El medallón perdido 10. Sandrine aparece en escena
37%

10. Sandrine aparece en escena

Sandrine aparece en escena

U na semana después de mi llegada, conocí a Sandrine.

Sebastián se había ido a trabajar temprano, como hacía todos los días, y yo estaba desayunando en la cocina con Lise, que ya había venido y me había preparado un desayuno estupendo con muchas frutas, entre las que siempre había alguna novedad, y leche de cabra recién ordeñada por ella misma en el corral de su casa.

Estábamos sentados a la mesa con nuestro respectivo vaso de leche en la mano, cuando apareció por la puerta una criatura preciosa.

No dijo nada, me miró, se echó a reír, se acercó a Lise, le dijo algo al oído, siempre entre risas, me volvió a mirar y se fue corriendo.

Entonces no noté que cojeaba ligeramente de la pierna derecha.

Miré a Lise con curiosidad y le pregunté quién era.

—Es Sandrine, mi hija mayor. Tiene tu misma edad. Su padre es Henri, al que ya conoces.

Claro que lo conocía, y también sabía que Henri tenía hijos de diferentes madres repartidos por todos los alrededores, dieciocho eran los que tenía reconocidos, y que solían entrar y comer en su casa, pero admitía que en el poblado había muchos otros muchachos que se parecían enormemente a él.

Y era verdad, según fui constatando a medida que fui conociendo a los habitantes de la aldea.

Así que aquella chiquilla era hija de Henri.

Si no hubiera estado tan enamorado de Almudena como creía estar, me habría vuelto loco por Sandrine inmediatamente.

En su piel, oscura y brillante, se abrían dos ojos que chispeaban y una boca que invitaba a más de una tentación.

Tenía un cuerpo muy esbelto y no usaba sujetador.

Su pelo estaba peinado con infinitas trencitas, según la costumbre de esa región de África, y algunas de esas trencitas se recogían en una especie de moño en lo alto de la cabeza, lo que todavía alargaba más su figura.

Su manera de moverse tenía la agilidad y la elegancia de una gacela y la gracia de una bailarina.

Me recordaba a una escultura de ébano que teníamos en el salón de mi casa y que papá había traído de Gabón en uno de sus viajes.

El mismo color, la misma serenidad en la mirada, la misma gracia del gesto. ..

Después de desayunar, estaba yo sentado en el porche con mis acuarelas, intentando pintar la sombra de las nubes en el lago, cuando la vi acercarse.

Fue entonces cuando me di cuenta de que cojeaba de la pierna derecha.

Se sentó a mi lado; al parecer, mi cara había dejado de producirle risa, pero seguía sonriendo.

Tenía la sonrisa y la expresión más dulce que había visto en mi vida.

Estaba deslumbrado. Había algo magnético en ella; por algo era la hija de Henri, claro.

—¿Sabes? Tu padre me salvó la vida. Yo le quería mucho.

Aquellas fueron las primeras palabras que me dirigió. Me quedé sin habla. Ella no solo había conocido a papá, sino que además había tenido una relación muy especial con él. Allí mismo, sentada en la escalera del porche, me lo empezó a contar.

—Tu padre hablaba mucho de ti. Tú y yo tenemos la misma edad y cumplimos los años con cinco días de diferencia, tú el tres y yo el ocho de marzo.

Así que él siempre me felicitaba por mi cumpleaños y me hacía regalos, eso desde que era pequeñita, dice mamá.

A veces, cuando era chiquita, pero me acuerdo perfectamente, me sentaba en sus rodillas y me contaba cuentos; eran relatos muy diferentes a los que me contaban mamá o la abuela.

Aquellos se referían a princesas rubias de ojos claros que dormían cien años, a tristes sirenas enamoradas de príncipes.

.. En fin, pertenecían a un mundo muy lejano y exótico, y yo me quedaba embobada escuchando y le pedía que me contara más.

»Él me miraba con melancolía y empezaba un nuevo cuento, mientras me acariciaba el tobillo.

Yo sabía que cuando lo hacía era en ti en quien pensaba; era a ti a quien contaba aquellos cuentos, aunque tú estuvieras al otro lado del mundo.

Siempre pensaba en ti; de alguna manera, mi presencia era tu presencia.

Pero no me importaba. A mí me gustaba jugar ese papel, serle útil de ese modo.

Le quería como a un padre, más... de otra manera que a Henri.

Sé que él es mi padre, pero nunca se ha ocupado de mí de la manera en que lo hacía él; me da dinero y puedo comer en su casa, incluso me hace algún regalo, pero no le brillan los ojos cuando me mira, como le pasaba a tu padre; aunque le brillaran porque yo le recordaba a su hijo, o sea, a ti, que estabas tan lejos, yo sentía igualmente su calor.

Ya entonces sabía que algún día te conocería y que te contaría todas estas cosas.

Hoy estoy contenta porque estoy aquí sentada y estoy hablando con el hijo de Pablo, que es una parte de él, y así siento que no se ha ido del todo, porque tú y yo estamos aquí.

La escuché absorto, embobado. Papá nunca me había hablado de ella.

Yo no sabía que existiera aquella chica.

¿Por qué nunca había oído hablar de Sandrine?

Quizás papá creyó que yo podría tener celos de ella, pensar que quería a otra niña, a la que daba todo el cariño que a mí no me podía dar por estar tan lejos.

Supuse y supongo ahora que aquellos temores fueron los que le impidieron hablarme de aquella persona, a la que no le importaba ser querida como sustituta de un niño desconocido, que estaba en una casa y en un colegio a miles de kilómetros de distancia.

Tanta había sido su generosidad y su amor por mi padre.

—Mira, esto me lo regaló él. Me lo trajo de tu país.

Me mostraba una pulsera de plata de esas con cadena y una placa en la que se escribe el nombre. Estaba escrito «Sandrine» y una fecha, un ocho de marzo del año en que ambos cumplíamos los diez años. Tres años antes de la muerte de papá y cinco antes de aquel verano en que nos conocimos.

—Pero me has dicho que mi padre te salvó la vida. ¿Cómo fue? ¿Qué pasó? —le pregunté yo, que estaba intentando retener en mi cerebro toda la información que Sandrine me estaba dando acerca de papá.

—Sí, fue precisamente unos días después de que me regalara el brazalete.

Era domingo y le gustaba mucho estar con los niños, así que nos llevó de excursión por el lago con la lancha motora.

Íbamos Paul, David y yo, también Henri y mamá.

Lo estábamos pasando muy bien, reíamos y cantábamos.

En un momento dado, David y yo empezamos a bailar al son de las canciones.

Todo pasó muy deprisa, la barca estaba parada en medio del lago, con el movimiento del baile se desequilibró y yo me caí al agua.

Sabía nadar muy bien y todos siguieron riendo.

Todos menos Pablo, que sabía bien de los peligros que hay escondidos bajo las aguas del lago.

Solo él me oyó gritar y solo él se lanzó a salvarme.

Me había herido la pierna un moisoiron y la sangre empezaba a atraer a muchos más peces.

El moisoiron es un pez que tiene una horrible espina en el dorso y que es capaz de serrar una pierna y todo lo que se le ponga por delante.

Tu padre nadaba muy deprisa y era fuerte, así que no sé cómo, pero me sacó del agua y me liberó de aquellos horribles pescados que habían empezado a destrozar mi pierna y que ya se habían comido parte de mi falda nueva.

Dejó a los demás en la orilla, menos a mamá, llenó el depósito de gasolina y me llevó al hospital de Lambarené con la lancha.

Entonces todavía no tenían la avioneta. ¡Ojalá nunca la hubieran comprado!

... Tardamos dos horas y yo me desangraba; me hizo un torniquete con su camisa.

En el hospital me operaron rápidamente. Hicieron lo que pudieron, pero el pez me había roto algunos tendones de la rodilla y aquello no tenía mucha solución.

¿Ves las cicatrices? —me mostró su pierna, escondida bajo su vestido azul y blanco—.

Por eso cojeo, a veces uso bastón, cuando ando por caminos difíciles.

Pero no importa, ¿a que me da un aire interesante?

No a todas las chicas de la aldea les ha atacado uno de esos peces y han sobrevivido gracias a que el patrón ha arriesgado su propia vida para salvarlas, ¿no te parece?

Soy afortunada: sobreviví al ataque de un moisoiron y tu padre me demostró que me quería más que a sí mismo, como solo se puede querer a un hijo.

Cuando me salvaba, de alguna manera te estaba salvando también a ti, ¿sabes?

Verás, Benjamín, hay una especie de hilo que nos une a ti y a mí a través del amor de tu padre.

Toma este anillo —me dijo mientras se quitaba una sortija de madera del anular derecho—, yo misma lo hice entonces pensando en ti y en que te lo daría cuando te conociera.

—Me enseñó el interior, había una S y una B grabadas en la madera—.

Sí, son nuestras iniciales, que grabé. De algún modo tú y yo somos uno.

Tu padre me salvó la vida, pero es a ti a quien se la debo. Lo comprendes, ¿verdad?

Y entonces se levantó y se marchó por donde había venido.

Y allí me quedé yo, solo, pensativo, con aquella sortija de madera de ébano en la mano, observando cómo la B y la S se habían unido gracias al trabajo de Sandrine, que pensaba en mí antes de conocerme y de cuya existencia yo no tenía ni idea.

La miré marcharse, su cojera todavía hacía más hermosa su figura y más elegante su caminar.

Desapareció de mi vista cuando se introdujo en el bosquecillo que llevaba hasta la aldea.

Me pareció que un espíritu del aire había estado hablando conmigo y me había dejado aquel regalo.

Pero no, Sandrine no era aire, era una mujer de carne y hueso, sobre todo de carne.

Confieso que me subió un escalofrío como los que me daban cuando veía a Almudena, pero más intenso.

Deseaba volver a verla pronto. Por un lado me parecía que le era infiel a Almu, pero no podía evitar la extraña atracción que comenzaba a sentir por Sandrine.

¿Tan ligero era mi enamoramiento de Almudena?

La verdad es que no había habido nada entre los dos, ni siquiera me había atrevido a decirle que me gustaba, y ya me sentía como comprometido con ella.

Y ahora empezaba a pensar en otra chica, sin remisión.

¿Se podía estar enamorado de dos chicas a la vez?

Me acordé de Henri, que tenía hijos con casi la mitad de las mujeres del pueblo. ¿Estaría enamorado de todas ellas?

Aquella noche soñé con Sandrine.