El medallón perdido 24. A punto de volver a Madrid
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24. A punto de volver a Madrid

A punto de volver a Madrid

L os días siguientes pasaron muy deprisa, y yo tenía que regresar a casa con mi madre.

El instituto empezaría pronto; mi vida de siempre me esperaba.

Había crecido unos siete centímetros, mi espalda se había ensanchado, tenía músculos desarrollados por todos los lados, los granos de mi cara habían desaparecido, estaba moreno y tenía el medallón de papá, con todo lo que eso significaba, sobre mi pecho.

La vida me sonreía, pero había algo que me sumía en la desesperación: tenía que dejar a Sandrine, dejaría de verla durante meses, tal vez durante años.

Creía que no lo podría soportar. Estaba totalmente colado por ella.

Ya no me acordaba de Almudena. Era Sandrine la que ocupaba todo mi pensamiento.

La adoraba. Me iba ya al día siguiente y todavía no se lo había dicho.

Además, durante los últimos días apenas había venido y, cuando lo había hecho, se había mostrado distante.

Llegó la tarde anterior a mi marcha. Esperaba que Sandrine viniera a despedirse de mí, pero nada, no venía.

Fui al poblado, a ver si estaba en su casa, pero no estaba allí.

Empezó a llover otra vez, inesperadamente, contra todos los pronósticos lógicos de los meteorólogos y de la ciencia.

No sabía qué hacer. Tenía que verla antes de marcharme.

Me imaginé que estaría en su escondite. No sabía bien el camino.

Había estado solo un par de veces con ella y no me había fijado bien, pero estaba seguro de que conseguiría llegar.

Seguro que los espíritus del bosque y el medallón me ayudarían a llegar hasta la cueva.

La lluvia empezó a arreciar y el cielo comenzó a oscurecerse.

Dentro de la jungla apenas se veía. Iba completamente calado y casi no veía por dónde pisaba, pero tenía que llegar hasta Sandrine.

Oía los sonidos del bosque, ruidos de animales, las gotas de agua sobre las hojas.

No tenía ningún miedo. O si lo tenía, mi deseo de encontrarme con Sandrine era superior.

Por fin llegué a la cascada. Entré en la cueva. Enseguida me di cuenta de que estaba iluminada, lo que quería decir que Sandrine estaba allí. Se giró al oír mis botas mojadas pisando el suelo de la gruta.

—¿Quién anda ahí? ¡Ah, Benja, eres tú! ¡Qué susto!

—¿Acaso no me esperabas? Me voy mañana. ¿Lo has olvidado? ¿No pensabas despedirte de mí?

—No me gustan las despedidas. ¿Ya has hecho la maleta? —Y se dio la vuelta hacia la mesa donde estaba mezclando líquidos de colores.

—Sí, todo está preparado.

Mientras decía estas palabras, me acerqué y rodeé su cintura con mis manos.

Noté su respiración acelerada. A mí me palpitaba el corazón tan deprisa y tan fuerte que parecía que se me iba a salir.

Se dio la vuelta. Me miró, y nuestras caras se quedaron muy cerca.

Se lo tenía que decir, era el momento. No me podía ir sin decírselo.

—Sandrine, tengo algo que decirte.

—Yo también tengo algo que decirte.

Pensé que iba a ser ella la primera en decírmelo y que así me resultaría todo más fácil. Pero no, no era eso lo que ella quería contarme.

—Verás, Benjamín, el otro día, cuando volviste de la montaña.

.. Yo estaba triste. Tu expedición removió en mí algunas cosas que había intentado olvidar.

No soy tan fuerte como aparento, ¿sabes?

—Me iba acariciando el pelo, todo mojado, y las mejillas mientras me decía esto, y sus ojos se iban humedeciendo, como si se contagiaran del agua que me chorreaba por todo el cuerpo—.

¿Sabes qué es lo que intento olvidar de aquella tarde?

—Claro, Sandrine, que aquella tarde murió alguien a quien tú querías mucho. —Y le empecé a tocar las minúsculas trenzas de su cabellera.

—No, Benjamín, no, no solo eso. ¿Recuerdas a qué iba tu padre a Lambarené aquel día?

—Sí, iba a recoger medicinas, ¿no?

—Efectivamente, pero para ir a Lambarené no hay que cruzar las Montañas de Cristal, ¿no has mirado el mapa?

Las intentó cruzar, pese a la tormenta, para ir a otra explotación que hay al norte de la cordillera.

Había llamado allí y le habían dicho que tenían los medicamentos que necesitaba.

Ese lugar está mucho más cerca que Lambarené, y decidió ir porque había alguien muy enfermo que debía inyectarse urgentemente un antídoto.

¿Sabes quién era ese alguien? —me preguntó Sandrine entre sollozos; era la primera vez que la veía llorar abiertamente—.

¿Lo sabes? Pues era yo. ¡Sí, Benjamín, aquellas medicinas que fue a buscar tu padre la tarde que no volvió eran para mí.

..! Sebastián había ido al hospital la semana anterior y había traído todos los medicamentos habituales.

Pero yo enfermé de pronto, no sé, fue una alergia a alguna de las plantas.

Justo faltaban esas medicinas contra las alergias, y Pablo fue aquella tarde a buscarlas para mí.

Se arriesgó a cruzar las Montañas de Cristal por mí.

¿Lo entiendes ahora? Él murió por mi culpa.

Tu padre nos dejó por mi culpa. Y yo me curé.

Sandrine lloraba sin parar. Se abrazaba a mí, y sus lágrimas se confundían con el agua que caía de mi pelo. Teníamos ambos las caras mojadas, una junto a la otra.

—Sandrine, Sandrine, ¿qué estás diciendo?

Tú, mi pequeña niña, no tuviste la culpa de nada.

Él murió porque se encontró con la tormenta.

Aquella tarde habría salido con la avioneta en cualquier caso.

Había otras medicinas que comprar. Había más gente enferma, incluso Sebastián estaba mal.

Nadie tiene la culpa de nada. Es la vida, Sandrine.

La vida, que es peligrosa. Tú misma lo dijiste el otro día, en el porche.

Y tú no eres en absoluto responsable de los peligros de la vida.

Pero Sandrine seguía llorando. Yo habría querido secar sus lágrimas con mis besos. Pero no sabía si era el momento más adecuado para hacerlo.

—Benjamín, ¿de verdad lo crees así?, ¿podrás perdonarme alguna vez?

—¿Perdonarte? Sandrine, tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida, y estoy seguro de que también fuiste lo mejor que pasó por la vida de mi padre. Yo... yo entiendo por qué él te quería tanto, Sandrine, a mí me pasa lo mismo. Bueno, lo mismo no, algo parecido.

—¿Qué?

Por fin me estaba armando de valor. Me lancé.

—Sandrine. Yo... yo te quiero. Eres la chica más estupenda que he conocido. Me gustas desde que te vi, pero todos estos días han hecho que me enamore de ti de verdad. Te quiero.

Se quedó sin habla. No sé si se lo esperaba o no.

Me miró y sus ojos empezaron a brillar con una sonrisa.

Yo tampoco pude decir más. La abracé todavía más fuerte y la besé.

Esta vez no fue un beso fugaz, como el día del elefante, sino un beso largo, lento.

La besé muy despacio, y ella respondió de la misma manera.

Así estuvimos un buen rato, besándonos muchísimo, hasta que se hizo la hora de volver a la casa.

Llegamos cogidos de la mano. Sebastián estaba sentado en el porche escuchando ópera.

Se oía desde el bosque. Me acordé del mono, pero no cogí ningún coco para lanzarlo contra la casa.

Besé otra vez a Sandrine en la oscuridad de la selva con la música de La bohème de fondo. Me estaba convirtiendo en un romántico.

Cuando nos vieron llegar, todos se intercambiaron una mirada cómplice. Estoy seguro de que Sebastián sabía lo que iba a ocurrirme con Sandrine desde el primer momento.