20. Una serpiente que resucita
Una serpiente que resucita
L os demás se fueron turnando para hacer guardia por la noche. A mí, como era pequeño, me dejaron dormir de un tirón, igual que ya había ocurrido la noche anterior; era una de las pocas ventajas de que a uno lo consideraran aún demasiado joven para algunas cosas.
Los fang no nos atacaron, como Sebastián había supuesto; pero nos dejaron una tarjeta de visita: nos robaron una de las mochilas y nos dejaron una lanza clavada en el tronco de un árbol que estaba junto al campamento.
Uno de los guardianes se había dormido durante su turno y habíamos estado en peligro.
Por supuesto ninguno lo reconoció; todos se mostraron indignados y sorprendidos y juraron que habían estado muy despiertos.
Pero el cansancio había vencido por encima del miedo.
Incluso podía haber sido mi tío el que se hubiera rendido al sueño, aunque no lo creo.
O tal vez tuviéramos un espía entre nosotros.
Eso nunca lo sabríamos. Henri y los otros hombres pertenecían al mismo grupo étnico que los fang y alguno podía estar compinchado con los de la otra tribu.
Nunca supimos qué fue lo que pasó, y durante el resto de la expedición no volvimos a tener ningún contacto con otras personas ajenas a nuestro grupo. Y tampoco volvimos a hablar de ello.
Poco después del amanecer, reanudamos la marcha y emprendimos ya el ascenso final hacia la cima.
Las Montañas de Cristal no forman una cordillera muy alta, miden poco más de novecientos metros.
Teníamos que subir en total un desnivel de unos setecientos metros según los mapas de Sebastián y los cálculos de Henri.
Para aquella última jornada solo nos quedaban unos trescientos metros, pero iban a ser los más difíciles.
Para gente acostumbrada al senderismo no es una gran altura, pero, claro, sin sendas, con toda la vegetación tropical y un calorazo insoportable, la tarea se presentaba dura.
Y por supuesto, como la idea había sido mía y todo se hacía por mi causa, en ningún momento se me ocurrió protestar.
Me limitaba a beber agua de mi cantimplora, a escurrir la camiseta de sudor y a ir abriendo la boca cada vez más para poder respirar.
Había tramos de cuestas muy empinadas, y en muchos momentos teníamos que ayudarnos con las manos para ir trepando por las rocas.
Dos veces se me descolocó la mochila, que era vieja y poco apropiada para ese tipo de aventura, y por poco me caigo por un terraplén.
Se me hicieron ampollas en las manos de tanto agarrarme en la piedra dura, y en los pies.
Pero seguí adelante, aunque en algún momento me pregunté qué hacía yo allí, pudiendo estar bebiendo algún zumo de frutas de los de Lise o paseando con Sandrine; pero debieron ser pensamientos muy fugaces, pues mi deseo por alcanzar la cima y el medallón de papá estaban muy por encima de cualquier incomodidad en el ascenso.
A medida que íbamos subiendo, las plantas eran menos frondosas y el peligro de encontrar animales salvajes descendía.
Por allí arriba no había leopardos ni elefantes ni nada parecido.
Pero sí serpientes que buscaban la temperatura ligeramente más fresca que íbamos alcanzando.
¡Y vaya susto que nos dimos por culpa de una de ellas!
¡Cómo me acordé de Sandrine en aquellos momentos!
Estaba yo trepando por una escarpada roca con pies y manos, como podía, cuando de pronto mis ojos se toparon con otros mucho más pequeños que me miraban fijamente.
Eran dos ojillos que estaban enmarcados en una cabeza del tamaño de mi mano, que continuaba en una cola muy larga de color marrón, prácticamente del mismo tono que la tierra.
La cabeza en cuestión me empezó a sacar una lengua bífida y a enseñar unos colmillos más que afilados.
Me quedé quieto. La serpiente estaba tan bien camuflada que mi tío, que iba delante de mí, no la había visto.
Henri, que iba detrás, se percató de lo que pasaba y con un silbido hizo una señal a Sebastián.
Me caían las gotas de sudor por las patillas, y un hilillo de moquita me iba resbalando desde la nariz; pero yo seguía inmovilizado.
Un movimiento brusco podía ser fatal. Oí cómo Sebastián volvía lentamente sobre sus pasos, silencioso como un animal salvaje a punto de alcanzar su presa.
Desde mi posición rampante en la roca, oí cómo cargaba la escopeta y rápidamente un tiro sonó a veinte centímetros escasos de mi cara.
Le había dado de lleno en la cabeza a la culebra, que ahora estaba allí, tan quieta como antes, pero mucho menos amenazadora.
Sebastián la cogió del cuello y la levantó en el aire. Yo le seguía mirando aterrado.
—Hay bastantes de estas por aquí —dijo—. Se llama mamba y es muy peligrosa. El veneno actúa tan rápidamente que hay que poner el antídoto enseguida. Si no, uno se muere casi sin darse cuenta.
El comentario de mi tío no me alivió. Me entraron ganas de vomitar, para no variar.
Había estado a punto de morirme unos segundos antes.
Seguía allí, en la misma posición, a cuatro patas encaramado a la roca.
Mi tío de pie un metro más arriba. La serpiente en su mano.
De repente, empezó a moverse y a dar fuertes golpes a Sebastián con la cola.
¡No estaba tan muerta como todos habíamos creído!
Se enroscaba en la cintura de Sebastián con violencia.
Yo continuaba sin poderme mover. El corazón me palpitaba muy fuerte; intenté subir, pero me resbalé y me golpeé la rodilla.
Volví a trepar y esta vez sí conseguí llegar arriba.
Mi tío tenía atrapada la cabeza de la serpiente y la retorcía con todas sus fuerzas para acabar definitivamente con ella.
Yo cogí la cola y probé a desenroscarla del cuerpo de Sebastián, pero se agarraba con tal fuerza que mis todavía enclenques brazos no lo conseguían.
—El machete, deprisa —gritó mi tío con la voz entrecortada.
Entonces lo entendí, saqué mi cuchillo del cinturón y le di un golpe en el cuello a la dichosa mamba que le separó la cabeza del resto del cuerpo. Quedó inmovilizada y se fue desenroscando despacio del cuerpo de Sebastián. Salía sangre de uno de sus dedos.
—¡Dios mío, tío, te ha mordido!
—No, no me ha mordido. Has sido tú con tu machete, Benjamín. Casi me rebanas un dedo. La próxima vez pon un poco más de cuidado.
—Pero, tío —protesté—, te he salvado la vida. ¡Esa serpiente ha estado a punto de...!
—Vale, vale, Benjamín. Has sido un chico valiente.
Ya sabes, en la selva siempre se está a punto de morir y hay que saber reaccionar a tiempo.
Tú lo has hecho y me has salvado. Estoy orgulloso de ti.
Nadie lo habría hecho mejor que tú. Lo del dedo.
.. era una broma. Es sangre de la serpiente, no mía.
El tajo con el machete ha sido certero. Lo has hecho muy bien.
Me rodeó con su poderoso brazo mientras revolvía mi pelo con la otra mano.
Tenía una extraña sensación: por una parte me sentía satisfecho conmigo mismo por haber salvado a mi tío; por otro lado me parecía que, simplemente, Sebastián me había puesto a prueba; como si él quisiera demostrarme todo aquello de lo que yo era capaz y que no me creía.
No lo supe entonces y aún hoy, después de tantos años, sigo sin saber si lo de la serpiente fue una aventura real o un juego de Sebastián para enseñarme que estaba creciendo.
La verdad era que en aquellos momentos, aunque aterrorizado, me había podido mover y saltar hacia la serpiente.
Era como si él fuera buscando caminos y situaciones para que yo fuera perdiendo mis miedos y mis inquietudes.
Si así era, lo estaba consiguiendo. Después de aquello me sentía ya con fuerzas para hacer casi cualquier cosa, y estaba seguro de que conseguiría encontrar el medallón.