El medio año de invierno Capítulo 2
5%

Capítulo 2

II

El último tramo hasta Dunrath subía. Desde media cuesta se veía el humo de los secaderos de la comarca, tres columnas finas hacia Rothes y una más gruesa justo debajo, y Moira contó las cuatro sin querer contarlas.

Tam no había abierto la boca desde el cruce.

—Cuando lleguemos —dijo ella—, no digas que vienes porque en Corrieburn no hay trabajo.

—¿Y qué digo?

—Que vienes cedido por la temporada. Es verdad y suena mejor.

—Suena igual.

—Suena mejor a quien tenga que pagarte.

Tam gruñó algo que podía ser conformidad.

Dunrath tenía una casa mediana y un patio enorme, y el patio era lo que valía.

Moira contó mientras cruzaba. Cuatro carros cargados esperando turno bajo la lluvia, y no esperaban por desorden, sino porque un hombre con una vara los estaba haciendo entrar de uno en uno.

Un almacén largo a la derecha con las puertas abiertas de par en par y dentro las barricas estibadas en tres alturas, lo que quería decir durmientes buenos y suelo seco.

Y a la izquierda, pegado al muro, un cobertizo nuevo con el tejado a medio poner y seis hombres encima.

Un patio así no se tenía con suerte. Se tenía con dinero y con alguien que mandara todos los días.

El hombre de la vara era ancho, de unos cincuenta años, con la cara roja de estar siempre fuera.

—Rab Cruickshank —dijo, y le miró primero las botas y después la cara—. ¿Viene por lo de las tres?

—Vengo por lo de las tres. Y traigo al tonelero.

Rab examinó a Tam con más interés del que la había examinado a ella, se fijó en el saco de herramientas y sobre todo en cómo lo llevaba, y asintió una vez.

—Deje eso en el cobertizo del fondo, no en ese. —Señaló con la vara el cobertizo nuevo—. Ese todavía no tiene techo y esta noche va a caer.

Uno de los carreteros se rió desde el pescante.

—Lleva desde el martes diciéndolo.

—Y desde el martes llueve.

—Y desde el martes acierta —dijo el carretero, y escupió a un lado—. Es aburrido, pero acierta.

Rab no se dio por aludido. Levantó la vara hacia el segundo carro, que se puso en marcha sin que nadie más dijera nada, y después se volvió hacia ella.

—El señor Strachan está en el escritorio.

Tam se fue detrás de un chico hacia el cobertizo del fondo y Moira lo vio irse y no le dijo nada, porque no se le ocurrió nada que no fuera una promesa.

Alcanzó a Rab antes de entrar en la casa.

—Una cosa del tonelero.

—Diga.

—Tiene el hombro derecho tocado desde el noventa y cuatro. Arma, monta, tuesta y repara. No estiba y no levanta por encima del pecho.

Rab la miró con los ojos entrecerrados por la lluvia.

—¿Se lo ha dicho él?

—Se lo he dicho yo.

—¿Y él quería que me lo dijera?

—No.

Rab asintió despacio, como si aquello le confirmara algo que ya sospechaba de los toneleros en general.

—Aquí los que arman no estiban —dijo—. Y si algún día hace falta que estibe, se lo pido a otro. Eso lo llevo yo.

—¿Y si se lo pide otro?

—Aquí lo pido yo.

Strachan estaba de pie junto a la ventana del escritorio cuando ella entró, y era más alto de lo que Moira lo recordaba de las dos veces que lo había visto en el mercado de Dufftown.

Tenía cuarenta menos uno o dos, el pelo oscuro todavía, y llevaba un traje que le habían cortado a medida y que le quedaba como si hubiera crecido con él puesto.

Lo que Moira miró fueron las manos. Las tenía grandes y estropeadas, con una cicatriz blanca cruzándole el dorso de la derecha desde el índice hasta la muñeca, y con las uñas partidas por el borde de un modo que no se arregla.

Eran manos de un hombre que había trabajado con madera y con hierro hasta bien entrado en años.

—Señorita Balfour.

—Señor Strachan.

—Siéntese. Tiene las botas mojadas.

—Tengo las botas mojadas porque he venido por el vado.

—Hay camino más corto.

—Lo hay.

Strachan la miró un segundo más de lo necesario y no preguntó. Fue hasta el escritorio y no se sentó tampoco, y eso a Moira le pareció cortesía y le pareció otra cosa al mismo tiempo.

Sobre el escritorio había dos carpetas. No una. Dos, separadas por un palmo, y la separación estaba hecha a propósito.

Había también un vaso pequeño, de los de cata, con dos dedos de líquido.

—Antes de nada —dijo él, y lo empujó hacia ella—. Dígame qué es.

—No he venido a catar.

—Ya lo sé. Dígamelo igual.

Moira lo cogió porque negarse le habría costado más que hacerlo. Lo movió, lo olió y no bebió.

Era de ellos. Lo supo por el olor a cereal caliente y por el fondo de manzana verde que daba el agua de Glen Corrie y que no daba ninguna otra agua entre Aberlour y Rothes. Tenía cuatro años, puede que cinco, y estaba en madera que ya había tenido otra cosa dentro.

—Es mío —dijo—. Del noventa y tres o el noventa y cuatro. En una barrica que ya había trabajado.

—Noventa y tres. —Strachan recogió el vaso y lo dejó a un lado—. La compré en Rothes hace dos años, a un corredor, y no sabía de dónde venía hasta que la abrí. Llevo desde entonces sabiendo dónde está el agua de este valle.

—¿Y esto para qué es?

—Para que no perdamos la tarde en que usted me diga que no entiendo de whisky.

—No iba a decirle eso.

—Lo iba a pensar.

Abrió la primera carpeta y la giró para que ella pudiera leer.

—Esto es lo que tengo. Léalo entero.

Moira lo leyó entero. Le llevó cinco minutos y él no dijo una palabra mientras tanto, ni se movió por la habitación, ni miró por la ventana. Se quedó de pie al otro lado del escritorio, esperando.

Estaba todo. Nueve mil libras sobre la tierra y los edificios, con el bono y la disposición en garantía inscritos en 1895 a nombre del banco y cedidos ahora.

Siete mil doscientas sobre existencias, y aquí no había una frase suelta que dijera el whisky de Corrieburn, sino una lista de tres páginas con trescientos setenta y cuatro números de barrica, el año de llenado de cada una y las órdenes de entrega firmadas y endosadas, depositadas en el almacén de aduana bajo custodia del vista.

Barrica por barrica. Alguien había ido al almacén con la lista y las había comprobado una por una.

—¿Quién hizo esta lista?

—Yo. En agosto, con permiso del banco.

—El banco no me dijo nada.

—No tenía que decírselo.

—¿Y los intereses?

—Cuatro y medio. Los mismos que tenía con el banco. No los he subido y no los voy a subir.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero su dinero, señorita Balfour. Dinero ya tengo. —Strachan se apartó un paso del escritorio—. Y porque si le subo el interés, usted se hunde tres meses antes, a mí me toca vender esto en febrero con el mercado como está, y sacaría la mitad. Me conviene que la casa siga abierta.

—Entonces le conviene que yo aguante.

—Nos conviene a los dos. Es la única parte fácil de toda la tarde.

Moira dejó la mano encima de la tercera página y no la levantó.

La soga no apretaba el cuello de Corrieburn.

Apretaba trescientas setenta y cuatro barricas con nombre y apellido, y las que no estaban en la lista, que eran pocas y que ella sabía exactamente cuáles eran, seguían siendo suyas.

Aquello cambiaba las cosas, y las cambiaba a peor de un modo que todavía no sabía medir, porque un hombre que se molesta en numerar las barricas es un hombre que ha pensado en lo que va a hacer con cada una.

Buscó la ciento setenta y ocho, que era la que había llenado el día que murió su padre y que estaba en la lista igual que todas las demás. Después bajó por la columna hasta el final.

—Hay un error —dijo.

—¿Dónde?

—La trescientas veintiuna. Pone noventa y seis y es del noventa y siete. Se llenó en marzo, después del incendio del secadero pequeño. Huele a humo y no debería.

Strachan cogió la hoja y la miró un rato largo.

—¿Una en trescientas setenta y cuatro?

—Una.

—Está bien saberlo. —Sacó un lápiz del bolsillo interior, corrigió la fecha allí mismo, de pie, y dejó el lápiz encima de la hoja en vez de guardárselo—. Ahora una pregunta, y contésteme rápido. De esas trescientas setenta y cuatro, ¿cuántas valen para una mezcla de exportación?

—Ciento diez.

—Yo conté ciento cuatro.

—Ciento diez —dijo Moira—. Usted no ha catado las seis del fondo de la fila cuarta, porque están detrás de las de mi padre y nadie las mueve.

Strachan no contestó enseguida.

—Ciento diez —dijo al fin, y esta vez no cogió el lápiz.

—El vencimiento —dijo ella.

—Candlemas. El dos de febrero.

—Eso es dentro de doce semanas.

—Doce y media. —Strachan cerró la primera carpeta—. Con la segunda carpeta, no.

—¿Qué hay en la segunda carpeta?

—Dos cosas distintas y quiero que las distinga bien, porque casi todo el mundo las confunde y luego se enfada conmigo.

Abrió la segunda carpeta. Dentro había dos legajos, cosidos por separado.

—El primero es una moratoria. No ejecuto nada antes de Candlemas y adelanto el dinero de las nóminas hasta esa fecha. Es un papel corto y no le pido nada a cambio.

—Nadie adelanta nóminas y no pide nada.

—Yo no he dicho que no pida nada. He dicho que no le pido nada a cambio de ese papel. —Empujó el segundo legajo dos dedos hacia ella—. Lo que pido está aquí.

Moira no lo tocó.

—Dígamelo usted.

—Una compañía nueva. Yo aporto los dieciséis mil doscientos como capital en vez de cobrarlos.

Corrieburn deja de deber y pasa a producir para mis mezclas, que es lo que tiene que hacer, porque su whisky vale y su libro de ventas no.

Y usted dirige la producción, porque no conozco a nadie que la dirija mejor.

—Eso es una fusión.

—Eso es media fusión. La otra media es que nos casamos en Whitsunday y que las acciones que le queden a usted se le reservan por contrato antenupcial, con lo que eso proteja y como lo proteja, que lo dirá su procurador y no yo.

La lluvia golpeaba la ventana con el ruido menudo que hace cuando el viento la trae de lado. Al otro lado del patio se oían los mazos del cobertizo del fondo.

—¿Por qué yo?

—Porque no puedo comprar el agua sin comprar la casa, y porque no me sirve la casa sin alguien que sepa llevarla. —Strachan no bajó la voz ni la subió—. Si prefiere que le mienta y le diga que llevo dos años pensando en usted, se lo digo, pero luego no me va a creer nada más en toda la tarde.

—¿Y si digo que no?

—Puede decir que no. No hay nada en ninguna de las dos carpetas que la obligue a casarse conmigo, y si alguien le dice lo contrario, le está mintiendo. —Se apoyó por primera vez, con los nudillos en el borde del escritorio—. Lo que no puede es impedir lo que pasa en Candlemas si dice que no.

—Eso es lo mismo.

—No, no lo es. Y usted sabe que no lo es, porque lleva diez años llevando los libros de una casa que se hundía y ha sabido siempre dónde estaba la diferencia entre lo que a uno le obligan a hacer y lo que a uno no le queda más remedio que hacer.

Moira se quedó callada. Era la primera cosa cierta que le había dicho en veinte minutos, y se la había dicho para ablandarla, y le había funcionado, y él lo sabía.

—No voy a firmar nada hoy —dijo.

—No he traído tinta.

—Voy a tener un procurador. Mío. Ni el suyo ni el de mi padre.

—Muy bien.

—Y lo va a pagar Corrieburn, no usted, porque no pienso tener un hombre en la habitación que cobre de sus manos.

Strachan tardó un instante. Después asintió, y fue un movimiento pequeño y completo.

—Lo pagará Corrieburn y yo no veré la factura. ¿Tiene a alguien?

—Peter Gault, de Elgin.

—No lo conozco.

—Por eso.

Por primera vez desde que había entrado, algo se le movió a Strachan en la cara. No llegó a sonrisa.

—Escríbale hoy —dijo—. Yo le doy hasta el viernes que viene.

Salieron juntos al patio porque él la acompañó hasta la puerta, y al pasar por delante del cobertizo del fondo Strachan se paró.

Tam había montado una barrica nueva en las dos horas que llevaba allí y la tenía de pie, con los aros provisionales puestos, tostándose sobre el brasero. Strachan se agachó, la giró un cuarto de vuelta con las dos manos y miró la junta del cabezal desde abajo, contra la luz.

—¿Este es el suyo?

—Ese es el mío.

—Aprieta el aro del medio antes que el de arriba. Eso ya no lo hace casi nadie.

—Se lo enseñó mi padre.

—A mí también —dijo Strachan, y se levantó, y se sacudió las manos en el pantalón bueno sin darse cuenta de que se las estaba sacudiendo—. Que no lo tenga Rab en el tejado. Es tonelero.