Capítulo 8
VIII
El lunes cinco Moira fue a Craigellachie a pagar el flete con dinero que no quería soltar.
Eran once libras y tres chelines de septiembre, octubre y noviembre, y las llevaba en el bolso desde la noche anterior, contadas dos veces. Hendry la bajó en el carro y la dejó en la explanada de la estación, y desde allí hasta la caseta de la agencia de transportes había ochenta pasos.
No los hizo de seguido.
En el andén había seis o siete hombres y ninguno estaba esperando un tren.
Estaban delante del tablón donde se colgaban los avisos de la compañía, que era donde el telegrafista clavaba también lo que le parecía que había que clavar, y lo que había clavado aquella mañana era media hoja de papel rayado escrita a mano con lápiz de copiar.
Moira leyó por encima del hombro de un carretero.
Eran cuatro líneas de cotizaciones de Edimburgo y un nombre.
—Pattisons —dijo alguien detrás—. Cincuenta y cinco.
—Cincuenta y cinco qué.
—Cincuenta y cinco por ciento. Han caído cincuenta y cinco por ciento esta mañana.
Hubo un silencio raro, de los que se hacen cuando cinco hombres están haciendo la misma cuenta a la vez y ninguno quiere decir el resultado en voz alta.
Moira se apartó del tablón y fue a la caseta y pagó las once libras y tres chelines, y el agente le extendió el recibo y se lo dio con las dos manos, cosa que no había hecho nunca.
—¿Ha visto lo del andén? —dijo el hombre.
—Lo he visto.
—Yo les llevé género hasta agosto. —Guardó el dinero en la caja y cerró la caja con llave—. Cobré siempre.
—Entonces cobró usted.
—Cobré yo. —El agente se quedó con la mano encima de la tapa—. Señorita Balfour, ¿usted les vendió algo?
—Mi padre no vendía a Leith.
—Su padre fue más listo que muchos.
Volvió en el carro de Hendry sin hablar.
Pattisons compraban en todas partes. Compraban maltas de comarca a precios que no tenían explicación y las compraban en cantidades que tampoco la tenían, y en Speyside no había casa pequeña que no hubiera oído la propuesta alguna vez.
Corrieburn la había oído en el noventa y seis, por carta, y Archie Balfour había contestado que él vendía a quien venía a buscarlo.
Moira había pensado durante dos años que aquello había sido orgullo de viejo.
Aquella noche hizo la caja.
Once libras y tres chelines menos. Le quedaban catorce libras y seis en el cajón y cuarenta jornales el sábado, y la reserva de Strachan, que estaba en una cuenta aparte y que no se tocaba para otra cosa, cubría los jornales hasta el dos de febrero y no cubría ni un saco de cebada.
Catorce libras y seis era todo el dinero libre que tenía Corrieburn el cinco de diciembre de 1898.
Lo apuntó. Lo apuntaba siempre, aunque fuera lo mismo que el día anterior, porque un número que no se apunta se convierte en una impresión y las impresiones mienten.
El martes por la mañana llegó el periódico de Aberdeen con un día de retraso y ya no eran cuatro líneas de lápiz de copiar.
Eran dos columnas. El banco había retirado el crédito.
Se hablaba de una diferencia entre lo que la casa decía tener y lo que tenía, y la diferencia venía en libras y las libras eran tantas que Moira tuvo que leerlo dos veces.
El martes no pasó nada más.
El miércoles siete, el maltero de Rothes que llevaba nueve años sirviendo a Corrieburn a noventa días mandó un recado escrito a lápiz en el reverso de un albarán. Decía que a partir del próximo pedido serviría contra entrega.
Moira leyó el recado dos veces y fue a la sala de cubas con él en la mano.
—Se acabó el crédito del maltero.
Jessie dejó lo que estaba haciendo.
—¿Desde cuándo?
—Desde el próximo pedido.
—El próximo pedido es el veinte.
—El próximo pedido es el veinte. —Moira dobló el albarán—. ¿Cuánto tenemos?
—Para tres semanas de moler si molemos lo de ahora. Para dos si quiere usted recuperar la siete.
—¿Y si no recupero la siete?
—Si no recupera la siete, este invierno llenamos ciento sesenta barricas en vez de doscientas y usted se lo explica a Glasgow en primavera.
Moira se quedó mirando las cubas.
—Recupera la siete.
—Con qué cebada.
—Con la del veinte, que la pagaremos contra entrega.
—¿Con qué?
—Eso es cosa mía —dijo Moira, y las dos supieron que no lo era, porque las dos sabían lo que había en el cajón.
El jueves ocho, el carbonero de Dufftown, que tenía cobrado enero, escribió para preguntar si Corrieburn iba a querer febrero, y si lo iba a querer, si podía adelantar la mitad.
El viernes nueve no llegó nada, y ese fue el peor día, porque Moira se pasó la mañana esperando y no supo qué estaba esperando hasta que se hizo de noche.
Lo que estaba esperando era una carta que no tenía por qué llegar y que no llegó. Strachan no le debía ninguna. La moratoria estaba firmada, el pliego lo tenía Gault y el dos de febrero era el dos de febrero con Pattisons y sin Pattisons.
Y sin embargo se pasó el viernes mirando el camino, y a las cinco se dio cuenta de que llevaba tres días dando por hecho que un hombre que tenía dieciséis mil doscientas libras metidas en su casa iba a escribirle para decirle algo, cualquier cosa, cuando el suelo se movía.
Aquello la molestó más que el maltero.
Sandy Shand subió el sábado a cobrar y se quedó de pie en la puerta del escritorio después de haber cobrado, con la gorra en la mano.
—¿Sigue lo que me dijo?
—Sigue.
—¿Hasta el dos de febrero?
—Hasta el dos de febrero, entero y el mismo día. —Moira cerró el libro—. Sandy, si eso cambiara, te lo digo yo y te lo digo antes. No te vas a enterar por otro.
—Es que hay quien dice.
—¿Quién dice qué?
Shand se pasó la gorra a la otra mano.
—Que en Leith se ha hundido una casa que compraba en todas partes y que detrás se hunden más. Y que cuando se hunden los de arriba, los de abajo se enteran los últimos.
—Eso es verdad.
—Ya lo sé que es verdad. Lo que le pregunto es si nosotros somos los de abajo.
Moira lo pensó y contestó lo único que podía contestar sin mentirle.
—Hasta el dos de febrero, no.
El sábado diez, Jessie subió al escritorio.
—Milne.
—Dime.
—El pequeño se ha colocado en Craigellachie. En la tonelería de la estación, cargando.
Moira dejó la pluma.
—¿Desde cuándo?
—Desde el lunes. Por eso fue el padre a ver a un hombre. —Jessie se quedó de pie—. No le ha dicho nada porque no le tiene que decir nada, que el chico no estaba contratado, estaba prestado.
—Ya lo sé.
—Se lo digo porque el padre sí está contratado, y el padre ha estado dos semanas mirando lo que hacía usted antes de mandar al chico a otro sitio.
Moira se quedó un rato con eso después de que Jessie se fuera.
Los Milne habían sido los únicos tranquilos en noviembre. Los únicos que no le habían preguntado por el invierno porque daban por hecho que el invierno lo pagaba Dunrath. Y habían sido los primeros en mover a un hijo.
No se habían tranquilizado. Habían estado calculando.
El domingo once nevó desde media tarde y por la noche heló, y el lunes por la mañana el camino corto estaba impracticable y el vado venía con hielo en los bordes.
Fue a Rothes el lunes doce con el tren de la mañana y encontró a Davie Rattray de pie detrás de la mesa, sin estufa encendida, con el abrigo puesto dentro de su propia oficina.
—Sabía que iba a venir.
—¿Siguen ahí las cuarenta y seis?
—Siguen ahí. —Se sentó y le señaló la silla—. Y ahora valen menos que hace diez días. Se lo digo yo, que soy el que se lo va a vender. Cuatro y tres, no cuatro y nueve.
Moira no se movió.
—Eso es una rebaja.
—Eso es que se está cayendo el precio de todo lo que hay en este almacén y en los almacenes de todo el mundo. —Rattray se frotó las manos y no por frío—. Y ahora le digo la otra mitad, que es la que le importa. Hace diez días le di mi palabra hasta el uno de abril. Hoy no puedo darle abril.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta el uno de marzo. Y de las cuarenta y seis quiero un tercio cobrado antes, en febrero.
—Eso no fue lo que hablamos.
—No fue lo que hablamos porque hace diez días yo tenía dos casas debiéndome dinero a noventa días y ahora tengo dos casas que no sé si me van a pagar.
—Puso las dos manos encima de la mesa—. Señorita Balfour, yo no le estoy subiendo el precio.
Le estoy bajando el precio y adelantándole la fecha, y de las dos cosas la que le duele es la fecha, y las dos son verdad al mismo tiempo. Así está el negocio.
—Una cosa —dijo Moira ya con el bolso en la mano—. En noviembre me dijo que si aparecía alguien preguntando por esos tres lotes, no diría con quién están apalabradas.
—Y lo mantengo.
—¿Y si el que pregunta es el que compra su otro género?
Rattray se quedó quieto medio segundo, que en él era mucho.
—Entonces tendría un problema —dijo—. Pero no me ha preguntado nadie.
—Todavía.
—Todavía. —Se levantó a abrirle la puerta—.
Señorita Balfour, yo llevo treinta años sin engañar a nadie de este valle, y eso no es virtud, es que aquí nos vemos todos en el mercado de Dufftown.
Lo que no puedo prometerle es que en febrero siga teniendo el almacén a mi nombre. Eso ya no depende de mí.
Moira hizo la cuenta con el tren de vuelta.
Cuarenta y seis barricas a cuatro y tres salían más baratas que a cuatro y nueve.
Y un tercio en febrero era dinero que en febrero no existía, porque en febrero se acababa la reserva de las nóminas y lo que entrara por la puerta se iba en jornales antes que en nada, y eso lo había pedido ella y lo había firmado él y estaba escrito con esas palabras.
Se había abaratado lo que necesitaba y se había acercado el día en que había que pagarlo. Lo primero no le servía de nada. Lo segundo se lo comía entero.
El martes trece, Duff subió al escritorio con el libro cerrado debajo del brazo, que era como subía cuando no venía a apuntar nada.
—Señorita Balfour, ¿va a llenar usted en enero?
—Voy a llenar en enero.
—Se lo pregunto porque me han mandado de Elgin una circular. —Dejó el libro en la mesa sin abrirlo—. Nos piden a los vistas de la comarca el detalle de llenados previstos para el trimestre. Por casa.
—¿Eso es nuevo?
—Es nuevo desde el jueves pasado.
Moira lo miró.
—¿Y por qué me lo cuenta?
—Porque se lo cuento a las cinco casas que llevo, y porque cuando la administración empieza a preguntar cuánto se va a llenar es que alguien de arriba quiere saber cuánto va a valer lo que hay.
—Duff volvió a coger el libro—. Yo pongo lo que usted me diga y lo pongo exacto.
Pero piense bien el número, porque ese número lo va a leer más gente de la que lo leía en octubre.
La carta de Gault llegó el miércoles catorce, con Hendry, a media mañana.
Eran dos párrafos.
El primero decía que el pliego de anexos del contrato antenupcial estaba listo y que podía firmarse cuando ella y el señor Strachan dispusieran.
El segundo decía que había averiguado lo que ella le había preguntado en noviembre y que se lo ponía por escrito una sola vez.
El bufete que llevó al pasante al almacén de usted en agosto trabaja para tres casas de Elgin y para una de Leith.
La de Leith presta a Dunrath desde el noventa y cinco.
Tengo noticia de que la semana pasada escribieron a Dunrath anunciando la visita de dos inspectores antes de fin de año, cosa que no habían hecho nunca.
No le doy el nombre por escrito. Se lo diré en persona.
Y le recuerdo, señorita Balfour, lo que le dije en mi despacho el quince de noviembre: en este negocio nadie se hunde solo.
Moira leyó los dos párrafos tres veces y después se quedó mirando por la ventana del escritorio el canal y la lluvia.
En noviembre había preguntado aquello como quien busca una ventaja. Quería saber si Strachan tenía prisa y por qué, para poder usarlo en una mesa.
Ahora no era eso.
Ahora era un hombre de Leith que llevaba tres años prestando dinero a Dunrath y que la semana de Pattisons había decidido, por primera vez en tres años, mandar a dos hombres a contar.
Moira sabía exactamente lo que sienten dos hombres contando en un almacén, porque a ella se lo habían hecho en agosto.
Y sabía lo que venía después, porque después había venido una intimación de cesión en un sobre grueso.
Dobló la carta, la guardó en el cajón de la izquierda, encima del estuche del anillo, y bajó a decirle a Jessie que al día siguiente no la esperasen hasta la tarde.