El medallón perdido 14. El bwiti #2
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14. El bwiti #2

La verdad es que no sabía si me apetecía o no asistir a un bwiti. ¿Quién sabía lo que me podía esperar? Lo pensé durante unos pocos segundos y me decidí. Así que fui corriendo hacia mi tío, excitado y sudoroso, y sin ningún preámbulo le solté:

—Tío, tío, ¿puedo ir al buti de esta noche?

—¿Al buti? ¿Qué buti? ¿Qué es eso del buti? —preguntó, algo asombrado y mosqueado.

—Bueno, como se llame, el buti o el bwiti, como sea. Henri me ha dicho que esta noche hay una ceremonia para iniciar. Me he enterado de que papá fue un iniciado. Hemos cogido hierba y madera sagrada. ¿Puedo ir a verlo?

Supongo que el tono y el ritmo entrecortado de mi voz delataba mi curiosidad adolescente, pero también una especie de terror hacia lo desconocido.

Henri se iba acercando. Su ancha y brillante sonrisa se iba apagando a medida que veía la expresión en el rostro de Sebastián, al que no le había hecho ninguna gracia que Henri me hubiera narrado todo aquello. Mi tío le preguntó un poco enfadado:

—¿Por qué le has contado todo eso al chaval?

Luego no dormirá. —Después se volvió hacia mí y siguió diciendo—: Te dará miedo, Benja.

Tú no estás acostumbrado a esas cosas. Hace falta echarle un par de narices para asistir al bwiti.

No es para un chico como tú. Esto no tiene nada que ver con las ceremonias en casa de tu madre, con té, pastitas y música suave.

El bwiti es una experiencia fuerte y puede ser muy desagradable para un chico de tu edad.

Te podrías orinar en los pantalones del susto.

Aquello me ofendió, ¿creía que me podía mear en los pantalones de miedo?

Pero ¿qué se creía el engreído de Sebastián?

Yo era ya un hombre, y era valiente. Se lo estaba demostrando cada día en la selva.

Además, me había dolido el tono irónico con el que habló de mi madre y de las fiestas que celebraba con sus amigas.

Yo también las detestaba, pero no me gustaba oírlo en la boca de otros, ni siquiera de mi tío.

Por supuesto, él era un hombre de acción y aquello le parecían tonterías, pero yo había vivido con ellas y, me gustase o no, formaban parte de mi vida, igual que para él el bwiti era parte de la suya.

Así que le dije con la cara más seria que pude y poniéndome de puntillas para intentar acercarme a su altura:

—Oye, Sebastián, ya tengo quince años. Puedo ir a cualquier sitio sin asustarme como un niño pequeño. A mi edad tú ya habías realizado cosas que yo nunca haré. Así que no me trates como a un criajo de pecho. Y no te vuelvas a meter con mi madre.

—Yo no me he metido con tu madre, ¿vale?

Pero creo que no irás a ver un bwiti, al menos todavía no.

Además, si tu madre se entera de que te he dejado asistir a una ceremonia de iniciación sagrada, me odiará eternamente y no te dejará volver a África nunca más.

Lo primero me importa poco, pero lo segundo no me gustaría en absoluto. ¿Puedes entenderlo?

En ese momento Henri, que había asistido a nuestra conversación como mudo testigo, habló. Y cuando Henri hablaba, su magnetismo hacía que los demás callaran, que hasta las piedras escuchasen y que todo el mundo reflexionara sobre sus palabras, incluido Sebastián.

—Muy bien, su madre está lejos. ¿Por qué habría de enterarse? Y recuerda, Sebastián, que tú tenías unos doce años y medio cuando viniste por primera vez a una de nuestras ceremonias. ¿O es que ha pasado tanto tiempo que se te ha olvidado?

Nos miramos, cómplices, los tres. Tras unos segundos en los que no sé qué pasaría por el cerebro de mi tío, nos echamos a reír.

Bueno, la verdad es que yo fui el último en empezar a reírme.

Primero fue Sebastián, que en el fondo estaba deseando mostrarme todo aquello que había sido importante para él y para su hermano.

Luego fue Henri, que sabía que el bwiti me sorprendería y me gustaría.

Y luego yo, que me creí esto que acabo de contar.

Al día siguiente supe de qué se reían: sabían que, si me dejaban asistir una vez, ya nunca más querría volver a ninguna de esas ceremonias, y ni siquiera oír hablar de ellas. ¡Tan mal lo pasé!

El bwiti empezó al anochecer. Un grupo de hombres y mujeres vestidos de blanco y rojo se dieron cita en una de las cabañas más grandes del poblado; cuando entré me di cuenta de que era una especie de templo preparado ya para las ceremonias.

Allí dentro se mezclaban cruces y cristos con imágenes de deidades africanas que presenciarían tan callados como yo todo lo que iba a suceder.

Tres hombres tocaban un extraño instrumento musical: era alargado y estrecho, con tres cuerdas que hacían sonar mientras lo apretaban contra el pecho.

Había dos mujeres y tres hombres que esperaban para ser iniciados durante aquella noche.

Llevaban túnicas blancas y una especie de corona de hojas y flores alrededor de sus oscuros cabellos.

El cuerpo, pintado de blanco con círculos rojos.

El color rojo lo habían sacado de la sangre de un pobre gallo que habían sacrificado un rato antes y cuyos gritos yo había oído desde mi habitación.

La ceremonia dio comienzo. Unos hechiceros preparaban la madera sagrada mientras otros acercaban a los cincos candidatos antorchas encendidas, cuyas chispas quemaban su piel.

—Es un ritual sagrado —me explicó mi tío en voz muy baja, como en un susurro—. Los nativos, como en otras culturas ancestrales, consideran el fuego como un ser purificador. Ellos creen que así ayudan al iniciado a purificar su cuerpo y su alma.

Sebastián me acompañaba. Creo que estaba un poco asustado por mis potenciales reacciones ante lo que iba a pasar. Pero yo estaba muy tranquilo. Sobre todo, estaba muy seguro de que a su lado nada malo me podía pasar.

—¿Y si los queman? La antorcha pasa demasiado cerca de la piel. Y de los ojos —expuse todo asustado.

—No te preocupes. Lo tienen todo controlado. Llevan siglos haciéndolo. Conocen la distancia exacta. Pero ni tú ni yo seríamos capaces de hacerlo. Eso tenlo por seguro.

En cualquier caso, yo me alejé lo más que pude del fuego por si se escapaba alguna chispa.

En las fiestas del pueblo de mamá, siempre que se escapaba algún cohete me daba a mí, y ya estaba escarmentado en lo tocante al fuego.

Una vez, se me prendió la camisa y hasta se me hizo una herida en la barriga.

Así que el fuego y yo estábamos reñidos.

De todos modos, mi curiosidad podía más que mi miedo y prudencia, y seguí presenciando la ceremonia.

Eso sí, agazapado en una esquina y esperando que no estuviera por allí Sandrine y que me pudiera ver con la actitud de tener miedo o algo parecido.

Después de lo de las teas encendidas, los aspirantes se hincaron de rodillas en tierra con las manos inmovilizadas detrás de la espalda.

Entonces fue cuando vi a Henri con una túnica azul con ribetes dorados y un gorro cónico.

Cuando me contó aquella misma mañana lo del bwiti no había mencionado que él fuera uno de los hechiceros principales de la zona, ni yo lo sospeché en ningún momento.

Pero detrás de sus gafas rotas y de sus dientes de oro había todo un personaje que estaba solo empezando a conocer.

Los días siguientes me depararían más novedades con respecto a él.

Pero en aquel momento me sorprendí de verlo con aquel atuendo, y de verlo hacer todo lo que vino después.

Tenía en sus manos un plátano que acababa de recoger de una bandeja en la que había muchos más y que le había servido una preciosa joven vestida de rojo con grandes pendientes dorados.

El plátano estaba abierto, le habían quitado la carne y en su interior reconocí la corteza de la madera sagrada hecha serrín, mezclada con las hierbas que habíamos recogido por la mañana en el bosque.

¡Un plátano relleno de madera, con piel y todo!

¡Eso era lo que tenían que comer para purificar el cuerpo!

En aquel momento pensé que yo nunca sería un iniciado.

Henri introdujo el plátano en la boca de una de las muchachas; lo fue tragando con asco.

Al cabo de pocos segundos, empezó a vomitar.

Y así fue ocurriendo con todos los demás: cinco vomitones seguidos cada diez minutos o menos.

Luego se quedaban dormidos a causa de las hierbas que ingerían y que inducían al sueño; los volvían a despertar y, ¡hala!

, más plátanos y a vomitar otra vez. Y así durante gran parte de la noche. Olía que apestaba.

Yo también vomité, y sin necesidad de plátano ni de madera sagrada, solo por el olor y por simpatía con los iniciados. Mi tío permanecía sereno, me apretaba la frente cuando vomitaba y me decía de vez en cuando con cierto toque de ironía:

—Anda, valiente, esto es solo el principio. Consuélate, los aspirantes lo están pasando peor.

—¿Tú has sido iniciado alguna vez, tío? —conseguí preguntarle entre arcada y arcada, a la vez que pensaba que nadie lo podía estar pasando peor que yo.

—Yo he visto muchas ceremonias de iniciación —me contestó Sebastián—.

Las respeto mucho. Algunos de los que ves como iniciadores y como aspirantes son buenos amigos míos o trabajan conmigo.

El bwiti forma parte de sus tradiciones, como forma parte de la nuestra cenar con la familia el día de Navidad, por ejemplo.

Es algo sagrado. Pero ya ves, yo me limito a verlo desde esta distancia, un poco lejos, cuando me invitan.

Por respeto y amistad, que son dos de las cualidades más hermosas que los humanos debemos tener unos con otros.

—Pero ¿y papá? Él sí fue un iniciado, Henri me lo dijo.

—Sí, es cierto que mi hermano comió una vez la madera sagrada metida en el plátano.

Yo lo presencié. Él quería meterse dentro de las tradiciones africanas, creía que así estaba más cerca de la gente y de su cultura.

Quería ser uno más. Deseaba que su alma se fundiera con el alma del bosque y con el alma del mundo.

Supongo que lo consiguió... a su manera.

—Erais muy distintos papá y tú, ¿verdad?

—Todos somos distintos e iguales a la vez, Benjamín.

En el fondo, todas las personas perseguimos lo mismo: estar a gusto con nosotros mismos, con los demás y con todo lo que nos rodea, el bosque, los animales, el aire que respiramos, el mar.

.. El mar también es siempre distinto y siempre es el mismo, como los hombres, como tu padre y yo.

Los dos buscábamos la felicidad, igual que tú buscas el medallón.

Él lo hacía de una manera más espiritual, mediante los ritos y las creencias de Henri sobre el alma del mundo.

Yo intento hacerlo de un modo más práctico, a través de hablar con la gente, de pasear por el bosque cuando tengo tiempo, de contemplar esos atardeceres que a ti también te han fascinado; en fin, procuro hacer todo aquello que me produce placer.

Y te puedo asegurar que estos ritos que hacen vomitar no me producen ninguna delicia.

En aquellos momentos estuve de acuerdo con Sebastián. Yo también prefería otro tipo de contacto con el mundo que me rodeaba. El bwiti me empezaba a dar miedo.

—¿Podemos salir de aquí, tío?

—No, Benjamín —mi tío fue tajante—. Una vez que la ceremonia ha empezado, no puede abandonarse. Sería una falta de respeto hacia nuestros anfitriones, especialmente hacia Henri, que te ha invitado. Y además, ¿qué pensaría Sandrine si se enterase?

No sé si lo de la falta de respeto era verdad o si Sebastián me estaba dando una lección del tipo: «¿No has querido venir?

Pues ahora aguanta y sufre las consecuencias».

Todo por aquello de hacer de mí un hombre y esas cosas, claro.

Lo cierto es que aquellas visiones rituales se estaban convirtiendo en parte de mi propio rito de iniciación a la vida.

Sentía que en los días que llevaba en Gabón con mi tío, con Henri y con los demás, había aprendido más sobre los seres humanos y sobre el mundo que en todos los años de escuela.

Además, no quería que Sandrine pensara que era un cobarde.

El caso fue que nos quedamos hasta casi el final: más vómitos, danzas enloquecidas con gritos que acababan en desmayos, los hombres de los instrumentos de cuerda que tocaban una música monótona junto a los puntos vitales de los cuerpos de los iniciados (cerca del corazón, del hígado, para que la música entrara en ellos o algo así).

La chica del vestido rojo tocando el tambor con un ritmo frenético.

Henri dando de comer más plátanos a los que iban despertando del sueño.

Yo volví a vomitar un par de veces más. Me mareé y, por fin, Sebastián con el permiso de Henri me sacó en brazos de allí.

No recuerdo nada más, ni cómo me metí o me metieron en la cama, ni cómo llegué hasta ella.

Desperté con mi tío sentado a mi lado. Acarició mi mejilla derecha y me sonrió.

—Buenos días, Benjamín. ¿Tuviste dulces sueños?

Yo me desperezaba felizmente. En ese instante, recién despertado, no me acordaba de la experiencia nocturna.

Acababa de soñar que Almudena y yo estábamos en una playa tumbados al sol y a punto de darnos el primer beso.

¿O quizás éramos Sandrine y yo? De pronto, y mientras Sebastián descorría las cortinas de mi habitación para que entrara la fuerte luz de los trópicos, me preguntó:

—¿Qué? ¿No te apetecen unos plátanos fritos para desayunar?

De repente, todas las imágenes de la noche anterior se apelotonaron en mi cerebro durante un segundo. No lo pude remediar. Fui corriendo al váter y vomité lo poco que me quedaba en el estómago.

Desde el cuarto de baño oía a mi tío reírse a carcajadas.

Estuve a punto de salir del servicio y tirarle un frasco de colonia a la cabeza.

Pero en ese momento oí cómo entraba Lise en mi habitación.

Vi que llevaba una taza de manzanilla caliente para entonar mi estómago.

Mi tío lo tenía todo previsto. Me eché a reír, ya con el estómago tan limpio como el de los iniciados. ¿Quién podía enfadarse con Sebastián?