Capítulo 4
IV
El viernes dieciocho llovía otra vez, pero con menos ganas.
Moira había dormido cuatro horas y se había levantado a las cinco a repasar las cifras, no porque le hicieran falta, sino porque repasarlas era lo único que se podía hacer con las manos a esa hora.
A las siete había bajado al almacén y había comprobado la fila cuarta, las seis barricas del fondo que estaban detrás de las de su padre, y había vuelto a contar ciento diez.
A las ocho y media había mandado recado a Jessie de que no la esperasen hasta la noche.
La reunión duró desde las once hasta las cuatro y cuarto, en el escritorio de Dunrath, con Gault en una punta de la mesa y Strachan en la otra y Moira en el medio, que fue donde se sentó ella a propósito.
De las tres de la columna A no se habló. Gault las leyó en voz alta al principio de la sesión, una detrás de otra, en el tono con que se lee un inventario, y Strachan escuchó con la cabeza ligeramente ladeada y al final dijo:
—Eso ya es suyo.
—Lo es —dijo Gault.
—Entonces no me lo pidan.
Y ahí acabó, y Moira no supo si le habían ahorrado una humillación o se la habían administrado con guante.
Lo de la moratoria costó lo que Gault había dicho que costaría.
Strachan ofrecía hasta Candlemas. Gault pidió hasta Whitsunday.
Strachan dijo que no dos veces, la segunda con la mano abierta sobre la mesa, y a la tercera preguntó para qué quería tres meses más una casa que en tres meses no iba a cambiar de sitio.
—Para una partida —dijo Moira.
—¿Qué partida?
—Eso es asunto mío.
Strachan la miró. Después miró a Gault, que no dijo nada, y volvió a mirarla a ella.
—De Martinmas a Whitsunday —dijo—. El medio año de invierno completo. Ni un día más, y en Whitsunday no habrá conversación.
Lo de las nóminas costó más y acabó peor de lo que Moira había querido. Él adelantaba una reserva cerrada para los jornales hasta Candlemas y de eso no se movió. Después de Candlemas, dijo, renunciaba a cobrar lo corriente y dejaba que los jornales salieran primero de lo que ingresara Corrieburn.
—Eso no es dinero suyo —dijo Gault.
—No, no lo es.
—Entonces después de Candlemas los jornales dependen de que la casa venda.
—Después de Candlemas los jornales dependen de que la casa venda —repitió Strachan—. Y lo quiero escrito así, señor Gault, con esas palabras, para que nadie diga en abril que yo prometí más de lo que prometí.
—Entonces quiero una cosa más —dijo Gault—. Si en marzo no hay ingreso, que el adelanto de Candlemas se prorrogue un mes.
—No.
—Un mes, señor Strachan.
—No. —Strachan no levantó la voz y no se movió—. Le adelanto los jornales de doce semanas y le perdono el corriente de otras quince. Si además le garantizo marzo, en marzo ella no tiene ninguna razón para vender una sola barrica, y yo no estoy aquí para pagar el invierno de una casa que no produce.
—La casa produce.
—La casa produce la mitad que hace dos años. —Se volvió hacia Moira—. ¿Miento?
—No miente.
—Pues entonces no me pidan marzo.
Gault lo escribió con esas palabras. Moira lo vio escribirlo y no dijo nada, y supo mientras lo veía que aquella frase iba a volver.
La reserva de Corrieburn y de sus frutos costó una hora entera y se resolvió en seis líneas.
El límite sin firma costó otra hora. Gault pidió cien libras.
Strachan dijo que con cien libras no se compraba ni la cebada de un mes y ofreció quinientas.
Se quedó en doscientas cincuenta, que era exactamente lo que Gault había dicho en Elgin que iba a pasar, y Moira lo apuntó en su cuaderno sin levantar la cara.
Lo de la voz en la gestión se quedó a medias. Strachan concedió la lista de materias y no concedió los votos, y quedaron dos redacciones alternativas para la semana siguiente.
A las dos y media pararon a comer algo de pie, y a las tres llegaron a lo que Moira llevaba desde el martes esperando.
—Quinta —dijo Gault—. Acceso íntegro a todos los contratos de la compañía futura. No un resumen. Los contratos, con sus anexos, y las minutas de las reuniones en las que ella no esté.
—Los contratos, sí. Las minutas, no.
—¿Por qué no?
—Porque en una minuta hay nombres. —Strachan apoyó los dos antebrazos en la mesa—. Si yo estoy negociando con una casa de Leith y esa casa sabe que la minuta de mi consejo la lee alguien más, no me vuelve a hablar. Y le estoy diciendo la verdad, señor Gault, no una excusa.
—Entonces póngale usted un remedio, porque el remedio no lo voy a poner yo.
Strachan estuvo callado un momento.
—Las minutas, sí, con los nombres de terceros tachados, y la lista completa de esos nombres depositada con el procurador de ella. Si alguna vez hace falta abrirla, se abre. —Miró a Moira—. Y si usted abre esa lista sin motivo, lo voy a saber.
—Si la abro será por motivo.
—Concedido, entonces. Y copia de los contratos en su poder, no en el mío.
Gault escribió sin levantar la cabeza.
—Si va a llevar la producción —añadió Strachan—, tiene que saber a quién le vendemos y por cuánto. Lo contrario es tener un maestro destilador ciego, y eso yo no lo pago.
Gault escribió y siguió.
—Sexta. Reconocimiento contractual de que las fórmulas y las mezclas que ella componga son creación suya.
Strachan tardó por primera vez en toda la tarde.
—¿Qué quiere decir creación suya?
—Quiere decir que constan a su nombre.
—¿Constan dónde?
—En los libros de la compañía y en los registros comerciales.
—Eso no es nada —dijo Strachan—. Eso es una línea en un libro.
—Entonces no le costará nada ponerla.
—No he dicho que me cueste. He dicho que no es nada.
—Se volvió hacia Moira, y fue la primera vez en cinco horas que se dirigió a ella por encima de Gault—.
Una fórmula no se puede tener, señorita Balfour.
No es una barrica ni es un campo. Si yo la aprendo, la tengo yo también, y no hay papel que lo arregle.
Lo que le estoy dando con esa línea es el nombre. Piense si es eso lo que quiere.
—Es eso lo que quiero.
—¿Por qué?
—Porque mi padre vendió durante veinte años whisky que hacía yo y en ningún papel de esta comarca consta.
Strachan se quedó mirándola.
—Póngalo —le dijo a Gault—. Y póngalo en los dos sitios.
Fue la única concesión de la tarde que no le costó pedirla dos veces, y Moira la agradeció y desconfió de ella en el mismo movimiento, porque llevaba cinco horas viendo que aquel hombre no daba nada que no le sirviera de algo.
—Séptima —dijo Gault—. Residencias separadas hasta el matrimonio. Ella en Corrieburn, usted en Dunrath. Sin visitas fuera de asunto y sin alojamiento.
—Eso lo doy yo antes de que lo pidan.
—Lo pedimos igual.
—Lo doy igual. —Strachan cerró el legajo que tenía delante—. Aunque le advierto de una cosa, y se la digo a ella. A partir del domingo, usted y yo no vamos a poder estar solos en una habitación sin que el valle entero lo sepa y le ponga nombre. Eso no lo arregla una cláusula.
A las cuatro menos veinte llegaron a la cuarta, que Gault había dejado para el final a propósito.
—Quiero poder buscar otro comprador —dijo Moira—. Sin pedirle permiso, sin avisarle, y con acceso a mis propios libros para enseñárselos a quien yo quiera.
Esperaba media hora. Tenía preparados tres argumentos y una concesión que estaba dispuesta a soltar.
—De acuerdo —dijo Strachan.
Gault levantó la cabeza.
—¿Sin condiciones?
—Sin condiciones. Que busque. —Strachan se recostó y por primera vez en cinco horas pareció cómodo—. Si aparece alguien que le ofrezca mejor que yo, prefiero saberlo ahora que en abril.
Moira se quedó con el argumento en la boca y no lo usó.
Debería haber sido el mejor momento de la tarde. Se había pasado nueve días preparando aquello. Y lo que sintió al oír de acuerdo fue lo mismo que sentía cuando una barrica sonaba más alto de lo que debía, antes de meter la vara y saber cuánto faltaba.
Firmaron la moratoria a las cuatro y cuarto, con Rab Cruickshank y el escribiente de Strachan de testigos, dos ejemplares, uno para cada parte, y Gault se quedó con el de ella en la cartera.
El contrato antenupcial no se firmó, porque quedaban las dos redacciones y un pliego de anexos, y Gault dijo que antes de diciembre no y Strachan no discutió.
Después Strachan abrió el cajón de la derecha y puso encima de la mesa un estuche pequeño.
—Esto es aparte —dijo—. Si prefiere no llevarlo, no lo lleve. Pero entonces en el valle van a decir otra cosa dentro de tres días, y usted va a tener que salir a desmentirla o a confirmarla, y le va a costar más que esto.
Moira abrió el estuche ella misma. Dentro había un anillo de oro con una piedra oscura, pequeña, montada baja. Se lo probó y le bailó en el dedo.
—Es grande.
—Lo encargué sin medida.
—¿Por qué?
—Porque no iba a tomársela sin saber si iba a aceptar.
Se lo quedó puesto. En el tren de vuelta se lo pasó al dedo corazón, donde le quedaba menos flojo, y en Craigellachie se dio cuenta de que había ido todo el viaje con la mano izquierda cerrada dentro del bolsillo.
El domingo lo supo el valle entero.
Lo supo antes del oficio, porque a la salida de la iglesia de Aberlour se le acercaron catorce personas y ninguna de las catorce le preguntó cómo estaba.
La mujer del herrero le cogió la mano izquierda y se la levantó a la altura de su propia cara para verla bien, y después se la enseñó a otra mujer sin soltársela, y a Moira le quedó el brazo estirado en el aire tres o cuatro segundos más de los que habría durado si hubiera sido cualquier otra cosa lo que llevaba en el dedo.
Nadie le preguntó por la deuda. Nadie sabía todavía lo de la deuda.
Lo que sabían era que la hija de Archie Balfour se casaba con el hombre de Dunrath en Whitsunday, y lo que estaban haciendo mientras le sujetaban la mano era la cuenta que hace la gente, que es más rápida que la de los libros y casi siempre da bien.
La mujer del vista le dijo que se alegraba mucho. El herrero le dijo que Dunrath tenía buen patio. Una mujer a la que Moira no situaba le dijo que su padre estaría contento, y Moira contestó que sí y no supo si era cierto ni en qué sentido.
Ninguno de ellos habría dicho nada de aquello el domingo anterior.
El domingo anterior era la hija de Archie Balfour, que llevaba una destilería porque no había habido hijo varón, y el valle la trataba con el respeto incómodo que se le tiene a una cosa provisional.
En siete días había dejado de ser provisional y lo habían notado antes que ella.
Tres de los que le dieron la mano trabajaban en Corrieburn. Los tres le miraron la mano izquierda. Ninguno de los tres le preguntó qué iba a pasar con la casa, y esa fue la parte que le costó.
Jessie Innes no se acercó. Moira la vio al fondo, junto al muro, con el pañuelo puesto, esperando a que la soltaran para irse las dos juntas por el camino de siempre. Cuando por fin llegó hasta ella, Jessie miró el anillo dos segundos y después miró el suelo.
—Trescientas setenta y cuatro barricas —dijo Moira.
—¿Cómo?
—Nada.
Esa tarde, en el escritorio de Corrieburn, con las botas puestas todavía y sin encender la lámpara, Moira copió en limpio la carta a Kerr & Wylie.
La escribió corta. Cuatro párrafos. Lo que producía Corrieburn, lo que tenía madurando y lo que podía tener listo para la primavera, y una frase al final que le costó tres intentos y en la que decía que escribía por su propia cuenta y con plena libertad para tratar con quien quisiera.
Cerró el sobre. Lo dejó apoyado en el tintero para que Hendry se lo llevara por la mañana.
Después se quitó el anillo, lo puso encima del sobre, y se quedó mirando las dos cosas juntas durante un rato largo, que era exactamente lo que Strachan le había dado permiso para hacer.