El medallón perdido 18. Un objeto misterioso en medio de la selva
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18. Un objeto misterioso en medio de la selva

Un objeto misterioso en medio de la selva

Í bamos cortando hierba con los machetes.

En África, las plantas tienen las hojas tan largas y altas que se te meten en los ojos y te dejan tuerto si no tienes cuidado.

Por eso es importante apartarlas y segarlas, sin fiarte de lo que hayan podido hacer los compañeros de expedición delante de ti.

Yo iba detrás de mi tío y delante de Henri, así que me sentía bien protegido; de todos modos, y como Sebastián me había aconsejado, mis ojos miraban hacia todas las direcciones por si acaso.

¡Todos los ojos de Argos eran pocos, otra vez!

Aunque pendiente de mis verdes alrededores, mi cabeza no hacía más que pensar en el medallón de mi padre y en sus últimos minutos de vida.

Seguramente, aquella selva que intentábamos atravesar era una de las cosas que sus oscuros ojos habían contemplado desde la altura antes de cerrarse para siempre.

Se me nubló la vista con un visillo lacrimoso al pensar en ello.

Tenía que ser fuerte, pensé, estaba a punto de llegar al lugar donde lo había encaminado su destino.

Y estaba también a punto de buscar y tal vez de encontrar aquel medallón con la muela del leopardo, idéntico al de mi tío y que había sido la prueba de su valentía juvenil.

Yo también quería conseguir aquel medallón para demostrarles a todos que también yo, con mis quince años, era un valiente.

Primero a Sebastián y a Henri, que iban a ser testigos.

Luego les contaría la aventura a los abuelos, que iban a estar orgullosísimos de su nieto; a mamá, que se asustaría y se echaría a llorar; a Sandrine, cuyos sentimientos sobre la búsqueda del medallón eran demasiado contradictorios como para estar contenta, y por fin, a Almudena, que se quedaría impresionada y enamorada de mí para siempre.

O quizás no, ella nunca sabría lo que era pasear por la misma jungla que mi padre había sobrevolado poco antes de morir.

Empezaba a pensar que en el fondo la búsqueda del medallón solo serviría para demostrarme a mí que era capaz de algo más que de navegar por Internet, que también podía navegar por la selva de verdad, no solo por la selva virtual de los videojuegos.

Tal vez era eso lo más importante. Y tal vez Sandrine tenía razón al rechazar la expedición.

Era un orgulloso, un imbécil engreído, no un valiente.

En aquel momento me sentí como una mierda que estaba obligando a siete hombres a correr peligros en una zona desconocida de la selva para satisfacer mi capricho de niño mimado.

Pero no, no podía ser verdad, yo no era así de egoísta.

Lo que de verdad quería era recuperar aquello que había pertenecido a mi padre, tener algo importante de él, poderlo tocar y colgarlo de mi cuello.

El recuerdo de papá me hizo seguir adelante y no caerme mareado por sentirme culpable de toda la movida que había originado mi deseo.

Detrás y delante de aquel deseo se escondía mi necesidad de sentirme cerca de su memoria y de su vida.

En estos pensamientos estaba mientras cortaba hierbas a mi paso, cuando de pronto el machete chocó con algo duro que desde luego no era ninguna hoja verde.

Al principio pensé que era un viejo tronco seco.

Me acerqué y lo que vi me hizo dar un salto hacia atrás y lanzar un grito tan despavorido que sobresaltó a todo el mundo.

Hasta los pájaros más confiados ante nuestra inofensiva presencia salieron volando de las copas de los árboles, provocando un nuevo sonido con su asustado revoloteo.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué has visto? ¿Algún animal? —preguntó Sebastián al acercarse corriendo con su escopeta, ya preparada para disparar si se cernía algún peligro sobre mí.

Yo no podía articular palabra, solamente y a una prudente distancia le señalé con mi mano izquierda (en la derecha seguía llevando el machete, que no sé cómo no se había caído con el susto) aquello que se escondía entre la maleza y que me miraba fijamente con cara de enfado.

Sebastián y Henri cortaron el follaje que lo rodeaba e hicieron un pequeño claro. Ahora se podía ver bien y con la luz todavía impresionaba más.

Era una figura de medio metro más o menos.

Representaba una cabeza y un tronco humanos, de ojos grandes y redondos, con una boca abierta que enseñaba los dientes con un gesto amenazante hacia los que la mirábamos.

Estaba hecha de madera oscura, sobre la que quedaban aún algunos restos de pintura roja y blanca en ojos y boca.

¡Era monstruosa! ¡Y cómo me miraba especialmente a mí!

La cabeza estaba rodeada de una especie de corona que la circundaba de oreja a oreja.

La parte de abajo, tan cercana a la humedad de la tierra, se había ido pudriendo y parecía carcomida.

Todo esto lo pude ver desde la distancia en que me había quedado después del salto, pues no había osado acercarme ni un centímetro más.

—¡Aquí hay otra, patrón! —gritó Henri, que se había alejado unos tres metros de allí al creer vislumbrar algo igualmente extraño.

—Y otra aquí —comentó otro de mis compañeros.

Yo miraba la figura de la boca abierta con mis ojos cada vez más grandes y sin sonrisa alguna en mis labios. Luego miraba a Sebastián, que inspeccionaba el hallazgo todo excitado. Así varias veces, mi mirada iba de la figura a Sebastián y luego hacía el camino inverso, hasta que por fin:

—Nos hemos topado con un antiguo cementerio fang.

No pasa nada. —Yo estaba alucinado de ver cómo Sebastián se había tomado aquel inesperado encuentro; él estaba fascinado y emocionado mientras que yo estaba asustado—.

Son piezas fascinantes. Cualquier museo pagaría un dineral por estas joyas arqueológicas.

Deben de tener varios siglos de antigüedad.

Estamos ante auténticas obras de arte, Benjamín.

Pero será mejor que nos vayamos de aquí y no molestemos a los espíritus de los aquí enterrados.

Podrían tomárselo a mal y hacernos alguna faena durante nuestro viaje.

Sebastián vio mi cara de susto crónica desde hacía unos minutos. Me rodeó la espalda con su musculoso brazo, mientras yo sudaba y sudaba de la impresión.

—No te preocupes, Benjamín. Es solo un cementerio. Hace años, los fang enterraron aquí a sus jefes. La selva ha crecido y ha tapado las tumbas. Eso es todo. No son tumbas fantasmas ni nada raro. Un cementerio normal y corriente, solo que africano y viejo.

—Pero, tío, ¿por qué tienen esas caras tan feas? ¿Para asustar? Parecía que la estatua me mirara amenazante por haberla descubierto.

—Vamos, pequeño —seguía odiando que me llamara así, era casi lo único que me molestaba de Sebastián—, lleva años, tal vez siglos mirando de esa manera; no es nada personal, bobo.

Además, es una obra de arte. ¿Sabías que los artistas modernos se interesaron muchísimo por el arte africano?

¿Y que Picasso tenía una colección de máscaras y de esculturas de este tipo realmente asombrosa?

¿A que no lo sabías, eh? Pues sí, así era.

Así que a ver si vas aprendiendo también a diferenciar arte de lo que no lo es.

—Patrón —dijo Henri—, mejor será que nos vayamos de aquí cuanto antes. Este no es un buen sitio para estar. Los antepasados se pueden molestar si perturbamos su descanso. Además, los hombres se están poniendo nerviosos.

Henri y los demás pertenecían a la etnia fang, y aquellas tumbas podían pertenecer a alguno de sus ancestros.

—Sí, Henri, vámonos ya. Esta noche cuando acampemos te contaré algo muy interesante sobre lo que hemos visto y que tú has descubierto —me aseguró mi tío.

Me quedé mosqueado, no sabía si tenía o no ganas de oír aquello tan interesante que Sebastián tenía que contarme.

Y además de noche. Y además en medio de la selva.

Y además cerca de un antiguo cementerio fang lleno de esculturas de madera de ojos redondos y dientes amenazadores.

Quizá fuera mejor que mi tío se estuviera callado.

Pero no, no se estuvo callado. Aquella noche tenía ganas de hablar y de contarme los ritos funerarios de los fang.

Acampamos ya en la ladera de la montaña. Hicimos un fuego de campamento bajo las estrellas. Utilizamos unas cerillas muy largas cuya llama se podía mantener casi hasta que se encendía la hoguera.

—Son típicas de los marineros, las utilizan para encender sus cigarrillos en medio de las tempestades, son de larga duración —me dijo Sebastián mientras iba haciendo la fogata.

Se notaba el frescor de la montaña, y por la noche era agradable estar cerca del calor del fuego.

Claude había cazado un mono y lo asamos para cenar.

No había otra posibilidad de comer caliente, así que engullí mi parte del pobre macaco.

Me acordé de una de las películas de Indiana Jones y mastiqué y tragué sin ganas, pero con hambre, después de una caminata de más de treinta y cinco kilómetros.

Para rematar la faena, el tío empezó a contarme lo del cementerio cuando empezaba a digerir el simio.

—Todavía hoy los fang entierran a sus jefes y a los guerreros valientes de esa forma.

Hacen una escultura de madera que recuerda de un modo u otro al muerto.

Si tenía los ojos grandes, pues los exageran, lo mismo con la boca o con la nariz, de forma que mantiene algo de su identidad.

Luego la clavan sobre la tierra que cubre al difunto, hasta que la parte inferior de la estatua toca el cuerpo.

Por eso, ya has visto que todas las figuras tenían la zona de abajo un poco descompuesta, como carcomida.

—Sí, pero eso era por la humedad de la tierra, ¿no? Allí entraba poca luz y todo debe estar muy mojado. La humedad pudre la madera —dije todo orgulloso de mi explicación científica, aprendida en mis clases de ciencias de tercero de la ESO.

—Sí, es cierto que el agua suele pudrir las maderas.

Pero no ese tipo de madera. Se llama dousie y es algo así como impermeable, ni se puede quemar ni se puede pudrir con la humedad.

De lo contrario, toda la figura estaría podrida, y no lo está.

La razón es —Sebastián me contaba todo esto con voz muy baja— que el cuerpo en descomposición del muerto contagia su putrefacción a la madera, y esta se pudre en las partes que entran en contacto con él.

Me imaginé la escena. Noté cómo el mono se revolvía dentro de mi estómago y empujaba por salir en contra de las leyes de la gravedad.

Lo consiguió. Y así volvió a la tierra en la que había estado paseando unas horas antes.

Si Claude no lo hubiera cazado, el pobre seguiría vivo y yo no lo habría vomitado.

Pasé otra noche casi sin dormir. Cuando cerraba los párpados, lo único que veía era aquella horrible figura de madera carcomida con sus abiertos ojos amenazadores.

Se me volvía a remover el estómago. Pensé que era mejor estar despierto y escuchar el silencio de la noche, solo roto de vez en cuando por los ronquidos de Henri y Armand, que me hicieron recordar a María y mi intento de subir al desván de casa.

¡Qué lejos quedaba Madrid y mi hogar ahora!

Ellos y los demás dormían a pierna suelta, como si no hubiéramos visto todos las mismas figuras aterradoras.

Sebastián empezó la guardia, luego se fueron turnando.

A mí me dejaron dormir. No les quise defraudar, pero yo podía haber estado toda la noche de vigilancia porque no pude conciliar apenas el sueño, de terror que tenía.

Me faltaba mucho para parecerme a mi tío y a mi padre.

Esperaba que el medallón me ayudara a ser valiente.

De momento, solo conseguía vomitar cuando tenía miedo o estaba ante una situación que no podía controlar.

Exactamente igual que cuando era pequeño.