El medallón perdido 8. Una tarde un mono se harta de la ópera
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8. Una tarde un mono se harta de la ópera

Una tarde un mono se harta de la ópera

D espués del trabajo, a Sebastián le gustaba relajarse tomándose una o dos tazas de té.

No le gustaba el café. A mí me extrañaba; era la única persona que conocía que no lo tomara al menos un par de veces al día.

Mamá era muy cafetera y yo, aunque normalmente bebía leche con colacao, de vez en cuando me permitía un gran tazón de café con leche, sobre todo cuando tenía exámenes, para despejarme.

Pero Sebastián no. Le daba náuseas solo el olor, así que tomaba té, mucho té, especialmente por las tardes, cuando anochecía y regresaba de la explotación de maderas que dirigía.

Entonces se sentaba en su gran butaca articulada que podía mover a su antojo; era de color salmón y muy cómoda.

Cuando mi tío no estaba, me gustaba tumbarme en ella, leer y contemplar el lago desde aquella especie de trono.

Pero cuando regresaba, aquel era su sitio sagrado y nadie osaba quitárselo.

Antes de acomodarse en él con la taza de té, ponía música, siempre e invariablemente ópera.

Confieso que salí un poco harto de tanto bel canto, pero luego, con los años, me llegué a aficionar y me hice tan adicto como él.

Una de aquellas tardes estábamos escuchando Tosca, de Puccini, una de esas óperas con una historia tan trágica que acaba muriendo hasta el apuntador, llena de traiciones, celos y asesinatos.

Con la música tan intensa y fuerte que tiene, y el volumen que Sebastián solía poner, aquello se debía oír hasta en los confines de la selva.

Lise, que odiaba los gorgoritos y a la que solo le gustaban los sonidos de los tambores y del tam-tam, se ponía unos algodones en los oídos, que asomaban por sus orejas y le daban un aspecto de duendecillo; así intentaba mitigar el ruido ensordecedor.

Yo pensaba que algún día la casa se caería; de hecho me parecía que los pilares se tambaleaban y que el suelo temblaba.

Sebastián, en cambio, de lo que temblaba era de la emoción y ponía una cara de placer como de estar en la luna, algo así como la que debía de poner yo cuando oía hablar a Almudena de matemáticas o de lo que fuera.

Pues bien, una de aquellas tardes empezamos a oír ruidos extraños fuera de la casa, que en nada se parecían a los que emitía la orquesta.

De pronto, vimos cómo algo duro se estrellaba contra el ventanal.

¡Era un coco! Alguien se había irritado tanto con la música que se había hartado y nos había tirado un coco; en la ciudad se pueden tirar piedras y en la selva cocos, claro.

Era natural, pensé. Pero ¿quién se atrevería a atacar de esa manera la casa del patrón y por una razón así? No tenía mucha lógica.

Sebastián, a quien le molestaba como nada que le interrumpieran cuando escuchaba su música preferida, se levantó del butacón de un salto, salió al porche y lo vio.

Yo también me levanté del sofá, tiré el libro que estaba leyendo y entonces lo vi.

Nos miraba riéndose y mostrando sus dientecillos amarillentos, a la vez que emitía unos gruñidos de protesta y satisfacción por habernos molestado: risas, enfado y venganza delataban su cercanía al mundo de los humanos.

Sin duda, Darwin tenía razón. Sí. Aquello que nos miraba irónico y que había lanzado el coco de manera airada hacia una ventana de la que salía una música que no le gustaba, era un macaco, o sea, un mono.

El pobre debía de haber estado intentando dormir o algo así y los gritos de Tosca no le dejaban, de manera que se había enfadado tanto como para venir hasta la casa y atacar con premeditación: nuestras palmeras eran datileras y no tenían cocos, lo que quería decir que se lo había traído desde algún lugar no muy lejano del bosque.

Mi tío salió corriendo hacia él; el mono se giró bruscamente y corrió aún más deprisa.

Entonces yo empecé a correr detrás de él.

Mis notas en Educación Física no eran demasiado buenas, pero corría bastante bien.

Pero el mono era más listo y me esquivaba a la vez que me miraba y se reía de mí.

Me recordó a algunos compañeros del colegio que también se reían de mi delgadez y de mi baja estatura.

Eso me enfureció. Cogí una piedra del jardín y se la tiré.

No le di. Tampoco volví a intentarlo. Me entró una súbita lástima por el animal, a la vez que una cierta complicidad: a mí tampoco me gustaba aquella música, pero yo no podía tirar cocos contra mis propias ventanas, ni romper los discos ni nada parecido.

Entendía su actitud. Así que me volví hacia la casa y le dejé marchar.

En aquel momento, por alguna razón, me sentí bien conmigo mismo, había podido elegir entre atacarlo o no, y no lo había hecho.

Sebastián me sonrió. Creo que le pareció bien mi decisión.

Atacar a alguien más débil hubiera sido una cobardía, y eso era lo que habían hecho en la escuela conmigo demasiadas veces.

No quería parecerme a los que me habían hecho sufrir tanto cuando era pequeño.

Me sentí valiente por mi elección y, sobre todo, me sentí a gusto con mi persona, lo que no solía ocurrir tan a menudo.

También quería que Sebastián se diera cuenta de ello y que empezara a gustarle mi manera de ser.

Me empezaba a importar más y más lo que pensara sobre mí.

Al acercarnos a la casa, me rodeó con su poderoso brazo como tantas veces haría durante aquellos meses.

Me volvió a sonreír y sentí su calor. Cuando subimos al porche, vimos que el golpe del coco había producido un pequeño agujerillo en el ventanal.

Allí no había cristaleros, así que habría que esperar para cambiarlo.

Y como no hacía frío, tampoco pasaba nada por que el cristal estuviera un poco roto; además, era tan minúsculo que por allí no podían entrar serpientes ni nada parecido.

Entramos en el salón y seguía sonando la ópera.

Pero como la protagonista ya había matado al hombre malo que la quería violar, mi tío volvió a poner todo el segundo acto entero, que me tuve que tragar antes de cenar.

El pobre mono no había conseguido nada. Ahora tendría que volver a escuchar otra vez la terrible escena, aunque, eso sí, con un volumen un pelín más bajo, pero solo un pelín muy pequeño, tan pequeño como el agujerito de marras.