El Matrimonio por Contrato del Abogado de Manhattan – (Libro 2) (Amores Peligrosos 8)
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Prólogo
Me acomodé el blazer por tercera vez en menos de un minuto y forcé una sonrisa para la fotógrafa. La entrevista ya llevaba casi media hora. Todo estaba saliendo exactamente como debía.
Entonces la periodista cruzó las piernas, revisó algunas notas y formuló la pregunta.
—¿Cuál fue la decisión más importante de tu carrera?
Roger.
La respuesta apareció antes de que pudiera detenerla.
Mi corazón dio un traspié.
No.
No.
No podía ser esa.
Mantuve la sonrisa en el rostro, pero sentí que algo se hundía dentro de mí. La grabadora seguía encendida sobre la mesa. Manhattan brillaba detrás de los ventanales. Pero yo ya no veía nada. Porque aquella respuesta seguía allí.
Roger.
Dios mío.
Roger.
Otra vez.
Siempre él.
—¿Fue Blackridge? —preguntó la periodista.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—La decisión más importante de tu carrera. ¿Fue entrar en Blackridge?
Debería haber respondido de inmediato. Era una pregunta sencilla. Tenía decenas de respuestas. La universidad. Las madrugadas estudiando. Las prácticas. La graduación. Los ascensos. Los contratos. Los clientes. Los casos que transformaron mi carrera. Tenía una lista entera. Una lista enorme.
Pero ninguna de ellas había aparecido primero.
Porque antes que todo... apareció él.
Roger Ashford.
Se me contrajo el estómago.
Fuerte.
Demasiado fuerte.
La periodista sonrió.
—¿O tal vez fue aquel caso de Henderson Global?
Silencio.
—¿O tu graduación?
Silencio.
Seguía mirándola, pero ya no la estaba escuchando. Porque había surgido otra pregunta. Una peor. Mucho peor.
¿Cuándo pasó esto?
¿Cuándo?
¿Cuándo dejó Roger Ashford de ser una parte de mi historia y empezó a marcar el ritmo de ella?
La respiración se me quedó atrapada por un instante. Casi imperceptible. Pero ocurrió.
La periodista inclinó la cabeza.
—¿Todo bien?
—Claro.
Mentira.
Estaba perfectamente.
Eso era lo que todos creían. Lo creían las revistas. Lo creían los periodistas. Lo creían los clientes. Lo creía todo el mercado.
Yo era una de las mujeres más influyentes del Derecho Corporativo en Estados Unidos. Mi nombre aparecía en listas, eventos, revistas y entrevistas como aquella. Había construido una carrera que muchas personas pasaban toda una vida intentando alcanzar.
Y aun así, cuando alguien me preguntaba cuál había sido la decisión más importante de mi carrera... pensaba en él.
No tenía sentido.
Ningún sentido.
Y aun así era verdad.
La periodista consultó sus notas.
—Roger Ashford debe de estar muy orgulloso de todo lo que has logrado.
Mi sonrisa vaciló.
Solo un segundo.
Pero vaciló.
La garganta se me secó.
Por un instante olvidé cómo respirar.
Ella no lo notó.
Gracias a Dios.
O tal vez sí lo notó.
No lo sabía.
Ya no sabía muchas cosas.
Porque había una verdad que nadie en aquella sala conocía. Ni la periodista. Ni los fotógrafos. Ni los lectores que comprarían aquella revista.
Ellos me miraban y veían éxito.
Prestigio.
Poder.
Control.
Pero no veían la pregunta que me acompañaba desde hacía años. La pregunta que aparecía en los momentos más inesperados. La pregunta que evitaba responder. La pregunta que ahora estaba sentada frente a mí, al otro lado de aquella mesa.
¿Cuándo empezó mi vida a girar alrededor de él?
La periodista volvió a sonreír.
—Entonces, ¿cuál fue la decisión más importante de tu carrera?
Respiré hondo.
Una vez.
Y otra más.
Miré Manhattan. Los edificios. Las luces. La ciudad que lo había cambiado todo.
Y en ese instante comprendí algo que me asustó más que cualquier otra cosa.
Tal vez la historia de mi carrera nunca había sido solo sobre trabajo. Tal vez había comenzado el día en que Roger Ashford entró en mi vida. Y tal vez ese era exactamente el problema.
Porque hay personas que llegan a tu vida y lo cambian todo. Y hay otras que la cambian tanto que un día descubres que ya no puedes distinguir entre lo que querías y lo que aprendiste a querer.
Cerré los ojos durante un segundo.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Porque la pregunta apareció de inmediato.
Cruel.
Imposible.
¿Cuándo dejó Roger Ashford de decidir únicamente mi futuro y empezó a decidir quién me convertiría?
El corazón se me encogió.
Fuerte.
Demasiado fuerte.
Porque no sabía responder.
Y quizá eso era precisamente lo que más me aterraba. No que Roger hubiera tomado tantas decisiones por mí. No el lugar donde vivía. No las oportunidades que me abrió. No los caminos que trazó. Sino el hecho de que, en algún momento del trayecto, había dejado de notar la diferencia.
Tal vez nunca me obligó.
Tal vez nunca fue una prisión.
Tal vez fui yo quien entregó cada pedazo por voluntad propia.
Un sí a la vez.
Una elección a la vez.
Hasta que llegó el día en que ya no pude distinguir dónde terminaba su voluntad y dónde comenzaba la mía.