12. Una historia de amor de Sebastián
Una historia de amor de Sebastián
P asaron tres días sin ver a Sandrine. Para colmo, mi tío tenía mucho trabajo y de ir a las Montañas de Cristal a buscar el medallón no quería ni oír hablar.
Así que estaba de muy mal humor y decidí escribirle a Almudena para contarle cosas sobre mi vida en África.
Por supuesto, sin mencionar a Sandrine. Estaba enfrascado en el ordenador, cuando entró mi tío.
—¿Qué, otra vez mandando un emilio a tu Almudena?
—me preguntó Sebastián, con un cierto toque de ironía mal disimulada.
Con lo del emilio se refería a un e-mail, claro; él los llamaba de esa manera.
Decía que le recordaba a un antiguo profesor suyo de matemáticas que se llamaba así y que decía que en el futuro las computadoras harían maravillas.
—Sí, tío. Ya le he mandado un montón de mensajes, pero ella solo me ha enviado uno para decirme que por fin se iba de vacaciones a los Pirineos en vez de a la playa.
Me temo que no le gusto demasiado; si no, me escribiría más.
En fin, al menos, eso tenemos ahora en común: ambos estamos cerca de una montaña.
En este le digo que pronto empezaremos nuestra expedición para recuperar el medallón.
—Te gusta mucho Almudena, ¿eh? —inquirió con una curiosidad que yo no sabía si era cariñosa o sarcástica—. ¿Y Sandrine? ¿Qué me dices de Sandrine? Es guapa, ¿eh?
—Jo, sí, Sandrine es preciosa y tiene algo muy especial; es como un imán que te atrae hacia ella sin remedio.
Es magnética. Me gusta mucho, quizás demasiado, pienso en ella a todas horas, bueno, a casi todas, porque también está Almudena, que me gusta un montón.
Lo malo es que no soy el único. A todos los chicos de la clase les va Almu.
Es guapilla, simpática, ayuda con los problemas de física, no comete faltas de ortografía, salta más y corre más que muchos de los chicos. .. En fin, tío, que es perfecta.
—Nadie es perfecto. Ni siquiera tu Almudena. Seguro que se cree maravillosa, con todas esas cualidades de que hablas.
Seguí notando ese tono irónico con que Sebastián decoraba alguno de sus comentarios. Y no me gustó su manera de hablar de Almudena, aunque yo estuviera empezando a estar colado por Sandrine. Era como cuando alguien me llamaba pequeño. Así que le dije sin morderme la lengua y muy enfadado:
—¿Qué? Eso lo dices porque en realidad tú nunca has estado enamorado, ni siquiera de aquella chica de tu colegio.
Por eso te refugias en la selva, con los animales y el trabajo, porque en el fondo no eres capaz de querer a nadie.
Solo te quieres a ti mismo; eso dice mamá, y ahora veo que tiene razón.
Eres un egoísta, y por eso no puedes entender mis sentimientos por Almudena o por Sandrine.
—Estaba hecho un lío, enfadado e irritado conmigo y con mi tío.
Desconecté el ordenador y el mensaje se quedó sin mandar.
Sebastián se quedó callado. Lise, que entraba en aquel momento a preguntar si podía servir la cena, se quedó muda en la puerta. Yo me había enfrentado al patrón, un pequeñajo estúpido había sido capaz de juzgar y de gritar a Sebastián. Aquello no era natural, y Lise se había quedado de piedra.
Sebastián me miró con tal dureza primero, que pensé que me iba a soltar la bofetada que sin duda habría merecido.
Luego se dio la vuelta y salió de la habitación con las manos enlazadas detrás de la espalda y con paso firme pero melancólico.
Cuando llegó a la puerta, se giró, volvió a mirarme, mientras su medallón se movía de un lado a otro de su pecho peludo.
Ya sin cólera, y con los ojos entristecidos, me dijo:
—Benjamín, lo tuyo por Almudena seguro que es muy bonito.
Está bien estar enamorado. Yo lo estuve una vez, ya te lo conté.
Pero aquello no funcionó. En cualquier caso, entiende bien esto: la selva no tiene la culpa, ni yo me refugio en ella.
La selva es grande y el amor también. Solo que a veces no son compatibles dos cosas tan grandes.
En aquellos momentos no entendí muy bien lo que quiso decir Sebastián.
Tan sorprendido estaba de que no estuviera enfadado después de mi tonta salida de tono, que no podía profundizar en el sentido verdadero de sus palabras.
Pero no tardaría en enterarme de la misteriosa historia de amor de Sebastián.
Por supuesto que él era capaz de querer.
A mí me quería, y mucho, y a Henri. ¿Por qué no iba a poder amar a una mujer?
Aún no sé cómo fui capaz de decirle todas aquellas barbaridades a mi tío, que día a día me demostraba su calor y amistad.
Y que incluso iba a organizar una peligrosa expedición para concederme el deseo de recuperar el medallón de mi padre.
Reconozco que fui un bruto, pero no me gustaba la ironía con la que me hablaba de Almu, quien hasta entonces me había gustado más que comer patatas fritas en una hamburguesería.
Era la primera chica que me había hecho caso, muy poco caso, eso sí, pero yo todavía estaba medio embobado con ella.
(La otra mitad de mí estaba embobado con Sandrine, claro.
..). Por esa razón no soportaba las sonrisitas y el tono de Sebastián.
No comprendía que debajo de aquella armadura satírica ante todo lo que le oliera a historia de amor se escondían heridas profundas y aún no del todo cicatrizadas.
A alguien había amado, y mucho, Sebastián.
Por alguien había apostado fuerte y había perdido.
Pero ¿por quién? ¿Qué había pasado para que él estuviera tan resentido y tan reacio ante el amor?
Cuando Lise volvió con la sopera y vio que Sebastián no estaba en el comedor, preguntó:
—¿No cenará tu tío contigo hoy?
—No, Lise. Se ha enfadado. Tú oíste lo que pasó, ¿verdad?
—No me quedó más remedio. Entraba en ese momento.
Pero hubiera preferido no haberlo oído. No está bien que un chico como tú hable de esa manera a su tío.
Él se merece tu respeto, es un hombre mayor que tú y tiene tu misma sangre; solo por eso le debes respeto.
Sin contar que, además, estás en su casa y te da de comer.
Por no mencionar que un día de estos te llevará a cumplir tu capricho de subir la montaña.
Lise tenía razón. Yo me había pasado y quería pedirle perdón a Sebastián, pero me daba vergüenza dar mi brazo a torcer.
Mi orgullo también estaba herido. Él se había metido con Almudena, y aquello no había estado bien.
Pero ¿cómo se sentiría él en aquellos momentos, después de lo que yo había soltado por mi boca?
—Deberías disculparte y pedirle que se siente a cenar contigo, Benjamín.
Estos días son importantes para ambos. No debes dejar que se vaya a la cama sumido en la tristeza por haber discutido contigo, precisamente contigo, el hijo de su hermano muerto en el lugar hacia el que vais a ir pronto.
No está bien, traería mala suerte, estoy segura.
Además, Sebastián te perdonará enseguida.
Tiene un corazón noble. Pero debes aprender a no herirle.
¿Sabes? Los animales de la selva, cuando están heridos, huyen o atacan.
Tu tío es de los que huyen porque no quiere que nadie le vea mal.
A veces no nos damos cuenta, pero nuestras palabras pueden hacer mucho daño a los demás, y si esos demás son gente a la que queremos, nos hacemos daño también a nosotros mismos.
Así que esas palabras acaban no beneficiando a nadie. ¡Cuánto te queda por aprender, pequeño!
Así terminó Lise de hablar, y aquella vez no me importó que alguien me llamara pequeño.
Realmente me había comportado como un crío que devuelve la pelota sin pararla para lanzarla en la dirección correcta.
Me había metido un gol en propia puerta.
Al intentar dañar a Sebastián, me había lastimado también yo, y ahora los dos estábamos hechos polvo. ¿Cómo podía remediarlo?
—¿No crees que estará muy enfadado conmigo? —le pregunté a aquella mujer tan sabia que era nuestra cocinera.
—Motivos tiene, pero no es rencoroso. Y te quiere. Ve y habla con él —me dijo mientras me empujaba con su sonrisa hacia la puerta por la que había salido Sebastián.
Me levanté para salir al porche. Allí estaba mi tío en el balancín, mirando el sol que se ponía rojo en el horizonte, sobre el lago y sobre los árboles. Era un hermoso atardecer, como todos los que viví en África aquel verano.
—Tío, ¿puedo sentarme contigo?
No contestó con palabras. Solo me miró y me sonrió, de esa manera como solo él podía sonreír.
Me senté junto a él. Sus ojos estaban humedecidos, nunca supe si por haber mirado fijamente al sol o si por haber estado recordando algo que había hecho que le saliesen lágrimas.
Con él nunca llegaba a saberse todo lo que pensaba.
—He sido un imbécil, tío. Perdóname, por favor. No quiero que nada me aleje de ti. Ni siquiera tu opinión sobre Almudena.
Me rodeó con su brazo y me atrajo hacia él, abrazándome con fuerza y apoyando su cabeza en la mía.
—No hay nada que perdonar. Seguramente tienes razón.
Aquí me tienes, un hombre fuerte, con éxito, respetado; lo que se dice un ganador.
Un ganador que no ha sido capaz de retener a su lado a la única mujer a la que ha querido.
¿Sabes? Ella estuvo aquí, sentada en el mismo lugar en el que ahora estás tú.
La traje para que conociera esto, para que experimentara lo que era mi vida.
Al principio quedó fascinada, como tú, por la belleza del bosque, por los atardeceres rojos como este, por los sonidos de la selva.
Pero luego empezó a parecerle que todos los días eran demasiado iguales.
Estaba acostumbrada al bullicio de la gran ciudad.
No pudo soportar el silencio y la música natural de África.
Un día me pidió que la llevara a Libreville; cogió su maleta, se marchó y no regresó jamás. Hace ya quince años de aquello.
—¿Y no has sabido nada de ella desde entonces? —le pregunté.
—Claro que sí, ¿no te acuerdas del jarabe de rosas?
Lo hace ella. Nos vemos una o dos veces al año, y cada vez ella me regala una botella de ese mágico elixir.
Cuando lo bebo, es como tenerla cerca. Pero entre nosotros solo queda amistad.
Otra cosa fue imposible. Ya te lo conté.
La selva y el amor no han sido compatibles en mi vida.
—¿La sigues queriendo, Sebastián? —me atreví a decirle.
Me miró con sus grandes ojos todavía humedecidos.
Y me contestó con su silencio. Pero yo entendí, de enamorado a enamorado, que todavía la amaba; y deseé que algún día aquella mujer volviera para recuperar la parte que de ella, seguro, había quedado en África.
Nadie podía quedarse indiferente después de haber experimentado una parte, aunque fuera pequeña, de la vida en el continente.
Eres una persona cuando llegas y otra muy distinta cuando te vas.
Eso me pasó a mí, y estaba seguro de que lo mismo le había ocurrido a ella.
—¿Cómo se llama? —pregunté curioso. Necesitaba darle un nombre a esa mujer en la que un hombre como mi tío seguía pensando después de tantos años.
—Ángela, que quiere decir «la mensajera de Dios», ¿lo sabías?
Le dije que no lo sabía, pero le mentí. Me lo habían enseñado en la escuela.
Pero en boca de Sebastián era como algo nuevo; y a mí me gustaba que él me enseñara cosas.
Incluso lo que ya conocía, enseñado por él se convertía en algo completamente inédito.
Era como mi vida, que en su compañía yo aprendía a ver con otros ojos; como el recuerdo de mi padre y como aquella puesta de sol en aquella tarde en que supe que Sebastián todavía seguía enamorado de Ángela, fuera quien fuera quien se escondía detrás de aquel nombre.
Le miré y vi su medallón, que asomaba por encima de su camisa abierta. Pensaba tanto en Sandrine que en los últimos días el medallón había pasado a un segundo plano. Aquella discusión me lo había devuelto al pensamiento de tal manera que sentía que debía encontrarlo pronto.
—Tío, me llevarás a rescatar el medallón de papá, ¿verdad?
—Sí, Benjamín, dentro de unos días subiremos a las Montañas de Cristal.
—¿Me lo prometes?
—No, nada de promesas. Ya te lo dije. Pero iremos. Te lo aseguro.