El Matrimonio por Contrato del Abogado de Manhattan – (Libro 2) (Amores Peligrosos 8) Capítulo 2 — La Luna de Miel Que Parecía Perfecta
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Capítulo 2 — La Luna de Miel Que Parecía Perfecta

París parecía una mentira.

Una mentira demasiado hermosa para ser real.

Eso fue lo que pensé la primera mañana cuando abrí los ojos y encontré la Torre Eiffel ocupando prácticamente toda la ventana de la suite. Durante unos segundos me quedé inmóvil entre las sábanas, intentando comprender cómo aquello podía ser mi vida.

Había flores frescas sobre la mesa, champán en una cubitera de plata, bandejas de fruta cortada con una perfección casi absurda y una vista que había visto tantas veces en películas que parecía imposible tenerla allí, frente a mí, como algo cotidiano.

Yo solo conocía lugares así por las revistas.

Por las películas.

Por los escaparates.

Y aun así... allí estaba.

En París.

Casada con Roger Ashford.

Me giré lentamente en la cama y encontré a Roger despierto.

Estaba recostado de lado, con la cabeza apoyada sobre una mano, la camisa ligeramente abierta, el cabello apenas despeinado y los ojos fijos en mí.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Cuánto tiempo llevas despierto?

Roger siguió observándome.

—El suficiente.

Tragué saliva.

—¿Haciendo qué?

—Mirándote.

Silencio.

Aquella respuesta debería haberme avergonzado.

Y lo hizo.

Pero también provocó que algo cálido se extendiera dentro de mi pecho.

—Eso es extraño.

Una esquina de sus labios se curvó.

—¿Lo es?

—Un poco.

—Entonces intentaré parecer menos fascinado.

Me reí.

Él no.

Roger extendió la mano y tocó un mechón de mi cabello esparcido sobre la almohada.

—No prometo conseguirlo.

Dios mío.

¿Cómo podía alguien decir algo así y hacer que sonara inevitable?

Se acercó, rodeó mi cintura y besó mi cabello.

—¿Te gusta?

Volví a mirar hacia la ventana.

Hacia París.

Hacia aquella vista imposible.

Hacia aquella vida imposible.

—Esto ni siquiera parece real.

—Es real.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

—A veces siento que voy a despertar.

Roger rozó mi cuello con los labios.

—No vas a despertar.

Los primeros días transcurrieron como un sueño demasiado costoso para que una chica como yo pudiera explicarlo.

Restaurantes imposibles de reservar.

Cenas a la luz de las velas.

Paseos nocturnos por calles que parecían hechas para personas enamoradas.

Cafés escondidos.

Museos casi vacíos.

Jardines que solo había visto en fotografías.

En todas partes, alguien parecía reconocer a Roger. Los gerentes salían a saludarlo por su nombre. Aparecían mesas donde antes no había espacio. Las puertas se abrían antes incluso de que él las pidiera.

No era solo dinero.

Empecé a comprenderlo en París.

El dinero compraba cosas.

Roger abría mundos.

Y yo estaba demasiado fascinada para fingir que aquello no me afectaba.

Al tercer día fuimos a un restaurante que, según la recepcionista, tenía una lista de espera de varios meses.

Cuando Roger entró, el gerente atravesó personalmente el salón para recibirlo.

Nos llevaron a una mesa reservada, apartada, con vistas a la ciudad iluminada.

El chef apareció unos minutos después para saludarlo.

Intenté actuar como si aquello fuera normal.

Fracasé por completo.

Roger se dio cuenta.

Por supuesto que se dio cuenta.

Siempre se daba cuenta.

—Estás observando demasiado.

—Estoy intentando averiguar si esto le pasa a todo el mundo.

Una esquina de sus labios se elevó.

—No.

—¿No?

—No.

Mi corazón latió con más fuerza.

No por la respuesta, sino por la naturalidad con la que la dijo.

Roger no presumía. No lo necesitaba. Su poder era silencioso. De ese tipo que hace que las personas cambien de postura cuando él entra en una habitación.

Y, por alguna razón, aquello me parecía fascinante.

Quizá demasiado fascinante.

Estaba presente en cada momento.

Siempre.

Tomando mi mano.

Observando mi rostro.

Rozando mi piel.

Fotografiándolo todo.

El desayuno.

Las sonrisas que se me escapaban sin darme cuenta.

Mi cabello desordenado al despertar.

Mi expresión frente a un escaparate.

Mi reflejo contemplando París desde una ventana.

—¿Otra foto? —pregunté al cuarto día cuando levantó el teléfono por quinta vez mientras caminábamos cerca del Sena.

—Te ves hermosa cuando no sabes que te están observando.

Mi corazón se aceleró.

—¿Eso fue un piropo?

—No.

Guardó el teléfono.

—Fue un hecho.

Me reí.

Y él sonrió.

Aquella sonrisa rara.

La sonrisa que casi nadie recibía.

La sonrisa que, durante aquel viaje, parecía pertenecer solo a mí.

Ese mismo día, Roger reservó un barco privado para navegar por el Sena al final de la tarde.

Champán.

Música suave.

París reflejada en el agua.

Yo estaba apoyada en la barandilla de la embarcación, intentando memorizar cada detalle, cuando un francés se acercó para ofrecer ayuda con una fotografía. Fue educado. Amable. Elogió mi vestido con una sonrisa discreta, nada invasiva.

Roger le dio las gracias.

Educado.

Perfecto.

Controlado.

Pero cambió.

Fue apenas un instante.

Su mano volvió a mi cintura y permaneció allí. Su postura se volvió más rígida. La sonrisa desapareció antes de llegar a sus ojos. Durante el resto del paseo estuvo más callado. Más cerca. Más atento.

Me di cuenta.

Y, Dios me perdone, me gustó.

En aquel momento no pareció control.

Pareció pasión.

Pareció celos.

Pareció que Roger Ashford, el hombre al que todos temían, tenía miedo de que alguien me mirara demasiado.

Y me sentí deseada.

Elegida.

Suya.

Más tarde, durante la cena, tocó la base de su copa de vino sin beber.

—¿Te gustó?

Levanté la vista.

—¿Quién?

—El francés.

Durante un segundo me quedé sin reaccionar.

Después me reí.

—Roger.

Él no se rió.

—Solo pregunté.

—Solo elogió mi vestido.

—Lo escuché.

—Entonces, ¿por qué lo preguntas?

Roger inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando si debía responder.

—Porque no me gustó la forma en que te miró.

Mi corazón se aceleró.

Debería haberme parecido exagerado.

Quizá lo era.

Pero aquella noche, sentada en un restaurante imposible, usando un vestido que Roger había elegido y viendo París brillar al otro lado de la ventana, aquello solo me pareció intensidad.

Pareció deseo.

Pareció amor.

Al quinto día me llevó de compras.

Y fue un desastre.

Al menos para mí.

La primera tienda estaba en una calle que yo solo conocía por las redes sociales.

Cuando llegamos, las puertas se abrieron incluso antes del horario de apertura.

Una vendedora nos recibió con champán. Apareció el gerente.

Sacaron piezas de salas privadas. Bolsos que jamás me habría atrevido a tocar fueron colocados frente a mí como si fueran opciones normales.

Me sentí completamente perdida.

Ni siquiera sabía si podía tocar aquellos bolsos.

Pasé años mirando escaparates desde la calle.

Ahora una vendedora colocaba uno de ellos sobre mi hombro como si yo perteneciera a aquel lugar.

Como si aquel espejo.

Aquella luz.

Aquella vida.

También fueran mías.

—Roger...

—¿Sí?

—No necesitamos estar aquí.

Me miró.

—Sí necesitamos.

—No, no necesitamos.

—Sí, sí necesitamos.

Estuve a punto de reír porque aquel tono suyo era imposible.

Roger señaló un bolso.

Uno de los más bonitos que había visto en mi vida.

También uno de los más caros.

—¿Te gusta?

—Es precioso.

—Perfecto.

—Roger...

—¿Qué?

—Eso cuesta lo mismo que un coche.

—Entonces es un bolso caro.

Dios mío.

—Lo dices como si fuera algo normal.

—Para mí lo es.

Intenté devolverlo.

No me dejó.

Intenté discutir.

Fue aún peor.

—No necesito esto.

Roger me observó durante unos segundos.

—Tal vez no lo necesites.

—Entonces, ¿por qué comprarlo?

—Porque quiero hacerlo.

—Roger...

Se acercó un poco.

No demasiado.

Lo suficiente para que su voz se volviera más baja.

—Mi esposa puede y debe usar ese bolso porque yo puedo comprarlo.

Silencio.

Debería haber insistido.

De verdad debería.

Pero la verdad era terrible y sencilla.

Una parte de mí estaba fascinada.

Durante años, aquellas marcas solo habían existido en revistas, escaparates y sueños que ni siquiera me permitía soñar en voz alta. Ahora una dependienta colocaba un bolso sobre mi hombro como si yo perteneciera a aquel espejo, a aquella luz, a aquel mundo.

Por primera vez en mi vida entré en una tienda sin mirar las etiquetas.

Por primera vez no tenía que calcular.

Por primera vez no tenía que elegir entre una cosa y otra.

Y quizá fue allí donde empecé a acostumbrarme a dejar que Roger eligiera por mí.

Cuando salimos de la tienda, tenía un bolso nuevo, un vestido, un abrigo, dos pares de zapatos, un perfume y una enorme sensación de culpa.

Roger parecía satisfecho.

Más tarde, en la suite, me probé el vestido. Era negro, elegante, ajustado en los lugares adecuados y caro de una forma a la que todavía no sabía acostumbrarme.

Cuando salí del vestidor, Roger levantó la vista.

Y se quedó en silencio.

Aquel silencio me puso nerviosa.

—¿Qué pasa?

No respondió de inmediato.

Solo me observó.

Dios mío.

Deja de mirarme así.

Porque cuanto más me miraba, más olvidaba cómo respirar.

Roger se acercó despacio.

—Sabía que te quedaría perfecto.

Mi corazón se aceleró.

—¿Estás hablando del vestido?

Sus ojos descendieron por mi cuerpo y luego regresaron a mi rostro.

—No.

La forma en que lo dijo hizo que algo se hundiera en mi estómago.

Roger siguió observándome.

Sin prisas.

Sin apartar la mirada.

Como si estuviera intentando memorizar cada detalle.

—¿Tienes idea de lo que me haces?

Mi respiración falló.

No respondí.

No pude.

Roger rozó mi rostro con la yema de los dedos.

Despacio.

Como si fuera algo valioso.

Como si fuera algo suyo.

Aquella noche, París quedó al otro lado de la ventana. Toda la ciudad podía estar brillando allá afuera, pero yo solo era capaz de sentir a Roger. Sus manos. Su voz. La forma en que me miraba como si todavía no pudiera creer que yo estuviera allí.

Había deseo, pero también cuidado. Había intensidad, pero también admiración. Y cada vez que pronunciaba mi nombre, yo creía un poco más que tal vez había encontrado el lugar donde por fin podría descansar.

Al sexto día hicimos una videollamada con mi familia.

Mi madre lloró cuando vio la vista desde la suite.

—Dios mío, Camilla...

Mi hermana pidió que le enseñara toda la habitación.

Mi hermano preguntó cuánto costaba pasar una noche allí.

Mi padre permaneció en silencio demasiado tiempo, observándolo todo con aquella expresión seria de quien intenta no mostrar sus emociones.

Les enseñé las compras.

Mi hermana gritó.

Mi hermano dijo que me había convertido en millonaria.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—He pasado toda mi vida deseando una vida así para ti.

Sentí un nudo en la garganta.

—Mamá...

—Te lo mereces, hija.

Miré a Roger.

Estaba sentado junto a la ventana, en silencio, observando a mi familia a través de la pantalla como si aquello también fuera importante para él.

Mi hermano acercó el rostro a la cámara.

—Sabes que te casaste muy por encima de tu nivel, ¿verdad?

—Cállate.

—Lo digo en serio. Si algún día se divorcian, me quedo con él.

Mi hermana empezó a reírse.

Mi madre regañó a los dos.

Yo también me reí.

Roger, a mi lado, simplemente sonrió.

Levemente.

Satisfecho.

Como si ver a mi familia encantada con él fuera una victoria silenciosa.

Antes de despedirnos, mi padre miró directamente a Roger.

—Cuídala.

Roger respondió sin vacilar.

—Siempre.

Mi padre asintió.

Satisfecho.

Y yo fui feliz.

Feliz porque ellos estaban felices.

Feliz porque, por primera vez, mi familia parecía respirar sin miedo al próximo problema.

Después llegó la videollamada con la familia de Roger.

Fue más corta.

Más formal.

Más fría.

Richard apareció en pantalla impecable, como siempre. Me saludó con educación, preguntó por París y comentó que la ciudad parecía hecha para mí. Pero durante buena parte de la conversación sus ojos permanecieron sobre Roger.

Observando.

Analizando.

Como si viera algo que yo todavía no podía ver.

Antes de despedirse, Richard se puso serio por un instante.

—Cuídala, Roger.

Roger sostuvo la mirada de su padre.

—Lo hago.

Richard no apartó la vista.

—Algunas cosas son más difíciles de conservar de lo que parecen.

El rostro de Roger se endureció.

Solo un poco.

Pero lo vi.

Richard sonrió, nos deseó buen viaje y terminó la llamada.

Me quedó una sensación extraña en el pecho.

—Tu padre habla como si siempre estuviera advirtiendo algo.

Roger cerró el portátil.

—A mi padre le gusta parecer más sabio de lo que realmente es.

La conversación terminó allí.

Y yo dejé que terminara.

París era demasiado hermosa para permitir preocupaciones.

Al octavo día, durante una cena con vistas a la ciudad, Roger empezó a hablar del futuro. No de manera vaga. No como alguien que sueña. Sino como alguien que ya lo había diseñado todo.

—En tres años serás socia.

Me reí.

—Lo dices como si fuera fácil.

—No es fácil. Pero va a pasar.

—Estás demasiado seguro.

—¿De ti? Siempre.

Sentí calor en el pecho.

Roger continuó.

—En cinco años tendremos una casa en Europa.

—¿Tendremos?

—Tendremos.

—¿Dónde?

—Quizá en Italia. Te gustarán los veranos allí.

Sonreí.

—¿Me gustarán?

—Te gustarán.

Tomó mi mano sobre la mesa.

Yo escuchaba fascinada.

Todo parecía tan grande.

Tan posible.

Tan seguro.

Solo más tarde me di cuenta de algo.

Roger hablaba de todo como si ya estuviera decidido.

Como si no existieran dudas.

Como si el futuro fuera un proyecto terminado que solo esperaba que yo entrara en él.

Estábamos preparando las maletas para regresar cuando tomé mi teléfono. Había varias notificaciones acumuladas y un correo electrónico que me hizo fruncir el ceño.

Era sobre una ceremonia de la universidad.

Yo había confirmado mi asistencia antes del viaje. Una profesora que me había ayudado cuando apenas dormía por culpa de las prácticas también iba a estar allí. Quería ir.

De verdad quería ir.

Pero aparecía como cancelada.

Miré a Roger.

—¿Por qué la habrán cancelado?

Él siguió doblando una camisa.

Como si no fuera nada importante.

—La cancelé yo.

Parpadeé.

—¿La cancelaste?

—Sí.

—Pero yo quería ir.

Por fin levantó la vista.

Y sonrió.

Aquella sonrisa tranquila.

Segura.

Enamorada.

—Te quería conmigo.

Silencio.

—Roger...

—Son solo unos días más antes de volver a la rutina.

Se acercó.

Tocó mi rostro.

—Quería a mi esposa solo para mí un poco más de tiempo.

Mi corazón se calentó.

Era difícil que no lo hiciera.

Difícil no sentirse especial.

Difícil no sentirse amada por un hombre que parecía incapaz de soportar la idea de compartirte con cualquier otra parte del mundo.

Así que simplemente asentí.

Sonreí.

Besé a Roger.

Y dejé que el tema muriera.