El medallón perdido 21. En la cima de la montaña
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21. En la cima de la montaña

En la cima de la montaña

S eguimos escalando durante tres horas más, hasta que por fin llegamos a la cima.

El día del accidente, aquella terrible tormenta se había desencadenado cuando mi padre estaba sobrevolando la montaña.

Perdió el control de la avioneta justo al lado de la cima.

La visibilidad era nula y no pudo esquivar aquellas mismas abruptas rocas por las que estábamos subiendo en aquellos momentos.

Cuando llegamos, el sol estaba en su cenit e iluminaba el valle.

A pocos metros, divisamos los restos del aparato, unos cuantos hierros que todavía conservaban algunos restos de pintura blanca y que brillaban tanto que hacían daño a los ojos solo con mirarlos.

No podía creer que estaba allí, pisando aquellas mismas piedras que habían causado la muerte de papá, y en un día tan claro.

«Si el día fatídico hubiera sido como este, papá aún estaría vivo», pensé.

Me sentía estremecer al estar allí y contemplar el que había sido el último lugar que había visto vivo mi padre.

Se me inundaron los ojos de unas lágrimas que yo no quería que salieran, pero que salieron justo cuando Sebastián se acercó a mí.

—Es el sol, tío, ¡cómo deslumbra aquí arriba! —pude articular difícilmente y con una voz triste, muy triste.

—No tienes que disimular, Benjamín. La presencia de este lugar es dura para todos nosotros.

Henri y yo llegamos los primeros para intentar el rescate.

Tu padre estaba atrapado en esta parte del avión —dijo mientras andábamos entre los restos de la cabina, oxidada ya por el tiempo y las lluvias—.

Cuando me acerqué todavía tenía la esperanza de que estuviera vivo.

Le puse mi mano en la cara, pero estaba frío, muy frío, tan frío como solo los muertos pueden estarlo.

Entonces me di cuenta de que todo estaba perdido y de que nos había dejado para siempre.

Sebastián me sonrió con los ojos humedecidos mientras recordaba aquel momento que había sido uno de los más difíciles que había vivido, si no el que más.

—Ahora tu padre está con los espíritus de la montaña y del bosque —comentó Henri, que se había acercado a nosotros—. Nunca nos ha dejado del todo y nunca lo hará.

Mi tío lo miró entre escéptico y resignado, y respondió:

—Esté donde esté, te protege. Un padre cuida de sus hijos incluso después de muerto.

Y se volvió de espaldas a nosotros, a mirar el valle por el que correteaba un grupo de antílopes, ajenos al leopardo que los estaba acechando.

Mi corazón palpitaba con fuerza. Eran demasiadas emociones seguidas para un solo día.

Primero la serpiente, luego la escalada por las rocas, ahora enfrentarme al lugar donde había muerto mi padre.

¡Era todo tan extraño! Me acordaba de cuando Sandrine me contaba que papá le había salvado la vida en el lago.

¡Todo me parecía tan injusto y absurdo! Él, que había salvado la vida de otras personas, que iba a Lambarené el día del accidente a comprar medicinas para los demás, había muerto de aquella manera.

.. Por primera vez me enfrentaba a la realidad.

Dos años antes, su muerte no había sido nada más que una llamada telefónica a las cuatro de la mañana, un ataúd que llegaba al aeropuerto, un funeral con muchas flores.

.., algo muy poco real, tan protegido estaba yo por mamá en la casa de Madrid; después ella había intentado que lo olvidara para que no sufriera tanto el hecho de criarme sin un padre, sin mi padre.

Ahora por fin estaba en el sitio y revivía el momento.

Y me dolía, pero sentía que era bueno que me doliera.

Era como si todo volviera de nuevo, no solo su muerte, sino también su vida; hasta su sonrisa volvía a mí y su amor por la vida, por la suya y por la de los demás.

Allí, en la cima de la montaña, podía experimentar la intensidad de su presencia.

Me sentía grande y pequeño a la vez: grande porque había logrado mi objetivo, había conseguido subir a aquel monte y recuperar el recuerdo de papá; y pequeño, muy pequeño a su lado, que sentía tan cercano, y al lado de todo lo que me rodeaba: la montaña, el valle, el sol, el cielo.

.. Yo no era casi nada, solo algo muy insignificante ante la grandeza del mundo, ante los misterios de la vida y de la muerte.

Entonces, solo entonces, me acordé del medallón.

El medallón, que no era nada más que un objeto, después de todo.

En aquel momento lo comprendí. Recuperar a papá era otra cosa que recobrar una cosa suya: era estar allí y revivir su memoria.

Miré entre los restos de la avioneta sin el afán que había imaginado cuando fantaseaba frívolamente sobre el apasionante instante de encontrar la joya. Mi tío me vio merodeando entre las chapas y se me acercó, adivinando quizás que, sin hallar el medallón, había encontrado lo que buscaba.

—¿Estás buscando el medallón de tu padre, Benjamín?

—me preguntó en un tono grave. Me giré sin contestarle.

Sentí que había crecido durante aquella ascensión.

Sebastián se me acercó y se empezó a desabrochar la cadena que rodeaba su cuello—.

No lo encontrarás ahí, entre la chatarra.

.. Esto es lo que estabas buscando desde que llegaste.

—Entonces me puso su medallón alrededor de mi cuello.

Me quedé callado y sorprendido—. Este es el medallón de tu padre.

Ha estado colgado en mi pecho desde que él murió.

Cuando me acerqué y comprobé que estaba muerto, lloré mucho a su lado, tanto que mis lágrimas mojaron su rostro, tan seco y helado.

También yo necesitaba algo suyo para notarlo cerca de mí, para creer que no se había ido del todo.

Todavía llevaba puesto el medallón. Me quité el mío y lo guardé en mi bolsillo.

Cogí el suyo y me lo colgué al pecho, muy cerca del corazón.

Ha estado conmigo día y noche desde entonces.

Me ha ayudado a tener a mi hermano junto a mí.

Ahora es tuyo. Te lo has ganado. Tu padre estaría orgulloso de que lo llevaras.

—Pero... no entiendo nada, tío. —Estaba tan confuso que no podía pensar y tampoco sabía qué decir—. ¿Este es el medallón de papá? ¿Por qué hemos venido hasta aquí para encontrar algo que tú sabías que no existía? ¿O al menos que no existía aquí? Toda esta expedición, estos peligros para...

—¿Para nada? ¿Ibas a decir para nada? Te equivocas, Benjamín.

Si te hubiera dicho que este era el medallón de tu padre, no habríamos venido.

Tú te habrías conformado con el objeto y te habrías perdido todo esto.

Tendrías un colgante original, pero no tendrías a tu padre y seguirías siendo un crío.

Ahora hay muchas cosas que entiendes que antes no entendías; de otra manera, todo hubiera seguido siendo casi igual.

Tenías que hacerte merecedor del medallón de tu padre y lo has hecho.

Has aprendido a ser valiente, has conocido lo que es de verdad la fuerza y has empezado a distinguir lo que es importante de lo que no lo es.

Ahora puedes tener el medallón. Ahora es tuyo. Antes solo hubiera sido un regalo.

—Entonces, ¿todo esto ha sido una prueba? —Estaba demasiado confundido para comprender todo lo que Sebastián me estaba diciendo.

—Podemos llamarlo así, si quieres.

Acariciaba con mis dedos el ansiado medallón, que había estado siempre tan cerca y tan lejos a la vez. No sabía si sonreír o si echarme a llorar. En ese momento me acordé:

—Pero ¿y el otro medallón? Tú dijiste que había dos. ¿Dónde está el otro? ¿El tuyo?

Sebastián me miró con esa sonrisa suya tan enigmática y dulce, me tocó el hombro con aire de complicidad; mientras se alejaba me contestó con una frase que había pronunciado alguna que otra vez antes, y que subrayaba ese aire de misterio que siempre le rodeaba:

—No quieras saberlo todo, Benjamín, no quieras saberlo todo ahora. Algún día, tal vez.

Me lo quedé mirando, miré aquel medallón que se balanceaba en mi pecho. No sé por qué me acordé del jarabe de rosas y de Sandrine. Me había quedado casi mudo después de todo aquello, así que solo pude decirle:

—Gracias, tío, por haberme traído aquí y haber hecho que encontrara de verdad a papá.

Se volvió, me miró con su media sonrisa y me lanzó un saludo con la mano derecha. No dijo nada. Siguió andando unos metros. Se sentó en una roca y se puso a contemplar el valle con el sol que empezaba a deslizarse por el tobogán del cielo. Aquella tarde no había ni nubes ni viento.