EPÍLOGO
Conexión permanente
Adriana
El último capítulo de nuestra disparatada, caótica y maravillosa historia empieza exactamente así: en la cama, todavía envueltas en el calor abrasador de nuestros cuerpos, con las sábanas arremolinadas en el suelo y la respiración.
Acabamos de follar. Y no de cualquier manera, no señor.
Acabamos de follar como si el jodido mundo se fuera a acabar dentro de diez minutos y, al mismo tiempo, como si nuestra verdadera vida acabara de empezar en este preciso instante.
Ha sido nuestra peculiar, salvaje y descarada forma de celebrar la reconciliación oficial: un encuentro libre por fin de pantallas, de sombras, libre de culpas, de engaños y de esos miedos absurdos que nos han atenazado durante más de una década.
Un terremoto físico y emocionalmente arrollador, refrescante, apasionado y casi místico, que nos ha dejado a las dos con una sonrisa idiota en los labios, el pecho agitado y esa necesidad constante, casi adictiva, de volver a buscarnos sin parar, de no dejar de acariciarnos la piel ni un solo segundo.
Vanesa está tumbada de lado a mi derecha, apoyando la cabeza sobre su codo desnudo y mirándome como si fuera lugar más seguro, cálido y hermoso de todo el planeta Tierra.
Me acaricia el brazo con la yema de los dedos, muy despacio, como si todavía no terminara de creerse que estoy aquí.
Yo le devuelvo la caricia con la misma devoción, trazando círculos perezosos con mis dedos sobre su hombro desnudo, disfrutando del contraste de nuestras pieles.
—¿Arrepentida de todo lo que ha pasado, Sunshine ? —pregunta ella en voz muy baja, con esa media sonrisa que le ilumina la cara entera y le dibuja un par de hoyuelos deliciosos en las mejillas.
—Ni un solo segundo de mi vida —respondo sin dudarlo, e incorporándome un poco sobre la almohada me acerco para robarle un beso lento, profundo, saboreando el matiz a sal, a sudor y a ella que se me queda pegado en los labios—. ¿Tú sí, abogada?
—Jamás —asegura con esa rotundidad que tanto me fascina, extendiendo el brazo para atraerme contra su pecho—. Te juro que, si tuviera que volver a pasar por todo solo para terminar en esta cama contigo… lo volvería a hacer una y mil veces más. Aunque, eso sí, esta vez intentaría no ser tan idiota.
Suelto una risa baja y cristalina contra su cuello.
—Eso último lo dudo muchísimo, cariño —le espanto un moscón imaginario del hombro—. Lo llevas en la sangre.
—¡Pero bueno!
Vanesa se ríe también y se lanza a por mí en una oleada de cosquillas que nos hace estallar a ambas a reír hasta que nuestras risas se convierten en un beso nuevo.
Nos quedamos así durante un buen rato, besándonos sin ninguna prisa, disfrutando del contacto directo de nuestra piel y de la forma maravillosa en que nuestros cuerpos vibran aún con el placer que acabamos de sentir.
Cada vez que sus labios encuentran los míos, siento que algo se acomoda dentro de mí, un engranaje oxidado que llevaba años desencajado tras mi desastroso matrimonio con Elena.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —murmuro después de un rato de calma absoluta, apoyando la barbilla directamente sobre su pecho desnudo para mirarla desde abajo.
—¿El qué, mi vida? —pregunta ella, pasándome la mano por el pelo desordenado y enrollando un mechón entre sus dedos.
—Que ahora mismo no tengo ninguna gana de salir de esta habitación —confieso con una sonrisa boba en los labios—. Ni de pensar en absolutamente nada que no sea tu cara, tu boca y la forma en que me miras.
Vanesa inclina la cabeza hacia abajo y me besa la frente con una ternura que me derrite hasta los huesos.
—Entonces, quédate exactamente dónde estás por y para siempre.
Nos besamos otra vez. Un beso completamente diferente al de hace rato: más lento, más dulce, más profundo, saboreando palmo a palmo la victoria silenciosa y gloriosa de haber llegado sanas y salvas hasta aquí después de tanta tormenta.
Sus manos expertas recorren mi espalda desnuda poniéndome la piel de gallina y yo le acaricio el costado, la curvatura firme de la cintura y ese punto exacto e infalible detrás de la oreja que sé perfectamente que la hace perder el control.
Vanesa ahoga un suspiro ahogado contra mis labios, se gira y vuelve a ponerse encima de mí, mirándome desde arriba con los ojos ardiendo.
—¿Sabes? —le susurro con sorna, rodeándole el cuello con los brazos y pegando mis caderas a las suyas—. Me dijiste que me ibas a preparar algo rico de comer y aquí me tienes, sin desayunar.
—El desayuno puede esperar todo el tiempo que haga falta —responde ella con esa sonrisa pícara y peligrosa que me vuelve loca, llevando sus labios a mi cuello y repartiendo algunos besos—.
Me acabo de acordar de que la cláusula final de nuestro contrato requiere una revisión…
y me parece a mí que vamos a tener que trabajar horas extra todo el fin de semana.
Suelto una carcajada limpia y sonora que se pierde en su boca cuando se apodera de la mía con hambre.
El verano sigue allá fuera, caluroso, ruidoso, caótico e indiferente al resto del mundo.
Pero dentro de esta habitación, el tiempo se ha detenido única y exclusivamente para nosotras dos.
Ya no soy la mujer invisible, rota y asustada.
Soy una mujer amada, empoderada, libre y absurdamente feliz.
Y por primera vez en muchísimos años, tumbada entre las sábanas con el amor de mi vida y sintiendo su cuerpo arder sobre el mío, no tengo prisa de que el reloj vuelva a correr.