El medallón perdido 13. El trabajo de Sebastián
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13. El trabajo de Sebastián

El trabajo de Sebastián

C omo mamá no hablaba mucho de las actividades de mi tío ni del abuelo, pues la verdad es que yo no sabía muy bien a qué se dedicaban.

Sabía que el abuelo tenía dinero, pasión por los coches y un par de casas, además de varios negocios.

También sabía que su patrimonio provenía de África, que todo su capital había comenzado allí y que tenía que ver con las maderas, pero desconocía cuál era exactamente el trabajo que proporcionaba el dinero del que mamá y yo también nos aprovechábamos, aunque a mamá le costase mucho reconocerlo.

Lo supe unos diez días después de llegar a Gabón.

Sebastián me despertó una mañana de mis sueños y me dijo:

—Hala, Benjamín, súbete al todoterreno, que vamos a trabajar.

—¿A trabajar? Tío, que estoy de vacaciones. No me hagas madrugar, que tengo sueño.

—Vamos, no me seas perezoso, hoy vas a venir conmigo. Te voy a enseñar algo que te gustará.

—¿No podemos ir más tarde? Casi es de noche, mira la ventana.

Déjame dormir un poco más. —Me hacía el remolón todas las mañanas; también en casa mi madre tenía que insistir para que me levantara.

En África, el calor todavía me daba más sueño, así que levantarme temprano me parecía una tarea ardua y terrible.

—No podemos ir más tarde. Venga, levanta. Henri nos espera en el coche.

Ese día no me dio tiempo de tomarme los maravillosos desayunos de Lise, así que me bebí un vaso de leche, me tomé un par de frutas y un trozo de pan, me lavé los dientes y, hala, al auto a ver qué me esperaba.

Entramos en la selva por una carretera sin asfaltar mientras iba amaneciendo.

La verdad es que allí no había ninguna carretera asfaltada.

Era un camino de tierra limitado por los árboles.

El coche pegaba unos saltos que me hacía dar tales botes que pensé que mi cabeza iba a pegar con el techo e iba a agujerearlo.

Henri conducía sin carné. Ninguno de los hombres tenía licencia para conducir salvo mi tío, pero lo hacían.

Parecía que en cualquier momento podíamos volcar.

Yo iba sentado en el asiento de atrás y me agarraba con manos y pies al de delante.

Aun con todo, mi cuerpo danzaba dentro del auto como el desayuno lo debía estar haciendo dentro de mi sufrido estómago; ambos, cuerpo y comida, amenazábamos con salir, por alguna ventanilla el uno, por donde había entrado la otra.

Después de media hora de saltos y bailes, y sin oír una palabra de lo que, a juzgar por el movimiento de sus labios, iban hablando Sebastián y Henri, llegamos a nuestro destino.

Por fin conocería el origen de la fortuna familiar y, lo que era más importante, el lugar donde trabajaba mi tío y donde había trabajado mi padre.

Bajamos del coche y nos adentramos en el bosque durante diez minutos.

Había un sendero que se abría entre los árboles, y por él fuimos caminando.

Poco a poco fuimos oyendo voces que iban subiendo de volumen a medida que nos íbamos acercando.

Al fin, la maleza hizo un claro y divisamos a algunos hombres.

—Ya ves, Benja, llegamos tarde. Todos han llegado antes que nosotros. Hay que madrugar más —dijo mi tío. Él era el patrón y debía dar ejemplo de puntualidad, y aquel día no lo había conseguido por culpa de mi pereza.

—Buenos días, patrón.

—Buenos días, señor.

—Hola, Sebastián.

Todos los hombres fueron saludando. Mi tío me los presentó.

A algunos los tenía vistos del poblado y de la casa.

A otros no. Allí estaban Pierre, Pascal, Roland y Marcel.

Luego llegarían Antoine, Charles y Ricard.

Todos me sonrieron y se mostraron muy amables conmigo.

Era el hijo de Pablo, al que habían querido y admirado.

Eso era suficiente para que les cayera simpático.

Me dieron la mano casi todos, pero Pascal y Marcel me abrazaron.

Ellos habían tenido, según supe después, una relación muy especial con papá.

Tenían más o menos su misma edad y, cuando mi padre llegó de niño, habían jugado juntos.

Desde entonces, habían sido muy amigos y, aunque uno era el jefe y los otros trabajaban para él, su relación era de una sincera amistad.

Lo mismo pasaba con Sebastián. Era el patrón, pero enseguida noté que los unían unos lazos de lealtad y de respeto mutuos que me emocionaron.

Pascal me fue explicando en qué consistía el trabajo: cortaban árboles para exportar a Europa.

Una de las mayores riquezas de Gabón es su madera, y mi familia poseía una explotación forestal en el corazón de su selva.

Mi abuelo había conseguido hacía años un permiso especial para la tala de árboles en aquella zona.

El trabajo se llevaba a cabo de una manera muy rigurosa.

No se talaba de forma indiscriminada, como yo había visto en algunos documentales de televisión que se hace en muchos lugares de África y de América.

Allí, según me explicaba Pascal, se seleccionaban cuidadosamente los árboles que iban a ser cortados, uno cada muchos metros cuadrados; luego se estudiaba la trayectoria que iba a seguir su caída para evitar que con ella destrozara a otros árboles; después se procedía a la tala; más tarde se limpiaba el terreno y se quitaban las raíces para luego poder plantar un arbolillo que crecería en el mismo lugar del árbol cortado.

De esa manera, no se producía la deforestación que tan peligrosa es para el medio ambiente de todo el mundo.

El abuelo me había contado esto meses atrás, pero yo no me lo acababa de creer.

Pensaba que era una manera de justificar su negocio.

Pero no. Lo pude comprobar sobre el terreno.

Me quedé muy satisfecho y orgulloso de mi familia, al saber que respetaba la naturaleza tanto como era posible.

De hecho, y según me explicó mi tío, nuestra explotación había obtenido varios reconocimientos oficiales del Gobierno gabonés por ser la más respetuosa con el bosque.

—Mira, Benjamín —me dijo mi tío—, ¿sabrías reconocer qué madera sale de este árbol?

Me enseñaba un tronco ya cortado, que mostraba una corteza completamente blanca y brillante.

—Pues no sé, tío. No tengo ni idea. Así, una madera tan blanca... Lo que seguro que no es, es ébano, ¿no?, que es completamente negro.

—Respuesta incorrecta, sobrino. Lo que seguro que sí es, es ébano —contestó—. A que nunca lo habrías adivinado, ¿eh?

—Pero si el ébano es negro, ¿me tomas el pelo? —le repliqué.

—Cierto, la madera de ébano es negra como el azabache de las minas de Asturias, pero la corteza del árbol es blanca.

Mira. —Y empezó con su machete a rasparla hasta que apareció debajo de la madera blanca un brillo oscuro—.

Ahí tienes el ébano, escondido bajo este manto.

¿Quién lo iba a decir? Siempre me he preguntado qué pensarían los primeros hombres que encontraran este tesoro debajo de una corteza tan poco atractiva.

—Es alucinante, tío. Parece que todo el tronco tuviera que tener una madera blanca, y luego sale tan negra, y tan dura. Qué extraño. Parece una cosa y luego resulta que es todo lo contrario.

—Parece una cosa y luego resulta que es todo lo contrario —repitió Sebastián—. Eso pasa con muchas cosas en la vida, Benjamín; casi nada es lo que parece. Ni siquiera tú eres lo que pareces.

—¿Que yo no soy lo que parezco? ¿Qué quieres decir con eso? —le pregunté.

—Pues que nunca llegamos a conocernos bien. Tenemos una idea de nosotros mismos y vivimos con ella, hasta que un día, de pronto, nos damos cuenta de que estábamos equivocados y de que no éramos aquella persona que creíamos ser.

—¡Ay, tío! Cuando te pones tan filosófico, no te entiendo. Yo sé quién soy y qué quiero. Claro que me conozco.

—No, Benja, sabes quién eres ahora, en este instante, pero no sabes quién serás dentro de un minuto. No sabes cómo te comportarás dentro de una semana. No sabes nada de nada.

—Pero, tío...

—Nada de nada. Mira estos árboles que nos rodean.

Son grandes, ¿eh? ¿Habías visto, habías imaginado siquiera lo grande que un árbol podía llegar a ser?

No, ¿verdad? Pues ya ves, ni entre Pascal, Henri, Marcel, tú y yo podríamos rodear este.

—Y me señaló un moaví que estaba a nuestro lado y que era uno de esos árboles gigantes, parecidos a los secoyas que yo había estudiado en la escuela—.

Los árboles son grandes. El bosque es grande: aunque cortemos algunos de sus árboles, el bosque siempre estará ahí, siempre será bosque.

Pero nosotros ahora somos de una manera, pero luego seremos de otra.

Los humanos cambiamos y no somos siempre como parecemos.

—Pero seguiremos siendo humanos, aunque cambiemos, tío.

—Sí, Benjamín, pero no seremos el mismo ser humano siempre. No siempre somos el mismo. No siempre somos lo que parecemos, somos como el ébano.

La verdad es que mi tío se había ido a unos terrenos demasiado elevados para mis quince años, y no entendía muy bien lo que decía. No lo entendí en aquel momento, aunque sí que lo hice unos días después, cuando comprendí que había sido capaz de hacer algo que nunca habría ni siquiera imaginado.

—¡Árbol va! —gritó Roland, poco antes de que cayera uno de los árboles gigantes que estaba cortando junto con Marcel y Ricard.

Me pareció que temblaba la tierra cuando el gigante se desplomó a pocos metros de mis pies.

Lo que hasta hacía poco se levantaba majestuoso, yacía ahora allí, inerte, esperando a ser recogido para ser trasladado y convertido en un mueble.

Me acordé de lo que me contó mi tío en el taxi cuando íbamos desde mi casa de Madrid al aeropuerto.

Recordé el episodio del leopardo que habían cazado él y papá, y del que se habían extraído las muelas que se habían convertido en los medallones, en el medallón que yo andaba buscando.

Sebastián y mi padre habían sentido pena por el animal muerto, igual que yo sentía ahora una extraña compasión por el árbol yacente, que dentro de unos meses sería una mesa en alguna casa rica, igual que una parte del felino pendía del cuello de mi tío y la otra estaba en algún lugar de las Montañas de Cristal.

Henri me sacó de mi ensimismamiento.

—Rasparé un poco de esta madera para la ceremonia de mañana.

—¿Qué ceremonia? —pregunté yo.

—¡Ah! Sorpresa. Mañana te lo contaré. Ahora ayuda a los demás a atar ese otro tronco de ahí para cargarlo en el camión. Todas las manos son pocas.

Y ya lo creo que lo eran, se necesitaban más de quince hombres para mover aquel árbol, así que tuve que concentrar todas mis fuerzas en mis brazos y dejé de pensar en lo de antes.

Ahora ya solo pensaba en mis manos, a las que les estaban saliendo ampollas.

Tan poco acostumbrado estaba yo a los trabajos manuales.

Me había quedado un poco mosca con eso de la ceremonia y de raspar la madera. ¿Sería alguna madera aromática que utilizarían como ambientador? No, no lo era. Al día siguiente me enteré. ¡Y bien que me enteré!