El Matrimonio por Contrato del Abogado de Manhattan – (Libro 2) (Amores Peligrosos 8) Capítulo 1 — El Matrimonio Que Parecía Perfecto
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Capítulo 1 — El Matrimonio Que Parecía Perfecto

Nunca había visto tantas flores en un mismo lugar. Flores blancas caían por las paredes, cubrían las mesas, rodeaban el pasillo principal y transformaban todo el salón en algo que parecía un sueño.

Y yo estaba en medio de todo aquello.

Yo.

Camilla Rivera.

La chica que tomaba el metro en Queens. La chica que estudiaba durante el trayecto porque no podía permitirse desperdiciar ni una sola hora. La chica que había visto a su madre contar monedas sobre la mesa de la cocina para decidir qué podían comprar esa semana.

Pero aquella mañana llevaba un vestido que parecía demasiado caro. Mi cabello había sido arreglado por manos profesionales. Mi nombre aparecía en las tarjetas de la ceremonia junto al nombre de Roger Ashford.

Y, por más absurdo que pareciera... era real.

Yo solo conocía lugares como aquel por las revistas. Personas como aquellas existían en otro mundo. Al otro lado de la ciudad.

Un mundo que nunca había parecido hecho para alguien como yo.

Y aun así... allí estaba.

A punto de casarme con Roger Ashford.

—Respira, hija.

La voz de mi madre salió temblorosa.

Cuando giré la cabeza, encontré sus ojos llenos de lágrimas.

Mi padre estaba justo detrás de ella.

Intentando parecer fuerte.

Fracasando por completo.

Mi hermana no dejaba de tomar fotografías.

Mi hermano observaba todo como si hubiera entrado por accidente en una película sobre multimillonarios.

Mi madre tomó mis manos entre las suyas.

—He pasado toda mi vida rezando para que tengas una vida mejor que la mía.

Se me encogió el pecho.

Fuerte.

Demasiado fuerte.

Abracé a mi madre antes de que las lágrimas arruinaran todo el maquillaje que un equipo entero había tardado horas en crear.

—Mamá...

—Solo quiero que seas feliz.

Sonreí.

O al menos lo intenté.

Porque en ese momento las puertas se abrieron.

Y Roger apareció.

El mundo se hizo más pequeño.

Estaba al final del pasillo.

Traje oscuro.

Postura impecable.

Expresión controlada.

Pero sus ojos...

Sus ojos no estaban controlados.

Cuando me vio, algo cambió.

Pequeño.

Rápido.

Pero lo vi.

Vi cómo su respiración fallaba.

Vi cómo su mirada se oscurecía.

Vi a aquel hombre que pasaba la vida entera controlándolo todo olvidar, por un segundo, cómo hacerlo.

Mi corazón dio un vuelco.

Mi padre me ofreció el brazo.

—¿Lista?

Miré a Roger.

Después a mi padre.

Y asentí.

—Lista.

El recorrido pareció demasiado corto.

Cuando por fin llegamos al altar, mi padre sostuvo mi mano durante unos segundos. Como si no quisiera soltarla. Como si estuviera entregando lo más valioso que tenía.

Entonces puso mi mano en la de Roger.

—Cuídala.

Roger sostuvo su mirada.

Sin vacilar.

—La cuidaré.

Mi padre asintió.

Y dio un paso atrás.

La ceremonia comenzó.

Pero todo lo que realmente podía sentir era la mano de Roger envolviendo la mía.

Cálida.

Firme.

Segura.

Cuando llegó el momento de los votos, no apartó los ojos de los míos.

Ni un solo segundo.

—Pasé toda mi vida creyendo que todo podía planearse.

Silencio.

—Entonces apareciste tú.

Mi corazón se encogió.

—Y por primera vez, algo importante sucedió sin que yo lo hubiera previsto.

La emoción me subió por la garganta.

Pero Roger aún no había terminado.

—Pasé toda mi vida ganando negociaciones.

Sus ojos seguían atrapados en los míos.

—Tú fuiste lo único que jamás quise negociar.

Todo mi cuerpo reaccionó.

Cuando llegó mi turno, tuve que respirar antes de hablar.

—A veces todavía siento que voy a despertar y descubrir que todo esto fue un sueño.

Algunas personas sonrieron.

Yo no.

Porque era verdad.

—Pero cuando entraste en mi vida, las cosas imposibles empezaron a parecer posibles.

Roger sostuvo mi mirada.

Y, por primera vez, realmente creí en el futuro que estábamos construyendo.

Los anillos llegaron poco después.

También el beso.

Y cuando Roger apoyó su frente contra la mía después de los aplausos, susurró apenas dos palabras.

—Mi esposa.

Mi corazón se aceleró.

La recepción tuvo lugar en uno de los hoteles más lujosos de Manhattan.

Arañas de cristal gigantes.

Música en vivo.

Champán.

Empresarios.

Jueces.

Socios de Blackridge.

Clientes.

Personas que yo solo conocía por los periódicos.

Pero incluso rodeado de todos ellos, Roger seguía buscándome.

Lo notaba.

Cada vez que levantaba la vista.

Él me estaba mirando.

Como si necesitara asegurarse de que yo seguía allí.

Mi madre se acercó durante la celebración.

Sus ojos seguían enrojecidos.

—¿Eres feliz?

Miré a Roger al otro lado del salón.

—Sí, lo soy.

Ella sonrió.

—No puede quitarte los ojos de encima.

Sentí una calidez expandirse en el pecho.

—Lo sé.

—Entonces deja que te cuide un poco.

Aquella frase se quedó conmigo.

Porque tal vez era exactamente eso lo que quería.

Dejar de cargar con todo yo sola.

Poco después apareció mi hermano, indignado frente a un plato diminuto.

—Esta comida es una ofensa.

Solté una carcajada.

Roger me oyó.

Miró a mi hermano.

Después me miró a mí.

—Tiene hambre.

—Roger...

—La tiene.

Ya conocía ese tono.

Cinco minutos después, unas hamburguesas llegaron discretamente a la mesa de mi familia.

Mi hermano me miró.

—¿Mandó traer hamburguesas?

Asentí.

Él negó con la cabeza.

—Adoro a este hombre.

Me eché a reír.

Mi madre estuvo a punto de llorar otra vez.

Cuando la fiesta terminó, subimos al coche rodeados de flashes y pétalos blancos.

Estaba agotada.

Feliz.

Aturdida.

Quizá todo al mismo tiempo.

Roger sostuvo mi mano durante todo el trayecto. Como si tuviera miedo de perderme en el camino entre el hotel y el ático.

Cuando llegamos, Manhattan brillaba a través de las paredes de cristal.

La vista parecía imposible.

—Nunca voy a acostumbrarme a esto.

—Lo harás.

Sonreí.

—Lo dices como si estuvieras completamente seguro.

—Lo estoy.

Se acercó despacio.

Tocó uno de mis pendientes.

—Eso debe de estar haciéndote daño.

Me reí.

—Sí, bastante.

—Entonces déjame.

Roger retiró el primer pendiente.

Después el segundo.

Con cuidado.

Sin prisas.

Luego empezó a quitar las horquillas de mi cabello.

Una por una.

Mi reflejo fue cambiando poco a poco en el cristal.

La novia perfecta desaparecía.

Y solo quedaba yo.

Cuando la última horquilla cayó en su mano, Roger se quedó observándome.

En silencio.

—¿Qué pasa?

—Esperé mucho tiempo por esto.

Mi corazón se encogió.

Pasó los dedos por mi cabello suelto.

Como si todavía no pudiera creer que aquello era real.

—¿Por qué?

Roger sostuvo mi rostro entre sus manos.

—Porque ahora estás aquí.

La sencillez de aquella respuesta me golpeó con más fuerza que cualquier discurso.

Apoyé la frente contra su pecho.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de luchar.

Ni de demostrar nada.

Ni de correr.

Unos minutos después, mientras observaba las luces de la ciudad a través del cristal, surgió una duda.

Pequeña.

Inofensiva.

—¿Adónde vamos mañana?

Roger sonrió.

—Lo descubrirás.

Me reí.

—Entonces ya lo elegiste.

—Por supuesto.

La respuesta llegó de inmediato.

Natural.

Como si fuera obvia.

Yo solo negué con la cabeza, divertida.

En aquel momento me pareció algo romántico.

Permanecimos unos segundos en silencio.

La ciudad brillaba al otro lado del cristal.

Manhattan parecía infinita.

Pero, por primera vez aquella noche, sentí el peso del silencio entre nosotros.

Porque ahora estábamos solos. De verdad.

Sin invitados.

Sin fotógrafos.

Sin música.

Sin aplausos.

Solo Roger y yo.

Mi esposo.

La palabra volvió a acelerar mi corazón.

Roger lo notó.

Siempre lo notaba.

—¿Estás nerviosa?

La pregunta salió en voz baja.

Suave.

Intenté sonreír.

—Un poco.

—¿Solo un poco?

Aquella sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

Dios mío.

Hasta eso era injusto.

Roger era demasiado atractivo. Los hombros anchos, el pecho firme bajo la camisa parcialmente abierta, las manos grandes, la postura segura. Esa presencia que parecía adueñarse de cualquier lugar al que entraba.

Durante meses lo había visto dirigir salas de reuniones. Controlar negociaciones. Enfrentar a ejecutivos. Pero ahora estaba allí, mirándome como si yo fuera la única persona que existía en el mundo.

Y eso era mucho más peligroso.

Porque me gustaba.

Me gustaba más de lo que debería.

Roger dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Mi corazón se disparó.

Tomó mis manos.

Despacio.

Sin prisas.

Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Camilla.

La forma en que pronunció mi nombre provocó algo dentro de mí.

—No tienes que temer nada.

Tragué saliva.

Porque no era miedo.

Era intensidad.

Era la forma en que me miraba.

Era la forma en que me deseaba.

Era el hecho de que podía sentirlo sin que tuviera que decir una sola palabra.

Roger llevó una de mis manos hasta sus labios.

Besó mis dedos.

Después el anillo.

Mi corazón casi se detuvo.

—Todavía no puedo creer que te hayas casado conmigo.

Solté una risa nerviosa.

Roger acercó su rostro al mío.

Su frente se apoyó contra la mía.

—Yo sabía exactamente quién eras desde el principio.

Sentí un nudo en el pecho.

Porque le creía.

Le creía cada palabra.

Cuando me besó, fue diferente a todos los demás besos.

Más lento.

Más profundo.

Más íntimo.

Como si aquel momento no tratara de deseo, sino de una elección.

Cerré los ojos y dejé que me abrazara.

Dejé que sus manos me acercaran a él.

Dejé que el mundo entero desapareciera.

Porque aquella noche no estaba pensando en la universidad, ni en Blackridge, ni en los próximos pasos de mi carrera.

Solo pensaba en él.

En Roger.

En el hombre que había cambiado mi vida.

En el hombre al que necesitaba amar.

Y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de intentar controlar el futuro.

Porque creía que él formaría parte de él.

Entonces sus labios rozaron mi cabello.

—Nunca volverás a enfrentarte a nada sola.

Tomó mi mano y me condujo hasta la habitación. Mi corazón latía tan rápido que estaba segura de que podía oírlo.

Roger se detuvo frente a mí, como si quisiera darme tiempo para respirar, para comprender que aquello era real.

Sus dedos apartaron un mechón de mi cabello mientras sus ojos recorrían mi figura con una atención que me dejaba indefensa. Había deseo en su mirada, pero también algo más fuerte.

Admiración.

Fascinación.

Sus labios rozaron mi piel con ternura, y poco a poco sentí cómo toda la tensión abandonaba mi cuerpo.

Ya no estaba nerviosa.

Ya no me sentía insegura.

Simplemente estaba con él.

Y aquella noche, mientras me entregaba por completo al hombre que ocupaba cada espacio de mis pensamientos, tuve la serena y peligrosa sensación de que, por fin, había encontrado mi lugar en el mundo.