El medallón perdido 25. Vuelta a casa
97%

25. Vuelta a casa

Vuelta a casa

A la mañana siguiente, dejé la casa del bosque y África.

Como tenía que madrugar mucho, ya por la noche me despedí de todos aquellos que habían conformado mi mundo durante casi dos meses.

Nunca me habían gustado las despedidas, como a Sandrine, y en esa ocasión menos que nunca.

Cada vez que decía adiós a alguien, sentía como si se me rompiera algún músculo, como si la cuerda invisible que me unía a ellos se desgarrara y produjera una cascada de dolor y de sangre dentro de mí.

Lise me preparó dos botellas con sus zumos para el desayuno para beberlas en Madrid.

Me las metí en la mochila para que no se rompieran.

Sabía que no tendrían el mismo sabor y que tampoco guardarían las vitaminas después de horas de haber sido exprimidas las frutas, pero no importaba: encerrados en las botellas, como el genio de la lámpara de Aladino, me llevaba algunos de los colores y de los sabores de África, y eso me era más importante que la utilidad alimenticia que pudieran tener.

Me acordé del elixir de rosas de la dama misteriosa de Sebastián, que, como él decía, no tenía por qué tener más beneficio que el propio placer por sí mismo.

Lise no me abrazó aquella noche, esperó unas horas. Se levantó antes del amanecer para venir a despedirme, y con el abrazo me dio un saquito que me pidió que no abriera hasta que estuviera en el avión. No me dijo casi nada, solo me pidió que volviera pronto. Yo le regalé otra de mis acuarelas.

Henri me abrazó muy fuerte y disimuló con su gran sonrisa de dientes de oro la tristeza que, estaba seguro, le producía mi marcha: las vacaciones se acababan y, poco después que yo, también se iría Sandrine, a la que, aunque no hacía mucho caso aparentemente, yo estaba seguro de que quería.

Además, sabía que mi presencia ese verano le había estado recordando a mi padre, Pablo, que había sido su amigo, su compañero de aventuras y su discípulo en los saberes secretos del bosque.

—Benjamín, la próxima vez que vengas, espero que asistas a un bwiti no como observador, sino como aspirante a iniciado —me dijo muy serio.

—¡Ah, no, Henri! No creo que nunca llegue a ser un iniciado. No quiero comer madera. Seguro que se me indigestaría, aunque sea sagrada.

—Seguro que te convenceremos, Benjamín, seguro, la próxima vez. Ya verás.

Le sonreí. En mi fuero interno tenía la seguridad de que nunca comería la cáscara del plátano relleno de serrín. Él también me sonrió. Henri sabía que cambiaría de opinión.

A Sandrine no le gustaban las despedidas, así que desapareció después de cenar y no la volví a ver.

Cuando Henri y Lise se hubieron ido, Sebastián me alargó un sobre que le había dejado Sandrine para mí: contenía una nota y una flor amarilla.

La metí en uno de mis libros de Simenon que había reservado para el viaje de vuelta.

En la nota había escrita una dirección en Burdeos, la de la residencia donde vivía, y una palabra: «Escríbeme».

No decía que me quisiera ni nada parecido, pero no importaba; yo sabía que ambos sentíamos algo muy parecido el uno por el otro.

Me llevé el papel a los labios y lo besé; se había impregnado del mismo aroma de la flor, que era el de la misma esencia que llevaba aquel segundo día en que nos vimos, en el porche.

¡Aquello era un mensaje de amor! O al menos, así lo interpreté yo.

Cuando me quedé solo en la habitación, volví a mirar todas aquellas cosas de papá que seguían allí y que allí se quedarían después de que yo me marchara: las fotos, los trofeos.

.. ¡Qué distintos mis ojos ahora a aquella primera vez que los vi!

A la curiosidad infantil de hacía dos meses la había sustituido la certeza de haber encontrado el sentido verdadero de todos aquellos objetos, que ya tenían una vida y una realidad fuera de aquel aposento.

Me encontré también con mi cara en el espejo: en poco me parecía al niño que había llegado aquella otra tarde con la maleta en la mano. Me había crecido el pelo, se me habían ido los granos, mis hombros habían ensanchado, era un poco más alto y llevaba el medallón de mi padre colgado del cuello.

En ese momento entró Sebastián. Llevaba en la mano una taza de té. Me miró y adivinó lo que estaba pensando.

—África cambia a las personas, ¿eh? Me lo dijo mi padre hace muchos años, la primera vez que vinimos mi hermano y yo. Tenía razón. La historia se ha repetido contigo. Tu madre no te va a reconocer cuando te vea en el aeropuerto.

—No, va a pensar que ha cambiado de hijo, y la verdad es que sí que es un poco cierto —dije mientras me seguía mirando al espejo, y una cierta tristeza por dejar a mi tío, a Sandrine y a África ensombrecía mi rostro.

—Espero que le guste lo que vea.

No dijo más. Me rodeó la espalda con su poderoso brazo y apretó su mano derecha en mi hombro derecho.

Ahora nuestros rostros se miraban en el espejo.

Solo entonces me di cuenta de cuánto me parecía a él.

Él también lo notó. Sonrió a mi cara reflejada delante de mí y salió silencioso.

Tampoco a él le gustaban las despedidas.

Y no quería ponerse triste. Prefería retirarse antes que mostrar sus sentimientos.

¡Cómo hubiera querido abrazarlo en aquel momento! Pero no me atreví.

A la mañana siguiente dejé la casa del bosque y África.

Mi tío me llevó en la avioneta hasta Libreville.

¡Qué distinta también mi mirada hacia lo que había bajo mis pies durante el vuelo!

Estaba aún adormilado, así que tuve la perfecta excusa para apenas mirar por la ventanilla.

Era como si no quisiera despedirme del bosque.

Tenía la extraña sensación de que si no le decía adiós con mis ojos, si no me volvía para mirarlo, lo guardaría vivo más tiempo dentro de mí.

Algo así como el trato de Orfeo cuando fue a rescatar a Eurídice de los infiernos.

Ya en el aeropuerto de la capital, Sebastián me ayudó a facturar el equipaje.

Noté que no quería hablar demasiado. Yo tampoco.

¡Habíamos vivido momentos tan especiales juntos!

No quería que me salieran las lágrimas, que amenazaban con hacerlo.

Ambos con los ojos brillantes nos abrazamos, ahora sí, en silencio.

Luego me dio un apretón de manos y me dijo:

—Nos vemos en Navidad, ¿eh? Este año la pasaré en Madrid, con la familia... Estudia mucho para que tu madre te deje venir el próximo verano.

—Sí, pero el próximo verano no tendré ningún medallón perdido que buscar.

—¡Ah, Benjamín! En la vida siempre hay medallones perdidos que encontrar. Y a ti todavía te quedan por hallar unos cuantos.

—¿Me ayudarás tú a encontrarlos, tío? —le pregunté.

—Algunos quizás sí. Otros los tendrás que encontrar por ti mismo. Este —y señaló el que pendía de mi pecho—, este te ayudará en esa tarea. No lo olvides.

Anunciaron mi vuelo. Nos despedimos. Me marché.

Dejé África desde el aire. Tampoco quise mirar por la ventanilla.

Cerré los ojos. Dejé que las imágenes que había vivido durante aquellos dos meses fueran invadiendo mi pensamiento en aquellos últimos momentos en que sobrevolaba la selva: Sandrine, el lago, el bosque, el bwiti, las Montañas de Cristal, el elefante herido, las serpientes, la gruta secreta, las maderas sagradas, el anillo que me había regalado Sandrine y que yo llevaba siempre puesto desde entonces.

.. Todo iba llegando a mi mente de manera desordenada.

Solo la voz de la azafata, la misma de los ojos rasgados que nos había atendido en el viaje de ida a Sebastián y a mí, me sacaba de vez en cuando de mi ensueño para ofrecerme algo de beber y de comer.

Así volvía a la cabina de la aeronave como a un paréntesis que hubiera preferido eliminar.

¡Tan grande era mi deseo de permanecer en África, la real o la soñada, lo máximo posible!

De pronto me acordé del regalo misterioso de Lise, que había guardado en el bolsillo exterior de la mochila.

Me levanté y abrí el portaequipajes. Extraje el saquito y lo abrí.

Contenía la pequeña figura de un elefantito que ella misma había tallado con un pedazo de marfil de aquel pobre animal, gracias al cual había besado por primera vez a Sandrine.

Lo acaricié y dejé que su suave tacto me devolviera de nuevo a mis ensoñaciones.

Ocho horas duró el viaje de regreso. Nunca supe cuánto tiempo había dormido de verdad. El caso es que me despertó el ruido del tren de aterrizaje en la pista de Barajas. África quedaba a miles de kilómetros y yo volvía a casa.

Mamá me estaba esperando en el vestíbulo del aeropuerto.

Le traía una escultura que yo mismo había hecho con madera de moaví.

Estaba sola, sin Jorge. Por su aspecto supe enseguida que todo había ido estupendamente entre los dos.

Estaba muy guapa, había engordado y se había soltado el moño.

Ahora llevaba una melena rizada que la hacía parecer mucho más joven.

El cirujano había obrado milagros en ella, era evidente.

Me abrazó y no se echó a llorar como en nuestra despedida. Su sonrisa brillaba. Estaba feliz.

—Pero ¡cómo has crecido, Benjamín! ¡Qué moreno estás!

Veo que tu tío te ha tratado bien. ¿Cómo lo has pasado?

No habrás montado en la avioneta, ¿verdad?

Ni habrás ido solo por el bosque, ¿no? Bueno, supongo que querrás contarme muchas cosas, ¿a que sí?

—Y de repente miró hacia mi cuello, arqueó las cejas como hacía siempre que algo la sorprendía y preguntó—: ¿Y ese medallón?

—Mamá..., ¿no lo reconoces?

—Es... Parece... Es el medallón de tu padre. ¿De dónde lo has sacado?

—Mamá, esa es una larga historia, ya te la iré contando... —Y la rodeé por la cintura para salir del aeropuerto.

Por supuesto, no pensaba contarle todo lo que había experimentado hasta conseguir el medallón de papá. Como Sandrine, yo también había aprendido a tener mis secretos, y algunas cosas se iban a quedar guardadas entre Sebastián y yo, entre Sandrine y yo, entre África y yo.