El medallón perdido 19. El sonido de unos tambores fang
77%

19. El sonido de unos tambores fang

El sonido de unos tambores fang

D esde aquel extraño día en el que Paul había aparecido sin algunas partes de su cuerpo, yo no había vuelto a oír hablar de las ceremonias secretas de la tribu fang.

No hasta aquella segunda tarde alrededor de la hoguera del campamento, cerca ya de la cima.

Habíamos comenzado el ascenso de las Montañas de Cristal, y desde las laderas habíamos visto manadas de gacelas corriendo todas con los mismos movimientos, como las bandadas de pájaros.

También habíamos divisado una laguna que desde la altura parecía rosa, porque estaba invadida por flamencos rosas, que parecían teñir el agua.

El paisaje era maravilloso desde las montañas, todo se iba viendo más pequeño y más grande a la vez. Era extraño, pero hermoso. Animales que yo nunca había visto más que en los documentales de la televisión y en los libros estaban ahora allí, al pie de las colinas.

El segundo día transcurrió tranquilo y, pese a mi excitación por lo cerca que estábamos ya del medallón, pude disfrutar de la naturaleza africana.

Así llegó el atardecer, y volvimos a acampar, esta vez ya en las laderas, a unos seiscientos metros de altura.

Al día siguiente llegaríamos a nuestro destino.

Henri se acercó cautelosamente a Sebastián.

Acababa de encender el fuego. Su cara mostraba el mismo semblante, grave y ceniciento, que el día que contó en el despacho la desgracia de Paul.

Esta vez no pude oír de qué hablaban; solo vi el movimiento de sus asustados labios.

Por la cara de Sebastián pasó una sombra de preocupación.

En aquel momento me miró y me pidió que me acercara.

Lo hice y a cada uno de mis pasos iba imaginando mil cosas distintas sobre qué demonios podía estar ocurriendo y que contrastaban con el día tan sosegado y alejado de aventuras que habíamos tenido.

Nada bueno pasó por mi cabeza en aquellos instantes.

Los catorce pasos que di hasta llegar a ellos se me hicieron eternos.

Tal era mi curiosidad y mi temor ante lo que podía avecinarse.

—Benjamín, ¿te acuerdas de los fang y de lo que te conté sobre ellos?

—Asentí con mi cabeza—. Pues bien, no estamos lejos de una de sus tribus más primitivas.

Henri ha oído tambores. ¿Sabes? Tienen diferentes ritmos para cada tipo de ceremonia.

Henri ha oído que hace un momento estaban tocando el ritmo que usan para la caza del hombre. ¿Entiendes lo que eso significa?

—¿Quieres decir que saben que estamos aquí y que quizás quieran venir a por alguno de nosotros para hacerle lo mismo que le hicieron a Paul o algo peor?

—Podría ser —respondió mi tío—, aunque no lo creo. Supongo que saben que somos bastantes y que estamos armados. No creo que se atrevan a acercarse demasiado.

—¿Por qué crees que ellos conocen todo eso? —pregunté ingenuamente.

—Tienen rastreadores que vigilan sus tierras. Saben cuándo hay forasteros cerca, gente ajena a ellos. Además, tú y yo somos blancos; ellos tienen muy desarrollado el sentido del olfato y notan enseguida el olor del hombre blanco.

—¿Olemos diferente? —Me parecía que cada segundo que pasaba en la selva aprendía algo nuevo.

—Todos tenemos un olor, solo que no lo notamos.

Tú hueles de una manera, yo huelo de otra.

Henri de otra. Incluso Almudena huele. Y Sandrine.

.. Los fang tienen el olfato más desarrollado.

Verás, Benja, aquí se necesita ampliar cada sentido mucho más que en la ciudad, donde todo está calculado.

En la selva es imprescindible reconocer los cambios de olor que hay a tu alrededor para sobrevivir.

Las alteraciones pueden ser decisivas para salvar la vida.

La muerte y la vida pueden depender de tener o no desarrolladas ciertas sensibilidades.

Me pareció interesante la digresión de Sebastián sobre los olores.

En otro momento me habría incluso gustado oírla.

Pero a mí lo único que me preocupaba en ese instante era saber si los fang me iban a cazar precisamente a mí para arrancarme los ojos, la lengua y quién sabe qué otras cosas.

El temor me volvió a producir un sudor frío, como el que me había invadido una semana antes cuando oí lo que oí.

Volvía a ver en mi imaginación las caras pintadas de blanco y rojo que me perseguían y amordazaban en mis pesadillas.

En ellas quería gritar, pedir ayuda, pero no podía.

En la realidad también hubiera querido gritar y salir corriendo, pero habría sido peor, me habrían cazado enseguida.

Todos estos pensamientos pasaron por mis neuronas en pocos segundos, tres aproximadamente.

Sebastián, de nuevo, se dio cuenta de mis miedos e intentó tranquilizarme: me puso su mano izquierda sobre mi hombro, me ofreció un trozo de coco que acababa de pelar y, mientras me lo comía, me fue diciendo:

—Benja, no te preocupes tanto. Ya sabes dónde estás.

Esto no es un McDonald’s ni tu barrio de Madrid; estamos en plena selva africana, rodeados de bosque, animales y tribus con ritos mágicos muy lejanos de nuestras misas, te lo puedo asegurar.

Tú eres un chico valiente, ¿no? Además, majo, te recuerdo que si estamos aquí es para cumplir tu deseo, ¿o es que no te acuerdas?

Claro que me acordaba. Aquellas palabras hubieran parecido un reproche, si no hubieran ido acompañadas por la sonrisa de Sebastián, que se estaba comiendo tranquilamente su trozo de coco.

—Y otra cosa —continuó—: eres demasiado blanco para los fang. Si quieren cazar a alguien esta noche, no va a ser ni a ti ni a mí.

Puse cara de preguntarme por los demás. Vale, quizás a nosotros no nos quisieran por ser blancos, pero ¿y nuestros compañeros negros?

Ellos estaban en peligro. Me acordé de Paul, que aún seguía en el hospital de Lambarené, recuperándose de las mutilaciones rituales que había sufrido y que quizás le habían hecho los mismos que habían tocado los tambores muy cerca de nosotros.

Por supuesto, mi tío me volvió a leer el pensamiento y dijo:

—Sé lo que está pasando por esa cabecita tuya.

Nadie de esta expedición va a sufrir ningún ataque de los fang.

Estamos juntos, somos un grupo compacto, y eso nos hace fuertes.

No olvides esto nunca. Ellos buscan siempre hombres solos en el bosque, más vulnerables en soledad, o niños indefensos perdidos en la selva, como Paul.

Nunca atacan a grupos. Saben que pueden salir perdiendo.

Así que puedes dormir tranquilo, Benja. Te aseguro que nada va a pasarle a ninguno de nosotros.

No sé si Sebastián logró conciliar el sueño o si solo me había dicho aquello para tranquilizarme; el caso es que lo consiguió.

Casi me convenció, aunque una vez que me levanté a orinar, le vi haciendo guardia con el rifle.

No dejé que me viera. Como siempre, sus palabras y su presencia me daban seguridad, incluso en medio de todos los peligros que pudiera haber.

Mi mente pudo controlar las imágenes macabras que pugnaban por introducirse en ella.

Estábamos tan cerca del lugar donde nos esperaban los restos de la avioneta, y por tanto el medallón, que mi excitación casi logró esconder mis preocupaciones sobre la proximidad de los fang y de sus tambores.