5. Llegamos a la casa del bosque
Llegamos a la casa del bosque
S obrevolamos los lagos, que eran como manchas azules entre el verde del bosque.
Los brazos de los lagos formaban caprichosas ramificaciones que se estrechaban en líneas azuladas, que no eran otra cosa que los riachuelos que de allí nacían.
Parecían como estrellas azules en medio de un cielo de color verde.
Conforme nos íbamos acercando, el viento que creaba el aparato mecía sus aguas en pequeñas olas, doradas por los destellos del sol de la tarde.
La pista de aterrizaje era una delgada franja de tierra que surgía del lago y terminaba en el bosque.
Tocamos casi el agua para entrar en ella, y la avioneta se deslizó suavemente hasta que paramos.
El aterrizaje desde la avioneta nada tenía que ver con el que habíamos hecho con el avión.
Mi tío al volante, la pista tan pequeña.
Tuve pánico, pero la excitación ante el acercamiento pudo más, y no cerré los ojos.
No quería perderme nada de lo que África tenía que enseñarme, ni siquiera sus peligros.
Mientras estuvimos en la pista, un grupo de hombres y mujeres se acercaron hacia nosotros. Vestían ropas de mil colores llenos de vivacidad. Sonreían y daban palmas ante nuestra llegada.
Una gran algarabía nos fue rodeando mientras bajábamos del bimotor.
Me miraban con curiosidad, tocaban cada parte de mi cuerpo, mientras repetían el nombre de mi padre.
Mi cara y mi expresión recordaban las de él.
Yo ya lo sabía. Todos me lo decían en Madrid.
Solo me faltaban bastantes centímetros de altura para parecerme más a él, que había sido muy alto.
Las fotos en casa de mi abuelo me habían mostrado mi parecido con el rostro de papá cuando era joven; pero iba a ser a partir de ahora cuando empezaría a conocer aquello que de mi padre había dentro de mí, en mi corazón y en cada poro de mi piel.
Ya he dicho que me tocaron. Hablaban en francés.
Afortunadamente, había estudiado esa lengua en el instituto, y por mi cuenta había leído a Julio Verne en su idioma original, y también todas, o casi todas, las aventuras del inspector Maigret de Simenon, así que podía entenderlos y hablar bastante bien.
Aquel día, en poco rato, empecé a conocer a algunas de las personas que más influirían en mí durante aquellos dos meses de mi estancia en Gabón, y a las que siempre llevaré conmigo en lo más profundo de mi alma.
Una mujer joven, vestida con un traje verde ribeteado en plata, y con un tocado de raso en el pelo, que hacía juego con el vestido, nos recibió a mi tío y a mí con sendos ramos de flores.
Miró con una sonrisa muy luminosa a Sebastián, algo así como mi madre cuando miraba al cirujano o hablaba con él por teléfono.
En aquel instante pensé que tal vez era la novia de mi tío, pero días después descubrí que no era así, aunque a ella seguramente le habría encantado tener algo que ver con él.
Se llamaba Cecilia y estaba en el servicio de la casa, se encargaba de limpiar, de lavar y planchar la ropa de Sebastián, y de ordenar las habitaciones.
La vi muy pocas veces, pronto se fue de vacaciones, a visitar a su familia, que vivía en el sur de Gabón.
Detrás de ella, con un mandil blanco y un pañuelo también blanco que escondía su negra y rizada cabellera, se nos acercó Lise, la cocinera, que nos ofreció dos zumos de frutas.
Era la primera vez que yo probaba aquellos sabores; la receta la aprendí días después: mango, papaya, piña, limón, agua y un poco de leche, todo batido.
Su ancha sonrisa al comprobar mi avidez mientras me bebía la refrescante pócima fue una recompensa mutua, que se repetía cada vez que me miraba comer sus platos.
Durante el tiempo que estuve en la casa, pude saborear menús exquisitos y exóticos, cuya existencia me era insospechada hasta entonces.
Conozco los ingredientes de algunos, pero de otros Lise pensó que era mucho mejor que no los supiera nunca.
Una vez hubimos bebido la ambrosía de Lise, se nos acercó un hombre.
No era ni muy alto ni muy bajo, bastante corpulento, de ojos vivaces y muy pequeños, semiescondidos tras unas rotas gafas graduadas, de pasta amarillenta.
Vestía unos pantalones vaqueros muy viejos y una camisa verde con cuadros azules.
Me fijé bien en sus dientes, que brillaban más que los de todos los demás en su rostro oscuro.
Me pregunté qué pasta dentífrica usaría.
Su dentadura mostraba además dos dientes de oro, una muela inferior a la derecha y el colmillo superior izquierdo, lo que le daba cierto aire felino.
De su cuello colgaba, además, un collar con varios colmillos, que seguramente eran de leopardo, lo que me hizo recordar de nuevo la historia del medallón.
El hombre me tendió la mano, mientras Sebastián me lo presentaba:
—Benjamín, te presento a Henri, el capataz, el hombre en el que más confío en toda África. Ojalá aprendas de él al menos una décima parte de lo que yo he aprendido. Es un hombre sabio. Conoce palmo a palmo el bosque y todo lo que lo habita, esté vivo o muerto.
—El patrón es siempre muy lisonjero conmigo, chico, no le hagas caso.
Él ha aprendido todo lo que sabe gracias a tu abuelo, a tu padre y a sí mismo.
El pobre Henri poco tiene que ver con eso —así, modestamente, contestó el capataz a las palabras de Sebastián.
Pero yo sabía que si mi tío decía algo, era cierto.
No era un hombre de muchas palabras, y menos sobre los demás, así que, cuando pronunciaba alguna, solía tener razón.
—Mucho gusto, señor.
Fue lo único que se me ocurrió decir mientras contemplaba fascinado su colmillo dorado, que tanto destacaba con su piel tan negra, y los colmillos tan blancos alrededor de su cuello oscuro.
Tengo que confesar que aquella primera vez que vi a Henri me sobrecogió su presencia.
Había algo misterioso en él. No tardaría mucho en saber qué era, y pronto aprendí a admirar su talento y su lealtad, como hacía Sebastián y como había hecho mi padre.