El match perfecto Capítulo 37
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Capítulo 37

No quiero que nos perdamos

Vanesa

El teléfono móvil vibra sobre la mesa pegándome un susto de muerte. No sé qué hago tumbada en la alfombra, pero el dolor que traigo en el cuerpo y las cervezas de la mesa, me lo dicen todo.

Doy un brinco tan violento que casi me descalabro contra la esquina de la mesa. Busco el teléfono y en la pantalla aparece el nombre de Adriana acompañando un mensaje nuevo de WhatsApp.

—Mierda… —Trago saliva, me preparo psicológicamente para el golpe definitivo y abro el mensaje con el alma en vilo.

Adriana : Pon a calentar la cafetera, señora abogada. Tenemos que tratar un asunto importante que no se puede retrasar más. Llego en veinte minutos. Y más te vale no estar en pijama.

Me quedo petrificada en mitad del salón, releyendo el texto una, dos, tres y hasta cuatro veces seguidas. La vista se me nubla ligeramente por las lágrimas y cuando pongo atención en la hora que es, salgo disparada y me pongo a recoger todo.

—¡En veinte minutos no me da tiempo a recoger todo!

Miro mi reflejo en el espejo del recibidor y me da un amago de infarto.

Parezco recién salida de la serie The Walking Dead.

Llevo el pelo hecho un nido de cigüeñas, una camiseta blanca que huele sospechosamente a rancio y unas ojeras que me llegan prácticamente hasta la comisura de los labios.

Si Adriana me ve con este aspecto, se vuelve a su casa seguro.

Corro al cuarto de baño a la velocidad de la luz.

Me lavo la cara con agua congelada, me cepillo los dientes para eliminar cualquier rastro del aroma a alcohol de las cervezas y meto en la ducha rápidamente.

Vuelo hacia mi dormitorio, abro el armario de par en par y tiro por los aires media docena de camisetas hasta encontrar algo decente.

Me encasqueto una a toda prisa junto a unos pantalones vaqueros cortos y me rocío de mi perfume favorito.

Descalza, recojo toda la mierda que tengo acumulada en el salón y salgo disparada hacia la cocina, donde preparo la cafetera para las dos. Mis manos tiemblan tanto que se me resbala una taza que, gracias a Dios, no se me rompe en el choque contra el parqué.

—Tranquilízate, Vanesa, por lo que más quieras, tranquilízate o vas a hacerte daño antes de que llegue —me animo a mí misma, pasándome las manos por la cara y el pelo.

El reloj de la cocina suena como la mecha de una bomba de relojería. Cada segundo que pasa se me antoja una tortura y mi corazón ya no sabe si mantenerse quiero o echar a volar.

De pronto, el timbre de la puerta retumba y me quedo helada en mitad de la cocina sin ser capaz de avanzar. «Venga, que nada puede ir mal», me animo. Respiro hondo e intento poner mi mejor cara cuando pongo la mano en la llave que cuelga de la cerradura y abro la puerta.

Adriana está al otro lado, y juro que la he echado tanto de menos que ahora mismo me parece un ángel bajado del cielo.

Pero cuando pongo atención en su mirada, descubro en sus preciosos ojos el cansancio de esos días y esas ojeras marcando sus párpados.

Sé que ha llorado mucho estos días, que lo ha hecho por mi culpa y el pesar más amargo que he sentido en mi vida se me clava en el pecho.

Nos quedamos mirando en silencio, hasta que logro articular un saludo demasiado temeroso:

—Hola…

—Hola —responde ella con tranquilidad. Adriana me sostiene la mirada y yo siento que tengo ganas de echarme a llorar—. ¿Puedo pasar?

—Cl-Claro, sí… pasa, pasa. Perdona es que… no sé dónde tengo la cabeza.

Una vez que cruza el umbral, yo cierro la puerta y ella camina hacia el salón, observándolo todo como si fuese la primera vez que viene de visita. El aroma dulce del café recién hecho empieza a inundarlo todo y ella se gira hacia mí, quedándose de pie en mitad de la alfombra.

Tengo miedo, y verla ahí, cruzada de brazos en una postura defensiva me aterra.

No sé por dónde narices empezar. Tengo un nudo gigantesco en la garganta y todo lo que quiero decirle se evapora de mi mente como el agua en una sartén hirviendo.

Solo sé que no hay espacio para las excusas, las explicaciones tontas o la cobardía.

Así que decido empezar por el principio.

Por el momento exacto en el que me di cuenta de que mi mundo había cambiado para siempre.

—Fue en Valencia —empiezo a hablar, dando un par de pasos hacia el salón—. Verano de hace… no sé, ¿diez años? En aquel festival de música en la playa al que fuimos con los compañeros de la facultad.

Adriana no se mueve ni un solo milímetro, pero veo cómo sus pestañas aletean ligeramente al escuchar la fecha.

—Tú llevabas un vestido blanco de tirantes superfino que se te pegaba al cuerpo con la brisa del mar y tenías la cara llena de arena —continúo, manteniendo mis ojos fijos en los suyos, sin atreverme a pestañear—.

Estábamos las dos bastante borrachas, bailando en la arena a las cuatro de la madrugada, y de pronto soltaste una tontería sobre el cantante del grupo y te reíste.

Te reíste de una forma… que te prometo que se me paró el mundo de golpe.

El corazón me late con tanta fuerza que tengo que tomarme un descanso.

—En ese preciso instante supe que y no podía catalogar nuestra relación como una simple amistad —confieso, con la voz temblando—.

Supe que te quería de una manera completamente diferente.

Que estaba loca, profunda y desesperadamente enamorada de ti.

Y me asusté… Me dio tanto pánico confesártelo, que preferí tragarme mis sentimientos, cerrar la boca y guardármelo en lo más profundo del pecho.

Adriana sigue escuchándome y su postura se afloja un poco. Un rayo de sol matutino entra por la ventana e ilumina sus ojos, que ahora brillan con una capa fina de agua que no llega a derramarse.

—Cuando me dijiste que te ibas a divorciar de Elena, te juro que me rompí por dentro —prosigo, dando dos pasos más hacia ella, acortando la distancia que nos separa en la moqueta—.

Estabas destrozada, convencida de que no valías nada, de que nadie volvería a desearte jamás, pero mi corazón saltaba y daba brincos de felicidad.

No podía ser tan egoísta, así que decidí seguir adelante y dejar que el tiempo me ayudase.

Y cuando fuimos a firmar tu divorcio… bueno, ni siquiera pensé en lo que hacía.

Yo te instalé esa app para que te divirtieras y al regresar a casa, me di cuenta de que no podía permitir que ninguna pelantrusca se te acercase y por eso creé el perfil de Siren_9 .

Me paso la mano por la nuca, sintiendo el sudor frío de la vergüenza.

—Te juro que no pensaba aparecer por tu vida, solo vigilar e investigar a cualquiera que se te acercara.

Pero el maldito algoritmo hizo Match y bueno…

lo demás, ya lo sabes —digo, apartando la mirada de sus ojos unos segundos—.

Yo no quería hacerte daño, pero mientras hablábamos, mis emociones por ti crecieron y todo me sobrepasó.

Y cuando me pediste vernos en persona… colapsé.

Me entró pánico de que descubrieras que detrás de esa pantalla solo estaba tu mejor amiga y…

—Me detengo a un metro escaso de ella—. No hay excusa que valga para lo que hice —concluyo, bajando la cabeza con humildad—.

Pero te juro por mi vida, que cada cosa que salió de Siren_9 era real, porque era yo la que lo estaba sintiendo todo.

El silencio se adueña del salón durante unos segundos interminables. El aire entre las dos se siente cargado y yo no dejo de mirarla esperando la sentencia que determinará si pasaré el resto de mi vida arrepentida o si tendré la oportunidad de regresar a su vida.

Entonces, Adriana camina hacia mí con una sonrisa pícara brillándole en los labios y unos ojos ya que no están cargados de reproche.

Y antes de que me dé tiempo a procesar su movimiento, estira las manos, me sujeta con fuerza de la camiseta y pega un tirón seco, acortando de un plumazo la distancia física que quedaba entre nosotras.

—Estás castigada, Vanesa —murmura contra mi boca, con una voz grave, rasgada y tan cargada de fuerza que me hace temblar las rodillas de pura debilidad.

—¿Castigada?

—Castigadísima —reafirma ella, rozando su nariz con la mía—. Vas a tener que compensarme cada maldita mentira, cada audio y cada noche de angustia que me has hecho pasar. ¿Te queda claro?

Un escalofrío eléctrico, brutal y maravilloso me recorre el cuerpo desde la nuca hasta los talones.

—Me queda clarísimo, Sunshine —respondo con el pulso desbocado, sintiendo cómo una sonrisa incontenible de alivio se me dibuja en la cara.

—Porque —añade Adriana, clavando su mirada ardiente en mis ojos y apretando el agarre sobre mi camiseta de una forma deliciosamente dominante—: no pienso dejar ir a la única mujer que ha estado doce años a mi lado cuidándome, levantándome del suelo y amándome como una loca en secreto.

Aunque esa mujer sea una cobarde de pacotilla que ha estado a punto de mandar todo lo bonito que tenemos a la mierda.

—Lo siento… —susurro, siendo incapaz de contener la emoción—, pero…

Y sin darme tiempo a añadir ni una sola palabra más, Adriana me planta un beso en mitad del salón que me hace volar y manda por los aires la angustia, el miedo y el vacío que me estaba consumiendo.

Nos besamos con la misma euforia que sienten dos náufragos que acaban de encontrar tierra firme tras una tormenta devastadora.

Nos besamos con la rabia contenida de los días perdidos, con el perdón implícito en cada roce de nuestras lenguas, con la promesa sorda de un futuro brillante juntas y con toda la carga explosiva de un amor que ya no necesita esconderse ni disimularse.