2. El regreso de mi tío
El regreso de mi tío
H acía mucho tiempo que no veía a mi tío Sebastián.
En mi casa apenas se hablaba de él. Solo en casa de mi abuelo, y no demasiado.
Sabía que era el hermano mayor de mi padre y que estaba cerca de él cuando murió.
El día del accidente era el tío quien debía haber hecho aquel viaje en el que perdió la vida mi padre.
En el último momento, Sebastián enfermó con unas fiebres repentinas y fue papá quien cogió la avioneta para ir a Lambarené a recoger los alimentos y las medicinas para los trabajadores de la explotación.
Mi madre siempre deseó que el muerto hubiera sido mi tío y no mi padre, y por eso nunca hablaba de él; y cuando lo hacía, casi nunca salía bien parado: que si había sido un mujeriego, que si era un irresponsable, que si era un salvaje. ..
El caso es que yo crecí aquellos años con la idea de que mi tío era una especie de fiera que vivía en la jungla rodeado de más fieras; alguien parecido a Tarzán, pero sin una Jane que lo dulcificara.
Era mi último día de instituto. Salía por el patio con algunos de mis compañeros y el boletín de las notas.
Venían también Borja y Almudena, que ya se habían distanciado bastante a raíz de la desaparición de mi chichón y de mi aumento de estatura en casi cuatro centímetros.
Estábamos hablando de nuestros planes para el verano, cuando, de pronto, ante la puerta de la escuela, vi un coche deportivo rojo que llamó mi atención y la de mis amigos.
—¡Guau! ¡Qué cochazo! —dijo Pablo.
—Y rojo, como me gustan a mí —contestó Almudena.
—Rojo es una horterada. Ahora se llevan en gris metalizado —rebuznó Borja para fastidiar, como siempre.
Yo me quedé mudo. Mientras llegábamos a las proximidades del lugar donde estaba aparcado el vehículo, noté que iba subiendo cierto rubor a mis mejillas; me estaba poniendo como un tomate, más o menos del color del coche.
Yo había visto aquel bólido antes. Sí. En el garaje del abuelo, igual de reluciente.
Era inconfundible. Pese a lo cortado que estaba, sonreí.
Iba a poder impresionar a Almu. Alguien de casa del abuelo me había venido a recoger con el descapotable rojo de Sebastián, que no se había vuelto a usar en su ausencia.
Pero algo me sobrecogió al acercarnos más.
De pie, apoyado de espaldas a la puerta derecha del coche, estaba un hombre bebiendo un botellín de agua.
Se volvió súbitamente al oírnos cerca. Aquel hombre me miró, me sonrió, vino hacia mí y me abrazó muy fuerte. ¡Era mi tío Sebastián!
Tenía unos cuarenta años, pero no los aparentaba.
Solo su cabellera gris podía delatar su edad.
Tenía un cuerpo joven, atlético y musculoso.
Su piel, muy morena, estaba curtida por el fuerte sol de los trópicos.
Recogía su melena en una coleta, que le daba un aire entre bohemio y juvenil.
Sus ojos eran grandes y verdes; en su mirada se mezclaban como en un cóctel tres partes de una especie de alegría infantil, natural en él, y una parte de cierto tipo de tristeza, aprendida a través de algunas duras experiencias que la vida le había ido deparando.
Así era mi tío: alegre y lleno de vitalidad casi siempre; solo algunas, muy pocas veces, asomaba a sus ojos un rayo sombrío que le sumía en un lago de tristeza, tan profundo como sus ojos del color del océano.
Mis amigos se quedaron de piedra cuando el misterioso desconocido del flamante coche rojo me abrazó.
—Es mi tío Sebastián —les dije sin dudar, aunque hacía tiempo que no lo veía, y añadí—: Tío, estos son mis amigos, Pablo, Marisa, Eduardo, Almudena y... Borja.
—Hola, chicos —saludó el tío—. Vamos a casa del abuelo, Benjamín. Puedo acercar a uno de vosotros. El coche es pequeño, así que puede subir alguien menudo, que pueda compartir el asiento de delante con Benja.
Miré a mi alrededor. Allí no había nadie menudo. Yo quería que fuese Almu la que nos acompañara, claro; además, era la más delgada de todos, así que rápidamente dije, mientras miraba los ojos codiciosos de Eduardo hacia el coche:
—Almudena vive muy cerca del abuelo, tío. Podemos llevarla. Nos pilla de paso.
Como ninguno de mis amigos sabía dónde vivía mi abuelo, la mentira salió bien.
¡Mi adorada Almudena vivía en la otra punta de Madrid, y gracias al atasco de las siete de la tarde en la M-30, yo podría ir a su lado más de una hora haciendo rozar su camiseta con la mía, su pantalón con el mío!
¡Aquello era lo más parecido a la felicidad que podía imaginar!
En aquel momento adoré a mi tío, que debió de entender mis intenciones al vuelo, y a su coche, del que siempre había pensado que era una horterada colosal.
También agradecí que Almudena se fijara más en mí a partir de entonces, aunque solo fuera por obra y gracia del coche rojo.
En aquellos días, todavía no habíamos aprendido que la importancia de las personas habita en lo que son, y no en lo que tienen o en lo que aparentan.
Mi viaje a África aquel verano me enseñaría eso y mucho más.
Almudena tardaría aún bastante tiempo en comprender el verdadero valor de las cosas.