El medallón perdido 7. Primeros días en la selva
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7. Primeros días en la selva

Primeros días en la selva

L os primeros días en Gabón los dediqué a conocer un poco los alrededores de la casa, que era muy grande y tenía muchos rincones que explorar.

El patio estaba lleno de hierbajos que me dediqué a limpiar, de manera que empezó a recobrar el aspecto de un jardín.

Sebastián me sonreía cuando me veía recoger hojas de los parterres, pero no decía nada.

Solo ladeaba la cabeza de un lado a otro.

Como todavía me conocía poco, no sabía que yo era muy aficionado a la botánica y que me encantaba todo lo que tuviera que ver con las plantas.

En mi casa era yo quien plantaba las flores en el jardincillo, y también en casa del abuelo.

A la abuela le gustaban mucho las rosas, y era yo quien podaba los rosales cada mes de noviembre.

También me gustaba pasear a orillas del lago. Algún rato cogía una canoa e iba remando hasta el centro del lago, desde donde se veía la vivienda como una gran caja blanca y lisa, recortada en medio de los árboles del bosque.

Me había traído las acuarelas. En la escuela y en el instituto siempre se me dio bien el dibujo.

Por las tardes, después de comer, solía sentarme en el balancín del porche y pintaba todo lo que veían mis ojos.

Hasta le hice un retrato a Lise, que era la que más admiraba mi arte.

Lo pegó en el frigorífico y lo miraba cada vez que lo abría; lo puso a la altura de su cara, de manera que cada vez que lo veía, parecía que se estaba contemplando en un espejo.

Aquellos primeros días devoraba mis libros: con tanta avidez leía, que terminé tres libros en cinco días.

Tenía que disciplinarme si no quería acabar con los siete que me había traído en una semana.

No sospechaba entonces que días después mi mente y mi cuerpo se empezarían a ocupar de otras cosas y que apenas tendría tiempo ni ganas de sentarme a leer.

Mi tío tenía mucho trabajo durante ese período.

Estaban cargando troncos para transportarlos en camiones primero y en barcazas por el río después, hasta el puerto de Port Gentil.

Yo le preguntaba a Sebastián casi todos los días, cuando volvía del trabajo, cuándo iríamos a buscar el medallón.

Él siempre me contestaba con evasivas, me decía que todavía no, que había que esperar a terminar de organizar toda aquella partida de madera; y que luego ya veríamos.

A veces pensaba que no iríamos nunca. Sebastián no me había prometido nada.

«Las promesas atan», había dicho. No estaba comprometido conmigo, así que nada podía exigirle.

Tal vez nunca recuperaría el medallón de papá.

No sabía qué pensar. Ni qué sentir. En cualquier caso, los días siguientes me depararon muchas sorpresas que hicieron que el medallón perdido pasara a ocupar un segundo plano en mis pensamientos. O casi...