El medio año de invierno Capítulo 5
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Capítulo 5

V

El tonelero de Aberlour cobraba cinco chelines al día y no había otro.

Se llamaba Wull Craib, tenía sesenta años y llegó a las siete y media con su saco y con la cara de un hombre al que han sacado de casa un miércoles de noviembre. Moira lo esperaba en la puerta del almacén con la lámpara encendida.

—Veintiséis —dijo—. Todas de la misma tanda de madera. Cabezales.

—¿Las ha mirado alguien?

—Las miró Tam Geddes el viernes pasado. Hizo cuatro.

Craib dejó el saco en el suelo y miró hacia el fondo del pasillo sin moverse de la puerta.

—¿Y dónde está Geddes?

—En Dunrath.

—Ah. —Craib se agachó a abrir el saco—. Pues aquí me tiene a cinco chelines.

Moira contó mientras él sacaba las herramientas. Veintidós barricas a media hora si eran juntas, cinco chelines el día, dos días si se torcía. Doce chelines por cuidar madera que no era suya.

Porque no lo era. Esa fue la parte que le dio vueltas toda la mañana.

Las veintiséis estaban en la lista. Las había visto en la tercera página, con su número y su año, entre las trescientas setenta y cuatro que respondían de siete mil doscientas libras, y si una de ellas perdía diez libras de whisky por una junta seca, quien perdía garantía era Strachan.

Ella pagaba al tonelero. Él se quedaba la garantía entera.

—Señorita Balfour.

Craib estaba en cuclillas junto a la primera, con el pulgar metido bajo el aro.

—Esta ha estado apretada en frío.

—La apretó Geddes el viernes.

—Pues la apretó en frío y en frío se aprieta lo que uno puede, no lo que hay que apretar. —Se levantó y se limpió las manos—. No le estoy diciendo que lo hiciera mal. Le estoy diciendo que ese hombre trabajó el viernes con una sola mano buena.

Moira no contestó.

Craib trabajaba despacio y hablaba mientras trabajaba, que era lo que se llevaba uno por cinco chelines.

—Vengo de Knockando —dijo, con el aro en la mano—. Tres días. Y de allí voy a Carron, si me quieren.

—¿Hay trabajo?

—Hay trabajo de este. De arreglar. —Escupió a un lado—.

De armar no hay. En Knockando tienen el almacén hasta el techo y están armando la mitad que el año pasado.

En Carron igual. En Aberlour el señor Grant tiene doscientas barricas de más y no sabe dónde ponerlas, y el mes pasado alquiló un cobertizo en el pueblo para meterlas.

—¿Alquiló un cobertizo?

—Alquiló un cobertizo, señorita Balfour. Para whisky. —Craib metió el aro y le dio dos golpes—. Yo llevo cuarenta años en esto y no había visto nunca a nadie alquilar sitio para guardar lo que no puede vender.

Moira se quedó con eso.

Lo que veía desde Glen Corrie era una casa que producía la mitad porque no tenía dinero. Lo que Craib estaba describiendo era otra cosa: casas con dinero produciendo la mitad porque no tenían dónde meterlo.

—¿Y quién compra?

—Los de las mezclas. Los de Glasgow y los de Leith. Compran, pero compran cuando quieren y al precio que quieren, porque saben que el que tiene lleno el almacén acaba vendiendo. —Craib pasó a la siguiente barrica—. El año pasado venían ellos. Este año vamos nosotros.

Jessie llegó a las nueve con el cuenco de lavado y se quedó mirando a Craib trabajar desde la boca del pasillo, con los brazos cruzados y sin decir nada, que en Jessie era una manera de decir bastante.

—Tres coma cuatro —dijo al fin.

—Mejor.

—Mejor porque le he quitado la siete. —Señaló con la barbilla hacia el fondo—. Cinco chelines.

—Cinco chelines.

—Y en mayo vuelve el nuestro y le habremos pagado a este dos libras.

—En mayo vuelve el nuestro y no le habremos pagado a él ciento veinte.

Jessie hizo la cuenta. Se le vio hacerla.

—No he dicho que esté mal —dijo—. He dicho cinco chelines.

Se fue y volvió a los diez minutos con el cuenco vacío.

—La cuatro va a estar el martes.

—Bien.

—Y el chico que le presté ayer para el lavado ha faltado hoy.

—¿Cuál?

—El de los Milne, el pequeño. —Jessie lo dijo sin darle importancia y esperó a ver si Moira se la daba—. Ha ido a Craigellachie con el padre. Dicen que a ver a un hombre.

Moira levantó la vista del cuaderno.

—¿A ver a un hombre para qué?

—Eso pregúnteselo usted, que yo llevo cubas.

Duff subió a mediodía con el libro abierto por la página del trimestre y se quedó de pie en el escritorio hasta que Moira levantó la vista.

—La setenta y uno, doce libras y media. La ochenta y tres, cuatro. La ochenta y siete, nueve.

—¿Las tres?

—Las tres. —Pasó la hoja—. Es la tercera del año, señorita Balfour. Se la voy a anotar hoy con las tres juntas, en una línea, porque vienen de la misma tanda de madera y así consta por qué.

Moira lo miró. Duff seguía sin levantar la vista del libro.

—¿Puede hacer eso?

—Puedo hacerlo si es verdad. Y es verdad.

—Gracias.

—No me dé las gracias. Se lo digo para que sepa lo que va a leer el que lea el libro. —Cerró—. Una línea es un accidente. Tres líneas es otra cosa.

—Una cosa —dijo Moira cuando Duff ya estaba en la puerta—. ¿Usted sabe quién le presta a Strachan?

Duff se paró con la mano en el marco.

—Yo llevo un libro de existencias, señorita Balfour.

—Ya lo sé.

—Y en el libro de existencias no viene eso.

—Ya lo sé también.

Duff se quedó un momento mirando el pasillo.

—En agosto vino a contar con un pasante que le llevaba la cartera —dijo—.

El pasante no era de Dunrath. Era de un bufete de Elgin que trabaja para el Banco del Norte de Escocia y para dos casas más.

Eso lo sé porque me enseñó la autorización y yo apunto los nombres de todo el que entra en mi almacén.

—¿Me daría el nombre?

—Se lo daría a su procurador si me lo pide él por escrito. —Duff se ajustó el sombrero—. A usted no, porque a usted no se lo tengo que dar y porque el día que yo empiece a darle cosas a una de las dos partes, no le sirvo ni a usted ni a nadie.

Bajaron al almacén a las dos con la lista y las órdenes de entrega, y aquello les llevó el resto de la tarde.

Moira leía el número en voz alta, Duff lo buscaba en la lista, y el chico iba con la tiza y marcaba una raya blanca en la tapa de las que estaban.

Fila por fila. Las de la lista se quedaban donde estaban.

Las que no, se apartaban al pasillo de la pared este, que era el más frío y el peor, porque era el único que quedaba libre.

Tardaron cuatro horas en marcar trescientas setenta y cuatro tapas.

A la mitad, el chico se paró.

—Señorita, la doscientos nueve no está.

—Búscala otra vez.

—La he buscado dos veces.

Moira fue con la lámpara. La doscientos nueve estaba en la fila sexta, detrás de dos de la séptima que alguien había puesto delante en agosto y no había vuelto a mover, y hubo que sacar las dos para llegar a ella. Cuando salió, tenía el número medio borrado por el roce.

—Píntalo otra vez —dijo—. Y las dos de delante que vuelvan donde estaban.

Duff apuntó la incidencia. Apuntó también que había tardado once minutos en aparecer, porque Duff apuntaba los minutos.

Al final, Moira se quedó de pie en el pasillo de la pared este con la lámpara en la mano y contó lo que había allí.

Sesenta y una.

Lo dijo una vez, para sí, y no lo repitió.

Sesenta y una barricas de Corrieburn que eran de Corrieburn. Se acercó a la más próxima y le pasó la mano por la tapa, donde no había tiza, y notó que la madera estaba fría y viva y que aquello, que era lo único suyo, cabía en un pasillo de doce pasos.

—¿Cuántas de esas valen para una mezcla de exportación? —dijo en voz alta.

Duff levantó la cabeza desde el otro extremo.

—¿Cómo dice?

—Nada. Estaba contando.

Contó. No le hizo falta catarlas, porque las conocía todas: sabía de qué semana era cada una y en qué madera había entrado y qué había tenido esa madera antes.

Descartó las cuatro del noventa y ocho porque eran de este año y no servían.

Descartó nueve del noventa y siete porque habían ido a madera cansada y no iban a dar nada.

Descartó seis por el humo del secadero pequeño.

Le quedaron veintidós.

Veintidós barricas. Puede que dos mil galones si venían generosas, que no iban a venir. Una casa de Glasgow que compra para mezclas de exportación no se levanta de la silla por dos mil galones.

Salió del almacén a las seis y fue a las casas.

La de los Shand estaba la segunda subiendo, con la puerta al camino y la lumbre encendida, y Sandy Shand salió al oírla antes de que llamara, secándose las manos, con un crío detrás agarrado a la falda de la madre.

—Señorita Balfour.

—Vengo por las horas de diciembre.

—Ah. —Shand se apoyó en el marco—. Pues venga usted a decirme que hay menos.

—Vengo a decirte que hay las mismas hasta Candlemas.

Shand no se movió. Detrás de él, la mujer dejó de hacer lo que estaba haciendo.

—¿Hasta Candlemas?

—Hasta Candlemas. Seis días, el mismo jornal, y el pago el mismo día de siempre.

—¿Y después de Candlemas?

Moira tenía la respuesta preparada desde el camino y aun así le costó sacarla con el tamaño exacto.

—Después de Candlemas depende de lo que vendamos.

—Eso es que no.

—Eso es que depende. —Lo miró—. Sandy, si te digo que sí y no lo hay, en marzo me lo tiras a la cara y tendrás razón.

Te digo lo que sé. Hasta el dos de febrero está el dinero contado y apartado y no lo toca nadie.

Después, lo que entre por la puerta se va en jornales antes que en ninguna otra cosa, y eso está escrito.

—¿Escrito dónde?

—En un papel que firmé el viernes pasado y que puedes venir a leer cuando quieras.

Shand se quedó callado un momento. El crío asomó la cabeza por detrás de la pierna del padre y volvió a esconderla.

—No sé leer.

—Pues que lo lea Jessie y te lo cuente.

—Eso ya es otra cosa —dijo Shand.

En la casa de arriba le preguntaron por Tam.

Era la de los Geddes, y salió la mujer, que se llamaba Bell y que llevaba veinte años saliendo a esa puerta a secarse las manos en el mismo delantal.

—Está bien —dijo Moira antes de que preguntara—. Lo he visto el viernes. Está armando y no está estibando, y eso lo lleva Cruickshank y lo lleva bien.

—¿Y duerme dónde?

—En el cobertizo de arriba, con los otros dos.

Bell Geddes asintió y no dijo nada más de aquello, que era su manera de decir que ya lo sabía y que había querido oírlo de ella.

—El chico pregunta —dijo al rato.

—Dile al chico que en mayo vuelve.

—Se lo digo todas las noches. —Bell se apoyó en el marco—. Señorita Balfour, mi marido tiene cuarenta y un años y un hombro. Usted lo sabe.

—Lo sé desde hace quince días.

—Pues ya lo sabe. —No lo dijo con reproche. Lo dijo como se dice una medida—. Si vuelve en mayo con los dos brazos, no le voy a decir nada a usted nunca de esto.

Moira bajó los cuatro escalones de piedra y esperó a estar en el camino para ponerse derecha.

En la de abajo no le preguntaron nada, que fue peor. Era la de los Milne, que eran cuatro y de los cuatro trabajaban dos en Corrieburn, y la salieron a recibir con la deferencia nueva, la de la mano izquierda mirada de reojo, y le ofrecieron sentarse y le preguntaron por el señor Strachan.

Moira contestó tres veces que el señor Strachan estaba bien y a la tercera se dio cuenta de que no le habían preguntado por el invierno.

Ni una vez. Ni el padre ni el hijo.

Salió pensando en eso y tardó media milla en entender lo que significaba. Los Milne no preguntaban por el invierno porque ya habían hecho la cuenta que había hecho el valle entero el domingo en la puerta de la iglesia, y en esa cuenta el invierno de Corrieburn lo pagaba Dunrath.

Estaban tranquilos. Eran los únicos.

Volvió por el camino largo con la lámpara apagada porque había luna, y se paró en el vado a mirar el agua, que bajaba menos que el viernes.

Veintidós barricas, sesenta y una en total, y un pasillo de doce pasos con la pared este mirando al norte, que era la peor pared del almacén y la que habían tenido siempre vacía porque allí no se guardaba nada que importase.

El whisky no se fabrica en cuatro meses.

Se fabrica en cinco años, y los cinco años ya estaban hechos o no lo estaban, y lo que ella tenía hecho cabía en doce pasos de pasillo.

Podía destilar todo el invierno y todo lo que destilara sería nuevo, y lo nuevo no le servía para lo que tenía que enseñar en primavera.

O sea que no iba a vender lo que hiciera. Iba a vender lo que tenía, y lo que tenía no bastaba, y lo que faltaba había que comprarlo hecho y con años encima.

Se paró en seco en medio del camino.

Comprarlo. Con qué.

Llegó a casa, encendió la lámpara del escritorio y escribió en el cuaderno, debajo de la cuenta del día, dos líneas.

Veintidós. Hacen falta cincuenta.

Y debajo, sin pensarlo mucho, una tercera.

¿Quién vende maduro en diciembre y a quién le debe dinero Strachan?