El medallón perdido 23. El reencuentro con Sandrine
90%

23. El reencuentro con Sandrine

El reencuentro con Sandrine

R egresamos a casa dos días después. Por el camino nos encontramos con Pascal, que nos contó que Paul ya estaba de vuelta en el poblado. Tenía un ojo de cristal y parecía que la amputación de parte de su miembro viril no había dejado secuelas, o sea, que podría tener hijos y todo eso.

Lise y Sandrine nos esperaban en el porche.

Habían oído el camión desde el interior y habían salido fuera a esperarnos.

Lise se acercó a mí y me abrazó, emocionada, sin decir nada.

Sandrine tampoco dijo nada y no se movió de la escalera en la que estaba sentada.

Fui hacia ella y me senté a su lado. Pensaba que tal vez había estado preocupada por mí durante los días de la expedición.

Me miró, aunque tenía su cabeza entre las rodillas, pero no pronunció ninguna palabra.

Yo tampoco. ¡Con todo lo que quería contarle y me había quedado mudo!

Además, empezaba a sospechar que ella sabía toda la historia del medallón, incluso que quizás conocía otros detalles que a mí todavía se me escapaban.

Me quité la gorra y empecé a juguetear con ella entre mis manos.

Estaba nervioso. Sandrine me la cogió, furiosa, y la lanzó al suelo; cayó tres escalones más abajo.

—Bueno, qué, ¿qué ha pasado? ¿Has encontrado lo que buscabas?

No entendía el porqué de su enfado conmigo, especialmente si era cómplice de mi tío. Así que le dije:

—¿Qué ha pasado? Pues que he encontrado el medallón. Míralo.

—¿Has encontrado el medallón? Mientes muy mal, Benjamín. Se te pone la nariz roja cuando dices mentiras. Yo también miento, pero a mí se me nota menos.

—Claro, aunque se te ponga la nariz roja, no se te ve, ¿verdad? Así que sabías que el medallón de Sebastián era en realidad el de mi padre.

—Sí, Benja, siempre lo he sabido. Aunque son casi iguales, hay algo que los diferencia.

Mira, este tiene los dos picos de la muela del mismo tamaño; en cambio, el otro tenía uno más grande.

Aquella tarde, cuando tu tío bajó de la montaña con el cuerpo de tu padre, me di cuenta enseguida de que el medallón que colgaba de su cuello era el de Pablo.

También él necesitaba algo suyo para conservarlo cerca.

—Sandrine hablaba mientras contemplaba cómo el lago iba tomando un color ambarino con la caída del sol—.

La otra noche, cuando Sebastián me acompañó a casa, me contó que te entregaría el verdadero medallón cuando llegarais a la cima. Y veo que lo ha hecho. Enhorabuena.

—Sí. Pero dime, Sandrine, ¿por qué no te gusta todo esto? ¿Por qué estás irritada con todo este asunto? ¿Es porque he puesto en peligro la vida de todos, la de tu padre, la de mi tío, la mía?

—No, no es eso, Benjamín. La vida tiene muchos riesgos, y este ha sido uno más.

La vida es peligrosa en sí misma. No, no es eso.

Es solo que pensar en esa montaña, en la avioneta.

.. es como revivir todo lo que pasó aquel día.

Me pone triste recordarlo. Me duele por mí y por ti.

Creo que yo habría hecho lo mismo que tu madre, intentar evitar que vivieras esos momentos terribles.

—Sandrine, por supuesto que no habrías hecho lo mismo que mamá.

Tú sabes mejor que nadie que hay que afrontar los momentos duros, que no hay que volver la cara y mirar hacia otro lado.

El dolor hay que pasarlo para poder superarlo; no vale dar un rodeo y esquivarlo, no, hay que vivirlo y conocerlo, para así poder ser más fuerte que él.

No me reconocía en mis propias palabras.

Me encontraba allí, sentado en el porche, dejando que atardeciera sobre el lago, hablando a Sandrine con las mismas palabras que habrían utilizado mi tío o mi padre.

Me pareció que era otra persona la que había bajado de las Montañas de Cristal, un Benjamín más sabio y mayor, que había aprendido algo de la vida y que, por primera vez, estaba enseñando ese algo a Sandrine.

Se habían cambiado los papeles entre nosotros dos, aunque solo fue por un instante.

Sandrine enseguida se mostró como la chica vivaz y luchadora que era.

Cambió de tema. Estaba claro que no quería seguir hablando ni del medallón ni de la montaña.

—Seamos fuertes, pues, Benjamín, y entremos a comer la cena que ha preparado mamá. Vas a probar un guiso de elefante exquisito. No hay nadie en todos los alrededores que lo haga como Lise. Te chuparás los dedos.

Esta vez no me entraron arcadas al pensar en lo que iba a comer. Solo sentí compasión por el elefante que íbamos a devorar. Tenía demasiada hambre como para pensar en otra cosa.

Sandrine se adelantó para ayudar a su madre. Llegó Sebastián, que se había quedado en el camión comprobando el motor, que había estado haciendo ruidos durante el viaje de vuelta por la pista llena de baches.

—¿Qué? ¿Cómo está Sandrine?

—Todo este tema de papá la pone muy triste. Lo quería mucho y sufre al recordar su muerte. Está risueña y alegre cuando me cuenta las cosas que hacían juntos, pero se ensombrece cuando hablamos de la tragedia. Es normal. Estaban muy unidos.

—Claro que es normal, Benja, Sandrine adoraba a Pablo. Además, ella era una de... Bueno, nada.

—Una de qué... ¿Qué quieres decir?

—Nada, nada, ya te lo contará ella misma, si quiere. Nada importante. Ya sabes que le encantan los secretos.

Noté que Sebastián me decía con tono cómplice lo de los secretos para ocultar lo que había estado a punto de decirme. ¿Qué secreto de los de verdad guardaba Sandrine con respecto a Pablo y qué tenía que ver con su tristeza al recordar la tarde del accidente? Lo supe poco antes de volver a España.