Capítulo 20
XX
El martes veintiocho de febrero, Finlay bajó a Corrieburn a las siete de la tarde con una noticia y sin ninguna razón para llevarla en persona.
La noticia era que la junta escolar se reunía el seis de marzo y que un miembro, un comerciante de Charlestown de Aberlour que no había pisado aquel edificio en su vida, había propuesto enajenar la madera y la pizarra vieja.
Podía haberla escrito. Corrieburn había suscrito dos libras en enero, con la firma de Moira Balfour al pie de una lista de once nombres, y a los once había que avisarles, y a diez les iba a escribir.
Podía haberla escrito y no la escribió, y por el camino se estuvo dando las razones.
La primera era que a los once había que avisarles, y que a Corrieburn había que avisarle la primera, porque si se caía aquella se caían dos más detrás.
La segunda era que a una lista de once nombres se le escribe y a una persona se le habla.
La tercera se la dio en el vado y era la única verdadera: que llevaba diecisiete días sin verla fuera de la habitación de un enfermo, desde el sábado once en la escuela, y que en diecisiete días se habían cruzado cuatro veces en el pasillo de Dunrath y las cuatro se habían dicho buenas tardes.
Fue andando por el camino corto, que era el que pasaba por delante de la escuela, y tardó cuarenta minutos porque había vuelto a helar.
Al pasar por delante se paró, como se paraba siempre, y miró el hueco del tejado contra el cielo. Seis de marzo. Siete días. Si el comerciante de Charlestown salía adelante, aquello iba a ser un montón de piedra con una puerta.
La encontró en el almacén tres.
Estaba sola, de pie delante de la cuba de mezcla, con una lámpara en el suelo y un vaso de cata en la mano, y no lo oyó entrar porque el almacén tres tenía el suelo de tierra.
—Señorita Balfour.
Se dio la vuelta. Tardó un momento en colocarlo, que era lo que le pasaba a la gente cuando lleva horas mirando una sola cosa.
—Doctor Calder.
—Traigo un aviso de la junta. Puedo dejarlo y me voy.
—Déjelo.
La miró mientras cruzaba los últimos pasos.
Tenía el mandil de trabajo, las mangas remangadas hasta el codo y el pelo recogido con lo primero que había encontrado, y estaba delgada de una manera que él llevaba tres semanas registrando en el pasillo de Dunrath sin decir nada, porque no era su paciente y porque decirlo habría sido pasarse.
Se lo contó en un minuto y medio. Ella escuchó entera, sin interrumpir, y al final dijo:
—¿Qué hace falta?
—Setenta y cinco libras de un solo hombre antes del seis de marzo.
Moira se rio.
No fue una risa fea. Fue una risa corta, de una sola sílaba, de las que se le escapan a alguien que lleva tres semanas sin reírse de nada.
—Perdone —dijo.
—No hace falta.
—Es que hoy me ha parecido gracioso. —Dejó el vaso en el borde de la cuba—. Le pido perdón igual.
—¿Qué le ha parecido gracioso?
—Setenta y cinco libras. —Se limpió las manos en el mandil—. Es que llevo tres semanas con una cifra en la cabeza y ahora me viene usted con otra, y la suya cabe en la mía cuarenta veces, y las dos son imposibles exactamente igual.
—¿Cuál es la suya?
—Dieciséis mil doscientas.
Finlay no dijo nada.
—Perdone —dijo ella otra vez—. Eso no se lo tenía que haber dicho.
—Ya lo sabía.
—¿Lo sabía?
—Lo sabe todo el mundo en once millas. —Finlay se metió las manos en los bolsillos—. Lo que no sabe nadie es el día.
—El quince de mayo.
—Ya.
Finlay miró la cuba.
—¿Es eso?
—Es eso.
—¿Puedo?
Moira le sirvió dos dedos en un vaso limpio y se lo dio.
Finlay lo olió y lo probó, y lo probó como prueba un hombre que no entiende, que es tragando enseguida.
—A mí me parece bueno.
—Es bueno.
—¿Entonces?
—Entonces nada. —Moira se apoyó de espaldas en la cuba—. Ocho mil cuatrocientos galones de un whisky bueno que no le sirve a nadie de Glasgow, porque lo que ellos compran es algo que sostenga lo suyo, y esto no sostiene nada. Esto se deja beber.
—¿Y qué le falta?
—Diez barricas de once años de tres sitios distintos.
—¿Dónde están?
—En la fila once del almacén largo de Dunrath —dijo Moira—, con el número de Strachan pintado en la tapa, desde el diecinueve de enero.
Lo dijo sin levantar la voz y sin adornarlo, del modo en que decía las cifras, y después se quedó callada.
Finlay dejó el vaso.
—Explíquemelo como si yo fuera tonto.
—Usted no es tonto.
—Para esto sí. Explíquemelo.
Moira se quedó un momento buscando por dónde.
—Un whisky de mezcla lleva grano, que es barato y es liso, y lleva malta, que es lo que le pone carácter.
La casa que mezcla compra maltas de varios sitios y las junta, y lo que le pide a cada una es que haga algo distinto de lo que hacen las otras.
—Señaló la cuba con la barbilla—. Ahí dentro hay cuarenta y dos barricas.
Veintidós mías, todas de la misma época y de la misma madera, y veinte de Deeside, dos años más jóvenes y de una madera que ya ha dado lo suyo dos veces.
Ninguna de las cuarenta y dos discute con ninguna. Es todo lo mismo dicho más alto.
—¿Y las diez?
—Las diez tienen once años y vienen de tres sitios que no se parecen entre sí.
Una de la costa, que trae sal y trae humo.
Dos lotes de arriba, que traen otra cosa.
—Movió la mano en el aire, y era la primera vez en diez semanas que Finlay le veía hacer un gesto que no fuera contar—.
Si le pongo eso por debajo, lo de arriba deja de flotar. Se apoya. Eso es lo que compran.
—¿Y no hay más de diez barricas así en toda Escocia?
—Hay miles. En almacenes de Leith y de Glasgow y de Dundee, y cuestan dinero y hay que ir a buscarlas y traerlas, y yo no tengo dinero ni tiempo.
—Volvió a coger el vaso vacío y lo dejó otra vez—.
Y hay cuarenta y seis a cuatro millas de aquí, que son las que yo tenía apalabradas en diciembre y que compró otro en enero.
—¿Lo sabe él?
—Claro que lo sabe.
—¿Se lo ha pedido usted?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque el día que se lo pida me lo va a dar.
Aquello se quedó en el almacén tres un rato largo.
Finlay no dijo lo que se dice. No dijo que a lo mejor no, ni que ya se vería, ni que quedaban once semanas. Tenía cinco semanas de mirarla trabajar y sabía perfectamente que aquella mujer no decía cosas que no hubiera comprobado tres veces.
—Pídaselas —dijo Finlay.
—No.
—Es un negocio. Usted le paga y él le vende, y a él le sale bien, porque las compró en enero y hoy valen más.
—Ya lo sé.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
—El problema es que no me las va a vender.
—Moira se apartó de la cuba y fue hasta la lámpara y la movió un palmo, por hacer algo con las manos—.
Me las va a dar. Y a lo mejor no me cobra, y si me cobra me va a cobrar lo que pagó, y va a tener razón en las dos cosas, porque es un hombre que hace bien los números.
Y el día quince de mayo, cuando yo esté en su casa vestida de otra manera, las diez barricas van a estar dentro de lo que soy yo allí.
—Eso no tiene por qué ser así.
—Es así. —Volvió a dejar la lámpara donde estaba—.
Doctor Calder, ese hombre no me ha mentido ni una vez desde el once de noviembre.
Ni una. Me enseñó los papeles antes de que yo los pidiera, me dijo lo que iba a hacer si yo decía que no, y en noviembre, apoyado en un poste de su cobertizo, me explicó gratis por qué mi whisky no valía para lo que yo quería hacer.
Él me dijo lo que me faltaba. Y en enero fue y lo compró.
—¿Y usted qué cree que hizo, exactamente?
—Yo creo que él cree que me está ahorrando cinco meses.
Se quedaron callados.
—Entonces se va a casar usted en mayo —dijo.
Moira levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—Que se va a casar en mayo. —Finlay no se movió del sitio—.
Lo sabe usted desde febrero. Puede que desde enero.
Y lleva desde entonces trasegando cuarenta y dos barricas y escribiendo a Glasgow y quitándole la paga a cuarenta hombres, y no lo está haciendo para no casarse.
Lo está haciendo para poder decir que lo intentó.
—Usted no tiene ningún derecho.
—Ninguno.
—Ni sabe lo que hay en esta casa.
—Nada.
—Entonces cállese.
—No.
Lo dijo tranquilo, y esa fue la parte que ella no supo cómo contestar.
—Llevo diez semanas en este valle —dijo Finlay—.
He tratado a once hombres de un derrumbe, a un tonelero al que le falta un brazo, a una niña que llevaba desde junio con el oído supurando y a un cantero de Carron al que le he salvado dos dedos y medio.
No sé nada de whisky y no sé nada de sus libros.
Lo que sé mirar es cuándo alguien ha dejado de pelear y sigue haciendo los movimientos.
—Yo no he dejado de pelear.
—Lleva usted tres semanas catando lo mismo.
Moira se apartó de la cuba.
—Salga de mi almacén.
—Me voy.
Y no se movió.
Estaban a dos pasos. La lámpara estaba en el suelo entre los dos y les daba la luz desde abajo, y el almacén tres olía a madera mojada y a lo que suelta el whisky cuando lleva una semana quieto en una cuba abierta.
—Dígame que me equivoco —dijo Finlay.
—Se equivoca.
—Dígamelo otra vez.
Moira abrió la boca y no dijo nada.
Después dio ella el paso.
Fue ella. Eso fue lo primero que Finlay pensó al día siguiente y lo pensó muchas veces: que dio ella el paso, aunque él llevaba diez minutos empujándola hacia allí con todo lo que había dicho.
Y él no se apartó esta vez.
La besó, o lo besó ella, y aquello no se supo nunca del todo.
No fue suave y no fue una pregunta. Le cogió la cara con las dos manos, que las tenía frías del camino, y ella lo agarró de las solapas del abrigo y tiró hacia dentro, y fue un beso de dos personas que llevaban cinco años y dos meses sin tocarse y que estaban las dos cansadas y las dos derrotadas y las dos con razón en algo.
Le duró lo que le duró.
Ella tenía las dos manos en las solapas y la mano izquierda desnuda, sin anillo, porque el anillo estaba donde había estado desde el trece de enero, que era en el cajón de la izquierda del escritorio, encima del libro de cartas.
Moira lo apartó.
Puso una mano en el pecho de él y empujó, y no fue un gesto pequeño ni un gesto dudoso. Lo apartó un paso entero y se quedó con la mano allí un segundo más antes de quitarla.
Se miraron.
Ninguno de los dos dijo nada, y aquello duró mucho más de lo que dura normalmente, porque los dos estaban esperando a que hablara el otro y los dos sabían que hablar era peor.
Finlay no se disculpó.
No lo pensó y no lo decidió. Simplemente no se disculpó, y años después seguía sin saber si aquello había sido decencia o lo contrario.
Cogió el vaso del borde de la cuba, lo dejó en el suelo junto a la lámpara porque no era suyo y no sabía dónde iba, y se fue.
Salió al patio. Había helado otra vez y las estrellas estaban sacadas y se oían las cubas desde fuera.
Anduvo los cuarenta minutos de vuelta por el camino corto.
No pensó en lo que había hecho. Pensó, con una precisión que después le pareció indecente, en cosas concretas y separadas: que ella tenía las manos frías y olían a madera mojada; que al empujarlo no había cerrado los ojos; que llevaba tres semanas catando lo mismo y que aquello era verdad y que decírselo delante de una cuba abierta a las siete y media de la tarde no había sido medicina ni había sido amistad.
Y pensó en una cuarta cosa, y esa fue la que le duró: que si aquella mujer conseguía las diez barricas, se subía a un tren en abril, y si Glasgow entraba, en mayo no se casaba.
Que era lo que él quería.
Y que era, exactamente, lo mismo que quería el hombre al que le estaba curando la pierna todas las mañanas a las diez, solo que al revés.
Cuando pasó por delante de la escuela, con la luna dándole por el hastial, no la miró.
En el almacén tres, Moira se quedó de pie delante de la cuba hasta que se le enfrió la lámpara.
Estuvo un rato sin pensar en nada, que era una cosa que no le pasaba nunca y que después no supo cuánto había durado.
Lo primero que volvió no fue él. Fue la seis, que se había quedado a medias otra vez el sábado y que Jessie había avisado de que no iba a vaciar.
Y detrás de la seis vino el chico nuevo, y detrás del chico nuevo la lista de treinta y nueve nombres con lo que se le debía a cada uno apuntado al margen, y detrás de la lista la carta que había echado aquella mañana pidiendo la segunda quincena de abril.
Todo eso volvió en orden y en fila, como volvía siempre, y aquella noche lo agradeció.
Lo que no volvió fue una sola razón para no haberlo hecho.
Buscó una. Se quedó de pie delante de la cuba buscando una razón que no fuera la palabra prometida, que era la única que había, y la palabra prometida se la había puesto encima un hombre que le había comprado los pagarés a un banco y que le había comprado en enero las diez barricas que le faltaban.
No sirvió de nada. Lo había hecho igual y lo sabía, y el que estaba a once millas en una cama con una pierna rota no tenía ninguna culpa de la parte de aquello que era culpa de ella.
Después cogió el vaso del suelo, lo lavó en la pila, lo dejó boca abajo en el estante donde iban los vasos de cata y subió al escritorio, y allí abrió el cuaderno y escribió la fecha y debajo, con la letra pequeña, lo único que quedaba por escribir:
Faltan diez. Fila once, almacén largo, Dunrath.