11. La cueva de Sandrine
La cueva de Sandrine
E stuve tres días sin ver a Sandrine. ¿Dónde estaría? La buscaba en la cocina, en el bosquecillo por el que desapareció, incluso en casa de Lise. Pero ni rastro. Le pregunté a su madre por ella.
—¡Ah! ¿Quién sabe dónde estará? Desde el accidente se volvió una chica solitaria y enigmática. Pasa el día por ahí afuera después de ayudar a sus hermanos y organizar la casa. Yo no le veo el pelo hasta la noche. Es así todos los veranos cuando vuelve.
—¿Cuando vuelve? ¿De dónde? —Me sorprendió el comentario, ¿acaso Sandrine no vivía permanentemente en la aldea?
—Del colegio. Es una chica lista. Estudia lejos, en Francia.
¿No te has dado cuenta de que habla francés sin acento africano, así como muy fino?
Tu tío paga el internado y los viajes desde hace dos años.
Sebastián está haciendo por Sandrine lo que pensaba hacer tu padre y que tantas veces nos decía: «Cuando sea mayor, la mandaremos a estudiar a Europa, ¿qué te parece, Lise?
». Y a mí me parecía bien, especialmente después de lo de su pierna.
Aquí los hombres quieren esposas fuertes que puedan trabajar duro con los animales y en el huerto.
Sandrine no es tan fuerte y le sería difícil conseguir un buen hombre aquí.
En cambio, con estudios puede encontrar a alguien en la ciudad o podrá ganarse la vida sola sin tener que depender de nadie que un día le pueda echar en cara su defecto y que la haga sentir inútil.
Algunos hombres pueden ser muy crueles, ¿sabes?
—¿Hacerla sentir inútil? ¿A ella? Eso es imposible —respondí enérgicamente.
Me levanté de donde estaba y me salí al porche.
Desde allí se veía el bosquecillo. Pensé pedirle permiso a Lise otra vez para ir a su casa, a ver si allí estaba Sandrine, pero no hizo falta.
De pronto, y como si hubiera intuido que habíamos hablado de ella, apareció entre los árboles.
Esta vez traía un bastón en la mano derecha que apenas apoyaba en el suelo.
Se lo había hecho mi padre con madera del bosque, según supe después.
Se fue acercando hacia mí. Llevaba el pelo de la misma manera que el primer día, pero se había cambiado de vestido.
Ahora llevaba uno de color rojo con hilos dorados en el cuello y sin mangas. Estaba preciosa.
—Hola, Benjamín, ¿cómo estás? No te aburrirás por aquí. Siempre hay cosas que hacer o que contemplar. Espero que no seas de esos que necesitan ver la tele o jugar con el ordenador para poder pasar el día.
—Hola, Sandrine. No, no me aburro. Siempre hago algo, miro el paisaje, pinto, esculpo figuras con la madera o con los cocos, paseo, hablo con la gente. Es casi imposible que me aburra... ¡Qué bien hueles, Sandrine!
—¿Te lo parece? Es esencia de una flor amarilla que crece en la selva.
No sé cómo se llama, pero da igual. Huele muy bien.
La he destilado yo misma. ¿Te gusta? De mayor quiero ser perfumista.
Con el colegio me llevaron a una fábrica de perfumes cerca de Toulouse, nos explicaron todo el proceso, y a partir de aquel momento decidí que en el futuro viviría en París y que haría perfumes.
—También en Madrid podrías hacer perfumes.
No sé por qué lo dije, ni cómo se me pusieron en los labios esas palabras, pero lo dije. Acto seguido, me puse rojo como el vestido de Sandrine, pero si lo notó, no dijo nada. Además era discreta.
—¿En Madrid? Yo no sé hablar español. Me tendrías que enseñar. —Me miró con los ojos muy brillantes, o al menos a mí así me lo pareció. De pronto, me cogió de la mano, me hizo levantarme y me dijo—: De momento, soy yo quien te va a enseñar algo. Ponte las botas de agua y ven conmigo.
Por alguna razón no podía dejar de hacer lo que ella decía y la acompañé sin ni siquiera preguntar adónde íbamos.
—Lise, ha venido Sandrine, me voy con ella un rato —grité desde el porche mientras me quitaba las deportivas y me ponía las botas altas. Lise salió secándose las manos con un paño blanco.
—Ah, Sandrine, Benjamín preguntaba por ti hace un momento. Pasadlo bien y tened cuidado.
Me volví a poner rojo como un tomate. Ahora Sandrine ya sabía que yo había estado pensando en ella y que incluso había formado parte de una conversación entre su madre y yo.
Enseguida supe por qué había traído su bastón.
Entramos en el bosquecillo, pero pronto salimos de él para bordear parte del lago y vadearlo por uno de los arroyos que a él llegaban.
Entramos en plena selva, en una zona desconocida para mí.
La tierra estaba muy húmeda y se hundía bajo nuestros pies, especialmente bajo mis pesadas botas.
Sandrine se ayudaba del bastón para caminar mejor.
No decía nada. ¿Qué sería aquello que me iba a enseñar?
Todo estaba bastante oscuro. La maleza no dejaba entrar la luz apenas y no se veía casi nada.
Si hubiera habido algún animal escondido y acechante no lo hubiéramos ni visto.
Aunque seguro que Sandrine lo habría al menos oído.
Me seguía llevando de la mano como a un colegial y se volvía de vez en cuando a mirarme, siempre con su ancha sonrisa abierta y centelleantes sus dientes y sus ojos.
Poco a poco se iba oyendo más fuerte un extraño ruido como el de un trueno continuado, cada vez más intenso.
Nos acercábamos a algo, pero ¿a qué? Por fin lo vi, era una enorme cascada.
El agua caía con tanta fuerza y velocidad que provocaba aquel rumor que tapaba incluso el gorjeo de los pájaros que nos habían ido siguiendo desde la casa.
—Ya hemos llegado —dijo Sandrine—, este es mi escondite secreto. Mi cueva.
Detrás del torrente de agua había una gruta secreta. No había modo de verla desde fuera. ¡Así que ese era el lugar en el que Sandrine se perdía cuando su madre no sabía dónde andaba!
Dentro estaba muy oscuro, allí no entraba ningún rayo de luz.
Sandrine cogió un palo corto y lo embadurnó con hierbas mezcladas con estiércol, luego sacó del bolsillo una caja de cerillas, encendió una y prendió la artesanal antorcha que acababa de hacer y que iluminó nuestro camino hacia la cueva.
Pasamos por detrás de la caída de agua y entramos.
La gruta tendría poco más de dos metros de altura y unos diez o doce de profundidad, al menos eso era lo que podía alcanzar la vista a la luz de la tea.
Con ella encendió Sandrine otras tres que tenía colgadas por las paredes, y la cueva quedó totalmente iluminada.
¿Qué había allí? Mis ojos empezaron a ver estanterías llenas de frascos y de botellitas con líquidos de todos los colores imaginables.
También había libros, libros en francés y en español, que Sandrine no entendía, una foto de mi padre con ella en brazos, ambos sonriendo a la cámara; también una foto mía de comunión, como la que había en el cuarto de papá donde yo dormía; una pipa europea que en nada se parecía a la de Henri y que me trajo lejanos recuerdos de mi padre, no sabía exactamente por qué; también había sacos por el suelo llenos de pétalos de flores y de hojas de plantas.
Del interior de la cueva emanaba un extraño olor: se mezclaba el olor a humedad con el del estiércol seco de las antorchas y con otros muchos aromas; encerrados en las botellas de colores estaban los perfumes que Sandrine preparaba con aquellas flores que recogía en la selva y en los campos.
La mezcla aromática era rara, pero agradable.
Sandrine fue abriendo las botellas una a una y me fue describiendo las diferentes esencias que había conseguido. Después tenía que investigar y mezclar aromas para llegar a fabricar los perfumes.
—Huele esta. —Y me abrió una vieja botella de cerveza que contenía un elixir de color azul turquesa—. Es la que me he puesto hoy antes de ir a tu casa, la he mezclado con esta otra. Y no estaba mal, ¿verdad?
Sandrine estaba siempre, o al menos lo parecía, muy segura de sí misma, se sentía satisfecha con sus acciones o al menos así lo hacía entender a los demás.
—Cuando estoy en Gabón, después de ayudar en casa, suelo venir hacia aquí por el camino por el que hemos venido, recojo flores, plantas, raíces, y experimento.
Algunas veces el resultado es desastroso y no se puede entrar en la cueva durante varios días, porque, ¿sabes?
, hay flores que apestan; huele esta y verás.
—Me acercó un frasco que al abrirlo echaba para atrás, incluso sin aspirar el olor—.
Asqueroso, ¿verdad? Pues la flor de la que viene es bellísima, pero encierra este pestilente olor.
También hay que tener cuidado con las plantas venenosas.
Por eso tengo libros que hablan de ellas, y también Henri me ha enseñado sobre las hierbas que no debo coger nunca, por muy buena pinta que tengan.
Como ves, también aquí está tu padre. Esta foto nos la hizo Sebastián unos días antes del accidente.
Llevaba barba, se la había dejado para bromear con su hermano; quizás tú nunca lo viste con barba, dijo que era la primera vez que se la dejaba.
Tu tío reveló el carrete cuando Pablo ya estaba muerto.
¿Sabes?, lloré mucho cuando Sebastián me dio la fotografía, más que cuando supe lo que había pasado.
La impresión, el dolor o lo que fuera, no me dejó llorar durante varios días. ¿Te pasó a ti lo mismo?