22. De vuelta a la casa del bosque
De vuelta a la casa del bosque
T enía el medallón colgado del cuello. Días antes, cuando organizábamos la expedición, me imaginaba a mí mismo dando saltos de alegría y satisfacción cuando lo recuperara.
En cambio, mi expresión y mis sentimientos no eran de loca y estúpida alegría, sino de una extraña serenidad.
Sentía que había crecido durante el ascenso a la montaña.
Lo había hecho interiormente, eso sin duda, pero quizás también en altura real.
Pensé que me tenía que medir en cuanto llegáramos.
Tocaba el colgante y notaba el tacto duro y suave de aquella muela que había pertenecido a un leopardo, una vez lleno de vida y energía, como mi padre, al que luego había pertenecido, y como mi tío, y tal vez también como yo.
Pensé en mi tío, que siempre lo había tenido en su poder sin decirme nada de él, para así hacerme conocer algunos de esos secretos de la vida antes de hacerme merecedor de llevar aquella prueba de valentía y de fuerza.
Pensaba en mamá, en qué diría cuando me viera aparecer con el medallón balanceándose en mi pecho; tal vez estaría tan entusiasmada con el cirujano que ni siquiera se daría cuenta.
Pensé en Sandrine, que quizás sabía toda la verdad sobre el medallón y había sido cómplice de Sebastián todo ese tiempo.
No pensé en Almudena, que se había quedado demasiado fuera de mi existencia durante aquellas semanas y que nada tenía que ver con mis nuevas experiencias y con el nuevo yo que estaba bajando en aquel instante de la montaña, y que había percibido un mundo con unos valores y unos conocimientos que le eran completamente ajenos y que todavía tardaría mucho en reconocer.
Mientras bajábamos la montaña empezó a nublarse rápidamente.
De pronto, comenzó a llover. En verano nunca llueve en Gabón, la temporada de lluvias comienza en octubre y termina en mayo.
Ninguno de los hombres recordaba que hubiera llovido jamás en esas fechas.
La tormenta nos sorprendió tanto como debió de sorprenderle a mi padre la tarde del accidente.
En medio del bosque, el sonido del agua en las hojas de los árboles no nos dejaba oír nuestras propias pisadas; incluso si hubiera habido algún animal en las inmediaciones no lo habríamos oído.
Es otra de las razones por las que las tormentas son peligrosas en la selva.
Tuvimos que atravesar un río que no existía cuando subimos unas horas antes.
El chaparrón había sido tan fuerte que se habían formado cascadas y el agua se deslizaba veloz por entre las piedras de un cauce que solo se llenaba en la época de las lluvias, pero que por estas fechas solía estar seco.
Había pequeñas grutas a cada lado del río; en una de ellas nos protegimos hasta que el aguacero paró y pudimos continuar el descenso.
Aquellas cuevas minúsculas me recordaban las celdas en que vivían antiguamente los eremitas en Europa y de las que había oído hablar en la escuela y a un tío de mi madre que era fraile. Claro que en versión africana.