6. Nuestra casa en medio de la selva
Nuestra casa en medio de la selva
L a casa estaba situada en un pequeño promontorio muy cerca del lago.
Se levantaba sobre ocho columnas de unos dos metros y medio de altura que la protegían de la posible entrada de animales.
Estaba rodeada por un jardín que en otro tiempo había sido plantado y cuidado por mi abuela, pero que ahora mostraba una evidente falta de atención.
Lise y Cecilia tenían demasiado que hacer con atender la casa y las comidas de los trabajadores, y carecían de tiempo que dedicar al jardín, así que crecían demasiados hierbajos entre las plantas principales.
Había nueve palmeras que formaban una especie de túnel que conducía hasta la casa.
Sebastián me dijo que papá y él las habían plantado hacía muchos años; al principio eran diez, cinco a cada lado, pero una se había secado tiempo atrás.
Entonces no levantaban más de tres palmos del suelo.
Ahora eran más altas que la propia casa.
El edificio era una construcción plana, de una sola planta, hecha con madera del bosque y rodeada toda ella por un porche abierto alrededor.
Para llegar hasta él era necesario subir siete escalones.
Lo primero que me llamó la atención de la enorme terraza fue un balancín desde el que muchas tardes vería el crepúsculo durante mi estancia, aunque entonces todavía no lo sabía.
También vi una mesa de ping-pong, varios sillones y algunas macetas con flores.
En las paredes exteriores colgaban algunos trofeos de cuando el abuelo y sus hijos todavía cazaban: cuernos de búfalo, antílopes y cosas así.
Me pareció una decoración un tanto siniestra, pero no dije nada.
Hacía años que habían decidido no cazar más que aquello que fuera necesario para sobrevivir: bien fuera para comer en algún momento en que estuvieran adentrados en la selva, bien para defenderse del ataque de alguna bestia salvaje.
Las tierras que nos rodeaban estaban repletas de leopardos y de elefantes, que podían ser muy peligrosos.
El porche tenía tres entradas a la casa: una daba directamente al despacho de Sebastián, otra a la cocina, y otra al salón comedor, que ocupaba casi todo el frontal oeste y que estaba abierto hacia fuera por dos grandes ventanales a ambos lados de la puerta.
Desde el salón salía un pequeño corredor que lo comunicaba con el resto de las habitaciones: tres dormitorios, un baño, la cocina y el despacho.
Sebastián me fue enseñando la casa.
El dormitorio de los abuelos estaba siempre preparado por si alguna vez volvían, pero en los dos años siguientes al accidente no habían regresado.
El de papá permanecía casi como él lo había dejado; solo sus ropas habían sido repartidas entre algunos hombres del poblado.
Pero allí estaban algunos de sus recuerdos, colgados de la pared o sobre la cómoda: fotos de su infancia compartida con mi tío y los abuelos, una gran foto de él con el famoso leopardo cuya muela se convertiría en el medallón soñado; otra de su boda con mamá, ella con un vestido blanco horrible, pero que, conociéndola, debía haber estado a la última en aquellos años.
También había dos fotografías mías: una de bebé en brazos de mi padre, que me levantaba por los aires como si fuese a echarme a volar; y otra del día de mi primera comunión, con ese aire serio y formal, misal y rosario en mano, que tienen los niños cuando comulgan sin saber muy bien lo que significa todo el ritual.
Se me humedecieron los ojos cuando vi todo aquello por primera vez.
Me daba cuenta de que seguramente, poco antes de partir hacia el que sería su último viaje, papá habría mirado aquellas fotografías desde el mismo lugar en que yo estaba de pie en aquel preciso instante.
Habría tenido que entrar a aquella habitación para recoger las llaves de la avioneta, las gafas de sol o la cartera, que habrían estado guardadas en alguno de aquellos cajones de la cómoda.
Ahora estaban casi vacíos: solo algunos papeles quedaban dispersos, algunas cartas de mamá, que Sebastián no había tirado, también alguna carta mía con letra todavía infantil, y un dibujo hecho por mí en la escuela para algún día del padre que habría pasado lejos de nosotros, como casi todos.
Pero todo lo había guardado y yo estaba seguro de que lo contemplaba cada noche antes de dormir.
Y allí estaba yo ahora, en el mismo lugar, respirando aquel mismo aire que había respirado papá aquella tarde dos años antes, y muchos días más durante toda su vida.
Mi equipaje se quedó en ese cuarto, pues iba a ser mi habitación durante mi estancia en Gabón, así lo había dispuesto Sebastián y yo lo agradecí.
Me encantó que la cama fuera tan grande, de dos metros de ancho, porque así iba a poder dormir a pierna suelta.
Aquella gran cama con la cubierta de mil colores haciendo dibujos geométricos no tenía nada que ver con la mía de casa, de noventa centímetros, incrustada en uno de esos armarios-estantería azul marino de modelo barco de El Corte Inglés que tanto le gustaban a mamá y que ella había elegido, sin tener en cuenta mi gusto, y que yo había odiado desde el primer momento.
Mi tío me fue enseñando el resto de la casa: su habitación, que era una copia exacta en tamaño y en mobiliario de la de mi padre.
También había fotografías de cuando eran pequeños, la foto con el mismo leopardo de antes, pero ahora con la cara de Sebastián sonriendo a la cámara.
También tenía otra donde aparecíamos todos los primos en un día de Reyes abriendo los regalos con caras de infantil asombro.
Él nunca había estado casado y, por tanto, allí no había ninguna foto de boda ni rastro de ninguna mujer, pese a todo lo que mamá solía decir de él.
Pasamos a la cocina y allí Lise me ofreció con su sonrisa y mirada picaruela otro zumo de frutas, esta vez de un fuerte color verde y con un sabor a menta igualmente intenso. Era muy refrescante, lo que se agradecía con aquel calor tropical, al que tardaría aún unos días en acostumbrarme.
Del cuarto de baño, nada especial que decir, tenía lo mismo que todos.
Olía igual que el de la casa de los abuelos, eso sí que me llamó la atención.
A la abuela le gustaba especialmente cierto ambientador perfumado con lavanda que había usado siempre y que todavía se seguía empleando en la casa de la selva, aunque ella no estuviera.
Por fin pasamos al despacho de Sebastián.
Cada centímetro de las paredes estaba recubierto con fotografías, cuadros y máscaras.
Fotos muy formales con personas importantes de Gabón y también con gente a la que yo había visto frecuentemente en la televisión española y en los periódicos.
Algunos óleos de paisajes africanos y cuadros hechos con alas de mariposa que hacían los nativos y que me parecieron crueles («pobres animales», pensé), pese a su belleza colorista.
Máscaras rituales que Sebastián coleccionaba y que parecían mirarme desde sus ojos vacíos como preguntándose: «¿Qué hace este ser, pequeño y nuevo, por estos lugares?
¿Quién será este jovencito insensato?». En las estanterías parecían vigilar la estancia figuras de ébano y de marfil y algún que otro colmillo de elefante.
En una de las paredes había decenas de discos junto a una cadena musical supermoderna, que Sebastián había traído de uno de sus viajes a Europa.
Eché una rápida ojeada a los títulos por si había algo interesante que poder escuchar, pero no vi nada ni nadie conocido para mí: ópera y nada más que ópera.
Así empecé a descubrir la pasión de Sebastián por el bel canto (así lo llamaba él), que escuchaba siempre que tenía tiempo; a veces en silencio con los cascos puestos, a veces tan alto que las columnas que sustentaban la casa se debían de remover dentro de la tierra porque retumbaba todo, hasta los platos de la cocina.
No sé de dónde le venía aquella afición a los gorgoritos.
El resto de la familia no soportaba la música clásica.
Pero la ópera y sus tazas de té u otras hierbas afines formaban parte de su identidad tanto como la coleta en la que recogía informalmente sus grises cabellos, y como el medallón que día y noche colgaba de su cuello y que cada vez que lo miraba me obsesionaba más.
De lo que no había apenas eran libros, solo diez o quince en todo el despacho.
Eran de historia y de geografía africana; también alguno sobre arte ritual, que tanto le interesaba a mi tío, pero ni rastro de novelas o de poesía.
Aquello no se parecía en nada al estudio de mamá, que era una verdadera biblioteca, con todas las paredes llenas de libros.
Me parecía raro que alguien pudiera sobrevivir sin ellos; tan acostumbrado estaba yo a sumergirme en novelas.
También me había dado cuenta de que no había ningún libro en su mesilla de noche, cosa que me había extrañado muchísimo: ni mamá ni yo éramos capaces de dormir si antes no leíamos un buen rato entre las sábanas.
Por eso no pude evitar preguntarle a Sebastián:
—Tío, ¿dónde están los libros en esta casa?
—¿Libros? Ahí los tienes, en esa estantería —dijo señalando los que ya había visto.
—¿No me querrás decir que solo tienes esos libros? No puede ser.
—Benjamín, lamento comunicarte que tu tío es un lector pésimo. No es que no me guste leer, es que no puedo. Me es imposible. Cojo un libro entre las manos y me quedo dormido en menos que canta un gallo. Soy incapaz de terminar un libro. Esa es la verdad.
—No es posible —repuse yo escandalizado—, ¿cómo puede aburrirte leer? Para mí un buen libro es como un buen amigo: hace compañía y no molesta ni protesta.
—Eso lo has aprendido de tu madre, ¿no?
Mira, Benja, leer lo que otros hombres o mujeres hayan escrito no me interesa, cuando puedo leer lo que ha escrito la naturaleza.
Además, ¿qué podría leer yo?, ¿una novela de aventuras?
Yo vivo aventuras. Verás, los lectores están en su sofá y leen cosas parecidas a las que yo vivo, y los escritores inventan y escriben sobre el papel experiencias como las que yo tengo aquí casi cada día, para bien o para mal.
No me hace falta leer si vivo todo esto.
—Lo dijo mientras señalaba el gran ventanal abierto que se extendía por la pared oeste del despacho y desde el que se veía ponerse el sol en aquel preciso momento.
El espectáculo real era de una belleza sobrecogedora, que según Sebastián superaría cualquier ficción libresca; pero yo no me dejaba convencer por su discurso sobre su falta de necesidad para leer libros. Simplemente, no podía entenderlo.
—Pero, tío, los libros enseñan cosas. Leyendo se aprende. Yo he aprendido mucho así.
—Sí, no lo dudo, tú has aprendido mucho leyendo en una habitación de tu casa, encima de tu cama, bajo la luz de una lámpara eléctrica.
Yo he aprendido mucho también viviendo aquí, en la selva, en el mundo abierto, bajo la luz natural del sol.
Son dos maneras de aprender y de vivir. Tú eliges una, yo elijo la otra.
No pasa nada. No tenemos por qué hacer lo mismo, ¿no te parece?
—Pero ¿nunca has leído ningún libro de verdad, ninguna novela? —seguí preguntando, extrañado todavía y pensando que quizás mi madre tenía razón cuando decía que Sebastián era un salvaje del tipo de Tarzán, que tampoco conocía a Gutenberg.
—Sí, sí, he leído un par de novelas por compromiso con quien las escribió, que me las regaló y no me quedó otro remedio que tragármelas. Tardé meses, eso sí, pero lo hice.
Sebastián era una caja de sorpresas: no leía, pero resultaba que conocía al menos a un escritor.
—¿Te las regaló quien las escribió? ¿Conoces a algún autor de novelas? Me lo tienes que presentar. Quiero conocerlo. Siempre he querido conocer a algún escritor. Lo harás, ¿verdad? Yo de mayor quiero ser escritor y escribir sobre África.
—Tienes mucho que vivir y experimentar para poder escribir sobre África o sobre cualquier cosa —replicó con un tono escéptico—. No es tan fácil como crees. Y... sí, conozco a alguien que escribe.
—¿A quién? ¿A alguien famoso? —Yo todavía entonces me dejaba deslumbrar por todo aquello que salía en la tele.
—¡Oh, Benja! ¡No seas tan pesado! No quieras saber todo el primer día, ¿eh? Poco a poco irás descubriendo y conociendo las cosas que te rodean. No querrás escribir el libro de tu vida en una sola tarde, ¿no? Además, es hora de descansar, tienes que estar cansado.
Me iba dando cuenta de que Sebastián tenía razón casi siempre.
Era una persona sabia, aunque no hubiera leído mucho.
Entonces recordé que cuando me presentó a Henri me había dicho de él que era un hombre sabio, y yo estaba seguro de que Henri tampoco era un gran lector de libros.
Entonces empecé a comprender que se podía ser sabio sin ser lo que llamamos un intelectual y ser un perfecto zoquete habiendo leído toda la Biblioteca Nacional.
Seguramente, la sabiduría nacía de reflexionar y de vivir, en el verdadero sentido de ambas palabras.
En cualquier caso, aquella noche en la cama de mi padre y rodeado de sus cosas, cogí mi libro de Simenon que en el avión no había conseguido ni abrir, y me lo leí de una sentada, como siempre hacía con los misteriosos casos del inspector Maigret.
Antes había sacado de la maleta mis ropas, mi caja de acuarelas y los libros que había traído para leerme en aquellos dos meses de vacaciones: siete en total, cinco novelas de aventuras y dos que nos habían recomendado en el instituto como lecturas de verano.
Los dejé en uno de los estantes vacíos para enseñarle a Sebastián que yo sí leía y que no me dejaba influir por sus opiniones, dijera lo que dijera.