El medallón perdido
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1. Siete llaves y un desván
Siete llaves y un desván
Mi padre había muerto dos años antes en medio de la selva africana.
Su avioneta se encontró con una tormenta tropical y se estrelló contra los riscos de una pequeña montaña.
Encontraron su cadáver tres días más tarde.
Yo tenía entonces trece años, y mi madre había decidido protegerme de la tristeza de tenerme que enfrentar a una realidad adversa.
Todas las fotos en que aparecía mi padre desaparecieron de la casa, todos sus trofeos de caza fueron a parar a un desván del que solo mamá tenía la llave.
Ningún recuerdo de su presencia con nosotros durante años, ni siquiera su rostro, que se iba borrando poco a poco de mi memoria.
Nada quedaba de él en aquella casa de la colonia del Viso.
Mi madre pensaba que la vida podía empezar de nuevo si aniquilaba de un mazazo todo lo que tuviera que ver con el hombre que compartió con ella su juventud, por el que había sacrificado tantas cosas y que se había ido así sin más, sin despedirse, de la manera más insospechada, más imprevista.
Él, que pilotaba desde hacía tantos años, que conocía la selva palmo a palmo, que sabía de la rapidez con la que se forman las tormentas en esa parte del mundo.
Creo que en el fondo mamá nunca se lo perdonó, ni a él, ni a África, que se lo llevó sin avisar.
Nunca, en aquellos dos años, pude acceder al desván. Lo intenté todo: abrir la cerradura con una horquilla de mamá, con una tarjeta de crédito rota y caducada que encontré en el cubo de la basura, con un cuchillo de cocina. Nada.
Una vez hallé un manojo de llaves celosamente escondido en el doble fondo del escritorio del despacho de papá.
Junto al llavero, había fotos de mi madre mucho más joven; también fotos de otras chicas, desconocidas para mí, con esos rostros de otros tiempos, y que mi padre había guardado; fotos de los abuelos, cartas de viejos amores, un largo etcétera, pero ni una sola foto de mi padre.
Una noche, mi madre había salido a cenar y la asistenta estaba con una jaqueca que la postraba en cama una vez al mes.
Vi la ocasión: decidí probar aquellas llaves en la puerta de la buhardilla.
Para acceder a ella, había que bajar una escalera plegable que hacía un ruido endemoniado.
Comprobé que María había tomado su calmante y que estaba dormida como un tronco.
Para ello me puse unos zapatos de tacón de mamá y bailé un zapateado delante de la cama de la enferma.
Ni se inmutó, ni dejó de roncar un solo segundo.
¡Aquella era mi gran oportunidad! María profundamente dormida y mamá cenando con sus amigas. Era el momento.
Bajé la escalera plegable ayudándome de un bastón que mi abuelo se había dejado olvidado en la última visita.
En aquellos días, poco después de haber cumplido los quince años, todavía no había crecido demasiado.
Era muy bajo para mi edad, lo que me llenaba de complejos frente a mis compañeros de clase, todos más altos que yo.
Afortunadamente, tenía unos ojos que bastaban para conquistar a las chicas, sobre todo a Almudena, que era la única que por aquel entonces me importaba.
Aquel día deseé más que nunca ser más alto para poder llegar a bajar la dichosa escalera.
Saltaba y saltaba, pero no conseguía mi objetivo.
Menos mal que recordé que el abuelo se había dejado su bastón el día anterior.
Estaba claro que él no lo necesitaba; solo lo llevaba para impresionar y para que todos le preguntáramos:
—Abuelo, ¿qué tal va la pierna?
Así él podía contestar:
—Mejor, mucho mejor, me recupero con rapidez, igual que cuando un bisonte me pisoteó durante un safari hace treinta años...
Y así empezaba siempre a contar alguna de sus historias del pasado, que todos sus nietos escuchábamos encantados. Nadie narraba como él. Tenía una voz y una manera de hablar que nos sumergía en una especie de ensoñación misteriosa, que nos dejaba mudos y atónitos.
Pues bien, cogí aquel bastón y lo enganché a uno de los peldaños metálicos de la escalera, que bajó con el estruendo habitual en ella.
Me quedé quieto, atento a si algún ruido en el piso de abajo delataba que María se hubiera despertado.
Nada. Se seguían oyendo sus ronquidos acompasados, detenidos alguna vez por una inspiración más profunda, o sea, por un enorme ronquidazo.
De aquellos ronquidos de María me acordaría meses después, cuando oí por vez primera el bramido de un elefante.
Conseguí encaramarme a la escalera y subir hasta la puerta.
Empecé la tarea de comprobar las llaves.
La primera era demasiado pequeña. La segunda era demasiado grande.
Los dientes de la tercera no tenían nada que ver con la cerradura.
La cuarta entraba, pero ni giraba ni quería salir.
Por fin salió. La quinta tampoco quiso entrar.
La sexta también era muy pequeña. Y la séptima.
.. ¡Por fin! La séptima entraba y giraba.
.. Pero entró y giró al mismo tiempo que iba entrando y girando la llave de mi madre en la puerta principal de la casa.
¡Mi madre venía! ¿Qué había pasado con la cena?
¡Me iba a descubrir! Saqué a toda prisa la llave de su cerradura, con el ánimo de volver a intentarlo en otra ocasión, en otro milagroso momento en el que una cena de mamá y la jaqueca mensual de María coincidieran.
Pero... al sacar la llave y querer echar a correr para no ser descubierto, me olvidé de un pequeño detalle: ¡estaba encima de una escalera plegable!
Me caí. Grité. Mi madre subió asustada por el estruendo de mi caída y por mi grito.
Adivinó mis intenciones. Me dolía un brazo.
Tenía un golpe en la frente. Noté cómo algo se iba inflamando en mi entrecejo.
No podía mover el brazo. Mi madre chilló.
Yo lloré. Ella también lloró. María no se despertó.
Mamá cogió el teléfono y llamó a una ambulancia.
Mi expedición al desván terminó con un brazo escayolado por una fisura en el radio, con un montón de moratones y con un chichón infame en la frente que parecía un grano gigantesco.
El resultado fue que Almudena decidió ir al cine el sábado siguiente con Borja en vez de conmigo.
Borja sacaba en la escuela más sobresalientes que yo, medía quince centímetros más que yo y, además, tenía tres hermanos más que yo, que no tenía ninguno.
Lo odiaba. Y para colmo, aquel sábado acompañaría a ver mi película favorita a mi chica favorita. ¡Puaf!
Y por supuesto, mi madre me quitó las llaves, cambió la cerradura del desván por si acaso y metió la llave en una caja de seguridad que tenía en el banco.
Siempre ha sido muy exagerada para todo.
Además, yo podía volverlo a intentar con un hacha o contratando a un profesional, por ejemplo, pero ella no contaba con eso, claro, y yo en el fondo tampoco.
Además, no hubo ocasión. Muchas cosas empezaron a suceder en junio de aquel mismo año: mi brazo se curó, mi grano-chichón desapareció, Almudena cortó con Borja, de momento, yo crecí tres centímetros en un mes, aprobé el tercer curso de la ESO y mi tío Sebastián vino de África.
Llevaba un extraño medallón colgado del cuello.