9. De amor y de rosas
De amor y de rosas
L a tarde siguiente a la aventura con el mono, le puse un e-mail a Almudena para contárselo.
Quería que estuviese orgullosa de mí, que se diese cuenta de que yo era, en realidad, más valiente que el estúpido de Borja.
Acababa de terminar de enviarlo cuando llegó mi tío.
La noche empezaba a caer ya sobre el lago, y el cielo se desangraba cubriendo de rojo las nubes en el horizonte.
La silueta de Sebastián se recortaba en el ventanal de mi habitación.
Venía con su inseparable taza de té. Cuando se acercó, vi que el líquido que bebía no era marrón como siempre, sino de un intenso rojo, casi tanto como el sol que se estaba escondiendo en aquellos momentos.
—¿Quieres probarlo? —me preguntó—. A ver si adivinas lo que es.
Así, de pronto, pensé que sería sangre de algún animal diluida en agua, por el color, de modo que debí de poner tal cara de asco que enseguida me sacó de mi súbita náusea. Tenía ese don, su presencia y sus palabras siempre te tranquilizaban, contasen lo que contasen.
—Es jarabe de rosas —afirmó Sebastián.
Lo miré esta vez con rostro asombrado.
—¿Jarabe de rosas? —pregunté, entre extrañado e incrédulo—, ¿las rosas se beben?
—Sí —me contestó mi tío—. Se destilan sus pétalos, se cuecen con azúcar y luego se añade agua para beberlas, fría o caliente. Pero no creas que este jarabe se puede hacer con cualquier tipo de rosas, solo con unas muy especiales que tienen un perfume muy intenso. Pruébalo.
Así lo hice, mientras miraba los ojos sonrientes de Sebastián.
¡Oh, maravilla! Era como si una rosa roja me estuviera acariciando los labios primero, la boca luego y el gaznate después.
¡Me estaba bebiendo una rosa! Me sentía como si estuviese cometiendo un sacrilegio y a la vez gozando del paraíso.
—Está buenísimo. ¿Para qué sirve? ¿Tiene propiedades curativas?
—le pregunté esto a Sebastián porque sabía que era un amante de los poderes medicinales de las plantas, como Henri, y pensé que aquel brebaje también contendría beneficios para la salud.
Pero mi pregunta le debió de parecer una insensatez bastante estúpida.
Mi mente práctica todavía no me dejaba deleitarme con las cosas por sí mismas. Todavía me quedaba mucho por aprender.
—¿Que para qué sirve, insensato? ¿No te das cuenta?
Sirve para disfrutar del placer de oler y saborear uno de los seres más hermosos de la tierra, que es la rosa, efímera y bella.
Es como si así pudieras poseer la esencia de la propia belleza, y sentir su delicadeza en todos tus sentidos, en tu boca, en tu nariz.
Solo placer. Nada más y nada menos que solo placer.
Esa es su utilidad, la del disfrute de este momento de placer y belleza. Beber la rosa. ¿Te parece poco?
Confieso que no entendía muy bien eso del placer y de la esencia.
Aún no había estudiado a Aristóteles, y se me escapaba el significado esencial de lo que quería decirme Sebastián, pero bueno, algo cogí.
Se trataba de ser uno capaz de recrearse en el momento presente y de disfrutar del buen olor y del buen sabor.
Bueno, al menos, algo así fue lo que entendí entonces de las palabras un tanto extrañas de Sebastián.
Pero, claro, como no podía seguir la conversación por esa línea, solo pude preguntarle:
—¿Quién lo hace? ¿Lise? —La verdad es que lo inquirí sin saber cómo. Me salió así, directamente. En el jardín había mil flores diferentes, y en la selva mil más, pero rosas, lo que se dice rosas, no las había visto yo por aquellos parajes.
—No, no lo hace Lise. No es una receta africana. Viene de muy lejos, de una casa en la campiña italiana, de un lugar donde no hay ni monos ni leopardos —y se acarició el medallón— ni elefantes; solo algún jabalí, alguna víbora y muchas ardillas.
No sé por qué, pero noté un eco de nostalgia en la voz de mi tío cuando decía aquello. Parecía que se iba a poner sentimental, lo que no era frecuente en él.
—Entonces, ¿quién lo hace? —volví a preguntar—. No parece algo que se pueda comprar en el mercado de Libreville.
—¿A quién escribías? ¿A tu Almudena?
A eso se llamaba cambiar de tema, o quizás no tanto.
Tal vez, Sebastián me estaba devolviendo la pelota, como en un partido de ping-pong.
Sí, eso era. Entonces comprendí la matemática regla de tres, que en el colegio me había costado tanto trabajo aprender: mi mensaje a Almudena equivalía a sus rosas, o sea, quien hacía el jarabe debía de ser para Sebastián lo que Almu para mí, alguien muy pero que muy especial.
Tal vez un amor secreto. Ni mi madre ni los abuelos habían mencionado jamás que Sebastián tuviera o hubiera tenido alguna novia formal, solo muchos devaneos amorosos; y a mí, hasta entonces, tampoco se me había ocurrido que él pudiera haber estado enamorado.
Era lo que se dice un hombre de acción, nada sentimental a primera vista.
Quizás aquel era el momento de averiguar qué había detrás de su máscara de hombre duro.
—Sí, escribía a Almudena —repuse—. Me gusta mucho, ¿sabes?
Es guapa, simpática. Lleva un piercing en una aleta de la nariz, una especie de brillante rosa, que le queda muy bien.
Es muy moderna. Tiene mucho éxito con los chicos.
Yo le caigo bien, pero no sé si le gusto.
Me da una de cal y otra de arena. Además, con estos granos no le puedo gustar a nadie.
Y menos a la tía más buena de todo el instituto.
Mamá dice que los granos se pasarán. Pero para entonces, seguro que Almu tiene otro novio, ¿no? ¿Tú tenías granos a mi edad?
—¿Granos, así en la cara? Pues la verdad es que no me acuerdo. Hace ya muchos años que tuve tu edad. Supongo que sí, pero no me acuerdo.
—Entonces es que no los tuviste. Si no, te acordarías, te lo puedo asegurar. Esa es una de las cosas que no creo que la memoria sea capaz de borrar con los años.
Así le dije todo convencido. Fue entonces cuando me armé de valor y le lancé las preguntas que me estaban rondando por la cabeza desde hacía un rato:
—Por cierto, tío, a mi edad, ¿tú estabas enamorado? Y ahora, ¿estás enamorado?
Sebastián arqueó las cejas, aunque no me pareció que mi cuestión le sorprendiera demasiado. Me dio la impresión de que se la esperaba.
—A tu edad, todo el mundo está enamorado.
Lo raro sería lo contrario. Sí, yo también me enamoré de una chica del colegio.
Era muy estudiosa, demasiado para mí, que siempre fui un mal estudiante.
¿Te asombra? Pues es verdad, era un desastre, muy despistado, no me concentraba bien.
Cuando estaba en España, en el colegio, siempre pensaba en África, en el resto de la familia, mis padres y mi hermano, que estaban aquí.
Tu padre era más pequeño y tardó en venir al internado.
Mis pensamientos estaban aquí, demasiado lejos de las matemáticas y de la literatura que los maestros intentaban que aprendiera en las clases.
No, no fui un buen estudiante. No era capaz de estudiar.
Mi mente estaba en otro lugar muy diferente de los libros.
Y me sentía muy solo. Entonces me fijé en ella, que era tan distinta a mí.
Ella vivía con su familia y parecía muy feliz.
Pensé que nunca le gustaría. No tenía nada que ofrecerle.
Solo mi soledad y mi tristeza. Así que nunca me atreví a decirle que la quería.
—¿Nunca? —Aquella palabra me pareció espantosa, ¿acaso yo tampoco sería nunca capaz de decirle a Almudena todo lo que me gustaba?—. ¿Nunca?
—Bueno, años después la volví a encontrar. Nuestras vidas habían seguido caminos muy diferentes. Ya no había nada que hacer.
—¿Se lo dijiste entonces? ¿Le dijiste todo lo que la querías cuando erais jóvenes? —le inquirí sin compasión.
—Tal vez, no me acuerdo. Tengo mala memoria.
Sebastián siempre decía lo mismo cuando quería salirse por la tangente o cambiar de tema. Ponía la excusa de su mala memoria, y así no decía lo que no le interesaba.
—Y ahora, tío, ¿qué ha sido de ella? ¿La sigues viendo?
—Eres demasiado curioso, Benjamín. Ahora ella está lejos, muy lejos, escribe novelas y hace jarabe de rosas.
Dijo eso mientras me daba una palmada en la espalda, justo antes de salir al porche por la misma puerta por la que había entrado.
Me dejó con la palabra en la boca y preguntándome a mí mismo, porque él ya no estaba, quién sería aquella misteriosa mujer, si todavía la veía, si aún la quería, si ella le había correspondido o le correspondía aún en su amor, y si, en efecto, era ella la que elaboraba aquella ambrosía de flores que endulzaba su soledad en las largas tardes de África.
Todavía tardé algunos años en saber quién era la secreta enamorada de Sebastián.
Entretanto, la habitación se había quedado en penumbra.
Había caído la oscuridad que ya reinaba sobre el lago y me temo que también dentro del alma de mi tío.
Pero al día siguiente nadie lo notaría y, como el sol africano, él se levantaría lleno de luz para todos los que estábamos a su alrededor.
La sombra se la quedaba para sí mismo, si es que había tal sombra.
Ese era uno de los muchos misterios que rodeaban la persona de Sebastián.