11. La cueva de Sandrine #2
No contesté. Solo la miré y, con un impulso salido de no sé dónde, le acaricié la mejilla.
Retiró rápidamente su cara y me siguió mostrando más y más frascos.
Encima de una mesa hecha con cajas de bebidas que había cogido de la cocina de casa, tenía un espejo y varias cazuelas donde destilaba las hierbas.
Bajo la luz de las antorchas, aquel escondite parecía una mezcla entre la cueva de Alí Babá y la de alguna brujilla medieval, cuyo tesoro eran los colores de los frascos y los olores que de ellos emanaban.
Ah, y su propietaria, que era el mayor tesoro de la cueva y de todo lo que yo conocía.
¿Incluida la escuela y Almudena? No me atreví a pensar en Almudena allí, sentí que si lo hacía profanaba algo sagrado, aunque no sabía muy bien el qué: si atentaba contra lo que hasta entonces creía que era mi amor por Almudena o contra mi fascinación por Sandrine; o quizás contra mi fascinación por Almudena o contra mi amor por Sandrine.
En fin, que estaba hecho un lío más gordo que los árboles gigantes de aquel bosque.
Tanto follón tenía en mi cabeza que no me di cuenta de que algo se me estaba acercando peligrosamente a un pie.
—Benjamín —dijo Sandrine dejando de mirar uno de los frascos para mirar algo tan poco atractivo como la bota que me cubría el pie—, no te muevas.
Quédate ahí quietecito, ¿vale? No digas nada, no hables.
—Ella lo hacía en un susurro. Cogió muy lentamente una de las antorchas que estaba a la altura de su mano y con un movimiento rápido me atizó con ella en la bota.
Yo no entendía nada. En un segundo de lucidez pensé que podía ser un acto de brujería, pero no.
—Pero ¿qué haces? —le pregunté al ver fuego en mis pantalones de marca, que se habían chamuscado.
—Nada, tenías una víbora encima de la bota, a punto de meterse entre el pantalón y el calcetín; casi seguro que habría llegado donde desaparece tu calcetín y solo tienes carne. Te habría dado un mordisco pequeño, pero habrías gritado tanto que nos habrían oído desde la casa.
La miré con grandes ojos. Intuyó mi pregunta, como solía hacer Sebastián, y antes de que yo preguntara me contestó:
—Sí, sí, claro que era venenosa. Casi todas las víboras lo son, especialmente estas pequeñas de río, por eso hay que espantarlas con fuego. Ya no volverá por aquí, al menos de momento.
—Pero ¿y si me llega a morder? ¿Y cuando estás tú aquí sola? ¿No te da miedo que te muerda alguna mientras tú estás entretenida con tus perfumes?
—Benja, guapo, esto es la selva, y en la selva hay que estar al acecho constantemente, dentro y fuera de las cuevas o de las casas.
Una serpiente puede estar en cualquier sitio.
—Debí poner tal cara de susto que intentó tranquilizarme—.
Pero no te preocupes, hombre, si me muerde una cuando estoy aquí sola, o si te hubiera mordido a ti, hay solución.
Mira este frasquito: es un antídoto contra las picaduras de víboras.
Se inyecta rápidamente con esta jeringuilla y ya está. No pasa nada. Me lo dio tu padre.
Miré cuidadosamente el frasquito. Recordé que mamá tenía obsesión por las fechas de caducidad. Me entró un escalofrío. ¡Hacía año y medio que el antídoto estaba caducado!
—Sandrine, está pasado, caducado. No habría servido de nada. ¡Me habría muerto!
Lo miró detenidamente, leyó los números y dijo:
—Vaya, es verdad. Bueno, habríamos gritado y alguien habría venido.
Teníamos suficiente tiempo incluso para ir a casa e inyectarte otro.
No pasa nada, Benjamín. Esto es la jungla y hay serpientes.
Además, mira, estas hierbas tienen el mismo poder contra las mordeduras, me las dio Henri y no están caducadas.
.. Son más lentas, pero funcionan. Así que tranquilo, no pasa nada.
Parecía que para Sandrine nunca pasaba nada.
Estaba demasiado acostumbrada a vivir situaciones límite, y el peligro le parecía algo cotidiano y natural.
Yo estaba, en cambio, habituado a una vida demasiado segura y fácil, y cualquier detalle insignificante me parecía un mundo.
¿O no eran detalles tan insignificantes?
Volvimos hacia la casa; iba medio mareado y ella se reía un poco de mí. Creo que lo hacía para quitarle importancia al incidente, pero seguramente también estaba un poco asustada. De hecho, en cuanto vio a Sebastián, que ya había vuelto del trabajo, le mostró el viejo frasco y le dijo:
—Sebastián, necesito un frasquito como este, pero nuevo. Mira, está caducado desde hace tiempo.
—Mmm. Menos mal que no lo habéis tenido que usar —nos miró con un cierto aire de sospecha en los ojos—.
Ven, entra, en el despacho hay varios, te daré uno y lo guardas en el bolsillo por si acaso.
Pero mira bien por dónde pisas. Y tú, Benjamín, los ojos siempre bien abiertos.
Hay muchas víboras venenosas en las zonas húmedas, son pequeñas y casi no se ven.
Lleva siempre un bastón cuando vayas por allí, y el antídoto en el bolsillo, por si acaso.
Pero será mejor que no vayáis por esa parte del bosque, es peligrosa, oscura, y aunque gritéis no se os puede oír desde aquí.
O sea, que habíamos estado en real peligro. Me tuve que sentar para no caerme del susto.