4. El medallón, el viaje en avión y, por fin, la selva africana #2
—Entonces, papá tenía otro medallón, ¿no? ¡Qué extraño! Tengo tan pocos recuerdos de mi padre que no me acuerdo de habérselo visto nunca.
Mi tío asintió con la cabeza.
—¿Dónde está ahora? —seguí interrogándolo.
Se encogió de hombros, apretó los labios, me miró con cierto brillo en los ojos que entonces no supe traducir y dijo:
—Tal vez se perdió para siempre en las Montañas de Cristal, durante el accidente.
—Si papá lo hubiera llevado consigo, y dices que siempre lo llevaba, ¿no?, pues tiene que estar en algún lado. Si durante el rescate no lo encontrasteis, tal vez se rompió la cadena con el choque y todavía esté entre los restos de la avioneta o en algún lugar cercano, en la montaña.
—Quizás, todo puede ser —respondió con aparente desinterés.
—¿Has vuelto allí después del rescate?
—No, nunca. El acceso es muy complicado. No creo que vuelva nunca a esa montaña.
—¿Por qué? —le espeté, mientras una auxiliar de vuelo nos servía un zumo de naranja—. Tenemos que encontrar el medallón de papá, tío. Subiremos juntos esas Montañas de Cristal, lo buscaremos, y yo podré llevarlo colgado de mi cuello, como un recuerdo de mi padre. Me llevarás, ¿verdad?
El medallón empezaba de pronto a convertirse en una obsesión.
Era algo que me ligaba a la figura de mi padre, que me podía llevar a compartir con él esa parte de su vida que me estuvo vedada durante tanto tiempo.
Además, el nombre de Montañas de Cristal sonaba tan melódico a mis oídos que se repetía en mi cabeza como el estribillo de una canción.
Sebastián bebía pensativo su zumo, y entre trago y trago se fue saliendo por la tangente:
—En la explotación hay siempre mucho trabajo.
En África ya no se hacen largas expediciones para buscar tesoros perdidos, probablemente inexistentes.
Has visto demasiadas películas de Tarzán y cosas similares.
¿Cómo se llamaba su novia, Jami, Nanie, Jane?
Una que me gustaba mucho de niño, aunque no era de Tarzán, era Las minas del rey Salomón, ¿la has visto? Esa está bien.
—Tío, no cambies de tema. —Me irritaba su manera de tratar de convencerme como a un niño pequeño, con argumentos peliculeros—.
No se trata de eso. Se trata de encontrar algo que perteneció a mi padre, que fue importante para él.
Si encuentro el medallón, conoceré algo más de mi padre, ¿entiendes?
Es una parte de su vida, la que vivió lejos de mí, la que quiero recuperar.
Su recuerdo también es una parte de mi vida.
No me quites eso, tío. Mamá quiere borrar a papá de su mente para poder vivir de nuevo, pero yo no, yo quiero rescatarlo del olvido para mí.
Para poder saber quién soy, para conocerme a mí mismo, necesito saber quién fue de verdad mi padre.
—¿Y crees que teniendo el medallón vas a conocer mejor a tu padre, que vas a saber más de él que lo que yo u otros te podamos contar?
Me quedé callado. Mi tío no daba importancia a los objetos, pero yo sí. Me aferraba a tener algo que tocar, algo que hubiera tocado él; era como si así me pudiera transmitir una parte de él.
—Creo que algo ayudaría —dije por fin—. Promete que me llevarás.
Estoy seguro de que en aquellos momentos, y mientras terminaba su zumo de naranja y los cacahuetes que la azafata nos había dado, Sebastián se estaba arrepintiendo de haberme llevado con él. No obstante, comentó inesperadamente:
—Nada de promesas. Solo sirven para coartar la libertad, y eso es algo que no debemos hacernos el uno al otro. ¿De acuerdo?
Le miré extrañado. No entendía el significado de la palabra coartar, ni sabía qué tenía que ver la libertad con todo aquello de lo que estábamos hablando.
Mi tío era diferente a los demás hombres que yo conocía.
Me iba dando cuenta de ello; pero todavía me quedaban muchos momentos para observar hasta qué punto era así.
De cualquier manera, no conseguí arrancarle una promesa, pero tampoco una negativa, y eso ya era una victoria. Seguro que hallaría la manera de convencerle para subir a la montaña y encontrar el medallón perdido.
Después de la conversación sobre el medallón, una azafata de ojos rasgados nos entregó la bandeja con la comida.
Nos dedicó una sonrisa de dentífrico mientras nos decía un «Voilà, messieurs», en francés.
Tarde o temprano se acostumbra uno a la comida de los aviones.
Pero las primeras veces siempre hay cierto elemento de curiosidad por saber qué hay debajo de la tapa metálica que mantiene el calor de la comida.
Nos dieron pechugas de pollo con arroz. Había una salsa amarilla por encima.
Mi tío me informó de que se llamaba salsa de curry y que se utilizaba mucho en la cocina oriental.
Mamá no solía usar especias en las comidas, ni siquiera sal, dice que no es sana para el cuerpo.
Bueno, el caso es que aquel arroz con curry tenía un sabor muy peculiar que me gustó.
También había una ensalada de pasta con pasas, que no estaba mal.
De postre, un trozo de melocotón en almíbar y un pastelillo del tamaño de mi dedo pulgar.
En aquel tiempo, yo comía como una lima.
Estaba creciendo y tenía que comer, me repetía constantemente mi madre.
Me quedé con hambre, así que me terminé las chucherías que había comprado en el aeropuerto, ante la mirada de asco de Sebastián, que no soportaba ninguna de aquellas delicias blandas y pegajosas. Al poco rato me dormí.
Recuerdo que soñé con el medallón, con elefantes y con tigres.
Lo de los tigres en el sueño era un poco raro; yo entonces ya sabía que de eso no hay en África, pero ya se sabe, en los sueños pasan cosas muy raras e incoherentes.
También soñé con Almudena convertida en mariposa, y con Borja con orejas y dientecillos de murciélago.
¡Qué asco de chaval! Hasta en aquellos momentos se me aparecía.
Me despertó la voz francesa del voilà, messieurs de la auxiliar de vuelo, cuando nos ofrecía un bocadillo extraplano de salmón ahumado como merienda.
Para beber, pedí un zumo de naranja, por aquello de la vitamina C y la comida sana de mamá.
Sebastián pidió una coca-cola. A su lado se sentaba una señora muy enjoyada, que solicitó una botellita de vino, que se metió al bolso, mientras me lanzaba una sonrisa muy pintarrajeada.
Antes, durante la comida, también se había guardado el pequeño vaso de cristal con el anagrama de la compañía aérea.
Se ve que viaje a viaje se iba haciendo con una cristalería extra. ¡Hay gente para todo, ya se sabe!
Desde la ventanilla veía cómo iba cambiando el paisaje.
Habíamos dejado ya atrás el desierto del Sahara: kilómetros y kilómetros de arena, que formaban una gran mancha amarilla con matices sombreados a nuestros pies.
Podía adivinar a los camellos en su acompasado y lento caminar, acarreando las jaimas de los beduinos.
Es alucinante que puedan estar meses sin beber.
La idea me dio sed y me terminé mi zumo de un trago.
De repente, el color de la tierra cambió, y una gran alfombra verde se extendió bajo el avión.
¡Estábamos sobrevolando la selva! ¡Por fin!
El piloto dijo en francés que en aquellos momentos cruzábamos el ecuador, esa imaginaria línea que nos cambia de hemisferio y que hace que veamos otras estrellas diferentes.
¡Qué mundo tan grande y tan pequeño! Con este paradójico pensamiento me volví a dormir.
Aunque me había llevado un libro para el viaje, no conseguí abrirlo.
Siempre había algo que ver o que hacer en el avión, de modo que no leí nada.
¡Tenía todo un gran libro abierto a mis ojos al otro lado de la ventanilla, de frente, y justo abajo, a la derecha!
Después de ocho horas de vuelo sin escala, aterrizamos en el aeropuerto de Libreville.
Recogimos el equipaje y volvimos a la pista para tomar la avioneta que nos llevaría hasta la casa de Sebastián, en medio de la selva.
Aquella casa la habían hecho los abuelos con sus propias manos hacía ya muchos años.
Por fin iba a conocer el hogar en el que mi padre había pasado parte de su infancia y de su juventud.
Montamos en la avioneta, y así empezaba a desobedecer las recomendaciones de mi madre.
Debo confesar que me daba bastante miedo, a la vez que ejercía sobre mí una extraña fascinación.
En una igual había muerto papá. Y mi tío era el piloto.
Verdad era que llevaba muchas horas de vuelo, pero aquello tan pequeño que parecía de juguete me inspiraba muy poca confianza.
Sebastián leyó mi pensamiento y sus ojos me sonrieron tristemente.
Puso su mano firme en mi hombro y me dijo: «Ahora vamos a casa.
Tenlo por seguro». Había siempre algo en su mirada y en su voz que tenía el don de tranquilizarme.
Todavía hoy no sé por qué, pero algo había en él que transmitía seguridad y confianza a todos los que estábamos a su alrededor.
Eso era parte del extraño magnetismo de Sebastián.
Poco a poco iría conociendo otras caras de su poder de seducción.
Sobrevolamos la selva a pocos metros de altitud por encima de árboles y de lagos.
Vimos una familia de elefantes en un claro del bosque, y a una leona que miraba hacia nosotros mientras que, temerosa, protegía a sus crías.
Un nuevo mundo se abría otra vez, pero ahora mucho más cerca.
Era como si la avioneta se deslizara sobre un mundo mágico de nuevas realidades, llenas de misterios, peligros, alegrías y belleza.
Se mezclaban en mi interior sentimientos de miedo y fascinación, por lo que veía desde el aire, por lo que no veía pero imaginaba, y por todo aquello que ni siquiera podía imaginar y que, era seguro, me estaba esperando.