16. Algo misterioso sucede
Algo misterioso sucede
U na mañana estábamos mi tío y yo en el porche organizando los permisos para la exportación de las maderas.
Llegó Henri con un semblante preocupado.
Henri no era un hombre que soliera mostrar sus sentimientos ni sus pesares; por eso me extrañó que aquel día su rostro reflejara una expresión grave.
Pensé que tal vez había ocurrido algo con Sandrine, que llevaba varios días sin aparecer.
Como no le gustaba la idea de ir a la búsqueda del medallón, no dio señales de vida durante unas cuantas jornadas.
—Patrón —le dijo a Sebastián (algunas veces le llamaba así, sobre todo delante de los demás trabajadores)—, tengo que hablar con usted de algo muy importante.
—¿De qué se trata, Henri? —contestó mi tío.
El hombre miró a Sebastián con aire de complicidad, a la vez que dirigía sus oscuros ojos, siempre detrás de aquellas gafas rotas, hacia mí y arqueaba levemente las cejas.
Yo fingí que no me daba cuenta de nada, porque aquello era un signo evidente de que lo que tenía que decir me debía ser ocultado por alguna razón que yo no comprendería hasta un rato después.
Sebastián comprendió al punto y le invitó a pasar a su despacho.
Ni que decir tiene que yo me quedé con la mosca en la oreja.
¿Qué era aquello tan misterioso que yo no debía oír?
Por supuesto, no estaba dispuesto a no enterarme.
La ventana del despacho de Sebastián tenía todavía el agujero que días antes había provocado el dichoso mono al lanzar el coco.
El cristal se había rajado, pero en la parte de abajo, a la izquierda, se había hecho un pequeño agujerito, del tamaño suficiente para que pudiera yo oír a su través la conversación secreta.
Me agaché bajo el ventanal y me dispuse a escuchar aquello que me debía quedar oculto y que el fiel Henri tenía que contarle a Sebastián. Desde mi escondite oí palabras que me hicieron estremecer.
—Sebastián, el hijo de Pascal, el que desapareció la semana pasada y creímos que se había ahogado en el lago, ha aparecido.
—¿Vivo? —preguntó mi tío con expectación.
—Sí, señor.
—Entonces estupendo, esa es una buena noticia, ¿no?
—No, señor. —Henri a veces era muy parco en el uso de las palabras.
—¿Y por qué demonios no es una buena noticia haber encontrado vivo al hijo de Pascal? ¿Me lo quieres explicar?
—Ha aparecido vivo, pero no entero, patrón. Le han arrancado un ojo y algo más.
—¿Y algo más? —inquirió mi tío, cuyo tono de voz empezaba a mostrar cierta inquietud.
—Sí, señor. —Cuando le hablaba de algo importante, siempre se dirigía a Sebastián con esa palabra—. Le han cortado parte de la hombría. Ya sabes a qué me refiero... Se estaba desangrando cuando lo encontró Pierre. Ahora Marianne le está cortando la hemorragia con unas hierbas.
Aunque no podía ver sus caras, imaginé que la faz de Sebastián empalidecía al oír aquello. Como siempre, reaccionó rápido:
—Hay que llevarlo al hospital de Lambarené inmediatamente. Llama a Jean, que coja la avioneta ahora mismo. No hay tiempo que perder.
Yo sabía que el hospital de Lambarené era muy importante.
Había sido fundado por el famoso doctor Albert Schweitzer.
Fue el primer hospital de África y seguía siendo un buen centro médico.
Pero en aquellos momentos, agachado bajo el ventanal del despacho de mi tío, yo me preguntaba por qué le habían quitado un ojo a Paul, al que yo había visto jugar un par de veces con uno de los hijos de Henri.
¿Y a qué se refería cuando decía que le habían cortado parte de la hombría?
Lo que me imaginaba era demasiado fuerte para poder pensar en ello, y no podía preguntar nada, porque se suponía que nada sabía.
Mis pensamientos estuvieron quietos unos segundos.
Tampoco entendía por qué nadie había hablado de que un hijo de Pascal había desaparecido.
Yo había estado en el bosque con él unos días antes y nada hacía ver que un hijo suyo estuviese perdido.
Parecía que en la selva la manera de expresar los sentimientos no tenía nada que ver con la nuestra.
Enseguida Henri y Sebastián volvieron al porche.
Para entonces, yo estaba tallando una cáscara de coco y convirtiéndola en la cara de un mono.
Puse cara de inocencia, como si siempre me hubiera dedicado a tallar cocos.
Ninguno de los dos hombres me dijo una palabra, claro.
Sebastián me acarició el pelo sin mirarme a los ojos y se fue hacia el lago.
Era noche oscura y tenía que dar instrucciones al piloto para la expedición hacia Lambarené.
Me los quedé mirando desde el porche. Cada vez que veía la avioneta me acordaba de mi padre.
Además iban a Lambarené, que era el lugar adonde mi padre no consiguió llegar aquella tarde tormentosa.
El recuerdo de papá y lo que estaba pasando me dejaron taciturno.
Tuve miedo otra vez. Paul tenía la misma edad que Sandrine y que yo.
Por alguna razón extraña y misteriosa alguien le había dejado casi ciego y le había cortado algo que empezaba a vislumbrar con más claridad.
¿Y si me pasaba a mí lo mismo? ¿Y si había gente por allí cerca que se dedicaba a raptar niños y a hacerles eso?
Sebastián me había explicado que antiguamente había prácticas caníbales en la segunda y la tercera fase del bwiti: para ser un iniciado de segunda fase había que comer carne de un niño, y para serlo de la fase tercera y superior, el niño tenía que ser de la propia familia.
Mi tío me había asegurado que esas prácticas estaban prohibidas y perseguidas por las leyes y que ya no se hacían, al menos no en las tribus que él y Henri conocían y que estaban cerca de nosotros.
Pero yo me preguntaba: ¿y si lo hacían a escondidas?
, ¿o si venían hombres de lejanas tribus a secuestrar chavales de nuestro poblado para sus ceremonias?
La sola posibilidad de que algo así pudiera suceder me llenaba de terror.
Aquella noche apenas dormí. Temía que algún brujo cubierto de dientes y cabellera de león y de plumas de garza rosa me secuestrara amparado por la oscuridad.
Oía ruidos acompasados. Solo era mi corazón, que palpitaba tan fuerte y rítmico que su sonido parecía el de tambores que se acercaran para acompañar quién sabe qué extraña ceremonia, de la que yo podía ser involuntario protagonista.
Sudaba como un cerdo a punto de ser sacrificado.
Creo que debí de tener hasta fiebre. Llegó el alba, y yo no había conseguido pegar ojo.
Por la mañana, tenía tales ojeras y tal cara de susto que Sebastián me preguntó, mientras se acercaba a mi cama:
—¿Qué pasa contigo, Benjamín? Tienes mala cara.
Y en efecto la tenía, y tan asustado estaba que me eché a llorar y le confesé a mi tío que había oído todo lo que Henri le había contado sobre Paul.
—¿Así que oíste lo que le pasó a Paul? No te preocupes, ya está fuera de peligro. Pascal ha enviado un fax desde el hospital y todo está bajo control. No ha perdido la vista.
Me alegré de que Paul pudiera seguir viendo las maravillas de su hermosa tierra, pero seguía aterrorizado.
—¿Y eso que dijo Henri de que le habían cortado algo? ¿A qué se refería exactamente? ¿Y quién ha podido hacer una cosa así? Su padre es un hombre bueno; no creo que tenga enemigos, y Paul tampoco. Entonces, ¿por qué lo han herido? Está claro que no ha sido ningún accidente.
Se me agolpaban las dudas y las preguntas.
En aquellos momentos, en una ráfaga de segundo, y por primera y última vez, incluso se me pasó por la cabeza la idea de que quería volver a mi casa de Madrid.
Pero allí ni siquiera estaba mi madre, que estaría tranquilamente tomando el sol en Santander con el cirujano de las narices.
Confieso que fue un pensamiento fugaz, ya que en el fondo, y pese a todos los miedos, me intrigaban y excitaban a la vez los peligros que la misteriosa África me estaba deparando.
Y además, estaba Sandrine, que, poco a poco, iba sustituyendo a Almudena en mi cabeza.
—Lo de la hombría, Benja, creo que te lo puedes imaginar —me dijo Sebastián mientras se señalaba la parte de los pantalones donde se juntan las dos piernas, lo que confirmaba mis terribles sospechas—.
Y lo otro, lo de quién ha sido, pues no se sabe.
.. Verás, entre los fang hay algunas tribus que todavía celebran extrañas ceremonias y rituales prohibidos por la ley y que son desconocidos en otros lugares.
Se trata de ritos parecidos a aquellos que te conté que antiguamente se hacían para alcanzar los grados superiores de iniciación en el bwiti.
Hay pueblos que creen que si alguien tiene un órgano enfermo y se lo arrancan a un joven sano, el enfermo se curará de su enfermedad.
Lo mismo si un hombre tiene problemas con su virilidad —confieso que no entendí el significado de aquella palabra, aunque me lo imaginé—, creen que si cortan y guardan el miembro sexual de un hombre joven y saludable en una caja de madera sagrada, el otro recobrará su fuerza masculina.
En fin, son antiguas leyendas, ritos de magia negra, prohibidos desde hace muchos años, pero que algunos grupos siguen practicando a escondidas, según parece.
Al pobre Paul le ha tocado esta vez. Los brujos de esas tribus buscan chicos jóvenes, fuertes, sanos y guapos, que empiezan a ser hombres.
Se me encogieron todos los músculos ante la falta de delicadeza de mi tío: yo también era joven y sano, no muy fuerte, vale, y tampoco muy guapo, sobre todo con aquellos malditos granos que había en mi cara y que me alejaban de Almudena.
Venía observando, no obstante, que desde que estaba en África y gracias a la comida de Lise los granos iban desapareciendo.
Había estado contento con el cambio hasta que oí las palabras de Sebastián: tal vez me podía convertir en una presa para los cazadores de muchachos.
Además, estaba Sandrine, que iba sola por el bosque tantas veces.
¿Estaría también ella en peligro, aunque fuera una mujer?
Debí de poner tal cara de susto al mirar a mi tío, que advirtió enseguida parte de mi pesadilla mental:
—Tranquilo, Benjamín, pequeño. —Ya he dicho que odiaba que me llamaran pequeño, pero en aquel momento casi lo agradecí; me pareció que me alejaba del peligro—.
No te preocupes. Tú eres blanco y nunca eligen hombres blancos para sus prácticas rituales.
Suelen buscar hombres lo más parecidos posible al enfermo, negros y fuertes, y no muchachos de piel color de leche y un poco enclenques como tú.
Al decir esto, se echó a reír como solo él sabía hacerlo, mientras me hacía cosquillas por debajo de las sábanas.
Yo siempre he tenido muchas cosquillas en las plantas de los pies.
Más de una vez me he reído yo solo poniéndome los calcetines.
Pero en aquellos momentos ni eso me hacía esbozar siquiera una tímida sonrisa. Seguía con la mosca detrás de la oreja.
—¿Suelen elegir? —Había captado el sutil matiz con que se había expresado Sebastián.
—Sí —vaciló ladeando la cabeza—, apenas ha habido casos de blancos secuestrados. Solo un par de ellos desde que estamos aquí. El raptor los confundió en la oscuridad de la noche y los devolvió sanos y enteros al amanecer, cuando se dio cuenta del error.
Me callé. Pensé aquello de que «no hay dos sin tres».
Confié en que mis pocos atractivos granos adolescentes y mi carne blanca y lechosa me salvarían de ser elegido para los extraños rituales, al menos hasta que la constante exposición al sol tropical me tostara más la piel.
Preocupado excesivamente por mí mismo, en aquellos momentos no pensé ni en Paul ni en todos los demás chicos del poblado, que estaban en peligro, seguramente mucho más que yo, o tal vez menos. ..
—No te preocupes —continuó Sebastián—. Además, aquí estoy yo para protegerte.
Era verdad, seguía convencido de que a su lado nada malo podía sucederme.
Cuando dijo aquellas palabras, se agachó hacia mi frente para besarla.
Entonces, su medallón asomó por fuera de la camisa y fue a dar directamente en mis labios.
Lo tomé entre mis manos; noté su suavidad y su dureza y le pregunté:
—Tío, ¿cuándo iremos a rescatar el medallón de papá?
—Cuando terminemos el trabajo de los camiones y carguemos toda la madera en los barcos.
—¿Y cuándo será eso?
—Después habrá que terminar de organizar y planear la expedición. Dentro de unos cinco días, más o menos, iremos a buscar el medallón perdido.
El medallón perdido, iríamos a buscarlo dentro de cinco días aproximadamente.
Ese era el tiempo que me quedaba para ir aprendiendo más y más sobre África, sobre Sandrine, sobre Sebastián y sobre mi padre, antes de emprender la gran aventura para encontrar su recuerdo más preciado.
Hallar el medallón iba a ser mi manera de recuperar a mi padre o, al menos, su memoria.