4. El medallón, el viaje en avión y, por fin, la selva africana
El medallón, el viaje en avión y, por fin, la selva africana
E l día previsto para el viaje, mi madre me abrazó muy fuerte y me dio muchos besos.
Supongo que se sentía culpable por dejarme con mi tío y expedirme como un paquete a la peligrosa jungla.
Noté que hacía esfuerzos para no llorar.
Era la primera vez que nos separábamos. Temí que en el último momento se arrepintiera de su aventura con el cirujano y que no me dejara marchar. No fue así.
Mi tío vino a buscarme por la mañana muy temprano para ir al aeropuerto.
Un taxi esperaba a la puerta de casa. Mi tío me llevó la maleta al vehículo, mientras yo volvía a besar a mamá, cuyo rostro se debatía entre la sonrisa y el puchero.
Subí al coche y fui moviendo mi mano fuera de la ventanilla hasta que mamá y yo dejamos de vernos, cada vez más separados por el largo asfalto de nuestra calle.
Metí mano y cabeza en el taxi y miré a mi tío, que me sonreía mientras me daba una palmada en el muslo izquierdo. No decía nada, solo me miraba tal vez intentando adivinar mis sentimientos de excitación.
Entonces lo volví a ver, esta vez de cerca.
Sebastián llevaba, como siempre, aquel extraño medallón colgado del cuello por una gruesa cadena de oro.
La cadena no me gustaba nada. En cambio, había algo en el medallón que dirigía mis ojos hacia él sin remedio.
Tenía una forma caprichosa; dos picos blancos, como montañas pintadas por un niño pequeño, cuyas laderas se juntaban en una especie de sima de suaves ondulaciones.
Estaba rodeado por un aro dorado, y tenía un fondo de madera oscura que resaltaba aún más el blanco del relieve.
De lejos parecía un barco de vela, como esos que se meten dentro de las botellas y que se venden en las tiendas de recuerdos de la playa.
De más cerca se asemejaba a dos montes gemelos, pero cuanto más acercaba mis ojos al medallón, menos real me parecía su figura.
En el taxi, mi tío iba mirando, silencioso, a través del cristal de la ventanilla.
Los modernos edificios empresariales de la Nacional II pasaban deprisa a nuestro lado, todavía iluminados por las luces eléctricas de la noche.
Yo seguía mirando el medallón, fascinado por un extraño magnetismo. Por fin, le pregunté:
—Tío, ¿qué es este medallón? Siempre lo llevas puesto, ¿verdad? ¿Qué significa?
—Sí, siempre lo llevo conmigo. Es una muela de leopardo.
—¿Una muela de leopardo? —Casi quedé decepcionado. Me había imaginado algo todavía más misterioso y noble que el diente de un felino; una muela, al fin y al cabo, es algo que tenemos todos, y además en una cantidad bastante considerable—. ¿Una muela de leopardo? Déjame tocarla.
Al pasarla por mis dedos, noté que tenía el tacto óseo y suave de mis dientes, pero en grande, claro.
—Es una muela del primer leopardo que cazamos tu padre y yo.
Al oír la palabra padre, miré a Sebastián con ansiedad. Por fin alguien me hablaba de papá sin echarse a llorar. Por fin alguien me iba a contar algo de él, de su vida, de todo aquello que yo no sabía y que quería saber.
—Es una muela del primer leopardo que cazamos tu padre y yo.
Íbamos juntos por el bosque. De pronto, lo vimos entre unos matorrales, callado, quieto y con esa mirada brillante de los felinos.
Nos miró, sacó su lengua y se relamió de gusto.
Había encontrado un buen desayuno: dos jóvenes adolescentes, un poco mayores que tú, Benjamín.
Yo seguía el relato de mi tío con la boca casi tan abierta como aquel animal. También yo tenía hambre como él, pero no de comida, sino de noticias sobre lo que había vivido mi padre.
—Empezó a caminar hacia nosotros, que estábamos inmovilizados por el miedo.
A mí me dio un escalofrío que me recorrió desde la cabeza hasta la punta de las uñas de los pies.
Sentí un frío instantáneo y comencé a sudar al mismo tiempo.
El leopardo miró hacia tu padre, que iba desarmado.
Tu padre me miró a mí. Yo lo miré primero a él y luego al leopardo.
¿Qué podía hacer? Nunca había disparado a ningún animal.
Llevaba una escopeta que tu abuelo me había regalado una semana antes, pero solo habíamos disparado a botellas, dianas y cosas así, nunca a ningún ser vivo, móvil y con colmillos afilados.
»El leopardo empezó a mirarme también con aquellos ojos cada vez más rasgados.
Se estaba pensando a quién atacar primero, si a tu padre o a mí.
Por fin se decidió. Dio tres pasos hacia mí.
Entonces, cargué la escopeta y le disparé en el entrecejo.
Fue un tiro certero. Cayó en el acto y no volvió a moverse.
Dejé de sudar, pero mi cuerpo siguió helado mientras contemplábamos su cuerpo tendido en el suelo.
»El ruido del disparo alertó a mi padre, que vino enseguida con tres de sus hombres.
Todos nos felicitaron por lo valientes que habíamos sido y por haber cazado un animal tan grande.
Tu padre y yo nos miramos. Se debatía una extraña mezcla de sentimientos dentro de nosotros, allí de pie, mientras mirábamos al leopardo muerto: estábamos contentos porque habíamos sobrevivido a un momento difícil y peligroso.
Además, habíamos demostrado que éramos dignos hijos de nuestro padre, el gran cazador blanco al que todos admiraban, al abatir tan imponente fiera.
Pero también respirábamos cierta tristeza e incomodidad por haber matado a un animal así.
Era extraño que algo que había estado vivo a tres metros de nosotros, unos minutos antes, unos segundos antes, ahora estuviera muerto, inerte, con sus ojos abiertos pero sin vida, allí delante de todos; contemplado sin piedad por un grupo de nativos (habían venido más a felicitarnos por la hazaña) y por nosotros tres, que lo rodeábamos.
Satisfacción, sensación de poder y cierta amargura, eran sentimientos que se agolpaban y mezclaban en nuestros corazones en aquel extraño momento.
Sebastián interrumpió su relato para pagarle al taxista, que debía de haber estado escuchando, atónito, toda aquella historia mientras nos conducía hacia Barajas.
Habíamos llegado al aeropuerto. Teníamos que hacer algunas cosas prácticas, así que de momento me quedaba sin conocer cómo la muela del animal se había convertido en aquel objeto extraño que pendía del cuello del tío.
Entramos en el aeropuerto de Barajas. Nuestro vuelo era uno de los primeros de la mañana y había poca gente por los pasillos.
Todos, eso sí, con caras de sueño. Facturamos nuestro equipaje, pasamos el control de pasaportes, la aduana y entramos en la zona de tránsito.
En la tienda libre de impuestos, compró Sebastián una botella de brandy para Henri.
Yo todavía no sabía quién era aquel Henri, ni sospechaba que iba a formar una importante parte de mi experiencia africana durante los próximos dos meses.
También compró un frasco de perfume caro para Lise.
Pensé que sería alguna novia de mi tío; pero no, resultó ser la cocinera de la casa y esposa número tres de Henri.
Yo compré en el quiosco una novela del inspector Maigret y una bolsa de chucherías.
El vuelo era largo, y a mí los aviones siempre me han dado un poco de miedo, así que endulzado y entretenido con las investigaciones del policía francés todo iría mejor.
Embarcamos a las ocho y media de la mañana en un vuelo de la compañía suiza Swissair, que nos llevaría directamente y sin escalas a Libreville, la capital de Gabón. La aventura africana comenzaba.
Ya en el avión, con los cinturones puestos, pero todavía en tierra, pedí a mi tío que continuara con su narración.
Me serviría además de terapia. Entonces y aún hoy, ese primer rato en el avión, antes de despegar, me llenaba de angustia; necesito hacer algo, oír algo o decir algo.
Si no, me entran unas terribles ganas de bajarme y volver corriendo a la terminal.
Es algo que no he podido superar con los años.
Por eso, un buen libro o una interesante conversación se hacen imprescindibles en esos momentos.
Afortunadamente, a Sebastián le apetecía hablar, cosa que no ocurría siempre, y prosiguió enseguida su relato.
—Los hombres se llevaron el animal al poblado.
Al día siguiente, mi hermano y yo recibimos cada uno un medallón hecho con una muela del leopardo.
El hechicero de la tribu los había hecho como símbolo de fuerza, virilidad, valentía y poder del hombre sobre las bestias.
Yo no creo en ese poder por sí mismo. Fue el poder del rifle sobre el animal desarmado lo que lo abatió.
¿Sabes? Ante las balas, el más valiente, sea animal u hombre, se tiene que rendir.
No es valentía lo que dan las armas. Eso es algo que deberás aprender.
La fuerza hay que buscarla dentro de uno mismo, no en un objeto ajeno.
Bueno, en cualquier caso, este es uno de aquellos dos medallones.
Tiene casi veinticinco años. Tu padre y yo lo llevamos.
.., lo llevábamos desde entonces. Era algo que nos recordaba una experiencia compartida, algo que hicimos juntos, que nos acercó a la muerte y a la vida al mismo tiempo.
Algo que nos unió para siempre. Eso es lo más hermoso de este medallón.
Yo había oído la historia del medallón con tanta concentración que no me di cuenta de que el avión estaba ya en la pista y preparado para despegar.
Esa parte del viaje sí que me gusta: cuando los motores aceleran, el aparato coge velocidad y se desprende de la tierra.
Miraba a mi tío, a los campos que se iban recortando como en pequeñas cuartillas a medida que íbamos ascendiendo.
Miraba el medallón y miraba a través de la ventanilla, doblemente fascinado por el vuelo del avión y por la muela del felino.
Cuando se apagaron las luces para podernos quitar los cinturones, pregunté a Sebastián: