El medallón perdido 14. El bwiti
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14. El bwiti

El bwiti

A la mañana siguiente, Henri no fue a trabajar a la explotación, y mi tío estuvo organizando el transporte de los árboles recién talados el día anterior.

Los llevaban en barcazas por el lago hasta el río Ogooné, y desde allí hasta el puerto.

Después de desayunar me senté en el porche con mis acuarelas; enseguida recibí una visita inesperada: no era Sandrine, cuya visita estaba realmente deseando, sino su padre el que vino y me dijo:

—Benjamín, voy a recoger algunas plantas frescas para el bwiti de esta noche. ¿Quieres acompañarme? Te enseñaré algunos árboles sagrados y algunos sitios estupendos y frescos. Con el calor que hace hoy, allí dentro se tiene que estar bien.

Yo no sabía qué era aquello del bwiti y tampoco pregunté en aquel momento.

Lo de los árboles sagrados me llamó suficientemente la atención como para decidir ir con él y adentrarme en la selva.

En el colegio había estudiado algunas leyendas sobre árboles que escondían duendes o hadas, y siempre me habían llamado la atención esas creencias en los poderes sobrenaturales de algunos seres del bosque, aunque, por supuesto, no me las creía.

Aquel era un buen momento para averiguar algo que poder contar a mis amigos.

Anduvimos una media hora, bordeando uno de los riachuelos que terminaban en el lago.

Llegamos a una pequeña cascada que formaba con su caída una especie de balsa.

El agua saltaba, transparente y limpia, entre las piedras.

Cada salto era como una nota musical, y el río parecía que cantase una eterna y a la vez cambiante melodía.

Me quité las botas y me metí en el agua.

Quería estar debajo de la cascada. Hacía calor y quería sentir el chorro de agua encima de la cabeza.

—Este es un lugar sagrado —me susurró Henri, cuando me vio las intenciones—. No podemos hablar en voz alta aquí. Y mucho menos se puede uno bañar en esta agua. No seas bruto. Podríamos molestar a los espíritus que habitan en el bosque y acabar mal, pero que muy mal.

Mi gozo en un pozo. Nada de baños en aquellas aguas.

Luego pensé que, además, seguro que había peces u otros animales venenosos allí dentro, esperando morder mi pierna.

Menos mal que Henri no me había dejado entrar en el agua.

Si lo llega a hacer, no lo habría contado, y no precisamente a causa de los espíritus del bosque.

Aunque confieso que, cuando oí hablar de ellos, se me puso la carne de gallina.

¿Aparecerían los fantasmas de los guerreros muertos por entre aquellos árboles?

¿O surgirían de entre las aguas del río, cubiertos de barro y musgo?

Gracias al cielo que Henri era más prudente que su hija.

Afortunadamente, Henri debió de leer mis pensamientos y me tranquilizó:

—Hombre, no pongas esa cara. Un hijo de tu padre no puede tener miedo en la selva. Además, estás conmigo y nada malo puede sucederte a mi lado. —Bajó la voz todavía más para decirme—: Soy un iniciado.

—¿Qué es un iniciado? —pregunté yo. Aquella era otra palabra nueva para mí.

—Un iniciado —me explicó— es una persona cuya alma está en armonía con el alma del bosque y con los espíritus de los antepasados.

¿Ves todo lo que nos rodea? La selva es grande, el cielo es grande, el río acaba en el lago o en el mar, que son grandes.

¿Y nosotros? Nosotros, los hombres, somos pequeños si nos comparamos con el mundo, que es grande.

Por eso, para conseguir una parte de esa grandeza, necesitamos formar parte de ella, estar en armonía interior con el universo.

Nuestro espíritu tiene que estar cerca del espíritu del bosque y así formar parte de él, del árbol, del mundo.

Así los iniciados estamos en armonía con la naturaleza. ¿Lo entiendes, hijo?

La verdad es que no había entendido casi nada. Pero no me atreví a decirlo, claro.

—Más o menos —mentí—. Pero dime, Henri, ¿todas las personas pueden ser eso que dices, iniciados?

—Bueno, bueno —fue diciendo mientras movía su cabeza de un lado a otro—; para ser un iniciado en esta sabiduría de la eternidad hay que ser una persona pura y valiente.

Hay que limpiar bien el cuerpo y la mente de todo aquello que nos une solo a lo humano, para así podernos juntar mejor con la naturaleza y con el espíritu universal.

—¿Y cómo se consigue eso? Yo me ducho todos los días. Mi cuerpo está limpio. Y mi mente no tiene malos pensamientos. No pienso ni en robar ni en matar. Entonces, es como si estuviera iniciado, ¿no?

—Ja, ja —se rio Henri sin contemplaciones—. No tiene nada que ver con lavar la piel con jabón perfumado como haces tú. Eso solo se puede conseguir con el bwiti.

Volvió a salir de su boca aquella palabra misteriosa que por la mañana había oído en el poblado, sin saber a qué se referían y sin sentir ningún interés sobre ella, la verdad.

Ahora todo era muy diferente. Es extraño cómo algo que no existe para nosotros, en un minuto se puede convertir en el centro de nuestra existencia y de nuestra curiosidad.

—¿Y qué es el bwiti, Henri?

—El bwiti. Bueno, no sé si debo o no contártelo.

No sé qué diría el patrón si te lo cuento y se entera —dijo mientras miraba mi mirada expectante, que le debió convencer de que sí podía contármelo, porque prosiguió—.

Bueno, verás, el bwiti es el rito a través del cual una persona normal puede convertirse en un iniciado.

¿Ves este árbol? —Henri me mostró un viejo ejemplar lleno de ramas retorcidas, de tronco nudoso y con unas raíces tan poderosas que se salían de la tierra—.

Es el iboga, sus raíces contienen la madera sagrada que el candidato debe comer.

Esta madera le purificará el cuerpo y así podrá empezar a entrar en armonía con el propio árbol y con el bosque.

¿Había que tragar madera para convertirse en iniciado?

¡Qué asco! ¡Me daban arcadas solo de pensarlo!

¿Cómo podían hacer eso? Yo no me creía todo aquello de estar en armonía con la naturaleza por comer serrín.

Era algo que escapaba a mi mentalidad europea, demasiado europea todavía, y a lo que había aprendido en las clases de física y química del instituto.

Mientras yo iba pensando con náuseas en lo que Henri me había dicho, sacó su machete y limó una pequeña parte de la raíz de aquel centenario árbol.

La guardó en un saquete de tela que alguna vez había sido blanca y que reconocí como el mismo en que había metido la corteza que había raspado del árbol caído el día anterior.

Luego se acercó a una planta de anchas hojas que crecía a la orilla del arroyo, junto al salto de agua donde yo había querido bañarme.

Partió una de las hojas por la mitad y la guardó en la misma bolsa.

Después repitió la operación en otros árboles de la misma especie que el primero.

—Cojo pequeños trozos de diferentes árboles para no molestar excesivamente a ninguno de ellos.

Son sensibles. —Me sonrió mientras me lo decía.

Luego cerró el saco lleno ya de madera sagrada y de plantas.

Me rodeó los hombros con su poderoso aunque delgado brazo y comentó así como quien no quiere la cosa—: ¿Sabías que tu padre también fue un iniciado?

Me quedé con la boca abierta. Aquella afirmación lo cambiaba todo.

Si mi padre se creía esas cosas, no eran tan absurdas como yo estaba pensando.

¿O es que todo el mundo se había vuelto loco?

¿Mi padre también había tragado madera? A él le gustaba la buena comida.

No podía imaginármelo comiendo de aquella corteza que se convertiría en serrín.

Tampoco entraba en mi lógica que papá creyese en todas aquellas cosas tan extrañas que me había relatado Henri. Estaba perplejo.

—Tu padre era un hombre curioso y sabio.

Quería conocer nuestras costumbres a fondo.

Deseaba que su espíritu entrase dentro del espíritu del bosque.

Asistió a varias ceremonias del bwiti y participó en una de ellas.

Llegó a comer la madera sagrada y cumplió con los ritos de la primera fase de la iniciación.

Así que podemos decir que fue un iniciado.

Ahora su alma está aquí, entre los árboles.

Está en el aire que respiramos, en la brisa que nos traen todas las hojas que por aquí ves cuando se mueven.

Miré a mi alrededor, oí la voz de los ríos y el murmullo de las hojas con el viento a su través.

En esos sonidos estaba la inolvidable sonrisa de mi padre, sin duda.

Pero riéndose de la cara que yo estaba poniendo al escuchar todo aquello que en ese momento me estaba pareciendo disparatado.

Entonces recordé que Henri había hablado solo de la primera fase del bwiti.

¿Había más fases? ¿Se tenía que hacer algo más que comer madera?

A mí aquello ya me parecía mucho, así que pregunté:

—¿Cuántas fases hay que pasar para ser un completo iniciado? ¿En qué consisten las demás? ¿Qué? ¿Hay que comer carne de serpiente venenosa o algo así?

Henri me sonrió mostrando sus blanquísimos dientes y me dijo con aire misterioso:

—Benjamín, no quieras saberlo todo. África tiene muchos secretos y algunos tienen que quedar guardados.

Tragué saliva y muchas cosas pasaron por mi mente, pero decidí no atreverme a dar rienda suelta a mi imaginación, por si acaso volaba hacia senderos demasiado secretos y demasiado peligrosos.

En silencio fuimos volviendo a la casa. Yo trataba de imaginarme el bwiti, al menos en su primera fase. De repente, y cuando divisamos al tío, que estaba intentando poner en marcha uno de los camiones que se había atascado en un barrizal, Henri me sorprendió con estas palabras:

—Anda, pregunta a Sebastián si puedes venir a la ceremonia de esta noche. Para un blanco la primera vez es siempre algo muy especial.