17. De camino hacia la montaña
De camino hacia la montaña
C uando comenzamos los preparativos, mi tío no quiso ni oír hablar de ir en la avioneta o en helicóptero.
—Ni pensarlo. Aquella es una zona muy peligrosa para sobrevolarla, y es imposible aterrizar cerca.
El bosque la rodea por todas partes. Y no pienses que vamos a alquilar un helicóptero.
Los helicópteros son para salvamento y urgencias, y no están para cumplir caprichos de nadie.
Hay que ir andando, así que tú eliges: o lo tomas o lo dejas.
—Iremos andando, de acuerdo. ¿Qué te piensas?
Estoy acostumbrado a dar largos paseos a pie.
—Yo me acordaba de las marchas que hacíamos con el profesor de educación física por la sierra de Madrid.
Pero ya me suponía yo que para Sebastián aquello no serviría siquiera de referencia.
Ante nosotros esperaba una montaña llena de árboles y plantas tropicales, una verdadera selva virgen, con rocas escarpadas que escalar, con ríos que vadear y con animales salvajes de los que protegerse.
Sebastián calculó en un par de días con sus respectivas noches lo que nos costaría llegar hasta el punto exacto en que estaban los restos de la avioneta de papá y entre los que yo esperaba encontrar su medallón.
La noche anterior Sebastián me había advertido de los peligros que nos acecharían. Yo creo que tenía esperanzas de atemorizarme para que me echara atrás. Pero por supuesto no lo consiguió.
—Tienes que aprender a escuchar a la selva y a diferenciar sus sonidos, Benjamín.
Mañana no vas a emprender una excursión por la sierra de Guadarrama, donde lo más que te puedes encontrar es un riachuelo o un ciervo que va a huir de ti como alma que lleva el diablo.
Tampoco es un paseo de tres o cuatro horas, que es lo más que has hecho por aquí cerca.
Tendrás que estar alerta cada segundo durante cuatro o cinco días.
En la montaña y en el bosque, cada ruido significa que hay algo vivo cerca de ti.
Puede que sea solo una planta a la que una corriente de aire ha hecho mover, pero puede ser un animal hambriento.
También has de ir vigilando el suelo. Aquello que parece una rama seca puede ser una serpiente camuflada, dispuesta a clavarte sus colmillos y su veneno.
Tienes que tener en cuenta, Benjamín, que el bosque a veces es amigo y a veces es enemigo.
Esta es tu primera gran incursión en la selva y has de tener mucho cuidado.
Es algo así como si fuera la primera vez que besas a una chica.
Solo que en ese caso te juegas un bofetón y aquí te juegas la vida. ¿Has entendido, muchacho?
—Sí, tío. —Aunque no capté muy bien la relación entre lo del beso y la selva, ni tampoco por qué Sebastián había tenido aquella extraña asociación de ideas—. Te prometo que tendré tantos ojos como Argos y que vigilaré los cuatro costados de mi persona.
Esto último lo dije con un tono valentón que intentaba ocultar el miedo que sus palabras y el amanecer que se acercaba por el este me inspiraban.
—¿Quién es Argos? —preguntó. Se me había olvidado que Sebastián no era un hombre de letras, sino de acción, y que no había estudiado cultura clásica en la escuela.
—Es un personaje de la mitología clásica que tenía cien ojos —respondí, orgulloso de poder enseñarle algo a mi tío y demostrarle que en algún tema yo sabía más que él.
—¿Ah, sí? Pues vigila como Argos a partir de mañana y acuérdate de que Jasón y los argonautas pasaron muchas peripecias hasta alcanzar el vellocino de oro.
Lo dijo mientras me daba unas palmaditas en la espalda.
Me había dejado desarmado una vez más con aquella alusión a la expedición de los argonautas, que también pertenecía a la mitología griega.
Sebastián era una caja de sorpresas. Lo miré frunciendo el ceño y torciendo la boca hacia la mejilla izquierda.
Seguramente era mucho más culto de lo que por alguna extraña razón quería aparentar. Me guiñó un ojo mientras me decía:
—Y no prometas nada. Acuérdate. No ates tu fuerza con promesas que no sabes si podrás cumplir, o te quedarás sin ella.
Cuando Sebastián hablaba de promesas y de fuerza, no entendía del todo el significado de sus palabras. Confiaba en que el ascenso a la montaña me mostraría de él más de todas aquellas cosas que guardaba escondidas en su particular caja de Pandora.
Yo confiaba en que Sandrine vendría a despedirse antes de comenzar la expedición; pero esperé en vano.
Sandrine no se acercó a la casa desde el día de la aventura con el elefante.
Yo tampoco me atrevía a visitarla: después del episodio de aquel beso fugaz, me daba vergüenza presentarme ante ella; no sé si por haberla besado o por haberla besado tan poco.
Además, como la búsqueda del medallón no le hacía ninguna gracia, temía que pudiera tener una reacción poco romántica conmigo.
Así que dejé pasar los días. La encontraría a mi vuelta de las Montañas de Cristal.
Entonces, le diría todo lo que sentía por ella.
Al amanecer del día siguiente, mi tío condujo el camión hasta el final de la carretera. A partir de ese momento empezamos a adentrarnos en una selva por la que pocos hombres se habían adentrado; y seguro que ningún blanco de quince años como yo. Eso me hacía parecer ante mí mismo como muy valiente.
Llevábamos un buen equipo de montaña. Con Sebastián, con Henri y conmigo venían cinco hombres más.
Todos cargábamos mochilas con tiendas de campaña, sacos de dormir, algo de comida y medicinas.
También teníamos un machete cada uno para ir abriendo paso en la maleza y por si nos encontrábamos algún pequeño peligro inesperado (arañas, víboras.
..). Mi tío y Henri portaban además sendas escopetas por si nos topábamos con algún gran peligro igualmente inesperado.
Entiéndase por gran peligro la presencia de leopardos, leones, elefantes heridos o cualquier otro animal salvaje que pudiera tener hambre justo en el momento de empezar a oler nuestra presencia.
Todo eso era algo cotidiano para ellos, pero a mí me producía una mezcla de terror y fascinación que me erizaba los pelos.
Se hacía duro el ascenso a la montaña con la mochila de unos catorce kilos a cuestas.
En las excursiones del colegio y del instituto no llevábamos más que los bocadillos, la fruta, la brújula y el chubasquero; aquí cada uno llevábamos algunas provisiones para al menos cinco días, más las partes correspondientes de las tiendas de campaña y todo eso.
Después de cada excursión escolar acababa agotado, pero intentaba esconder mi cansancio para impresionar a Almudena.
Pero ahora me encontraba en plena forma, no competía ni con Borja ni con Eduardo, ni tenía que quedar bien ante ningún chico de mi edad, solo ante mí mismo.
Con Sebastián no podía medir mis fuerzas: era mejor que yo sin ninguna duda, y lo mismo los otros hombres que nos acompañaban.
Además, mi tío sabría comprender mi debilidad si en algún momento afloraba.
En cualquier caso, me sentía renovado: tres semanas sin hamburguesas ni comida preparada de lata, comiendo los sanos platos de Lise y haciendo ejercicio en plena naturaleza, lejos de las calles abarrotadas de contaminación, habían hecho maravillas con mi cuerpo.
Mis granos habían desaparecido ya del todo, estaba moreno, mi estómago, prototipo de depredador de comida basura, se había vuelto musculoso, mis hombros se habían ensanchado, mis pulmones también y ¡había crecido cinco centímetros!
Y además, Sandrine ya me gustaba más que las patatas fritas.
Sí, mi cuerpo había cambiado y mi cabeza también.
Empezaba a diferenciar lo que tiene importancia de lo que no la tiene.
Empezaba a conocer el bosque, empezaba a conocer a mi padre y empezaba a conocerme a mí mismo.
La cima de la montaña haría el resto y bajaría de ella convertido en una persona nueva. Estaba seguro de ello.
Con ese entusiasmo fui subiendo el monte, abriéndome camino con el machete entre el follaje o ayudándome de las manos para superar algunos riscos.
El espíritu del bosque, el de mi padre y, por descontado, la serena presencia de Sebastián no dejarían que nada malo me ocurriera.
¡Ah, y el medallón que estaba a punto de recuperar!