El medio año de invierno Parte primera. Martinmas y el derrumbe
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El medio año de invierno

El medio año de invierno

Por Leonor Ardn

© inepub.com

Parte primera. Martinmas y el derrumbe

I

La barrica setenta y uno pesaba menos de lo que debía y Moira lo supo antes de meter la vara.

Lo supo por el sonido. La había golpeado con los nudillos al pasar, como golpeaba todas, y el tono había salido más alto de lo que correspondía a una barrica llena de whisky de cinco años. Retrocedió dos pasos en el pasillo del almacén, puso la mano abierta sobre la duela y volvió a golpear.

—Esta —dijo.

Jessie Innes levantó la lámpara. El almacén de aduana estaba frío como el interior de una piedra y olía a madera húmeda, a barro del suelo y al vaho dulce que suelta el whisky cuando lleva años respirando por la madera.

Al fondo, el vista de aduanas escribía en su libro sin levantar la cabeza.

No se levantaba por nada que no fuera una cifra.

—¿Cuánto? —preguntó Jessie.

—No lo sé todavía. Diez libras. Doce.

—Hará dos semanas que no se mira esta fila.

—Hará tres.

Moira se agachó junto al cabezal. La barrica descansaba sobre los durmientes con una inclinación que no era la que ella había ordenado en septiembre, y bajo el aro del cabezal, donde la madera se junta y siempre se junta mal, había una línea oscura del ancho de un cabello.

La tocó con el pulgar. Salió seco, pero seco no quería decir nada en noviembre.

—Tam —dijo, sin alzar mucho la voz.

El tonelero llegó desde el fondo del pasillo con el mazo en una mano y el juego de aros al hombro, y con él llegó el ruido que hacía siempre al andar, un tintineo bajo de hierro contra hierro.

Tam Geddes tenía cuarenta y tantos, el pelo corto y ya gris en las sienes, y unas manos que parecían pertenecer a un hombre veinte años mayor.

Se puso en cuclillas donde había estado ella y miró la línea oscura sin tocarla.

—Se ha secado el aro de arriba —dijo—. Con la helada de la semana pasada. La duela ha encogido y ha soltado la junta.

—¿Se puede apretar?

—Se puede apretar hoy y volverá a soltarse en enero. —Pasó la yema del pulgar por el canto del aro—. Lo que hay que hacer es cambiar el aro y mojar la madera. Media hora.

—Media hora tienes.

Tam no se movió enseguida. Miró la fila entera, las veintitantas barricas que continuaban hacia la oscuridad, y luego a ella.

—No es la única. Son todas de la misma tanda de madera. Yo miraría la fila entera antes de Martinmas.

—Hoy es Martinmas.

—Entonces yo la miraría hoy.

Moira hizo la cuenta mientras se sacudía el polvo de la falda.

Veintiséis barricas. Media hora cada una si eran las juntas, dos horas si había que desmontar cabezales, y un día entero de un hombre que no tenía.

El vista apuntaría la merma de la setenta y uno y la apuntaría bien, porque lo apuntaba todo, y la merma se descontaría del impuesto pero no del inventario que ella había entregado en agosto y que ahora tendría que corregir por segunda vez en el año.

Tres correcciones en un año es un descuido.

Cuatro es una casa que no sabe lo que tiene.

—Empieza por esta y sigue por la fila —dijo—. Jessie, que Wattie te deje al chico hasta el mediodía.

—El chico está en el lavado.

—El lavado puede esperar dos horas. El whisky que se sale por una junta no vuelve.

Jessie hizo un ruido que no era del todo conformidad y se fue con la lámpara, y el pasillo se quedó con la luz gris que entraba por los ventanucos altos. Moira se quedó de pie hasta que Tam levantó el primer aro. El mazo sonó tres veces, seco, y el sonido subió hasta el techo y volvió.

Le gustaba ese ruido. Era de las pocas cosas de la destilería que no costaba dinero.

El vista se llamaba Duff y llevaba once años en Corrieburn. Se levantó cuando Moira pasó por delante de su mesa, que era lo único que hacía por cortesía, y esperó a que ella se parara.

—La setenta y uno.

—La setenta y uno —dijo Moira.

—Voy a tener que remedirla.

—Remídala.

—Y voy a tener que anotar la fecha de hoy, no la del último aforo. —Duff pasó la hoja del libro y la alisó con el canto de la mano—. Si la anoto hoy, la merma entra en el trimestre que cierra en enero.

—Ya lo sé.

—Y entra en el mismo trimestre que las otras dos de agosto.

Moira se quedó quieta. Duff no la estaba amenazando. Duff no amenazaba a nadie, llevaba once años sin amenazar a nadie, y ese era el problema, porque un hombre que solo apunta cifras las apunta todas.

—Apúntelo —dijo.

—Es lo que voy a hacer. —Mojó la pluma—. Si le sirve de algo, señorita Balfour, el año pasado por estas fechas llevábamos cinco.

—Este año llevamos tres.

—Y quedan siete semanas de helada.

Volvió a sentarse. Moira se quedó un momento más mirando la lámpara de Jessie moverse al fondo del pasillo y pensó que en agosto, cuando el hombre de Strachan había venido a contar, Duff le había abierto la puerta y le había dado la lista y no le había dicho a ella una palabra.

Nadie le había pedido a Duff que dijera nada. Duff no era su empleado.

Salió al patio y allí estaba Hendry con el correo, quitándose el agua del sombrero contra el muslo, y Moira supo por la cara que traía que había algo del banco antes de que se lo diera.

Eran tres cartas. Dos podían esperar. La tercera venía de Elgin, en un sobre de papel grueso con el membrete impreso de un agente que ella no conocía, y dentro había dos hojas escritas con letra de oficina.

La leyó en el patio, de pie, con la lluvia fina cayéndole en la nuca.

La primera hoja era una intimación de cesión.

El banco había cedido el bono y la disposición en garantía que pesaban sobre la tierra y los edificios de Corrieburn, junto con las demás obligaciones del difunto Archibald Balfour, y a partir de la fecha del instrumento el pago debía hacerse al cesionario y no al banco.

La cifra venía al pie, sin adorno. Nueve mil libras de principal en la garantía sobre la tierra, siete mil doscientas en la pignoración de las existencias, dieciséis mil doscientas en total, con los intereses corridos desde el término anterior.

Moira conocía esa cifra mejor que su propia edad. Lo que no conocía era el nombre.

La segunda hoja era más corta. Tres líneas y una firma. El cesionario tendría mucho gusto en recibirla en Dunrath esa misma tarde, a las tres, para tratar de la deuda y de otro asunto. Firmaba Roderick Strachan.

Leyó las tres líneas dos veces. Después dobló las hojas por sus dobleces y se las metió en el bolsillo del delantal, que era donde llevaba los recibos, y se dio cuenta de que las había metido ahí porque no quería tenerlas en la mano.

Nueve mil sobre la tierra. Siete mil doscientas sobre trescientas setenta y cuatro barricas numeradas, cada una con su orden de entrega firmada y endosada, depositada donde el banco quisiera depositarla y ahora donde Strachan quisiera.

Su padre había firmado aquello en dos tardes de 1895 y ella se había enterado en 1897, cuando ya llevaba dos años dirigiendo la producción y creyendo que dirigir la producción era dirigir la casa.

Volvió dentro. El mazo de Tam seguía sonando al fondo, más despacio ahora, que era como sonaba cuando estaba asentando el aro y no cuando lo estaba metiendo.

Pasó de largo y subió al escritorio.

El escritorio de Corrieburn era la habitación de encima de la oficina del vista, con una ventana que daba al canal y una estufa que tiraba mal. Moira encendió la estufa, abrió el libro de jornales por la semana en curso y volvió a hacer la cuenta que ya había hecho tres veces en octubre.

Cuarenta nóminas. Cuatro semanas hasta fin de mes.

La cebada pagada, el carbón pagado hasta enero, el flete de Craigellachie sin pagar desde septiembre.

Y un tonelero a jornada completa, veintisiete chelines a la semana, treinta y cinco libras de aquí a Whitsunday, para una destilería que este invierno iba a llenar la mitad de barricas que el anterior porque no tenía dinero para llenar más.

No era un cálculo difícil. Los cálculos difíciles le gustaban. Este llevaba tres semanas hecho y ella lo había estado dejando encima de la mesa como se deja una carta que no se quiere abrir.

Abrió el libro de jornales por detrás, por las hojas de 1895, donde todavía estaba la letra de su padre.

Archie Balfour escribía las cantidades grandes con una floritura en el cuatro y las pequeñas sin ella, y en aquellas páginas casi todas las cifras llevaban floritura.

Era el año en que había firmado las dos garantías.

Moira había repasado esas hojas tantas veces que ya no buscaba nada en ellas; las abría del modo en que se toca una cicatriz para comprobar que sigue doliendo lo mismo que ayer.

Seguía doliendo lo mismo. Cerró el libro.

Bajó a buscarlo cuando el mazo paró.

Tam llegó con las manos negras y se las limpió en el mandil antes de entrar, que era una costumbre que tenía y que nadie le había pedido.

—Siéntate.

—Estoy bien de pie.

—Siéntate, Tam.

Se sentó en el borde de la silla, como si fuera a levantarse enseguida.

—Este invierno vamos a llenar doscientas barricas —dijo Moira—. Puede que menos. Con las que hay que reparar y las que hay que armar, eso es trabajo para un tonelero tres días a la semana.

Tam no dijo nada. Tenía una mancha de brea en el dorso de la mano izquierda, cerca del pulgar, y se la miró.

—Dunrath está armando barricas todo el invierno. Necesitan tonelero y pagan jornal entero.

—Yo trabajo aquí.

—Sigues trabajando aquí. Te cedo por la temporada, de Martinmas a Whitsunday. El jornal te lo paga Dunrath, entero, los seis días. Tu puesto se te guarda. Vuelves en mayo.

—¿Y si no vuelvo en mayo?

—Vuelves en mayo.

Tam levantó la vista. No estaba enfadado. Aquello fue lo peor.

—¿Se lo ha dicho ya a Jessie?

—Se lo diré yo hoy.

—Dígaselo usted, entonces. Es mi prima, y si se lo digo yo, dirá que me ha echado.

—No te he echado.

—Ya —dijo Tam, y se levantó—. ¿Cuándo empiezo?

Moira miró el reloj de la pared. Eran las once y veinte.

—Esta tarde —dijo—. Te llevo yo.

Encontró a Jessie en la sala de cubas, subida al borde de la cuatro con el remo largo en las dos manos, y esperó a que terminara de remover porque no se le habla a nadie que está aguantando un remo de alerce sobre una cuba caliente.

Jessie bajó, se pasó el antebrazo por la frente y la miró.

—Diga.

—Tam se va a Dunrath esta tarde. Cedido hasta Whitsunday.

Jessie dejó el remo apoyado en la pared. Lo dejó despacio, que era peor que si lo hubiera tirado.

—¿Cedido.

—Cedido. El jornal se lo pagan ellos, entero. Aquí le tendría tres días de trabajo y le pagaría seis, y no puedo.

—Podía haberle tenido tres días y pagarle tres.

—Con tres días no come.

—Con tres días come menos y duerme en su casa. —Jessie cruzó los brazos—. ¿Usted sabe lo que hay en Dunrath? Cuarenta hombres y un cobertizo. Y mi primo tiene un hombro que no levanta bien desde el noventa y cuatro, y aquí lo sabemos todos y allí no lo sabe nadie.

Moira no lo sabía. Lo apuntó en la cabeza, en el sitio donde apuntaba las cosas que tendría que haber sabido.

—Vuelve en mayo —dijo.

—Eso he oído.

—Jessie.

—Lo que usted mande. —Cogió otra vez el remo—. La siete sigue sin arrancar, por si le interesa.

Salió a las dos menos cuarto con el capote puesto y las hojas del banco en el bolsillo interior.

Desde la puerta de la destilería salían dos caminos hasta la carretera de Craigellachie.

El corto pasaba por delante de la escuela vieja, que llevaba tres años cerrada y a la que se le había hundido media techumbre en la ventisca de febrero, y que todavía tenía dentro los pupitres y la mesa del maestro y todo lo que nadie había reclamado cuando murió el viejo Calder.

Jessie lo había dicho aquella misma mañana, camino del almacén, que alguien tendría que escribirle al hijo por lo de los muebles.

—Ya le escribiré yo —había dicho Moira.

El camino largo daba la vuelta por el vado y añadía media hora, y en noviembre iba encharcado hasta el tobillo.

Moira cogió el largo, como llevaba cogiéndolo tres años.

Tam no preguntó por qué. Echó a andar detrás de ella, se puso a su altura cuando el camino se ensanchó y ajustó el paso al suyo sin que se notara que lo estaba ajustando.

En el vado el agua venía crecida y turbia y había que pasar por las piedras de arriba. Moira se recogió la falda con una mano y cruzó primero. A la mitad, la cuarta piedra se movió bajo su bota y Tam la cogió del codo desde atrás, sin decir nada, y la soltó en cuanto ella estuvo firme.

—Gracias.

—De nada.

Al otro lado se pararon a escurrir las botas contra el ribazo.

—Señorita Balfour.

—Dime.

—¿Voy cedido o voy vendido?

Moira terminó de pisar el ribazo antes de contestar, porque no quería contestar deprisa.

—Cedido. Está escrito en la carta que llevo, va firmada por mí y queda copia en el escritorio.

—¿Y si en mayo Dunrath quiere quedarse conmigo?

—En mayo decides tú.

—En mayo tendré cuarenta y dos años y usted tendrá lo que tenga —dijo Tam—. Esas cosas no las decide uno solo.

Siguieron andando. La carretera de Craigellachie apareció al fondo, gris y recta, con las roderas llenas de agua.

—Mi hombro —dijo Tam.

—Me lo ha dicho Jessie.

—Pues no hacía falta que se lo dijera. Levanta lo que hay que levantar.

—Tam.

—Levanta un aro de cabezal y levanta una barrica vacía. Lo que no levanta es una llena y por encima del pecho. —Se cambió el saco al otro hombro, y lo hizo despacio, como quien ha aprendido a hacerlo despacio—. En Dunrath no hace falta que lo sepan si no me ponen a estibar.

—Se lo voy a decir.

—No se lo diga.

—Se lo voy a decir hoy —dijo Moira—, porque si no se lo digo y te pasa algo, el que va a tener que explicarlo eres tú, y no vas a poder.

Tam no discutió. Anduvo el último cuarto de milla mirando al frente, y cuando llegaron al cruce se descolgó el saco, lo dejó en el suelo y esperó a que ella pasara delante.