El medallón perdido 15. Un elefante herido en el río
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15. Un elefante herido en el río

Un elefante herido en el río

N o vi a Sandrine en el bwiti; si estaba allí no la reconocí.

Hacía varios días que no la veía, pero siempre era así, desaparecía y aparecía como por arte de magia.

Tenía muchas cosas que hacer y a mucha gente a la que ver por los alrededores cuando venía de Europa; yo no era nadie demasiado especial para ella, todavía, así que no me venía a visitar todos los días.

Tampoco yo iba a buscarla: no sabía ir solo a su refugio, me podía perder y además me daba vergüenza que se diera cuenta de que me empezaba a gustar más de la cuenta.

Aquella mañana después del bwiti se presentó en casa mientras desayunábamos su madre y yo. Sebastián ya lo había hecho antes de despertarme.

—Tu tío me ha dicho que anoche estuviste en el bwiti. ¿Qué? ¿Te gustó? ¿Qué te pareció?

Noté cierta ironía en su interrogatorio. Mi palidez y mi cara de recién vomitado hablaban por sí solas. Y además, seguro que Sebastián le había contado algo, y de ahí su tono y su sonrisa. Lise salió a dar de comer a los conejos y nos dejó solos.

—Fue una experiencia inolvidable —respondí—. Nunca había vomitado tanto. Creo que no volveré a comer plátanos en mi vida. Tú no estuviste, ¿verdad?

—Yo no. El año pasado, Henri me llevó para iniciarme. Comí la madera sagrada y ya no me acuerdo de nada más. Se pasa peor viéndolo que viviéndolo, porque si lo ves tienes recuerdos el resto de tu vida; mientras que si lo vives no recuerdas nada y además te has convertido en un iniciado.

—Entonces, ¿tú también crees en esas cosas? ¿Para eso te está pagando mi tío una educación europea en Francia? —pregunté. Todavía no entendía que la verdad no tiene solo un camino.

—Pues claro que me lo creo, ¿qué tendrá que ver una cosa con otra?

Desde que fui iniciada, me siento más segura en el bosque, sé que nada podrá pasarme porque formo parte de él, de su espíritu.

Y me ayuda con mis perfumes, me hace conocer mejor las plantas y las flores que destilo.

Es como si los espíritus me inspiraran para hacer las mezclas.

¿A que te gusta la que me he puesto hoy?

Está hecha con la flor amarilla que te dije el otro día, mezclada con otra, muy pequeña, de color violeta.

Acercó su cuello a mi nariz para que pudiera olerla mejor. Su perfume era como el que debían de llevar las princesas de los cuentos que le contaba papá. En eso entró Sebastián y nos sorprendió en aquella posición, con las caras muy muy cerca.

—Humm. ¿Qué pasa por aquí? —nos preguntó sonriendo de una manera cómplice que no se correspondía con la realidad, aunque yo bien hubiera querido que sus sospechas hubieran sido ciertas.

—Le enseñaba a Benja mi nuevo perfume. ¿Te gusta?

—preguntó Sandrine a mi tío con toda naturalidad, como ella hacía todas las cosas—.

Lo compré en el avión cuando venía a casa.

—Evidentemente estaba mintiendo. Solo yo sabía lo del escondite y sus aficiones aromáticas.

Eso me hizo sentirme importante. A mí me había confiado un secreto que a Sebastián escondía.

—Hueles muy bien, Sandrine, es un aroma muy fresco y natural. Me recuerda a alguna flor de por aquí. Delicioso. ¿Cómo se llama?

— Eau de Printemps —mintió Sandrine con la misma naturalidad de siempre—. Es nuevo y estaba en oferta en el aeropuerto. Ah, por cierto, Sebastián, necesito un frasco de antídoto contra víboras.

—¿Y el que te di el otro día? —inquirió mi tío, sorprendido.

—Me caí con él en el bolsillo y se rompió. A veces soy tan torpe... —dijo mientras me guiñaba un ojo, no comprendí por qué.

—Está bien, te daré otro. Pero ten cuidado. Se pueden acabar y si los necesitamos cuando no hay, ¿qué hacemos? —Sebastián entró en su despacho y salió enseguida con la botellita mágica.

—Oh, gracias, Sebastián, eres un encanto.

—Y le dio un beso en la mejilla al recoger el frasquito.

En ese momento deseé haber sido mi tío para recibir aquel beso—.

Ahora voy a enseñarle a Benjamín un sitio nuevo.

Vamos a subir el río hasta los rápidos. Allí crecen unas flores cuyo perfume casualmente se parece a este. Ponte las botas de agua, estará mojado.

—Muy bien, muy bien, muchachos, pero id con cuidado. Lleva tu machete, Benja. No lo olvides siempre que entres en el bosque. Y llevad los ojos muy abiertos.

—Sí, tío, tranquilo. Lo tendremos. Hasta luego.

—Hasta luego, Sebastián, y gracias por el antídoto.

Salimos de la casa sin dirigirnos la palabra. Ya cuando estábamos cerca del lago le pregunté:

—¿Por qué le has pedido otro frasco? ¿Qué ha pasado con el del otro día? ¿Por qué me has guiñado el ojo?

—No se cayó, Benjamín, he tenido que mentirle a tu tío.

Hace tres días me mordió una víbora en la cueva; por eso no me has visto ni siquiera en el bwiti.

Me lo tuve que inyectar, pero aun así tuve fiebre y estuve en la cama casi dos días.

Le he hecho creer a mamá que era un catarro de estómago, pero eran los efectos del veneno y de la inyección. ¿No me encuentras más pálida?

¿Quién se la podía imaginar en un internado europeo sujeta a reglas, a ella, que era una auténtica hija de la selva, fuerte y valiente como un guerrero masái?

Verdaderamente, no la podía encontrar más pálida, su piel seguía siendo oscura como el ébano, aunque sí se podían adivinar unas ojeras. Se las señalé.

—Sí, ojeras, son típicas. Pero, bueno, ahora ya tenemos otro frasco. Así que tranquilo. Además, el espíritu del bosque me protege.

—Eso a ti, que eres una iniciada. A mí no, que no lo soy —repliqué incrédulo.

—A ti te protejo yo, bobo. Además, el bosque también tendrá en cuenta que eres mi amigo y no te hará daño.

—Sandrine, ¿de veras te imaginas a ti misma de perfumista en una de esas tiendas de moda de París durante todo el año, y venir aquí los veranos y comer serrín en una piel de plátano?

¿No te parece que una cosa no encaja muy bien con la otra?

—A mí me seguía pareciendo que las cosas o eran de una manera o eran de otra.

—Puede que sea un contraste. Pero la vida está llena de contradicciones, ¿no?

Además, por muy en París o en Madrid que pueda estar, yo nunca voy a perder mis raíces, que son africanas.

Estoy orgullosa de pertenecer al bosque, a la selva, al bwiti, a África, que creo que puede aportar muchas cosas buenas a los países del norte, por ejemplo, los nuevos perfumes que yo inventaré con las plantas del sur.

Siempre que parecía que se iba a poner profunda, volvía a la frivolidad. Hacía que todo fuera fácil y cómodo. Desdramatizaba la vida, ella, cuya vida estaba llena de dramas. ¡Cuánto me quedaba por aprender también de ella! ¡Y qué poco me acordaba ya de Almudena!

Andábamos por una parte del río muy poco profunda, solo varios centímetros.

Por allí el cauce se cierra en un suave cañón y está rodeado de árboles y de vegetación muy variada.

Fuimos caminando por el arroyo con las botas de agua, así no había peligro de las víboras, había suficiente luz para ver si alguna se acercaba y además llevábamos el frasco con el antídoto.

Me preguntaba si Sandrine llevaba también la jeringuilla.

Por si acaso, no le pregunté. Se ayudaba con el bastón para caminar entre las piedras del río.

A mí me daba miedo que resbalase y se rompiera algún hueso, pero la verdad es que iba más segura que yo.

Andaba delante de mí, sin hablar, contemplando los colores de las piedras y escuchando el murmullo de las aguas.

Estaba orgullosa de su tierra y tenía razones para estarlo.

Yo podía entender más su amor por sus raíces cada día que pasaba en África.

A cada momento descubría nuevos motivos para estar fascinado con la selva.

Llegamos a los rápidos y dejamos de andar por el agua. Justo en esa parte nace un antiguo sendero a orillas del río, cuyo sonido es cada vez más fuerte. Son las cascadas: el agua salta con tal fuerza que hace un ruido estrepitoso.

Sandrine no dice nada, me toma la mano para ayudarse a saltar un riachuelo. Me sonríe al notar mi piel y a mí me vuelve a dar un escalofrío.

De pronto, Sandrine deja de sonreír. Oímos un ruido más fuerte y más grave que el del río y vemos una gran masa gris frente a nosotros, que nos mira y lanza otro bramido que parece un trueno.

Me acuerdo de los ronquidos de María. ¿Cómo no lo hemos visto antes?

¿Lo habremos confundido con una piedra? ¿Acabará de llegar?

Nos ha visto y nuestra presencia no le ha hecho ninguna gracia. ¿Qué podemos hacer?

—Benjamín, es un elefante.

—Sandrine, ¡ya veo que es un elefante, y muy grande!

—Sí, pero eso no es lo peor. Mírale el lomo derecho, cerca de la oreja. Está sangrando. Está herido. Ha debido de tener una pelea con otro macho. ¿Sabes? Un elefante herido es uno de los animales más peligrosos de la selva.

—Gracias por decirlo, esa información te la podías haber ahorrado. ¿Y ahora qué hacemos?

—Pues echar a correr si se acerca y gritar, a ver si nos oyen. No se me ocurre nada más. Está claro que ni con tu machete ni con los bastones podemos hacerle frente si nos ataca.

—¿Echar a correr? Tú no puedes correr con estas piedras y este terreno lleno de arbustos.

—¿Que no puedo qué?