Capítulo 3
III
El martes por la mañana Jessie Innes paró a Moira en la puerta de la sala de cubas con un cuenco de lavado en la mano.
—Tres coma dos.
—Ayer dio tres coma cinco.
—Ayer. Hoy da tres coma dos y la siete lleva dos horas de retraso. Es el fermento, que con este frío no arranca.
—Pues caliéntalo.
—Ya lo he calentado. Lo que digo es que si quiere las doscientas barricas, o me da carbón para templar la sala o me quita una cuba de la semana. Las dos cosas no.
Moira miró por encima del hombro de Jessie las seis cubas de alerce, la superficie de la siete quieta y opaca como una charca, y la espalda del chico que removía en la cuatro.
—Quítala de la semana. No de la cuenta. La recuperamos en diciembre.
—En diciembre habrá más frío.
—En diciembre habrá más carbón.
Jessie la miró con la cara que ponía cuando no se creía una cifra, que era la misma cara que ponía Moira, y que era una de las razones por las que Jessie llevaba la sala de cubas.
—¿Va a Elgin?
—Voy a Elgin.
—Traiga hilo bramante del gordo. Aquí no queda.
La estación de Aberlour a las nueve de la mañana de un martes de noviembre tenía cuatro personas en el andén y un perro. Moira compró el billete de ida y vuelta, tres chelines y cuatro peniques, y lo apuntó en la libreta antes de guardárselo, gasto de la casa.
En Craigellachie había que esperar veinte minutos y ese era el peor cuarto de hora del viaje, porque el viento entraba por el hueco del valle y en aquel andén no había donde ponerse.
Moira se puso de espaldas contra la pared de la sala de espera, que estaba cerrada, y se quedó mirando el puente y el agua negra de debajo.
Un hombre de Dufftown al que conocía de vista se acercó a hablarle del tiempo y de la cebada, y a los dos minutos le preguntó, como quien no quiere la cosa, si era cierto que el banco había estado vendiendo papel del valle.
Moira le dijo que el banco vendía papel todos los años.
El hombre asintió como si le hubieran contestado.
Llegó a Elgin a las once.
El escritorio de Peter Gault estaba en un primer piso de la calle Alta, encima de una sombrerería, y era una habitación con dos ventanas y muchas cajas de hojalata.
Gault tenía sesenta años, era pequeño y seco, y no se levantó del todo cuando ella entró.
—Señorita Balfour. He leído lo que me mandó. —Tenía las dos carpetas copiadas sobre la mesa y anotadas al margen con lápiz—. Antes de nada, dos preguntas.
—Diga.
—¿Quién me paga?
—La destilería.
—¿Y quién es la destilería?
—Yo, hasta Candlemas.
Gault dejó el lápiz.
—Entonces me paga usted con dinero que está comprometido. Quiero que lo diga en voz alta, porque si esto acaba mal, quiero que conste que lo sabía.
—Lo sé.
—Mi minuta son cuatro guineas hasta la firma y dos más si hay pleito. No cobro por carta.
—De acuerdo.
—Bien. —Volvió a coger el lápiz—. Segunda. ¿Qué es lo que quiere sacar de esto?
—Tiempo.
—¿Cuánto?
—Hasta la primavera. Si llego a la primavera con la destilería abierta y una partida que enseñar, puedo buscar dinero en otra parte.
—¿Y si no lo encuentra?
—Entonces me caso en Whitsunday y habré perdido lo mismo que voy a perder en febrero, pero cinco meses después.
Gault la miró un rato largo por encima de las gafas.
—Eso es una respuesta de comerciante —dijo—. Me alegro. Siéntese, que esto va a llevar dos horas y hay una parte que no le va a gustar.
Sacó una hoja limpia y trazó una raya vertical por el medio.
—Usted me ha mandado una lista de siete cosas que piensa pedirle a Strachan. Antes de que pidamos ninguna, vamos a separarlas en dos columnas, porque tres de las siete no son de él.
—¿Cómo que no son de él?
—Desde el ochenta y uno, sus bienes muebles son suyos.
El dinero, las existencias que no estén pignoradas, lo que gane, lo que herede, lo que tenga en el banco.
Casada o soltera. No hay que pedírselo a nadie, no hay que pagarlo con nada y no hay que darle las gracias a su marido por ello.
—Escribió una A grande en lo alto de la columna izquierda—.
Aquí van esas. Y aquí se quedan calladas, salvo que él intente vendérselas.
Moira sintió que le subía el calor a la cara y agradeció que la habitación estuviera oscura.
—Yo iba a pedir eso.
—Ya lo sé. Y él se lo habría concedido con mucha elegancia y se lo habría cobrado en otra cosa. —Gault no lo dijo con crueldad. Lo dijo como quien señala una viga podrida—. Señorita Balfour, su padre tampoco lo sabía.
—Mi padre no tuvo que saberlo.
—Su padre firmó en el noventa y cinco una garantía sobre unas existencias que en parte venían del lado de su madre.
Si su madre hubiera vivido dos años más, yo hoy tendría un pleito y usted tendría menos deuda.
—Golpeó la mesa con el nudillo, una vez—.
La ley no la protege a usted si usted no sabe que existe. Esa es la única lección que doy gratis.
Moira se quedó con las manos quietas encima del bolso. Contó hasta cuatro, que era lo que contaba cuando quería decir algo y sabía que no debía.
—Siga.
Gault escribió una B en la columna derecha.
—Aquí va lo que sí depende del contrato, y aquí es donde vamos a pelear. Cuatro cosas.
Fue numerándolas mientras las escribía.
—Una. La reserva expresa de Corrieburn y de lo que Corrieburn produzca. Una cosa es que las acciones sean suyas y otra que los frutos no se los lleve la administración de su marido. Si no lo reservamos, él cobra lo que usted fabrica y nadie está haciendo nada ilegal.
—¿Se puede reservar?
—Se puede reservar en el contrato antenupcial y solo ahí. Después de la boda, no.
—Dos —siguió—. Lo que entre en esa compañía después de casados. Si la sociedad crece, si compra otra cosa, si emite acciones nuevas. Eso hay que repartirlo ahora, en frío, o dentro de tres años usted será accionista de una casa que ya no existe con ese nombre.
—Tres. El límite de lo que él puede hacer sin la firma de usted. Y no me valen las palabras. Quiero una cifra.
—¿Qué cifra?
—Cualquiera que usted pueda vigilar. Si es demasiado alta, no la protege. Si es demasiado baja, él no firma y además tiene razón, porque una casa no se lleva pidiendo permiso para comprar cuerdas.
Moira lo pensó.
—Doscientas libras.
—Pida cien y acepte doscientas cincuenta.
—Cuatro —dijo Gault, y subrayó el número—.
Su voz en la gestión. Y aquí es donde la mayoría de las mujeres de este país se dejan engañar, porque les ponen que serán consultadas.
Consultada no es nada. Consultada quiere decir que le cuenten lo que van a hacer mientras lo hacen.
Yo quiero un número de votos, o quiero una lista de materias en las que sin su firma no hay acuerdo, o quiero las dos cosas.
—Las dos cosas.
—Pediremos las dos y nos darán una.
Dejó el lápiz y giró la hoja para que Moira la viera entera.
—Ahora míreme la lista que me mandó. Siete puntos. Los tres primeros son los de la columna A y los tacho, porque ya son suyos. Quedan cuatro.
—Quedan cuatro —dijo Moira.
—Y esos cuatro no son de la misma clase que lo que acabo de escribir aquí.
—Golpeó la columna B con el dorso del lápiz—.
Lo suyo son condiciones de trato. Se dicen en voz alta, se conceden o no se conceden delante de testigos y el valle entero se entera de cuáles le concedió.
Lo mío son cláusulas. Van dentro del contrato antenupcial, las lee usted, las leo yo y no las lee nadie más en veinte años.
—¿Y cuál de las dos cosas me protege?
—Las cláusulas la protegen. Las condiciones la colocan.
—Gault se quitó las gafas—. Necesita las dos, y no las confunda, porque él no las va a confundir.
Póngame tres condiciones más encima de las cuatro que quedan, para llegar otra vez a siete, y que sean tres que él pueda conceder en público sin que le duela el bolsillo.
Un hombre que ha concedido siete cosas se siente generoso, y un hombre que se siente generoso firma cláusulas.
Moira lo pensó un minuto largo, con el lápiz de Gault en la mano y sin escribir nada.
—Acceso a todos los contratos de la compañía, con copia en mi poder.
—Bien.
—Que conste por escrito que las fórmulas y las mezclas que yo componga son creación mía.
Gault levantó las cejas.
—Eso no vale nada.
—Eso vale.
—Se lo digo como procurador, señorita Balfour. Una fórmula no se puede poseer.
—No se lo estoy pidiendo como procurador.
Gault la miró y después lo escribió, que era lo que hacía cuando decidía que una cosa era de ella y no suya.
—Y la séptima.
—Residencias separadas hasta la boda. Yo en Corrieburn, él en Dunrath.
—Esa se la concede antes de que la pida.
—Ya lo sé —dijo Moira—. Por eso la pido.
Guardó la hoja y se quedó un momento con las manos cruzadas.
—Ahora una pregunta que no está en su lista. ¿A quién le debe dinero Strachan?
Moira parpadeó.
—No lo sé.
—Averígüelo.
—¿Por qué? La deuda la tengo yo.
—Porque ningún hombre de este oficio compra dieciséis mil libras de papel ajeno en octubre con dinero parado en un cajón.
—Gault se recostó—. Esa casa tiene almacén propio, compra malta todo el año y está levantando un cobertizo nuevo.
Eso se hace con crédito. Y quien le presta a él tendrá alguna palabra que decir sobre lo que hace con usted.
—¿Y eso de qué me sirve?
—De dos cosas. Una, para saber si tiene prisa y por qué. Dos, para saber qué pasa con la deuda de usted el día que el que le presta a él se ponga nervioso. —Volvió a inclinarse sobre la mesa—. En este negocio nadie se hunde solo, señorita Balfour. Se hunden en fila.
Moira lo apuntó. No en el cuaderno. En la cabeza, en el sitio donde apuntaba lo que no quería que leyera nadie.
Trabajaron hasta la una y media. Gault escribía despacio, tachaba mucho y preguntaba por cosas que Moira no habría creído que importaran. Quién guardaba las llaves del almacén. Si el vista de aduanas tenía copia de las órdenes de entrega. Cuántos días tardaba una carta de Glasgow.
—Dos —dijo ella—. Tres con nieve.
—¿Por qué Glasgow?
Moira sacó del bolso la hoja que había escrito la noche anterior y la puso encima de la mesa.
Gault la leyó sin tocarla.
—Kerr y Wylie —dijo—. La viuda.
—Compran malta de Speyside para mezclas de exportación. Han comprado en Rothes y en Dufftown.
—Y no en Corrieburn.
—Y no en Corrieburn, porque mi padre no vendía a Glasgow, vendía a quien venía a buscarlo. —Moira puso el dedo sobre el papel—. No puedo mandarla hasta que él me conceda el derecho a negociar con otro comprador. Si la mando antes y se entera, tengo un problema.
—Si la manda después y él se la concede sin pelear, tiene otro.
—¿Por qué?
Gault se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo.
—Porque un hombre que ha ido al almacén a numerar trescientas setenta y cuatro barricas en agosto no le regala una puerta en noviembre —dijo—. Se la abre.
Volvió a coger la carta y esta vez la leyó despacio, moviendo el lápiz por encima de las líneas sin llegar a tocarlas.
—El tercer párrafo sobra.
—Es donde digo lo que puedo tener listo en primavera.
—Es donde promete. —Le devolvió la hoja—.
A una casa de Glasgow no se le promete en la primera carta, porque la primera carta la lee un pasante y la guarda.
Diga lo que tiene, no lo que va a tener.
Si le contestan, ya prometerá usted en la segunda, y entonces prometerá con una fecha y con un número, que es como se promete.
Moira miró el párrafo. Le había costado la mitad de la noche.
—¿Y si sin ese párrafo no contestan?
—Si sin ese párrafo no contestan, tampoco habrían contestado con él.
—Gault empezó a recoger las carpetas—. Mándela el mismo día en que él le conceda el derecho.
Ni antes ni después. Y guarde copia de la carta y de la fecha, porque si dentro de seis meses alguien discute si usted podía buscar comprador, quiero poder enseñar el día.
Moira cogió el tren de las dos y veinte.
En Craigellachie le quedó tiempo de sobra y se metió en la mercería de la estación a comprar el bramante del gordo, dos ovillos, once peniques, y se acordó de que no había apuntado la minuta de Gault en la libreta y la apuntó allí de pie, apoyada en el mostrador, cuatro guineas, antes de que se le olvidara.