Epílogo
H an pasado cinco años desde aquel mi primer verano africano. Después he vuelto durante todas las vacaciones estivales.
Mamá y Jorge se casaron. Al principio, Jorge tuvo tentaciones de querer suplantar la figura de mi padre, pero enseguida se dio cuenta de que iba por un camino equivocado. Nos llevamos bien.
Mamá me dejó, por fin, subir al desván y sacar algunos recuerdos de papá, que pude colocar en mi habitación. Papá está siempre conmigo, y el medallón no me lo quito ni para dormir.
Los abuelos volvieron a África. En la casa del bosque sigue el mismo ambientador de lavanda de la abuela, pero ahora lo pone ella misma.
Almudena y Borja se hicieron novios mientras yo buscaba mi particular medallón durante el verano; por eso no me escribía. Le importaba un pimiento.
Lise sigue haciendo sus zumos de frutas y Henri continua con el bwiti y las maderas sagradas.
Sandrine y yo nos escribimos y nos llamamos mucho. Nos vemos cada verano en Gabón y en Navidad viene a Madrid desde Burdeos, donde ha empezado a estudiar Química. Sigue con su idea de hacerse perfumista. La quiero mucho y sigo aprendiendo cosas nuevas cada vez que hablamos o estamos juntos.
Yo estoy estudiando Medio Ambiente. Dentro de unos años me iré a vivir a Gabón y trabajaré en el bosque, así que pienso llevar el negocio familiar de la manera más respetuosa posible con el entorno.
El bosque nos da la vida y nosotros debemos alimentarlo con más vida.
El espíritu del bosque es más fuerte que nosotros y a él le debemos todo lo que tenemos.
Sebastián sigue lleno de enigmas. Viene poco por España.
No le gusta escribir cartas ni hablar por teléfono, así que solo tengo relación con él durante los veranos y en Navidad.
Pero su compañía compensa los largos meses de vida sin él.
Sigue con su afición a la ópera, pero ahora se ha pasado a la ópera alemana y ha abandonado un poco la italiana.
Los monos no han cambiado sus gustos y casi todos los años nos visita alguno, que nos ataca con cocos o con piedras, como la última vez, el verano pasado.
Hace un par de semanas estaba yo paseando por la Feria del Libro, en el parque del Retiro, cuando vi una novela que me llamó la atención.
Se titulaba El medallón perdido, como lo que yo había ido a buscar aquel verano.
Me acerqué y lo hojeé. Leí algunas frases que me resultaron muy familiares: allí había un par de chicos a los que casi aplasta un elefante herido, el chaval se encontraba con un cementerio fang, tenía que probar siete llaves para entrar en un desván.
.. Me extrañó, pero no demasiado. No sabía muy bien por qué.
Había una mujer de unos cuarenta y cinco años, con apellido italiano, que firmaba ejemplares del libro.
Era su autora. Llevaba colgado de su cuello un medallón igual al mío.
Bueno, igual no, casi igual: tenía un pico más largo que el otro.
Mi cabeza empezó a atar cabos. Mi corazón comenzó a palpitar muy fuerte.
La imagen de Sebastián con su vaso de líquido rosado en la mano me asaltó.
Justo en ese mismo momento, la mujer posó su mirada en mi medallón.
Luego en mis ojos asombrados. Me sonrió.
Nos sonreímos. Me armé de valor y le pregunté:
—¿Hace usted jarabe de rosas?