3. El cirujano de mamá y un verano en Santander que no fue
El cirujano de mamá y un verano en Santander que no fue
M amá había conocido a un hombre unos meses antes, en plena primavera, y ya se sabe: la primavera la sangre altera.
Había salido con él en varias ocasiones, y un par de veces nos había invitado a cenar a mi madre y a mí.
Estaba muy claro que él quería ser amable conmigo.
Era un tipo alto y moreno, más o menos de la misma edad que ella, cirujano; estaba divorciado y no tenía hijos.
La expresión del rostro de mamá cambiaba cuando Jorge llamaba por teléfono.
Sus ojos se estiraban al sonreír, y su cara se iluminaba, como si la encendieran con un interruptor.
Los días que salían juntos, mamá se cambiaba de ropa una y otra vez delante del espejo.
Preguntaba mi opinión, cosa que no solía hacer normalmente, sobre si estaba mejor con este o con el otro vestido, o tal vez con ese otro traje de chaqueta.
A mí me aburría mortalmente su particular desfile de modelos.
Yo no entendía nada de moda femenina. Lo único que sabía sobre mujeres era que Almudena me gustaba llevara lo que llevara.
Pero mi madre estaba siempre muy preocupada por su aspecto, por ir a la moda, igual que las pesadas de sus amigas, que todavía me retorcían los mofletes cada vez que me veían y me decían: «¡Qué rico, Benjamín, qué dos bollitos tienes como carrillos, dan ganas de darles un mordisco!
». Afortunadamente, se contenían en su deseo de morder como serpientes venenosas mi demasiado jugosa y carnosa cara.
Se conformaban con pellizcarla y dejar sus dedos marcados, y a veces incluso sus largas y pintadas uñas clavadas en mi piel.
¡Encantadoras, las amigas de mamá, y muy modernas. ..!
Aquella primavera, y después de haber conocido a Jorge, mamá había comprado un traje de pantalón negro con una camiseta blanca muy escotada que la favorecía mucho; hasta yo me había dado cuenta.
Después de la muerte de papá, se había quedado extremadamente delgada; ahora por fin estaba engordando e iba poniéndose incluso guapa, como antes.
¡Hay que ver lo que un cirujano puede hacer con una mujer, incluso sin operarla!
, pensaba yo cuando la veía maquillarse cuidadosamente para disimular las primeras arrugas que empezaban a enmarcar las comisuras de sus labios y las esquinas de sus ojos.
Mi madre tenía unos ojos de color miel, que la siguen haciendo sumamente atractiva.
Su cabello había sido oscuro, pero la tristeza envuelta en un papel de aparente frialdad lo había cubierto de canas.
Por eso se teñía cada mes en la peluquería.
Cambiaba su color muy a menudo. No acababa de estar satisfecha consigo misma.
En aquellos días lo llevaba rojizo, a la moda, y recogido atrás en un moño bajo.
El mismo día que mi tío me vino a buscar al colegio, por la noche mamá estaba nerviosa. Yo lo achaqué a la llegada de Sebastián, al que no soportaba. Pensé que su venida le había sorprendido de un modo desagradable. Me equivocaba.
Mamá tenía algo que decirme y no sabía cómo.
Me preparó mi cena favorita: hamburguesas con queso y patatas fritas.
A ella no le gustaba que yo comiera aquello, siempre decía que era comida basura, bazofia, y que no era sana, así que solo una vez al mes me permitía ir al McDonald’s con mis amigos.
Hacía dos días que habíamos estado allí, y ella lo sabía.
Entonces, ¿por qué me hacía hamburguesas esa noche?
También había comprado un vídeo con una película que habíamos visto unos meses antes y que a mí me había entusiasmado, y que a ella la había hecho vomitar.
Además, me había dejado jugar con el ordenador una hora más de lo habitual.
¿Qué demonios estaba pasando por su cabeza?
¿La había trastornado el cirujano? Algo no funcionaba bien.
¿Se estaba volviendo loca? ¿Se habían colgado nuestras previstas vacaciones en la Manga del Mar Menor?
En cualquier caso, sus ojos brillaban de una manera nueva.
—Benja, tengo algo que decirte.
—Sí, mamá. Te noto rara. ¿Qué te pasa? —le pregunté.
Y ella respiró hondo, cogió carrerilla y dijo:
—Jorge me ha pedido que me vaya de vacaciones con él.
Solos él y yo, para conocernos mejor. Tiene una casa en Santander y hemos pensado ir allí, y viajar un poco por el norte.
Él quiere que nos casemos, pero yo no estoy segura ni de mis sentimientos hacia él, ni de si quiero casarme de nuevo.
No sé. Además, si me caso, perdería la pensión de viudedad.
No sé. Necesito tiempo, y creo que es bueno que pasemos una temporada juntos, solos, para ver si nos soportamos más de cinco horas seguidas, y para ver si el cambio puede o no merecer la pena. ¿Qué crees tú?
Me quedé con la boca abierta. No esperaba que mamá saliera por ahí.
Ella y Jorge. De vacaciones juntos, solos.
.. ¿Y yo? ¿Qué iban a hacer conmigo? ¿Qué iba a ser de mí ese verano?
Yo también quería ir a Santander. O a la Manga del Mar Menor, o a donde fuera, pero con mamá.
Todo eso pasó por mi mente, claro está, en treinta y siete milésimas de segundo, pero solo dije:
—Pues Jorge parece un buen tipo y tiene dinero. Seguro que, además, te quiere mucho.
Sí, yo estaba seguro de que Jorge la quería y de que también aceptaba mi existencia dentro del mundo de mamá.
Pero ¿aceptaba yo, Benjamín, que mi madre trajera a un extraño a nuestra casa?
¿Y qué ocurriría con el recuerdo de mi padre?
Ella había intentado deshacerse de él, pero ¿y yo?
Yo no, yo quería recuperar la memoria de papá, su recuerdo.
Yo no quería a un desconocido de cuarenta años a la hora de desayunar.
En todo caso, un desconocido de mi edad con el que jugar con el videojuego, pero un cirujano de casi dos metros, barba y que cortaba tripas, era demasiado para compartir mi colacao con él.
Además, ¿y si mamá dejaba de quererme y de protegerme para dedicarse de lleno a Jorge?
¿Y si tenían un hijo y se olvidaban de mí?
Confieso que en aquellos segundos tuve miedo de perderla, de otra manera que había perdido a papá, pero de perderla al fin y al cabo.
Sentí que caía por un pozo oscuro; caía, caía y no llegaba al final.
Yo solo ante los peligros de la vida. Me ahogaba.
Me faltaba el aire. Era como si una mano grande y peluda (¿de cirujano tal vez?) me oprimiera el cuello y no me dejara respirar.
Todo eso pasó por mi cabeza esta vez en tres o cuatro segundos.
Miré a mamá, que, mientras se retorcía las manos, me miraba con una sonrisa nerviosa y con las cejas levantadas, expectantes, como queriendo meterse dentro de mi cerebro e ir viendo mis ideas, mis pensamientos, a todo color.
Afortunadamente, no lo consiguió. Ella tenía esperanzas en esa relación, en ese viaje a Santander, que podría alegrar sus días.
Yo lo sabía. Le sonreí en medio de todas mis tribulaciones.
Algo me decía que quizás no dejaría de quererme a pesar de todos los Jorges que en su camino pusiera la vida.
—Pues sí, me parece que podéis pasarlo bien, y él... Jorge está bien, parece agradable y me ha dicho Almudena que ha oído comentar a su padre que es muy respetado en el hospital. —Es que el padre de mi chica era compañero del novio de mi madre. ¡También era casualidad!
¡Dios! No sabía cómo decirle que debía tomar las riendas de su vida y que yo tendría una adolescencia feliz si ella respiraba, al menos, un poco de alegría.
Eso lo pienso ahora, pero entonces no sabía cómo convertir en palabras todas aquellas ideas que iban asaltando, entrelazándose, mi pobre cabeza. Así que le aconsejé:
—Sí, mamá, ve con él a Santander. Yo me iré a la finca con los abuelos.
—Entonces, ¿no te importa que pasemos las vacaciones separados? —Me sonrió y me abrazó emocionada. Mientras me abrazaba me dijo al oído, como si alguien nos pudiera oír—: En septiembre tendremos mucho que contarnos el uno al otro.
Lo puse en duda. Sabía que ella podría contarme muchas cosas que nunca me contaría, e intuía que yo no tendría nada que contar.
La finca de los abuelos en Zaragoza no era un lugar demasiado divertido.
Había muchos árboles, una piscina y una pista de tenis.
Pero seguramente no habría nadie disponible para jugar conmigo.
Los abuelos estaban ya mayores, y mis primos se iban a Eurodisney y luego a Peñíscola.
Me esperaba un verano aburrido. En aquel momento, todavía hoy no sé por qué, me acordé de mi tío Sebastián.
Tal vez él se quedara con los abuelos; si era así, podían cambiar las perspectivas.
Mamá vio los cambios en la expresión de mi cara, mientras iba pensando todas aquellas cosas. Debió de adivinar mi pesadilla mental.
—Especialmente, tú tendrás mucho que contarme al final del verano —me espetó con una mirada cómplice y mientras se mordía el labio inferior, en un gesto muy suyo—. He hablado con los abuelos y con tu tío Sebastián.
Cuando nombró a mi tío, su cara se ensombreció, pero no tanto como otras veces.
—Tu tío ha venido unos días para firmar unos papeles con los abogados. Solo estará aquí un par de semanas. Él..., bueno, le he contado mis planes y... quiere que pases el verano con él... En África.
Mis ojos se hicieron dos lunas llenas. ¿En África?
¿Con mi tío? ¿Con Sebastián, al que mi madre odiaba, o al menos eso era lo que yo había creído hasta entonces?
Caramba. Debía estar muy enamorada del cirujano, o había perdido la cabeza, si me dejaba ir a África con mi tío, que era como decir: ¡Hala, a la selva con Tarzán!
¡Milagros de la cirugía!, pensé de nuevo.
—¿Me vas a dejar pasar el verano en África con el tío? ¿De verdad?
—Sí, sí, de verdad. Pero prométeme que tendrás mucho cuidado con lo que haces.
Hay sitios peligrosos. Nada de montar en la avioneta.
Nada de nadar en el lago, que hay pirañas o algo parecido.
Además, hay que vacunarte contra el tifus, contra el cólera, tienes que tomar comprimidos contra la malaria, y algo más de lo que no me acuerdo ahora.
Bueno, hay que organizar todo en pocos días.
A tu abuelo le parece bien. Eres su nieto mayor, y siempre es bueno que visites algunos lugares que son importantes para los negocios de la familia.
—Aquí le volvía a salir a mamá la vena materialista, que no podía evitar.
«Y así podré visitar, por fin, los lugares que fueron importantes para mi padre —pensé yo—; allí donde él pasó su juventud, sus mejores años, y allí donde murió, él, que amaba tanto la vida.
Así podré reconstruir su recuerdo en mi memoria».
Abracé a mamá y ambos lloramos. Se mezclaron lágrimas de emoción ante un futuro que se prometía fascinante para ambos, con lágrimas de tristeza por un pasado que ya nunca volvería, lleno de ilusiones rotas por el tiempo.
Pero un pasado que yo iba a recuperar para el mundo de mi imaginación, para el mundo real de los recuerdos vivos, de la memoria viva.
Pasaron los días entre visados, pasaportes, vacunas y cremas contra los mosquitos y el sol.
Estaba tan excitado con mi próximo viaje, que casi me olvido aquellos días de Almudena.
Iba a pasar casi dos meses sin verla. ¿Cómo iba a soportarlo?
Almu veraneaba en Gandía, y habíamos pensado vernos en la playa.
Fui a despedirme de ella y a contarle lo de África.
Esperaba que llorara al decirle que no nos veríamos en todo el verano.
Confiaba al menos en que se pusiera triste.
Pero no pasó ni una cosa ni otra. Solo me alargó su mano y me entregó un papelito con unas letras y unos números escritos. Parecía un misterioso mensaje en clave.
—Es mi dirección de correo electrónico —fue lo único que salió de su boca, nada parecido a las románticas palabras que yo aguardaba—, puedes mandarme mensajes y decirme cómo te va tu aventura en la selva.
Yo no sabía ni siquiera si Sebastián tenía ordenador, y mucho menos Internet; pronto me enteré de que poseía uno portátil, que chocaba con su aire entre bohemio y aventurero.
El problema estaba solucionado. En mi primer mensaje le mandaría mi dirección e-mail, y ella también podría escribirme.
¡Divino progreso!, pensé. Me podría comunicar con Almudena desde la selva solo con teclear aquel mensaje cifrado.
Estuve a punto de llevarme el papel a los labios y besarlo (como sin duda había visto en alguna de aquellas películas que mamá alquilaba y que a ella le hacían llorar, y a mí a veces también, aunque a hurtadillas), pero mi prudencia todavía infantil me lo impidió.
En vez de eso, le di un beso en la mejilla derecha cuando me despedí.
Ella no me lo devolvió, pero me sonrió. Y yo me fui satisfecho y orgulloso de mí mismo, con el papel y sin el beso.
En fin, fue una de esas pequeñas cosas que son capaces de hacernos felices o desgraciados en una fracción de segundo.