15. Un elefante herido en el río #2
Sandrine empezó a correr con el bastón en la mano en cuanto que el elefante se movió hacia nosotros.
Yo la seguí. El mastodonte empezó a perseguirnos, lanzando unos alaridos que se confundían con los rápidos del río.
Sandrine tropezó. Me paré a ayudarla. Me dijo que siguiera mi camino.
No le hice caso. Tenía que protegerla. La levanté y seguimos corriendo por el bosque, ella agarrada a mi hombro y saltando a la pata coja, intentando escondernos del paquidermo.
Pero no había manera. Un elefante a la carrera puede ser muy veloz.
Oíamos sus pasos, que hacían temblar el suelo muy cerca de nosotros.
Tropecé, nos caímos los dos. Pensé que todo estaba perdido, la miré para darle una ojeada a la criatura más hermosa que había conocido.
Nuestras caras estaban muy cerca. Acerqué todavía más la mía a la suya y le di un beso, intentando que mi despedida del mundo tuviera un final dulce.
Entonces oí el disparo. En un segundo ocurrió todo: mi beso, los ojos por primera vez asustados de Sandrine, no sé si por haberla besado o por la presencia del elefante, el disparo, el desplome del animal en el suelo a un metro de nosotros, nosotros que rebotamos con la fuerza de la caída de la bestia, y las voces que se acercaban. Eran las de Henri y Sebastián.
—¿Estáis bien? Vamos, vamos, ya ha pasado todo.
Era la voz de mi tío, que se lanzó rápidamente hacia nosotros para ver nuestro estado.
Sandrine lloraba y se abrazaba a Henri. Toda su fuerza se había venido abajo, no sé si por el elefante o por mi casi inexistente beso.
Yo también lloraba y me abrazaba a Sebastián, que me besaba en la frente y que estaba tan asustado como nosotros.
—En cuanto os marchasteis, vino Armand y dijo que había visto un elefante herido cerca de los rápidos —explicó mi tío con la respiración entrecortada por la angustia pasada y por la carrera—.
Hemos venido lo más deprisa que hemos podido.
Gracias a Dios, hemos llegado a tiempo. Si te llega a pasar algo, Benjamín, no sé qué. ..
Casi no podía hablar y una lágrima caía por su mejilla derecha.
—No te preocupes, tío, ya está. No ha pasado nada. Sandrine dice que estamos protegidos por los espíritus del bosque.
—Poco habrían hecho los espíritus del bosque si no llegamos a tiempo —replicó Sebastián.
—Tal vez hayan hecho que viniéramos a tiempo y que Armand viera el elefante y que nos lo dijera también a tiempo —le contestó muy serio Henri.
Mi tío no respondió, se limitó a mover la cabeza de un lado a otro con los ojos bajos. Los levantó para mirar a Sandrine, que ya se había puesto de pie y que había dejado de sollozar. Le dolía un poco un tobillo, pero volvía a ser la chica valiente de siempre. Sebastián se dirigió a ella:
—Y tú, Sandrine, deja de corretear por el bosque sin tomar precauciones o algún día tendremos un disgusto.
—Sí, Sebastián, no volverá a ocurrir. ¿Quién iba a pensar que habría un elefante herido por aquí tan cerca del poblado?
—Mira, bonita, estamos en la selva y, además de víboras, por aquí viven elefantes sueltos, evidentemente, y leopardos y otras bestias salvajes.
Esto no es una avenida de Burdeos ni de Madrid —nos dijo mi tío mirándonos a una y a otro con el susto y cierto enfado escritos en la cara—, así que ya está bien de paseos por los alrededores como si esto fuera la Gran Vía.
Además, ante un elefante herido de nada sirve correr, lo que hay que hacer es esconderse detrás de un árbol y dejar que pase.
Mirad a este pobre animal, que no tenía la culpa de nada y por vuestra irresponsabilidad ahora está muerto.
Miradlo bien, tenía una vida y ahora no tiene nada, no es nada.
—Ahora forma parte del gran espíritu del bosque —dijo Henri, extrañamente asombrado ante la justa reacción de mi tío.
—Bobadas —reiteró Sebastián—. Armand, que venga la gente del poblado y cojan la carne del animal. Tendrán comida para unos días. Al menos habrá servido para algo.
—¿Y el marfil, patrón? —preguntó Armand.
—Córtalo en pedazos con la sierra y repártelo.
¿Veis estos colmillos? —dijo dirigiéndose a nosotros—.
Se convertirán en collares y pulseras para embellecer a las mujeres de la tribu.
Hasta hace unos minutos le servían para defenderse, pero ante el fusil nada han podido hacer.
Ya veis, en un segundo todo cambia, y vosotros habéis tenido algo que ver con ello.
Yo no me sentía culpable de la muerte de aquel animal. Ni Sandrine ni yo habíamos tenido intención de hacer ningún daño con nuestro inocente paseo por los rápidos.
—Tío, te pedimos permiso, y tú nos lo diste. Sandrine te dijo dónde íbamos y te pareció bien.
—Sí, ya sé que os di permiso. Por eso estoy cabreado, más conmigo mismo que con vosotros.
Si de verdad estuviera enfadado con vosotros, os expediría al uno a Madrid y a la otra a Burdeos.
¿Vale? Bueno, intentemos olvidarnos del asunto.
Ya no tiene mucho remedio. Por cierto, ¿a quién se le ocurrió correr delante del elefante?
Nunca hay que hacer una cosa así. En el bosque hay que intentar esconderse o subirse a un árbol que sea mucho más alto que él. Ya os lo he dicho.
—O matarlo con el machete —afirmó Henri mientras caminábamos de vuelta a casa—. Una vez yo maté a un elefante así.
—Oh, papá, eso ya nos lo has contado muchas veces —protestó Sandrine.
—A mí no, ¿cómo lo hiciste? —repliqué mientras intentaba imaginarme un machete como el mío, de unos veinte centímetros, en lucha con un animal de más de tres metros y casi cinco toneladas, y me parecía imposible.
Aquello sonaba a aventura de novela de caballerías, en las que los caballeros de un espadazo mataban a un dragón.
No podía ser cierto. Entonces Henri nos lo contó:
—Estaba yo en el bosque buscando hierbas para un bwiti.
No llevaba rifle, solo el machete para cortar la madera sagrada.
De pronto lo oí, era un animal herido como este.
Me vio y vino hacia mí corriendo. Corría y él me perseguía.
Estábamos en una zona de bukas, que son unos árboles gigantes; el diámetro del tronco es más ancho que la altura de dos hombres grandes.
Me escondí detrás de uno de ellos y esperé a que pasara a mi lado.
Con el machete le corté los tendones de la articulación de la pierna, a la altura de la rodilla.
Emitió un largo y dolorido bramido y se quedó inmovilizado por el dolor y por la herida.
No podía seguir corriendo, pero daba zarpazos enormes con las otras patas.
Le seguí golpeando hasta que no se movió más.
Aún no sé cómo fui capaz de hacerlo, pero lo hice.
El espectáculo era sangriento. Vinieron tu padre y tu abuelo.
Tu padre todavía era muy joven, tendría pocos años más que tú ahora.
Se mareó al ver tanta sangre y vomitó al otro lado del buka.
Se escondió para que no viéramos lo que le pasaba, pero lo vimos.
Le pasó lo mismo que a ti con el bwiti. El animal era grande y tuvimos comida en el pueblo para una semana.
—¿Y el marfil? —pregunté curioso.
—¡Ah! Lo repartí entre mis mujeres.
—Y apenas les llegó para hacerse una pulsera a cada una.
Reímos con el chiste de Sebastián, que hacía alusión a todas las esposas y amantes que Henri tenía en el pueblo.
Y así, ya un poco más relajados, llegamos a la casa.
Lise, que no se había enterado del episodio, tenía la cena preparada y se entretenía matando mosquitos en el porche, sentada en el balancín, cuando nos vio aparecer a los cuatro.
Sandrine y yo sucios de barro y con sangre del elefante en nuestras ropas.
—Por todas las almas de los difuntos, ¿qué ha pasado aquí?
—Nada, mamá. Sebastián ha matado un elefante que nos encontramos Benjamín y yo. Habrá carne para todos y tú te podrás hacer otra pulsera de marfil como la que llevas.
—Ah, ¡qué bien! Hacía tiempo que no teníamos carne de elefante para comer. Verás, Benjamín, te encantará, es un bocado exquisito.
La escuché atónito. Si en vez de Lise hubiera sido mi madre la que nos hubiera encontrado en semejante estado, le habría dado más de un mareo, habría necesitado una tila o dos y me habría prohibido volver al bosque para siempre.
Menos mal que estaba en Santander, lejos de los peligros africanos, y que nunca se enteraría ni por mí ni por Sebastián de lo que había pasado.
Sandrine, Henri y Lise se quedaron a cenar con nosotros. Aquello parecía una velada familiar. A Sandrine le dejé una camiseta mía limpia y unos pantalones. Tuve una sensación muy especial al pensar que mi ropa estaba tocando su piel. En aquel momento decidí que nunca lavaría aquella camiseta.
Acabamos riéndonos de la aventura, aunque no mencionamos nada de la víbora del otro día, ni de la que había mordido a Sandrine. Henri y Lise se marcharon juntos hacia el poblado. Sandrine se quedó un rato más con nosotros. Cuando nos despedimos en el porche me dijo en voz muy baja:
—Yo también pensé que era nuestra última hora. Me gustó que me besaras. Nadie lo había hecho hasta ahora.
—Sí, yo, bueno..., quería pedirte disculpas. Tampoco había nunca besado a ninguna chica. No sé qué me pasó. Pensaba que íbamos a morir aplastados y creo que lo hice para compensar.
—Sí, pues estuvo muy bien, aunque fue muy rápido. En las películas he visto besos más largos.
Mi poca o, mejor dicho, mi nula experiencia con las mujeres no me dejaba saber si me estaba pidiendo que la besara otra vez o si me echaba en cara mi poca habilidad.
No sabía cómo salir airoso de la situación sin hacer el ridículo.
Menos mal que me acordé de pronto del medallón, así que en vez de besarla, que es lo que debía haber hecho, le pregunté:
—Por cierto, Sandrine, ¿sabías que mi padre tenía un medallón hecho con la muela de un leopardo que también mató Sebastián en una situación parecida a la de hoy?
—Sí lo sabía —contestó tal vez un poco decepcionada porque no la había besado, pero seguramente satisfecha de mi timidez—. Siempre lo llevaba puesto. ¿No es el que Sebastián lleva ahora?
—No, ese es otro. Había dos iguales, uno para cada hermano. El de mi padre desapareció el día del accidente. Todavía está en la montaña. Sebastián ha prometido llevarme para recuperarlo.
—¿Qué? ¿Que Sebastián te va a llevar a las Montañas de Cristal a buscar un medallón perdido? No es posible. Es peligroso subir allí arriba.
—¿Y tú me hablas de peligros? Tú, que vives cada día con ellos a cuestas.
—Son peligros distintos. La montaña es otro mundo. Y el medallón solo es un medallón.
—No es solo un medallón, era de mi padre y quiero encontrarlo.
—Vale, vale, ya veo que eres un testarudo. ¡Ah, Sebastián! —exclamó cuando vio a mi tío en la puerta—. Me está diciendo el chiflado de tu sobrino que vais a subir la montaña a buscar el colgante de Pablo. ¿Es verdad?
—Sí que lo es, dentro de una semana más o menos. Pero si estás pensando en pedirme que te deje venir con nosotros, la respuesta es no.
—Por supuesto que no voy a ir. No se me ocurriría siquiera. No puedo escalar montañas, sería muy incómodo para todos. Además, no quiero ir allí.
Sebastián la cogió por los hombros y le dijo:
—Venga, te acompañaré a tu casa. Después de lo de hoy, no quiero que andes sola de noche por el camino. ¿Aceptas mi brazo?
—Claro, caballero, será un honor. —Y se cogió del fuerte brazo de mi tío, al que volví a envidiar—. Ya nos veremos, Benjamín, y... gracias por lo que has hecho esta tarde.
—Buenas noches, Sandrine, que duermas bien.
—¿Qué ha hecho esta tarde? ¿Algo relacionado con el elefante? —oí que le preguntaba Sebastián mientras se iban. Supuse que Sandrine le contaría alguna mentirijilla que ocultara el tema del beso inacabado y que se iba a convertir en otro de nuestros secretos compartidos.