Capítulo 6
VI
Se puso el anillo en el escritorio, de pie, con el abrigo ya puesto.
Estaba en el cajón de la izquierda, dentro de su estuche, encima del libro de cartas.
Moira lo sacó, lo limpió con el faldón porque llevaba cuatro días cogiendo polvo, y se lo pasó al dedo corazón de la mano izquierda, que era donde le quedaba menos flojo.
Después cerró el cajón con llave, cosa que no hacía nunca.
En el patio, Jessie le miró la mano y no dijo nada.
Llevaba las dos redacciones en la cartera, copiadas por Gault en papel bueno y separadas por una hoja en blanco para que no se leyeran juntas.
La diferencia empezó en la puerta.
El once había llegado a pie por el vado, con las botas mojadas y un tonelero detrás, y la había recibido Rab Cruickshank en mitad del patio con la vara en la mano y le había mirado primero las botas.
El veintiséis mandaron un coche a buscarla a Corrieburn sin que ella lo pidiera.
En la puerta de la casa estaba el ama de llaves, que se llamaba señora Dow y que tenía sesenta años y la espalda recta, y que la esperó de pie en el escalón bajo la lluvia fina en vez de esperarla dentro.
—Señorita Balfour.
—Señora Dow.
—El señor Strachan está en el escritorio. ¿Quiere pasar antes al gabinete y quitarse el abrigo?
Moira no sabía que hubiera gabinete.
Se lo quitó allí, en el recibidor, y la señora Dow lo cogió con las dos manos y se lo pasó a una chica que apareció de algún sitio, y la chica la miró a la cara un segundo antes de irse, que era lo que hacían todas desde el domingo.
—Le he hecho poner la estufa en el escritorio —dijo la señora Dow mientras subían—. Y he dejado la puerta abierta.
Lo dijo sin ninguna intención y Moira se dio cuenta de que la había tenido.
En el rellano había un espejo y Moira se vio pasar por delante y vio lo que veía la casa: una mujer de veintiocho años con el pelo mal recogido por el coche, con una cartera de piel debajo del brazo, subiendo por la escalera principal de Dunrath un sábado por la mañana.
Quince días antes aquella casa era un sitio al que se iba a deber dinero.
Ahora era un sitio donde le abrían los abrigos.
No le desagradó. Eso fue lo que le desagradó.
Rab Cruickshank la vio cruzar el patio de Dunrath después y bajó del carro.
—La está esperando.
—Ya lo sé.
—Yo no subiría por ahí. —Señaló con la vara la escalera exterior del almacén largo—. Ha helado esta noche y el segundo peldaño escupe.
Moira subió por dentro. Media hora después, un carretero bajó por la escalera de fuera, se le fue el pie en el segundo peldaño y se quedó sentado en el cuarto con las dos manos agarradas a la barandilla, y desde el patio alguien dijo algo que hizo reír a los demás, y Rab no levantó la cabeza del cuaderno.
La reunión fue en el escritorio con la puerta abierta al pasillo y la señora Dow entrando y saliendo cada diez minutos con cosas que no hacían falta: una bandeja, un atizador, un recado que se podía haber dado desde el umbral.
Ninguno de los dos lo mencionó.
A la tercera vez, Strachan levantó la vista del papel y esperó a que la puerta se quedara quieta.
—Va a seguir haciéndolo toda la mañana.
—Ya lo veo.
—No es cosa mía. Se lo he dicho y me ha contestado que ella lleva treinta años en esta casa y que sabe lo que se habla en el valle un lunes.
—Tiene razón.
—Tiene razón —dijo Strachan, y volvió al papel.
—Las dos redacciones —dijo Moira, y las puso encima de la mesa, separadas, como él había puesto las carpetas el once.
Strachan las leyó de pie. Tardó lo que tardaba en leer, que era menos de lo que tardaba la gente.
—La primera me da una lista de doce materias en las que usted firma conmigo o no hay acuerdo. La segunda me da votos.
—Las dos son de mi procurador.
—Las dos son de su procurador y las dos las ha leído usted, que es distinto. —Dejó la segunda hoja—. La de los votos no se la doy.
—¿Por qué?
—Porque un voto se cuenta y una firma se pide.
Si le doy votos, usted es minoría en su propia casa y sale en el acta que perdió.
Si le doy firma, usted no pierde nunca: o firma o no hay acuerdo.
—La miró—. Se lo digo porque le conviene y porque además me conviene a mí que no salga en acta que discutimos.
Moira lo pensó. Era cierto y era ventajoso para él y las dos cosas a la vez no se cancelaban.
—Doce materias son pocas.
—Dígame cuáles faltan.
—Compra de existencias ajenas por encima de cien libras. Cambio de proveedor de malta. Y todo lo que salga de esta casa con el nombre de Corrieburn en la etiqueta.
Strachan cogió el lápiz.
—Las dos primeras, sí.
—¿Y la tercera?
—La tercera es la que le interesa de verdad y las otras dos las ha puesto delante para que yo me canse antes de llegar.
—Escribió—. También se la doy. Pero dígalo bien: no es el nombre en la etiqueta.
Es qué se embotella con ese nombre y qué no.
Si lo deja en la etiqueta, dentro de cinco años alguien pone otra palabra al lado y cumple el contrato.
Moira tardó en contestar.
—Póngalo usted, entonces.
—Lo pongo yo y lo revisa Gault, que para eso le paga usted cuatro guineas. —Dejó el lápiz—. Quince materias. Sin votos. ¿Lo acepta?
—Lo acepto.
—Entonces está cerrado y el pliego se firma cuando su procurador diga.
No le dio la mano. Cerró la carpeta y se fue hacia la puerta, y Moira se dio cuenta de que llevaba cuarenta minutos en aquella habitación y todavía no se había sentado.
Bajaron al patio porque él tenía que estar en el almacén largo a las once y no pensaba llegar tarde por ella.
Lo que Moira vio en la hora siguiente le costó más que las quince materias.
Strachan gobernaba aquel patio sin levantar la voz una sola vez.
Paró una carga porque el tercer durmiente estaba partido y no dijo de quién era la culpa.
Metió la mano en un saco de malta abierto, sacó un puñado, lo dejó caer y ordenó que devolvieran los cuatro sacos de ese lote sin dar explicaciones a nadie.
Y cuando un mozo montó mal una eslinga, se agachó a montarla él, delante de los demás, y se levantó sin decir una palabra, que era peor que una bronca y el mozo lo sabía.
A las once y media, un hombre con levita bajó de un dogcart en el patio, le dio la mano a Strachan y estuvo con él diez minutos junto a la puerta del almacén largo. No entraron. Hablaron de pie, bajo la lluvia, y el de la levita hablaba más y Strachan tenía las manos en los bolsillos.
Moira lo miró desde el soportal porque no tenía otro sitio donde mirar.
Cuando el dogcart se fue, Strachan volvió a cruzar el patio y no dijo quién era, y ella no preguntó, y los dos supieron que no había preguntado.
En el cobertizo del fondo estaba Tam.
Tenía tres barricas de pie y una cuarta en el caballete, y estaba tostando la del caballete con el brasero metido dentro, agachado, mirando el fuego por la boca. No la vio entrar.
—Tam.
Se levantó despacio. En quince días se le había puesto la cara de un hombre que duerme en sitio ajeno.
—Señorita Balfour.
—¿Cómo va?
—Va. —Se limpió las manos—. Aquí hay madera para tres inviernos.
—¿Y el hombro?
—El hombro está como estaba. —Señaló las tres de pie con la barbilla—. No estibo. El señor Cruickshank no me manda estibar. Se lo dirá usted a Jessie.
—Se lo diré.
—Dígaselo bien. No le diga que estoy bien, que eso lo dicen todos. Dígale que no estibo y que el señor Cruickshank lo lleva escrito en su cuaderno, que eso sí se lo cree.
Tam volvió a agacharse junto al brasero, y desde allí, sin mirarla:
—¿Ha escrito ya al hijo del maestro?
Moira se quedó quieta medio segundo.
—Todavía no.
—Ya. —Movió el brasero un cuarto de vuelta—. Es que están los pupitres ahí y se va a llover todo.
—¿Y a ti qué más te da un pupitre?
Tam tardó en contestar. Puso la mano encima de la duela para probar el calor, la quitó y la volvió a poner.
—A mí nada. —Enderezó la barrica—. Pero mi chico aprendió a escribir en uno de esos y el viejo Calder no le cobró nunca nada a nadie, y ahora hay allí ocho o diez y se están pudriendo, y en este valle hay gente que no tiene mesa.
—¿Quieres los pupitres?
—Yo no quiero nada. —La miró por primera vez desde que había entrado—. Digo que si nadie escribe, dentro de dos inviernos no hay nada que repartir. Eso es todo lo que digo.
Moira estuvo a punto de contestar que llevaba tres años sin escribir esa carta y que sabía perfectamente por qué.
—Se lo diré a Jessie —dijo.
—Jessie ya lo ha dicho tres veces.
—Pues cuatro.
Tam volvió al brasero y ella se quedó de pie un momento más de lo que hacía falta, mirándole las manos.
En quince días se le habían puesto peor. Tenía los nudillos partidos del frío y una quemadura reciente en el canto de la izquierda, de las de tostar, que era una quemadura de las que se hace un hombre cuando trabaja con prisa.
—Tam.
—Diga.
—¿Te meten prisa?
—Aquí todo el mundo va deprisa. —Se encogió de hombros—. No es lo mismo armar para la casa de uno que armar por jornal. Cuando arma uno para su casa, la barrica dura cuarenta años y a nadie le importa si la ha hecho en dos horas o en tres. Cuando arma uno por jornal, le pagan el día.
—¿Y cuántas te piden al día?
—No me piden. —Tam metió el brasero otro cuarto de vuelta—. Cuento yo lo que hacen los otros dos y hago las mismas. Eso no me lo ha mandado nadie.
Strachan la alcanzó cuando volvía hacia la casa.
—Le devuelvo una cosa —dijo.
Llevaba en la mano un vaso de cata, y Moira supo lo que era antes de cogerlo porque le llegó el olor a dos pasos.
—Esto es de las mías.
—De las suyas. Del noventa y cuatro, madera de primera vez, y de la fila cuarta del fondo. —Esperó a que ella lo probara—. Es lo mejor que tiene.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabe. —Strachan se apoyó en el poste del cobertizo, y por primera vez en toda la mañana pareció que decía algo porque quería decirlo—.
Sé lo que tiene usted libre, más o menos.
Y sé de qué años es, porque numeré lo otro y lo otro me dice lo que queda.
Su whisky libre es todo de la misma época y de la misma manera de trabajar.
Es bueno y es igual. Y una casa de Glasgow no compra bueno e igual, señorita Balfour.
Compra bueno y distinto, porque lo que ellos necesitan es algo que sostenga una mezcla, y una mezcla no se sostiene con veinte barricas hermanas.
Moira se quedó con el vaso en la mano.
—Le falta espalda —dijo él—. Le falta algo de más años y de otra madera. Con lo que tiene ahí dentro no compone usted nada que aguante de pie.
—Tengo ocho del noventa y dos.
—Tiene ocho del noventa y dos en madera nueva de aquel año, y sé cómo compraba madera su padre en el noventa y dos porque yo se la vendí. —Strachan dejó el vaso en el poyo—. Todas de Jerez, todas del mismo lote y todas de primera vez. Son ocho barricas que dicen lo mismo ocho veces.
—Dicen lo mismo y lo dicen bien.
—Y una mezcla no se hace con lo que dice bien.
Se hace con lo que discute. —Se apartó del poste, dio dos pasos y volvió, que era lo más parecido a nerviosismo que Moira le había visto—.
Usted pone en un vaso veinte barricas que se parecen y lo que sale es una barrica grande.
Pone doce suyas y cuatro de un sitio distinto con once años encima, y lo que sale tiene fondo y aguanta que le echen grano encima.
Eso es lo que compra Glasgow. No compran su whisky, compran lo que su whisky le hace al de ellos.
Moira se quedó con el vaso en la mano y con una cosa incómoda en el pecho, que era la de estar oyendo formulado por otro algo que ella había tenido en la boca tres días sin saber decirlo.
—¿Y por qué me lo dice?
—Porque me lo ha preguntado sin preguntármelo desde que ha entrado.
—Se apartó del poste—. Y porque le concedí el viernes el derecho de buscar comprador, y prefiero que si lo busca sepa lo que está vendiendo.
Lo contrario es dejarla ir al mercado con la mercancía mal mirada, y yo eso no lo hago ni con quien me cae mal.
Volvió por el camino largo con el anillo en el dedo corazón y la cartera bajo el brazo.
Quince materias, sin votos, y tenía razón en lo de los votos.
Le falta espalda, y también tenía razón en eso, y ella lo sabía desde el miércoles por la tarde en un pasillo de doce pasos y no había querido decírselo a sí misma con esas palabras.
Se paró en el vado, se sacó el anillo y se lo guardó en el bolsillo antes de cruzar, porque las piedras estaban resbaladizas y porque le bailaba.