. Dentro no se oía nada.
—¿Hay alguien que sepa más que usted de esto?
Ogilvie levantó por fin la cabeza y no se ofendió, que fue lo que más miedo le dio.
—En Aberdeen hay tres. En Glasgow hay uno que lleva ocho años operando piernas de hombres que se caen dentro de las fábricas, y ese sabe más que los tres de Aberdeen juntos, y no va a venir.
—¿Cuánto tardaría?
—Un día. Si sale mañana con el primero, un día. —Ogilvie cogió su maletín—. Y en un día esa pierna puede haberse puesto de un color que ya no se discute. Yo se lo he dicho. Usted decide, o decide él cuando despierte, que para eso es su casa.
Moira bajó al patio.
En el patio habían encendido dos hogueras con la madera rota del almacén y alrededor de las hogueras había hombres sentados que no se iban a casa, y Moira entendió por qué al ver que ninguno de ellos vivía a menos de tres millas y que dos de ellos no habían querido lavarse todavía.
Rab Cruickshank estaba sentado en el poyo de la puerta con las manos colgando entre las rodillas y con la cara y el pelo blancos de polvo, y no se levantó.
—Necesito papel y necesito que alguien vaya a Craigellachie ahora.
—A esta hora la oficina está cerrada.
—El telegrafista vive detrás. Si le dan dos chelines, la abre.
Rab se levantó. Sacó del bolsillo interior el cuaderno del patio, lo abrió por una hoja limpia y le pasó el lápiz, y Moira negó con la cabeza, porque tenía la mano derecha con la uña levantada y toda la manga tiesa de sangre seca.
—Escriba usted.
—Diga.
—Doctor Finlay Calder.
Rab lo escribió.
—Dirección.
Y Moira se la dijo.
Se la dijo entera, de corrido, calle, número y ciudad, sin pararse a pensar, con el mismo tono con que decía un número de barrica, y siguió hablando antes de que le diera tiempo a oírse.
—Ponga: pierna izquierda no, derecha. Fractura abierta con esquirlas. Tierra dentro. Ogilvie quiere amputar esta noche. Si viene usted mañana, esperamos. Corrieburn. Balfour.
Rab terminó de escribir y no levantó la cabeza enseguida.
Cuando la levantó, tampoco dijo nada.
—Dos chelines —dijo Moira, y se los puso en la mano—. Y que espere la respuesta si la hay.
Rab se los guardó.
—Señorita Balfour.
—Dígame.
—¿Eso lo va a saber él antes o después de que se lo cuente usted?
—Va a saberlo cuando despierte, porque se lo voy a decir yo.
—Bien. —Rab se fue hacia el establo y se paró a media docena de pasos—. Lo he dicho esta mañana, lo de la tercera fila.
—Lo ha dicho.
—Que conste también que lo digo ahora. No sirve de nada, pero que conste.
El telegrama salió a las siete y diez. Moira se quedó en el patio hasta que se llevó el carro, y después subió al cuarto de arriba y se sentó al lado de la cama de un hombre que no conocía en junio, con la mano rota metida en el delantal, a esperar veinticuatro horas que a lo mejor no había.