El medio año de invierno Capítulo 7
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Capítulo 7

VII

La carta llegó el viernes con Hendry, en un sobre estrecho y con el matasellos de Glasgow del miércoles.

Moira la abrió en el patio y después se metió en el almacén a leerla, no porque quisiera estar sola sino porque el almacén era el único sitio de Corrieburn donde nadie le hablaba.

Eran dos hojas y media, escritas a máquina menos la firma.

La primera media hoja decía que habían recibido su carta del veintiuno y que agradecían la exactitud con que estaba redactada, lo cual, dicho por una casa de Glasgow, quería decir que no había prometido nada y que se lo habían notado.

Después venían tres párrafos que no agradecían nada.

Moira las leyó de pie, apoyada en la pila de durmientes, con la luz gris de los ventanucos, y fue viendo cómo cada párrafo le quitaba algo.

El primero hablaba de existencias. Kerr y Wylie llevaban dos años comprando por debajo de lo que les ofrecían y estimaban que en Escocia había almacenado más whisky del que el comercio podía beberse en varios años.

Daban una cifra de galones que Moira leyó dos veces y que no le cuadró hasta que entendió que era de todo el país.

En consecuencia, decía la carta, no era momento de comprometer capital en producción nueva.

Trece millones y medio de galones. Eso era la cifra. Moira la dividió por lo que Corrieburn llenaba en un año bueno y le salió un número tan grande que dejó de significar nada, así que la dividió por lo que llenaba toda la comarca y le siguió saliendo grande.

Aquello no era una crisis de Corrieburn. Era que el país entero llevaba ocho años haciendo whisky para beberlo en veinte.

El segundo hablaba de Corrieburn. Habían preguntado.

Sabían que llenaba menos de la mitad que en el noventa y seis, sabían que no tenía libro de ventas fuera de la comarca y sabían que el volumen anual no daba para sostener un contrato de suministro continuado.

Una casa que produce poco, decía, es una casa cara.

El tercero hablaba de la deuda, y era el más corto y el más claro. Tenían noticia de que las existencias de Corrieburn estaban en su mayor parte comprometidas. No especificaban cómo lo sabían. Escribían que no entraban en casas cuyo almacén responde de otro.

Moira se sentó en un cajón vuelto del revés y leyó el tercer párrafo una tercera vez.

En agosto, un hombre había ido al almacén con una lista, con permiso del banco. Duff le había abierto la puerta. Y de agosto a noviembre había tenido tiempo de sobra cualquiera en el oficio de saber que las barricas de Corrieburn llevaban número.

Nadie había traicionado a nadie. Eso era lo peor.

Un hombre había pagado por saber lo que tenía ella, lo había apuntado barrica por barrica y no lo había escondido.

Duff había cumplido con su obligación. El banco había cumplido con la suya.

Y en tres meses aquello había llegado hasta una mesa de Glasgow y había vuelto en forma de una frase de dos líneas que le cerraba la única puerta que había encontrado.

No había nada que denunciar. Solo había una casa transparente.

La última media hoja estaba escrita a mano, con letra grande y clara.

Decía que la señora Kerr no invertía por simpatía y que agradecería que no se le escribiera apelando a ninguna. Decía que había dirigido aquella casa nueve años y que en nueve años había visto cerrar once destilerías de las que todas tenían buena agua.

Y decía, en el último párrafo, que si en primavera Corrieburn era capaz de presentarle tres cosas, Kerr y Wylie estudiaría la entrada.

Una partida compuesta, estable, con carácter propio y en cantidad suficiente para entrar en una mezcla de exportación. No una muestra. Una partida.

Costes reducidos de manera demostrable sobre los libros de dos ejercicios.

Y capital propio de la casa en la operación, porque, escribía, no pongo dinero donde el otro no pone nada.

Firmaba Eliza Kerr.

Debajo de la firma había una posdata de tres líneas.

Decía que si la señorita Balfour se decidía a componer esa partida, tuviera en cuenta que una casa de mezclas no compra carácter, compra constancia, y que lo primero que harían sería pedirle la misma partida dos veces.

Moira leyó eso último tres veces y le dieron ganas de contestar allí mismo, de pie en el almacén, y supo que no debía y no lo hizo.

Moira se quedó con la hoja en la mano y no sintió lo que había esperado sentir.

Era un no. Era un no de tres párrafos y ocho cifras, y no había en él una sola frase amable. Y era lo primero que le pasaba desde Martinmas que tenía forma de lista.

Una partida. Costes. Capital.

La primera la sabía medir. Veintidós barricas y hacían falta cincuenta, y no cincuenta cualesquiera, sino cincuenta que no fueran hermanas de las suyas.

La segunda era cuestión de pelearse con el libro todo el invierno.

La tercera no la miró.

Subió a la sala de cubas antes de ir a la estación porque tenía que decirle a Jessie que se iba y porque, si era sincera, quería decírselo a alguien.

Jessie estaba con el remo. Escuchó sin parar de remover.

—¿Le han dicho que no?

—Me han dicho que no y me han dicho cómo sería que sí.

—Eso es que no.

—Eso es una lista de tres cosas. —Moira se apoyó en el borde de la cuba—. Y dos de las tres las puedo hacer.

Jessie sacó el remo, lo golpeó dos veces contra el canto para escurrirlo y lo dejó.

—¿Y la tercera?

—La tercera es dinero mío.

—Ya. —Jessie se secó las manos en el delantal—. ¿Va usted a Rothes?

—Voy a Rothes.

—Pues vuelva con algo o no vuelva a subir aquí a contármelo, porque yo tengo que decirle algo a esa gente de ahí abajo y no puedo decirles listas.

Fue a Rothes el mismo viernes, en el tren de las once y cuarto, y llegó al almacén de Davie Rattray a la una menos veinte con el sombrero mojado.

En el tren, entre Aberlour y Craigellachie, sacó la carta y volvió a leer las tres condiciones y le puso a cada una un número.

La partida: cincuenta barricas, veintidós tenía.

Los costes: dos ejercicios seguidos, y el segundo terminaba en agosto.

El capital: lo dejó sin número, otra vez.

Guardó la carta antes de llegar a Craigellachie porque en el andén había siempre alguien de la comarca, y en aquel andén se leía todo lo que llevaba uno en la mano.

Rattray tenía sesenta y pocos, una oficina con la estufa pegada a la mesa y un almacén detrás que olía a cuatro sitios distintos a la vez. Compraba y vendía whisky de otros y llevaba treinta años haciéndolo, y en treinta años había aprendido a no mirar a nadie a la cara mientras hablaba de dinero.

—Señorita Balfour. —Le señaló la silla—. Le acompaño en el sentimiento, que no se lo dije en su día.

—Han pasado dos años.

—Ya. No estuve.

Moira se sentó.

—Busco maduro. Cincuenta barricas o cerca. Ocho años o más, y que no sean todas del mismo sitio.

Rattray no contestó enseguida. Se levantó, abrió un armario, sacó un libro de tapas negras y lo puso encima de la mesa sin abrirlo.

—Eso lo tengo.

—¿Cuánto?

—Espere. —Puso la mano encima del libro—.

Primero le digo lo que hay. Tengo cuarenta y seis barricas en tres lotes, dos de Glenlivet arriba y uno de la costa, del ochenta y ocho al noventa y uno, en madera que ha trabajado.

Las cogí el año pasado a un hombre que se iba de esto.

Son buenas, y le digo que son buenas porque si le miento usted lo huele en veinte minutos y entonces no le vendo nada nunca más.

—¿Cuánto?

—Cuatro chelines y nueve el galón de prueba, y le estoy haciendo precio de diciembre.

—El corriente está a tres y seis.

—El corriente nuevo está a tres y seis. —Rattray abrió el libro por fin y le dio la vuelta para que ella lo viera—. Esto tiene ocho, nueve y once años. Mire la columna. Y mire lo que pagué yo por ello el año pasado, que se lo enseño porque quiero que vea que no le estoy sacando el doble.

Moira miró la columna. No le estaba sacando el doble. Le estaba sacando poco, y eso la puso más nerviosa que si le hubiera pedido el doble.

Moira hizo la cuenta en la cabeza y le salió un número que no tenía.

—No puedo pagarlo ahora.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabe?

—Señorita Balfour, en este oficio nos conocemos todos. —Rattray se recostó—. Sé lo que tiene y sé lo que debe y sé quién le compró el papel en octubre. Lo sabe medio Rothes.

Moira se quedó muy quieta.

—Entonces dígame por qué me va a vender.

—Porque las tengo desde el año pasado y no las quiere nadie.

—Golpeó el libro con dos dedos—. Ahí fuera hay más whisky del que se bebe.

Todo el mundo tiene almacén lleno y nadie tiene sitio ni gana.

Si se las guardo a usted hasta la primavera, en la primavera igual valen menos y usted me las paga igual.

Eso para mí es mejor que tenerlas ahí muertas.

—¿Y si en primavera no puedo pagarlas?

—Entonces me quedo con lo que tenía y habré perdido un invierno.

—Se encogió de hombros—. No le voy a pedir a usted que firme nada, porque si firma una compra que no puede pagar, se la quedan a usted antes que a mí, y yo eso no lo quiero en mi libro.

Le doy mi palabra de que hasta el primero de abril esas cuarenta y seis no se mueven.

Y usted me da la suya de que si aparece dinero soy el primero al que llama.

—Eso no es un contrato.

—No.

—Es aire.

—Es aire —dijo Rattray—. Pero llevo treinta años vendiendo aire y todavía como.

Moira miró por la ventana de la oficina el almacén de atrás, donde se veían las filas hasta el fondo y el fondo no se veía.

—¿Cuánto tiene ahí dentro?

—Más del que voy a vender este año.

—¿Y el año que viene?

—El año que viene tendré más. —Rattray cerró el libro—. Señorita Balfour, yo compro cuando el que tiene necesita vender y vendo cuando el que quiere necesita comprar, y llevo dos años comprando y sin vender. Eso me ha pasado otras veces y siempre ha durado dos años. Este va a durar más.

—¿Por qué?

—Porque los otros años había uno con el almacén lleno. Ahora lo tenemos todos.

Moira sacó el cuaderno, lo apoyó en la rodilla y escribió, con la letra pequeña que usaba para lo que no quería que se leyera de lejos: D. Rattray, Rothes. 46 barricas, tres lotes, 88-91. 4/9 el galón de prueba. Palabra hasta el 1 de abril. Y debajo, la fecha.

Cerró el cuaderno.

—¿Le sirve eso? —dijo Rattray, señalándolo con la barbilla.

—A usted no le obliga a nada.

—No.

—A mí me obliga a acordarme.

—Una cosa más —dijo Moira ya de pie—. Si en enero apareciera alguien preguntando por esos tres lotes.

Rattray levantó las cejas.

—¿Quién iba a preguntar?

—Cualquiera.

—Si aparece alguien, le digo que están apalabradas y no digo con quién.

—Rattray volvió a guardar el libro en el armario—.

Ahora bien, señorita Balfour, le digo también lo que no voy a hacer.

No voy a rechazar dinero encima de la mesa por una palabra dada en diciembre.

Si alguien viene en enero con billetes y usted no tiene nada, yo tengo un almacén que pagar.

—Me está diciendo que su palabra dura hasta que alguien pague.

—Le estoy diciendo lo que vale mi palabra, que es más de lo que le va a decir nadie en este oficio. —Cerró el armario—. Vuelva antes de abril. Y vuelva con dinero, no con una carta de Glasgow.

Cogió el tren de las cuatro y diez. Craigellachie estaba oscuro cuando hizo el transbordo y el viento entraba por el hueco del valle como entraba siempre, y esta vez Moira no se puso de espaldas contra la pared de la sala de espera.

Le había dicho a Jessie que dos de las tres las podía hacer y era mentira por la mitad.

Tenía tres cosas que hacer y las tres se podían hacer.

Conseguir cuarenta y seis barricas que ya existían, que estaban a once millas y que tenían dueño dispuesto.

Apretar el libro hasta enseñar dos ejercicios seguidos.

Y encontrar dinero propio, que era el único de los tres que todavía no sabía por dónde coger, pero un problema que se puede nombrar es medio problema.

Y la tercera no era dinero que se encuentra. Era dinero que se saca de algo, y todo lo que Corrieburn tenía para sacar dinero estaba o marcado con tiza blanca o metido en un pasillo de doce pasos.

Quedaba la casa.

Moira lo pensó por primera vez allí, en el andén de Craigellachie, a oscuras y con el viento de cara, y lo pensó entero y sin adornos, como pensaba las cuentas: la casa de Corrieburn y las tierras de arriba no estaban marcadas con tiza, estaban en el bono, y un bono se cancela pagando.

Si alguien compraba la casa y las tierras, salía dinero.

Lo apartó. No lo apartó del todo.

Llegó a Corrieburn a las seis y cuarto. La sala de cubas estaba caliente y la siete había arrancado por fin, y se oía el ruido gordo y sordo de la fermentación desde el patio.

Moira se paró a oírlo un momento antes de entrar.

Era la primera vez en dos semanas que entraba en su casa sin hacer una cuenta.